Final de verano

3 septiembre 2022

Con el paso de los años me doy cuenta de cómo voy construyendo pequeños ritos de paso. Y sentarme a escribir en este pequeño universo mío, que es también vuestro, forma parte de mis rituales de final de verano. Significa que voy volviendo a la cotidianidad, al trabajo, a la conexión con el mundo.

Estos días lo estoy comentando mucho con mis amigos. La palabra que define este verano es tranquilidad. Ha sido un verano tranquilo con tres o cuatro momentos muy especiales, rotundos o sutiles, pero de los que permanecen en el alma:  la casa de Carol, el viaje a Escocia de José con dos aviones, un taxi y un autobus, doce horas solo; los abrazos valencianos, madrileños y zaragozanos; una mañana en el parque y otra en un hotel; una playa que desaparece al mediodía y un porche frente al mar con una primera copa de vino; una conversación ante mi hijo y mis sobrinos y un par de abrazos de bienvenida a casa dentro del mar. Pero el resto ha sido simplemente tranquilo. He estado con mi gente amada, conversaciones largas y sin prisas, de esas de alma que son mi vicio particular. Me he bañado en piscinas y mares, he dormido hasta tarde, he abrazado mucho, mucho, he leído, he escrito un nuevo libro y me he visto la serie «This is us» entera.

Sí, entera 😉 y merece un pequeño comentario. Todo el mundo me perseguía para que la viera pero como me engancho con las series hace años que trato de no ver más que miniseries y ésta eran seis temporadas de 18 capítulos de casi una hora cada uno, demasiado! Pero cuando mi sobrino Mario me dijo «tía, tienes que verla», ya no pude decir que no. Y tal cual. Espectacular, guiones impagables, personajes que son tal cual. Varias de las cosas que narra una de las protagonistas con obesidad mórbida las he vivido yo tal cual (esa nota de las amigas en la piscina diciéndole que no quieren que vaya con ellas porque les da asco la he recibido yo tres veces en mi vida casi literalmente, la variación fue en la tercera ocasión, que fue ya en la adolescencia y lo que decían era que si iba con ellas espantaba a los chicos… Son vivencias que llevas dentro y que ya no duelen pero dolieron infinito y sobre todo me formaron como persona). Y el otro hijo con su historia de la adopción pensando en mi hijo y en mí como familia… una de esas series en las que al final el amor tiene más que ver con aceptar a la gente que amas como es, sin tratar de cambiarla. Donde el personaje más idealizado es también el que en realidad genera las heridas más profundas en sus hijos casi sin quererlo, sin buscarlo o incluso buscando justamente lo contrario. Y llena de conversaciones que podré usar profesionalmente porque describen con sutileza y exactitud experiencias difíciles de trasmitir. Un regalo, aunque me haya resistido tiempo a ello, todo un regalo.

Este verano he sido consciente de lo que ha crecido mi hijo y mis sobrinos, que uno de los grandes regalos de este verano ha sido que volvieran a venir a Mallorca. Los veo crecer y pienso en las personas increíbles en las que se han convertido. Y me asombra empezar a ver la cosecha de tantos años de siembra.

José va poco a poco bajando el acelere para ganar solidez, serenidad. Se está convirtiendo en un adulto tierno y divertido, cabezota y chulillo aún pero consciente al fin de su valía. De hecho, ya hemos llegado a la época de la vida de vidas paralelas. Por fin 😉 Él tiene sus planes y yo los míos. Y luego nos sentamos a desayunar o a comer juntos, nos miramos y nos contamos. Y cada vez me toca callar más (en lo del silencio llevo ya más de un año) y escuchar, sólo hacer de eco. He tenido conversaciones con él, con mis sobrinos, con Héctor su amigo del alma y con otros amigos que han pasado por casa en las que casi, casi parece que ya hablas con adultos.

Sólo lo parece porque luego aparece la adolescencia y los escuchas creyendo que han comprado la verdad en el mercado de la esquina, que saben más que tú, que tú no te enteras porque la vida ha cambiado y ya no sabes cómo funcionan las cosas, y que «ay, mamá, qué pesada eres!» y te sonríes recordándote diciendo esas cosas tal cual a tus padres, a veces con palabras textuales que la vida te devuelve en forma de espejo amoroso. Hasta que todo eso va bajando y ellos también acaban escuchando y quedándose silenciosos con lo que les dices. Conversaciones en las que sientes que logras afianzar algunas certezas que son valiosas, que son necesarias. Y luego acaba y piensas: veremos cuándo llega la próxima. Lo escribí hace tiempo y me he ido reforzando en ello estos últimos dos años, la adolescencia va de flotar. Flotar alrededor. Hacer de pared en determinados momentos y el resto flotar alrededor. Para captar, enterarse y cazar esos pequeños momentos en los que puedes ayudar a estructurar, a dar forma, a crear certeza.

De hecho escribo estas letras después de haber tenido a seis adolescentes durmiendo en casa. Playa y disco, colchones en el suelo, pelis hasta las x, desayunar sin haber dormido casi… la felicidad. Y yo haciendome la dormida con un par de pequeños límites previos.

Haber llegado hasta aquí es sencillamente un gozo.  Y no me refiero sólo a José. Hablo de mí, de esta paz interior, esa sensación de no tener ya nada que demostrar, la sensación de no necesitar correr, la consciencia del privilegio de tanto y tanto amor y tantas conversaciones impagables. Este curso (sigo midiendo los años por cursos) cumplo 50 años y cuando pienso en el camino me parece increíble dónde estoy y me invade un profundo agradecimiento, pero también un reconocimiento hacia mí misma, hacia mi valor y mi resistencia. Este verano un amigo me enseñó esta canción, que no conocía a pesar de mi debilidad por Rozalén, y habla justamente de una pequeña parte de a lo que me refiero.

Me nace honrar mi camino y abrazarme mucho y bien. Este verano cuando mi segunda madre, Aurora, me vio, me dijo «Creo que nunca te he visto tan bien como ahora» Y, como tantas y tantas otras veces, creo que tiene razón.

Ha sido un verano tranquilo. Y debajo de esa tranquilidad pasan cosas importantes, sutiles pero importantes. Pero sobre todo hay una infinita hermosura.

Abrazo inmenso,

Pepa

Injusticia y reciprocidad

18 junio 2022
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Una de las paradojas más bonitas pero también más complejas del ser humano son nuestras narrativas internas. Las construimos desde las vivencias que vamos acumulando y luego esas mismas narrativas determinan nuestras vivencias posteriores. Determinan aquello a lo que nos abrimos y aquello de lo que mantenemos distante. Aquello y aquellos, sobre todo aquellos y aquellas.

Y de esas narrativas hay dos que, cuanto más las escucho más claro me llega el daño que producen. Un daño que veo en la consulta, en mi vida profesional en todos los ámbitos, y en mi vida personal. Y me pregunto cuánto habré sido capaz de deshacerlas interiormente.

La primera narrativa dañina para mí es la de que «la vida ha de ser justa». Esa frase tan y tan repetida «¡esto es injusto!» o «Qué injusta es la vida!». Me pregunto siempre en qué momento nos creímos eso de que la vida tenía que ser justa, porque a mínimo que mires la vida te das cuenta de que no lo es. La vida para mí es como una moneda de dos caras, una cara es bella pero la otra es cruel, y ambas van juntas, no las puedes separar, toca asumirlas unidas en una. Pero desde luego uno de sus rostros es la crueldad. Y no hablo sólo de la crueldad humana, que por supuesto, hablo de la misma naturaleza. Que la vida esté ordenada, que todo esté entrelazado no significa que ese orden sea un orden justo. En la naturaleza unas especies viven de otras en un orden fascinante, pero todo menos justo. Todo el ecosistema, del que no somos más que una ínfima, frágil y valiosa parte, funciona de forma cruel.

Defender la justicia como un valor humano, como un valor moral, no significa que la convirtamos en condición, en deuda, en lo que «debe ser». La vida no debe ser justa. No lo es. Y me parece clave dejar de esperar esa justicia como algo que la vida nos debe y empezar a plantearlo como lo que es: una conquista. Algo que a veces logramos desde nuestra parte humana, desde nuestra parte de especie consciente que puede lograr la justicia como un logro colectivo. Y lo consigue desde su capacidad de conectar con el dolor del otro y también con su valía.

Veo a tantas personas enganchadas a la rabia por lo que les sucede como si fuera una especie de pozo sin fondo, esperando que la vida les trate como ellos desearían y enfadados porque no lo es… A menudo me doy cuenta de que esa rabia tiene mucho que ver con no poder sostener las preguntas sin respuesta a las que nos conduce la consciencia de nuestra fragilidad. ¿Por qué a mí? ¿Por qué tanto? ¿Por qué ahora? No hay respuesta. No la hay para el dolor pero tampoco para el gozo. ¿Por qué me ha tocado a mí el gozo, el privilegio y la fortuna? Porque hay algunas cosas que depende de lo que hacemos y de cómo lo que hacemos, pero las más importantes no. La familia en la que hemos nacido, la enfermedad, la muerte, que otra persona nos quiera (querer sí lo decidimos, pero que nos quieran no). Yo soy consciente de ser una privilegiada absoluta y sé que muchas cosas que he logrado son resultado de mi esfuerzo, mi trabajo personal y mi consciencia. Pero otras mil no.

No tengo respuestas para las preguntas existenciales y me parece que la única forma coherente de vivir mi vida es sostener las preguntas sin respuesta. No sé cuál es la respuesta y eso duele, y me hace sentir a menudo impotencia, sobre todo cuando lo que me toca atravesar es mi dolor o el dolor de quienes amo. Pero sé que a mí me ha tocado la parte privilegiada de un mundo cruel. En muchísimos más sentidos de los que sé expresar. La vida no es justa. El ser humano a veces, en pocas y valiosas ocasiones, genera y logra justicia. Pero la vida no lo es. Ni podemos esperar que lo sea.

Y la otra narración que para mí es dañina es la del «amor incondicional». Y esta segunda narrativa trato de combatirla de forma consciente allá donde puedo. El amor sano es el recíproco. La reciprocidad es una de las condiciones de las vinculaciones sanas. Dentro de ese esquema que trabajo siempre de la diferencia entre los vínculos verticales y los vínculos horizontales (que curiosamente es una de las entradas más vistas de este blog y mira que han pasado años desde que la escribí en el 2012). En los vínculos horizontales me parece nuclear no establecerlos desde la incondicionalidad sino desde la reciprocidad. Porque si damos demasiado, colocamos al otro en posición de deuda y viceversa. Es necesario aprender a dar y aprender a recibir. Y hay muchas personas a las que aprender a recibir les cuesta mucho más de lo que pueda parecer. Pero si no sé recibir impido también al otro dar.

Pero me parece fundamental deshacer también la idea de «incondicionalidad» asociada a los vínculos verticales. Sólo hay dos vínculos verticales, el parento filial y el profesional (los roles profesionales de cuidado). En realidad, vínculos verticales no son sólo las madres y los padres sino todos aquellos que ejercieron de figuras de cuidado. Yo lo he explicado muchas veces pero mi padrino (hoy era su cumpleaños, y lo sigo añorando tanto!), mi tía Carmina y Aurora, la mejor amiga de mi madre, fueron vínculos verticales para mí, fueron refugio (Aurora lo sigue siendo en vida, por suerte).

Son vínculos en los que la verticalidad es garantía de seguridad y cuidado. Vínculos que garantizan nuestra supervivencia y pleno desarrollo. Y no lo hacen sólo desde el amor sino desde el cuidado. Es el cuidado el que genera seguridad y esa seguridad externa genera estructura interna. Esa es la función básica de la figura de apego, que sería como se llaman técnicamente los vínculos verticales. Qué importante es comprender que no somos amigos de nuestros hijos ni debemos serlo, que siendo madres y padres les damos refugio y alas, les damos un lugar al que volver. Y cómo duele cuando pasamos a ser padres de nuestros padres, a tenerles que cuidar porque su fragilidad se impone y cambia el orden de la verticalidad. Y digo que duele no sólo por ver a nuestras figuras parentales envejecer y enfermar, sino porque eso supone quedarse sin refugio, dejar de tener esa casa, ese hogar, ese abrazo que fue sostén y fuerza.

Y, sin embargo, qué importante es cuestionarse hasta qué punto las figuras verticales son (somos) capaces de ser incondicionales. Porque intuyo que, a mínimo que le pongamos consciencia, en muchos casos ese refugio no lo es. Educamos a nuestros hijos e hijas para que sean como nosotros queremos que sean, elegimos cómo visten, su colegio, sus relaciones, sus creencias… ¿Realmente somos incondicionales? ¿Lo fueron nuestras figuras parentales con nosotros? Probablemente sea la relación que más se parece a la incondicionalidad, pero no creo que lo sea. Creo que nuestras expectativas, el proyecto de vida que definimos para aquellos cuya crianza y educación asumimos determina enormemente lo que les permitimos. Luego vuelan y nos ponen a prueba y, probablemente, sea ahí cuando nuestra incondicionalidad se demuestra. Y en esto hay una diversidad enorme que no permite establecer una regla. Quienes me leéis tendréis experiencias muy diversas tanto con vuestras figuras parentales como si sois madres o padres. Pero para mí tiene valor en sí mismo plantearse si realmente somos incondicionales o no. Es más, si nos sentimos capaces de serlo.

Porque en las relaciones profesionales de cuidado (que son y deben ser verticales) nos es más fácil asumir que no somos incondicionales. Pero cuando se trata de nuestras figuras de apego, de algo tan nuclear, necesitamos salvarles. Porque salvarles a ellos es salvarnos a nosotros mismos. Eso es algo que aprendí hace mucho tiempo. Cuando hace muchos años empecé a trabajar para tratar de eliminar el castigo físico de la crianza de los niños, niñas y adolescentes, cuando lo trabajaba con las familias en cursos y talleres, las personas no me decían: «Pues yo ayer le pegué a mi hijo y no le pasó nada«. La gente siempre me decía (y me sigue diciendo): «pues mi madre me pegaba y no me ha dejado ningún trauma» o «pues mi padre me pegaba y eso me ha hecho ser quien soy«. Necesitamos salvar nuestro refugio, nuestras figuras verticales, porque salvarles a ellos es salvarnos a nosotros mismos. Aprender a vivir a la intemperie. Saber que el refugio cuando somos adultos somos nosotros mismos y nuestra red de vínculos horizontales. Y establecer una relación con nuestras familias desde la aceptación de sus limitaciones es un camino largo. Pero en fin, eso es para otro día 😉 me basta con nombrar el cuestionamiento.

Creo que estas dos narrativas internas, cuanto menos idealizadas están, más salud mental conllevan. Porque esa  idealización genera un nivel de exigencia y una sensación de impotencia y frustración que acaban dañando a la persona. Deshacer los ideales, asumir la vulnerabilidad y la fragilidad…vivir desde la compasión, hacia mí misma y hacia los demás.

Abrazo grande,

Pepa

7 veces 7

10 mayo 2022
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Leo la fecha de mi última entrada..febrero! Ni siquiera he escrito este año por mis 49! Increíble!

Este año 2022 sigue la pauta de aquella nochevieja en la que lo empecé en el hotel de Zaragoza. La pauta es la intensidad. Mi vida para mucha gente es intensa, sin embargo para mí llevaba muchos años siendo plácida. No hablo del movimiento, ni del ruido externo, ni del caos o el miedo. Hablo de la paz interna, de ese lugar al que llegas cuando no tienes miedo, cuando te invade la sensación de que no tienes ya nada que demostrar a nadie. Sólo vivir.

Pero este año he recuperado ese vértigo en el estómago que anida en mí cuando la vida va más deprisa que yo, cuando los acontecimientos se suceden a un ritmo tan vertiginoso que apenas puedo digerirlos de uno en otro. Cada vez aprecio más volver de viaje por la mañana y tener todo el día para procesar antes de reincorporarme a la rutina al día siguiente en vez de apurar las horas y volver tarde de viaje. No tener que salir corriendo al aeropuerto,  poder pasear o el tiempo de viaje en coche conversando y escuchando música. Tiempos lentos, pausados, míos.

Pero éste es mi año 7. Sé que a muchos les sonará a tontería pero hace años me contaron que la vida parece organizarse en ciclos de siete años, que los grandes cambios suceden en los años 6, 7 y 1 y del 2 al 5 son años de integración. Al principio, cuando me lo contaron, me sonreí. Hasta que me puse a hacer mi listado: 7 años, 14 años, 21, 28, 35, 42…el último 7 nos vinimos a vivir a Palma. Y el anterior adopté a mi hijo. Y para atrás…todos los acontecimientos claves de mi vida se sitúan en año 7 o 1. Y este año es mi siguiente 7. He cumplido 49. El año que viene celebro los 50.

Me tomé el día libre, es una costumbre que tengo hace unos años, no trabajar el día de mi cumpleaños. Me fui a pasear frente al mar. Había celebrado el día anterior con mis amigos de la roqueta y ese día paseé y me dediqué a hablar por teléfono, tomé un café con una amiga, comí con otra y pasé la tarde con mi hijo. Y por la tarde me llegó un regalo profundo, y más llamadas y mensajes de las que puedo narrar.

Y cuando estaba frente al mar pensaba en mi año 7. Y en mis 50. Pensaba en que, si todo va bien y la vida no tiene otros planes para nosotros, mi hijo se irá el año que viene a estudiar fuera. Nos tocará separarnos después de 17 años. Pensaba en mi trabajo y en los procesos en los que estoy implicada y los cambios a los que estoy contribuyendo. Pensaba en el privilegio de la consciencia. Pensaba en mis ángeles, y en cómo me siguen cuidando. Pero sobre todo, pensaba en el amor inmenso que me rodea. Porque al final mi mayor éxito en la vida, con diferencia, es la red de amor que me sostiene y me abraza.

Alguien me escribió un regalo tan bonito este año que no me resisto a transcribir un trocito de uno de sus párrafos (sé que me perdonará): » El abrazo de Pepa es algo así como un abrazo valle y abrazo montaña, un abrazo muro de contención, abrazo muralla, abrazo de seda y hierro, abrazo descanso de tanto tiempo manteniendo las sombras a ralla. Abrazo cálido, abrazo casa, tentol, salvo, un ratito para permitir el niño y mel i sucre, y al juego siempre tablas. Un abrazo hogar. Un abrazo de almas. Un abrazo para guardar el dolor y encontrar las fuerzas.»

Éste es mi éxito. Mi paz. Y cuando puedo parar frente al mar o cuando abrazo a mi hijo cada mañana siento que llego a mi año 7 (7 veces 7) con fuerza para sostenerlo, sabiendo como sé que el aprendizaje y el reto que traiga será siempre luminoso. Eso no lo sabía cuando era pequeña. Entonces el dolor era otro.

Así que hoy sólo quiero contaros eso. Que estoy en año 7, que tengo algo de vértigo en la tripa. Que me sé una privilegiada y me siento amada. Y que espero hacerlo bien.

Abrazo grande,

Pepa

Ser mirados para sentirnos amados

5 febrero 2022
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Hace un par de semanas mi hijo me narró algo que me dio mucho que pensar y le pregunté si le parecería bien que escribiera sobre ello, le pedí permiso para contarlo. Me dijo que claro, que adelante. Pero se han ido pasando los días y aún no lo había hecho. Y es que ando en un comienzo de año muy contundente, hermoso, bello aún en lo complicado, pero muy contundente. Tiene sentido decirlo justo hoy que es el primer día que me siento medio persona de nuevo, saliendo ya del covid. Hasta ahora habíamos logrado evitar al bicho, pero el domingo cayó mi hijo y un par de días después yo, y aquí estamos compartiendo bicho y confinamiento. Ha sido corto, somos afortunados, pero la sensación es como si te pasara una apisonadora por encima.

Y es que el año empezó contundente desde el primer día. Pasé la nochevieja en un avión, un tanatorio y la noche en un hotel sola cenando para no poner en riesgo de contagio a mi familia. Pero llena de amor, por haber podido llegar a tiempo de acompañar a mi gente amada a pesar del avión de distancia, por saber a mi hijo rodeado de amor al cuidado de nuestra gente de la isla y a mi familia trayéndome la cena exquisita para que cenara delicatessen de nochevieja en el hotel. Así que sí, el comienzo de año fue contundente desde el principio literalmente. Luego tuvimos suerte y el bicho nos dio margen para poder irnos a pasar los reyes en la nieve con la familia. ¡Hacía años que no veía tanta nieve! Os dejo sólo una muestra de las bellezas que nos descubrió mi hermano. Hablando de miradas…

Después han pasado muchas cosas y hoy he comprendido que hay un hilo (siempre lo hay): la necesidad de ser mirados. Parte tiene que ver con mi historia, con mi niña no mirada. Parte con mi presente. Parte con lo que me narró mi hijo.

Llegó un día del cole y me dijo mientras merendábamos: «¿Sabes, mamá? Hoy por primera vez en el cole me he sentido querido«. (habla del cole en el que lleva tres años, aunque el primero de ellos no cuente porque lo pasó la mitad confinado por la pandemia). Y me contó que alguien le había acusado en clase de algo que no había hecho y dos de sus amigos habían salido a defenderle públicamente delante de los compañeros. Era la primera vez. Me impresionó la vivencia que usaba para definir la profundidad del vínculo con sus amigos. De hecho, él está justamente viviendo un proceso muy bonito de dejar de sentirse invisible, que al mismo tiempo le está llevando a estar mucho más tranquilo en clase, más presente y a dejar de hacer cosas para ser visto.

A lo largo de estos años José ha desarrollado una idea muy clara de lo que es la amistad y lo que no lo es. Tiene grandes amigos, y los conserva, en algún caso desde que era bebé. De hecho tiene amigos a los que considera familia, como me ocurre a mí. Es el modelo de vida en que le he educado y que él ha hecho suyo por su propia vivencia. Pero también ha vivido hace unos años decepciones muy fuertes con personas a las que creía amigos y resultaron no serlo. Es un aprendizaje que forma parte de la vida pero que le ha llevado a ser muy claro respecto a lo que es ser amigo y qué no.

Por eso, hace tiempo creamos una especie de código: hablamos de que hay amigos tipo uno y amigos tipo dos y luego están los compañeros. Los amigos tipo uno son pocos, son los que conocen tu historia, tu casa, tu familia… los que te conocen y comparten tu vida. Son amigos que a veces permanecen junto a ti toda la vida y a veces no, pero mientras están, son amigos del alma.

Los amigos tipo dos son la gente con la que sientes afinidad por muchas cosas, cariño, con los que sueles compartir los trabajos en el cole, juegos en el patio, tareas y tiempos de ocio. Lo mismo de mayor, que compartes aficiones, espacios de trabajo, diferentes cosas pero que no conocen tu intimidad. Son gente a la que aprecias pero que cuando cambias de lugar, de colegio, de trabajo, de ciudad, suelen deshacerse porque si no hay convivencia la relación se va rompiendo. Pero no son sólo compañeros, son más que eso, porque sí compartes tus cosas y el tiempo que compartes es bueno y valioso y merece la pena. Son amigos que hacen falta, que hay que valorar.

Y luego están los compañeros con los que puedes compartir clase un montón de años y no llegar a ser amigos ni tipo dos. En el cole la diferencia se ve muy clara en cosas pequeñas. Por ejemplo, con los amigos tipo dos no sueles quedar fuera del cole a solas. Si quedas, es en grupo. Los amigos tipo uno son los que uno queda solo, vienen a casa y vas a la suya, te abres y confías.

Y lo que está claro es que para ser amigo de alguien en el tipo que sea has de ser correspondido. Como todas las relaciones vinculares, son dañinas cuando no hay reciprocidad.

Pues José hasta este año no sentía tener amigos tipo uno en el cole. Ahora ya sí. Y eso le hace sentirse querido. Porque sí, entre otras muchas cosas, los amigos tipo uno te defienden cuando te atacan, te acompañan cuando sufres y se alegran con tus alegrías. Estos días hemos estado rodeados de mensajes de amigos-familia, incluidas visitas para lanzarnos besos a distancia desde la puerta y comprobar que estábamos bien y dejarnos sushi para que cenáramos.

Sentirse amado tiene todo que ver con sentirse cuidado y con sentirse sostenido con el contacto físico. He escrito mucho aquí sobre eso. Sobre los abrazos, los cuidados, los gestos, las comidas, las llamadas, los aviones para llegar a funerales e infinitas otras cosas. Pero a veces se me olvida lo importante que es cómo te construyes tu propia identidad desde lo que ves en los ojos de la gente que te ama. Como José se siente valioso porque vio a sus amigos defenderle y vio en ellos el valor que le daban a él. Es la mirada del otro la que nos constituye. Por eso debemos estar muy atentos a lo que nuestra mirada trasmite a la gente que amamos sobre sí mismos. Lo sé de sobra, pero este comienzo de año me está trayendo una y otra vez mensajes para recordármelo.

 

Y hoy una amiga, que además de amiga es guía, me ha recordado cómo yo me encuentro en la mirada de mi gente amada, y que esa mirada no puede sustituir otras miradas que faltaron, pero hace más liviana su carencia. Y es cierto. A lo largo de toda mi vida, la mirada de la gente que me ha amado me ha hecho sentir querida y valiosa, como a mi hijo. Y en mi caso ha aliviado el dolor no visto, lo que no se pudo ver ni nombrar.

Pienso en cuántas veces que he podido acusar a personas de no mirarme, de no verme, sobre todo cuando se trataba de pareja, cuando la que no se veía era yo misma como mujer.

Pienso también cómo el dolor y el miedo impiden a quien ha de mirar, poder mirar. Y de ahí surge el riesgo y el daño. Y es un daño que se trasmite de generación en generación.

Y todo esto no es que me pase a mí o a José, nos pasa a todos, por eso también me ha nacido escribirlo. Necesitamos la mirada del otro para dar valor a nuestra vivencia interna. Y muy a menudo sacrificamos nuestro propio bienestar para tener ese «otro». Es muy fácil tratar de establecer relaciones desiguales, no recíprocas, asumiendo roles de cuidado innecesarios o dañinos. Porque no nos creemos merecedores de otra cosa pero necesitamos un «otro».

Pero el amor de la gente que nos quiere bien, esa que nos quiere cuando lo hacemos bien, mal y regular, nos lleva a mirarnos adentro y desde ahí a, como decía Dumbledore, elegir lo difícil en vez de lo malo.

Abrazo grande!

Pepa

El viento habitado

26 diciembre 2021
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Aquella niña vivía en el desierto. No uno de arena, sino de roca. No de sol abrasador, sino de viento de estepa. Un infinito de tierra aparentemente yerma.

Siempre se preguntó dónde acabaría aquel desierto, si tenía fin la estepa, si el viento podía llegar más allá. Sus padres hablaban de otras tierras, de verdes praderas, de bosques profundos. Hablaban de la mar. Y aquella niña trataba de imaginar la inmensidad azul, el movimiento constante, la caricia tierna y la fuerza inesperada. Apenas lo lograba.

El viento anidaba en su desierto y cada noche dibujaba formas imposibles de atrapar en el cielo que veía desde su cama. Ella se dormía con aquel sonido: el viento de tierra adentro. Trataba de intuir su lengua pero sólo escuchaba una palabra: «vuela».

Ella quiso ser viento. Deshacerse. Perder su cuerpo. Olvidar la materia. Flotar. Porque el viento no se puede capturar, herir, partir, ni apresar. El viento puede huir siempre. El viento guarda sonidos y a veces tormentas, pero siempre pasan.

Lo que muchas personas no saben es que un alma puede ser viento y tierra al mismo tiempo. El cuerpo puede ir a la escuela, jugar, estudiar. Puede abrazar, acariciar, sonreir y germinar. Y todo eso mientras el alma vuela como viento. Para el viento encarnarse es tan difícil como para el cuerpo volar.

Aquella niña leía para ser viento. Veía películas para ser viento. Imaginaba cosas mientras los demás hablaban para flotar como el viento. Corría mucho para tener la sensación de casi despegar. Inventaba historias, heroínas intensas, dragones degollados, islas imaginarias…a las que salir volando cada mañana al despertar. Y cada noche le pedía al viento desde su cama que la llevara con ella. Pero él nunca pudo hacerlo, porque pesaba demasiado para poder volar.

Había algunos momentos en que aquel viento interior se deshacía. Le pasaba sobre todo en los brazos de su madre, aquel cuerpo grande que la envolvía, le acariciaba el pelo y le dejaba apoyar la cabeza sobre su pecho. Le gustaba aquella sensación de calor que le generaba su ternura. Y le ocurría también en el agua. El agua tiene su propio lenguaje y cuando metía la cabeza dentro del agua ya no escuchaba al viento, sino otro lenguaje diferente, fluido también, pero diferente.Y así fue creciendo, volando por dentro y encontrando en los abrazos y en el agua una forma de habitarse.

Cuando su madre enfermó, la niña vio como el alma de su madre se evaporaba. Y ella se sintió perdida. Se ahogaba de desierto. Ya no escuchaba otra cosa que viento, tan fuerte que le paralizaba. Y su madre la vio. Así que durante los años que vivió enferma, en aquella cuenta atrás llena de amor, le fue mostrando anclas a la vida.

Sacó sus discos y recuperó la música que les ponía de niños y volvieron a cantar después de mucho tiempo de silencio. Le recordó que la música es viento habitado, lleno de vida.

Volvió a bailar y le enseñó cómo bailando se flota y se habita, todo al mismo tiempo.

Le hizo mirar el brillo del sol en las hojas de los árboles. Un brillo que el viento hacia cambiar por segundos, pero que calentaba y daba vida al árbol y a quien lo miraba.

La abrazó sin parar, la acarició, le cogía la mano cuando estaba demasiado débil para nada más, para llenarla de ternura, tu «dosis de amor», la llamaba, la que sostiene todo lo demás.

Le enseñó a llorar con tristeza y sin angustia, que las lágrimas también son agua.

Le enseñó el eco de la risa y el calor de la mirada amada.

Hasta buscó quienes cuidaran de aquella niña cuando ella se hubiera ido: su tía, su padrino y aquellos tres amigos que la acogieron casi como hija.

Y mientras el cuerpo de su madre se iba consumiendo, se convirtió para su hija en horizonte más allá del desierto. La empujó a irse, a viajar, a estudiar fuera, a perseguir su mar. Y a hacerlo desde la tierra.

Y aquella niña se hizo mujer. Viajó, bailó, abrazó y fue abrazada, fue madre, se bañó infinito y se rió más. Aprendió a llorar delante de los demás. Aprendió el lenguaje de los árboles.  Y encontró su mar y su isla, en la que volvió a escuchar el viento. Pero esta vez sí podía entender su lengua, que estaba llena de amor. Y ahora cada noche se duerme acunada por ella.

Pepa

 

 

Ligereza

29 octubre 2021
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Llevo ya un tiempo en que cuando me preguntan cómo estoy contesto: «ligera». Y es que no encuentro otra palabra para definir lo que me está ocurriendo en los últimos tiempos. Esa sensación hermosa de no tener pesos sobre los hombros, de caminar sin peso, estar descansada, sentirme libre y volver a conectar conmigo. Y los verbos son importantes, porque una cosa es ser libre y otra sentirte así; tener responsabilidades no es lo mismo que sentir el peso en los hombros y volver a conectar es porque durante un tiempo no lo he estado.

A raiz de la publicación de este artículo «Definiendo la consciencia» (os lo adjunto aquí para quienes leéis este blog y no el de Espirales, porque creo que os gustará leerlo) un amigo que quiero me propuso que debería escribir algo así como el «Diccionario de Pepa», igual que hice con «Metáforas para la consciencia» donde incluí las imágenes con las que trabajo, pues hacer algo similar con los conceptos. Me pareció una idea genial que en algún momento que logre el espacio suficiente, trataré de que tome forma. Y sin duda una de las palabras de ese diccionario sería la de hoy: ligereza.

Porque la ligereza tiene que ver con la fluidez y con la confianza. Con el movimiento y con el viaje. Con soltar y no aferrarse. Con el equipaje interno. Con la cosecha. Con la gratitud.

He pasado dos años muy difíciles, no necesariamente malos, pero extraordinariamente densos. Lo han sido para el mundo entero, pero también para mí. Hubo momentos en donde pensé que no me llegarian las fuerzas por el cansancio, la duda y el temblor (perdón, no me resisto a contaros que mientras escribo está saliendo el sol y llega a mi cara por el maravilloso ventanal de mi salón, qué privilegio! os dejo una foto que he hecho antes de empezar a escribir, antes de que saliera).

Desde niña he tenido una certeza y es que la vida nunca me ha dejado caer. Cuando me han llegado momentos de sufrimiento, siempre la vida me ha dado lo que necesitaba para atravesarlos, casi siempre en forma de una red de gente amada que me/nos sostuvo, otras veces en forma de acontecimientos inesperados o de regalos imposibles de prever. Y al final las cosas han salido. Casi siempre diferentes a lo que pensaba, y casi siempre mejores. No digo que el dolor compense, ni que tenga sentido, ni nada de eso porque para mí confiar sigue siendo convivir con las preguntas sin respuesta. Hay cosas para las que no hay respuesta, al menos no aquí y ahora. Pero el hecho es que no me han dejado caer.

Y con el paso de los años eso ha ido creando en mí una confianza básica en la vida, una sensación muy potente y difícil de explicar pero que está detrás de las mejores decisiones que he tomado en mi vida que son justamente las que la gente a mi alrededor pensó en su momento que eran locuras, o al menos, que tenían mucho de locura, como adoptar a mi hijo, dejar el trabajo en Save o venirnos a vivir a Palma, incluso otras mucho más tempranas como irme a estudiar fuera de casa de mis padres o renunciar a un doctorado en USA para cuidar a mi padre hasta su muerte. Las decisiones aparentemente más locas han sido sin duda las mejores que he tomado en mi vida.

Pero esa confianza básica ha habido momentos que ha sido una trinchera, una fortaleza desde la que resistir. Han sido tiempos de confiar contra toda razón, de sobrevivir. Sin embargo, hay otros momentos, preciados, preciosos, increíbles, como el que estoy viviendo ahora en los que la confianza nace sola, fácil, fluida, obvia. Porque me siento ligera.

Hace años en mis viajes por el sudeste asiático me enseñaron una expresión que se dice mucho allí que decía «Mekong always flows and flows in the same direction», «El Mekong siempre fluye y fluye en la misma dirección». Puedes intentar parar el agua, el tiempo, el aire y será inútil. No funcionará y acabarás extenuada. Puedes tratar de nadar contra corriente, pero al final la vida siempre es más fuerte que nosotros. Siempre. Así que se trata de navegar con la corriente, surfear las olas cuando llegan, y confiar.

Mi hijo va a cumplir 15 años el mes que viene y este verano cerró su infancia. Se está convirtiendo en un hombre hermoso, listo como él solo, divertido y consciente. Y sobre todo, en un hombre bueno, tierno y empático. Y yo lo veo y se me llena el pecho de orgullo. El verano ha tenido algo de iniciático para los dos, porque me permitió darme cuenta del cambio, y empezar a soltarle. Confiar de nuevo, pero esta vez en él. En él y en el amor y la consciencia que he puesto estos últimos 14 años en su crianza. El trabajo está hecho. Ahora ya sólo toca flotar alrededor y callarse, como escribí hace un tiempo. Porque de eso va la adolescencia para mí: de flotar para poder hacer de pared cuando toca y de callarse. Y al soltarle estoy recuperando mi vida personal, saliendo de nuevo a cenar, a bailar, no correr en los viajes para volver a tiempo de decirle buenas noches, ni en las comidas para llegar antes de que vuelva a casa del cole, permitirme estar sin prisa. Y él me sonríe y me dice: «pasalo bien, mamá».

Así que eso voy a hacer: pasarlo bien. Con él y sin él. Sola y acompañada. Disfrutar, recuperar mis tiempos, mis sentidos y seguir fluyendo en el río sabiendo que el hilo de amor que nos úne no se romperá jamás pero que ya no necesita mi presencia y que me toca confiar en lo sembrado y dejarle probar, errar y gozar. A ratos se me da genial, a ratos me vuelve la madre del niño. A ratos logro callar y a ratos me encuentro hablando cuando no debo. Pero el cambio no tiene vuelta atrás. Él está bien y yo estoy bien. La vida nos ha cuidado, nos ha sostenido en el fluir del río. Y empiezo a intuir una nueva etapa de la vida que tomará forma definitiva cuando dentro de unos años él se vaya a estudiar fuera. Y no me da ninguna pena, muy al contrario, me hace sentir paz y una inmensa, inmensa gratitud.

Pero soltar es todo un aprendizaje. Como lo es perder. Como lo es la vulnerabilidad y la pequeñez. Estoy en ello 😉

La ligereza me da paz. Me abre el alma. Y me hace sonreír más de lo habitual 😉

Abrazo,

Pepa

 

Abrazos y kilómetros

12 septiembre 2021

Ya estoy aquí, de vuelta en nuestra roqueta, en nuestro hogar. Y volver a escribir aquí es darle un cierre simbólico a este verano cuyo lema ha sido «abrazos y kilómetros». Era lo que quería, lo que necesitaba y lo he tenido.

Más de 6.000 km en los que me he dejado sólo Murcia y Andalucía por pisar. Qué privilegio hacer kilómetros sin prisa y sin límite, la sensación de inmensidad, que tan difícil de describir es pero tan certeza corporal se vuelve. Vivir en una isla limita la inmensidad al mar. O la navegas o la contemplas. Hasta me atrevería a decir que se nos podría dividir a los isleños en esos dos grupos: los que navegan la inmensidad y los que la contemplamos arrobados.

Así que yo necesitaba mi inmensidad, y la mía es de carretera. Cuando me encontré conduciendo horas seguidas sin pensar, sólo mirando el paisaje y miraba la carretera y pensaba: «¡No se acaba!» algo dentro de mi alma se ensanchaba. No sé si es una necesidad general, pero yo desde luego la siento. Necesito la inmensidad: contemplarla como ahora desde mi terraza y atravesarla cuando puedo en carretera. ¡El mundo es tan inmenso y tan bello!

Y la otra necesidad era también física. Necesitaba abrazar a mi gente de fuera de la isla, reencontrarme con ellos, abrazarlos, tocarlos, mirarlos, sentarnos al frente y conversar. Sin prisa, sin tiempos limitados, sólo estar juntos. Y lo conseguí.

Cada vez soy más consciente de la parte corporal de cada vivencia. Volver a Madrid y caminar sus calles. Hacer el camino a las casas de mis amigos y sentir que el coche iba solo, que era como si me hubiera ido ayer. Encontrar partes de mí enganchadas en algunas esquinas. Verme mirada con tanto amor que parece que te calienta por dentro. Volver a sentir que esos 24 años que viví en Madrid me hicieron quien soy y me dieron el valor para venir al mar, a esta luz.

Volver a Zaragoza, que ya no es corporalmente mi ciudad, pero en la que vive mi familia y esos amigos que conservan de ti lo más antiguo, tu infancia y en mi caso mis mayores despedidas porque fueron quienes estuvieron a mi lado en la muerte de mi madre y de mi padre y en muchas otras cosas dificiles de explicar. Este verano me ha tocado decir adiós a uno de esos amigos. 32 años de amistad. De los que me esperaban en la puerta del hospital de mi madre con un café y un abrazo y me acompañaban a casa, y cogían el teléfono para que pudiera dormir una siesta…esos amigos. Mi querido Luis. Él adoraba enseñar, era maestro, marido y padre, hermano y amigo. Poder despedirme de él, abrazarnos, sonreirnos, compartir aquellas últimas horas y hablar en su funeral son el mayor regalo que he recibido este verano. Hasta en eso la vida ha sido buena conmigo.

Si me preguntáis qué he hecho este verano, ha sido esto: estar, sólo estar. Reconectarme a mi gente de fuera de la roqueta, abrazarlos y que me abrazaran, reír, reír y reír y conocer dos o tres sitios espectaculares e inesperados. Los dejo aquí, por si os entra la curiosidad. Caspueñas, un pueblo escondido de Guadalajara. Cariño y sus playas del norte de Galicia. Robledillo de Gata en Cáceres con sus piscinas naturales y el Perellonet con su mar.

Y hay algo mágico que ha pasado este verano también. Mi hijo ha cerrado su niñez. Se ha hecho mayor, asombrosamente mayor. Este proceso ha ocurrido durante todo el año pero su estancia en Irlanda, y con Héctor en Robledillo y con sus primos ha hecho ese cambio real. Y yo lo miro y sonrío. Me gusta el hombre en el que se está convirtiendo. Aunque sigamos teniendo que pelear muchos ratos. Pero estoy orgullosa de él.

Estoy de nuevo, feliz, descansada, serena.

Abrazo inmenso,

Pepa

 

Frases para la consciencia

26 mayo 2021
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El trabajo terapéutico es un regalo. En el vínculo que se crea en consulta surge un espacio único de encuentro en el que las personas te van regalando pedazos de su sabiduría, o te dan la oportunidad de estructurar pensamientos, vivencias a las que hasta entonces no habías dado forma. Hoy quiero compartir algunas de ellas, de la misma forma que compartí en el libro «Metáforas para la consciencia» imágenes que sé que sirven en ese camino. Esta vez son frases, algunas que me han regalado, otras las he construido para lograr poner palabras a algo que me describían o que les sucedía. Aquí van, sin mucho orden, pero llenas de vida.

«Sólo tengo que llorar«. Él me explicaba cómo, después de todo lo vivido, había aprendido que podía sobrevivir a cualquier dolor. «Sólo tengo que llorar». Llorar lo que necesite, dejar ir la pena en las lágrimas hasta volver a empezar. Llorar y engancharte de nuevo a la vida, le dije yo. A su parte luminosa. Optar por ella. Pero desde la confianza, desde fiarse de la vida, aceptando la parte cruel que tiene. La vida es bella y cruel, si no tomas un lado de la moneda, no puedes tomar el otro. Ése es el trato, la moneda de dos caras. Pero dejar de tener miedo al dolor… saber que la tristeza no es nunca un problema, sólo lo es cuando se ancla al miedo. Saber que llorar sana y a ser posible aprender a hacerlo en brazos de otras personas para ser sostenido. Hace falta valor para llorar delante de otra persona, porque supone mostrar tu fragilidad, tu vulnerabilidad. Pero si toca llorar en soledad, no temerlo tampoco. Las lágrimas limpian el alma, cuando son sólo lágrimas de melancolía, de pena, de dolor. Si son lágrimas con miedo se vuelven angustia y se incrustan en el alma, se quedan dentro y dañan. Al llorar, dejas ir y puedes dar forma a lo que estás viviendo, empezar a hablar sobre ello, mirarlo. Pero ese primer momento es así de sencillo y así de difícil para muchos: sólo hay que llorar.

«A más, más; a menos, menos«. Esta frase no es nueva, la incluí en el epílogo de Educando la alegría porqie es una de las reglas de la vida que se cumplen siempre. Por eso merece la pena tenerla presente. Cuanto más tienes de algo, más te llega. Cuanto menos, menos te llega. Se cumple para todo: lo material, lo emocional y lo afectivo. Cuanto más dinero tienes, más fácil te resulta ganarlo y más te llega. Cuanto menos tienes, menos te llega. Cuantos más amigos tienes, más fácil te resulta hacer amigos. Cuantos menos amigos tienes, más solo te sientes y menos fácil te resulta. Cuanta más tristeza sientes, más te llega. Cuanta menos sientes, menos te llega. Cuanto más te mueves, más movimiento necesitas, cuanto menos te mueves, más pereza te da moverte y menos movimiento te llega. Es una regla esencial porque nos hace ser conscientes de lo importante que es decidir lo que quieres cultivar en la vida. A más, más; a menos, menos. Aquello que cultives en la vida, te llegará multiplicado. Aquello que dejes o no cultives, cada vez te llegará menos. Y quizá llegue un día en que te des cuenta de que no tienes nada de eso y no sepas cuándo empezó a desaparecer. Necesitamos poner consciencia en los ingredientes que decidimos cultivar en nuestra vida. Elegir nuestras vivencias, nuestros vínculos, nuestros pensamientos… todo. Lo que cultivemos nos llegará multiplicado. Elegir es toda una responsabilidad.

«4 de 6» le dije «quédate con esa proporción para la vida«. Para mí es la proporción de la vida cuando es fecunda. Creo de verdad q esperar seis de seis, e incluso cinco de seis genera expectativas poco realistas. Y esas expectativas conllevan un nivel de exigencia (y sobre todo de autoexigencia) que a menudo resulta dañino. Sé que esto que digo tiene poco o nada que ver con la competitividad, o con el educar para ganar, cuando no para vencer, pero para mí es clave. Es, como diría una paciente mía, uno de mis mantras. Si de cada seis frases que digo, llegan cuatro al otro; de cada seis vivencias que tengo, cuatro me llenan; de cada seis personas que conozco, cuatro logro establecer relaciones afectivas positivas con ellos; de cada seis deseos que tengo, logro cumplir cuatro; de cada seis miedos que tengo, logro afrontar cuatro… para mí eso es ser afortunado. Me parece clave no esperar seis de seis, ni cinco de seis y en aquellas ocasiones en que llegan, recibirlos como un regalo. Lograr una casa que cumpla seis de tus seis deseos, un trabajo que llene seis de tus seis aspiraciones, una relación de pareja donde te guste todo de la otra persona… no funciona, no es real y hace daño. A veces, muy pocas, sucede, pero es un regalo de la vida. Por supuesto muchas otras no llegamos ni al 4 de 6.

«Suficientemente cerca pero suficientemente lejos» es como mantienen las personas heridas a quienes tratan de amarles. Cerca para no quedarse solos, pero no demasiado cerca. La distancia permite la huida, la ruptura, la sensación de estar a salvo. La distancia permite conservar al niño que vive dentro del adulto y que tiembla. Mantenerlo a salvo, oculto. Se trata de evitar la indefensión y la vulnerabilidad. Porque la intimidad real conlleva mostrar la vulnerabilidad, abrirse emocionalmente. Y hacer eso, conlleva el riesgo de ser herido. Hace falta valor para amar más allá de nuestras heridas. Y cuesta mucho llegar a comprender la verticalidad como instrumento para esa distancia oculta en la cercanía, y el rol de cuidador como garantía de esa verticalidad. Mi mundo está lleno de cuidadores y de jefes y jefas, profesionales en roles de coordinación, que son al mismo tiempo cálidos y cercanos con la gente como son distantes a la hora de preservar su intimidad. Y colocarse en roles de cuidado o de liderazgo les hace más fácil mantener la paradoja.

Y seguimos. Este verano he decidido hacerme un regalo. Me tomo un descanso de dos meses y medio en el trabajo, desde el veinticinco de junio al nueve de septiembre. Es la tercera vez en mi vida que lo hago. Lo hice después de una época que tuve de viajar sin parar hace más de veinte años. Lo hice de nuevo con la llegada de mi hijo. Y lo vuelvo a hacer ahora. Ha sido un año y medio muy potente, lo ha sido para todos y todas, pero en mi rol de acompañamiento y de sostén emocional de mucha gente lo he vivido de forma muy clara. Ha habido momentos muy difíciles, pero sobre todo cansados por el nivel de presencia y consciencia que han requerido. Así que toca descansar. Y tengo el inmenso privilegio de poder hacerlo, que sé de sobra que no todo el mundo tiene, así que quiero honrar ese privilegio. Toca salir de la isla, ahora que se puede. Toca pasar ratos largos mirando a la gente que amo. Sólo mirándoles, además de abrazarles, claro. Y tengo ganas de kilómetros sin prisa con el coche, paisajes largos y profundos. Así que no sé si escribiré o no durante este tiempo.

Si no lo hago hasta septiembre, aquí os dejo mi abrazo para el verano, lleno de gratitud.

Pepa

 

Cuando el trabajo se hace vida

23 abril 2021

Mi entrada de hoy es breve. Sólo adjuntar aquí el enlace a una entrada que he escrito en Espirales CI que me gustaría que leyérais. Porque a veces el trabajo tiene alma, se hace vida. Es uno de los privilegios inmensos de mi vida. Así que en ésta mi casa personal, esa entrada que es laboral pero es mucho más, ha de estar.

Ojalá os guste leerla, porque se comprenden muchas cosas haciendo «Celebración y memoria» (Éste es el enlace de la entrada, pinchad porfa ;-)).

Un abrazo,

Pepa

Hacer de pared

3 marzo 2021
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Ando volviendo al mundo exterior poco a poco. Es una sensación rara, una vivencia dificil de describir pero compartida con mucha gente en este mundo raro que nos ha tocado vivir. El último año ha sido un año muy denso, muy intenso. Lo ha sido de puertas afuera pero también hacia dentro. Y no sólo por todo lo que ha sucedido en el mundo sino por lo que hemos vivido en casa. Una parte de la vivencia en casa ha sido una lesión extraña que se hizo mi hijo en el tobillo y que después de meses de peripecias hasta llegar a un diagnóstico claro le ha hecho pasar por el quirófano hace unas semanas. Todo fue bien, está genial y nos está sirviendo curiosamente como cierre simbólico de este periodo. La ternura, humor, autonomía y paz con la que lo está viviendo son prueba de ese cierre.

Pero el camino no ha sido nada fácil. La unión de adolescencia, adopción y pandemia es algo que sólo quienes lo hemos vivido y presenciado sabemos lo que es. Son tres palabras que juntas se hacen bomba. Quitas la pandemia y es algo más fácil. Pasas la adolescencia y es otra cosa. Y el dolor desde luego no es igual para quienes han vivido el miedo y el abandono en su historia personal  que para el resto de los chicos y chicas. Para ellos el miedo global unido a perder el contacto con su red afectiva se vuelve tormenta.

En todo eso estaba cuando la semana pasada me llegó este texto de Conchi Martinez Vázquez, difundido desde la web Adopción Punto de Encuentro desde la que Mercedes y María brindan una red de apoyo a las familias adoptivas y acogedoras que va mucho más allá de lo que ellas puedan imaginar. Conchi, que es una terapeuta que trabaja constantemente con familias adoptivas desde su experiencia profesional y con una delicadeza increíble describe lo que es la maternidad adoptiva, nuestra vivencia, mi vivencia. Yo no podría explicarla mejor. Por favor, leed el texto antes de seguir leyendo la entrada, porque si no no tiene sentido lo que viene después (el enlace va en el texto de su nombre, no en la imagen).

 

 

(…tiempo para que leáis a Conchi…) 😉

 

 

 

Cuando la leí, lloraba. Y me acordaba de lo difícil que le resulta a mi hijo a veces explicar lo que vive, y lo que siente. Lo mismo me pasa a mí. Porque su dolor y su experiencia es diferente. Por eso su vivencia no es como la de la mayoría de los hijos de mis amigos o como la de mis sobrinos. No, ellos no han experimentado el abandono, les parece sencillamente imposible, ni entra en su imaginación. Para mi hijo es una realidad que ya ha pasado. Tampoco viven lo que es estudiar un examen, salir de casa sabiéndoselo perfectamente y con la seguridad de sabérselo y llegar al examen y que se le olvide todo, o se ponga tan nervioso que se equivoque en tonterías y vea como año tras año, profesor tras profesor, mientras sus amigos y sus primos sacan buenas notas él se queda con un 3, un 4, un 4.7 que logra compensar con los trabajos. Esos trabajos en los que sin nervios, sin prisa y solo es capaz de hacer cosas increíbles. Casi nunca sienten, como le pasa a él, que un mal gesto, un no responder una llamada o un comentario de un amigo pueda llevarle a pensar que ya no le quiere, que le va a abandonar, que le va a rechazar. No necesitan, como le pasa a él, comprobar que la gente le quiere cada cierto tiempo para no temer nuevos abandonos, o sentir el contacto físico con la gente que ama para sentir que las relaciones son reales.

Y podría seguir y seguir…son tantas pequeñas cosas que se hacen muy grandes porque condicionan la vida cotidiana y hacen que su vivencia sea diferente. Y por tanto la mía también. Algunas personas al leer el texto de Conchi me han dicho que es válido para cualquier maternidad o paternidad. Pero no es cierto, por suerte. Por suerte la mayoría de los niños y niñas no viven algunos dolores. Y la mayoría de las madres y padres no han de sostenerlos.

Y ahi viene mi continuidad al texto de Conchi, algo que creo que añadiría a su listado y que tiene que ver con una imagen que me vino hace unas semanas que refleja la vivencia muy a menudo en la adolescencia de un chico o chica adoptados. O al menos lo que yo he necesitado hacer con mi hijo, no quiero generalizar, pero intuyo que a otras madres y padres les servirá. Durante este tiempo en muchas ocasiones he tenido que ser pared.

Ser pared para sostener su dolor. Porque era tan grande, intensificado por la adolescencia, que le desbordaba. He visto el dolor salir a raudales de su cuerpo y de su alma, y me costó un poco al principio entener lo que necesitaba de mí pero al cabo de un tiempo lo vi. Necesitaba una pared que le sostuviera, que le parara, que contuviera ese dolor que él no podía contener.

El problema es que ser pared es antinatura para cualquier madre o padre. Y desde luego es lo más alejado de lo que yo soy como madre. Por tres claves importantes.

La primera es que una pared no habla y yo llevo toda nuestra vida hablando con mi hijo. Pero una pared no habla, se planta silenciosa y clara, actúa, pero no habla. Es presencia, es solidez silenciosa. No habla, no explica, no justifica, no cuestiona, no pregunta….no.

La segunda, una pared no acaricia. ¡Qué dolor! pero así es. Una pared puede ser un abrazo contenedor en un momento determinado, pero no una caricia. No hasta después. Una pared no tiene brazos, no toca, no acaricia. Porque las caricias conectan, y el desborde se multiplica. Las caricias vienen después y son más necesarias que nunca, pero cuando has hecho de pared, cuesta volver a las caricias rápidamente. Ellos cambian mucho más rápido y tú te quedas dolorida y te cuesta.

Y la tercera, una pared no se mueve de su lugar, no depende del día ni del cansancio ni del momento ni de la urgencia. Una pared es pared.

Y no sólo es ser pared sino que no se puede delegar la función de pared, porque entonces regresa el abandono. No puedes pasar el testigo, ni cederlo. Porque lo que se prueba es tu fortaleza, tu presencia incondicional. ¡Qué palabra más complicada y más importante: presencia incondicional! Para mí ha adquirido un significado mucho más complejo ahora.

Y lo segundo que hace falta es la tribu detrás de la pared. Es curioso, nadie puede ser pared por ti pero él necesitó sentir que la pared no estaba sola, que detrás de la pared había una red, una tribu. Porque si no hay tribu detrás de ti dudan de tu fortaleza, creen  que no podrás con ello. Y tienen razón: sin tribu es imposible hacer de pared. Esa tribu sí acariciaba a menudo, esa tribu reforzaba la pared cuando tocaba. Con esa tribu sí pudo hablar. Esa tribu que el día de su cumpleaños se quedó despierta hasta las 12 de la noche para inundar su móvil de mensajes uno tras otro porque él había dicho que le gustaría recibir un mensaje el día de su cumple a las 00.00. Le tuvieron hasta las dos y media de la mañana. Esa tribu. Salvación. Refugio. Consuelo.

Es lo único que le falta al texto de Conchi: la pared. Así que aquí lo dejo. Por si a alguien os sirve.

Y como tiene todo el sentido porque habla de este tema y ha sido hace bien poco, acabo esta entrada enlazando un video de una conferencia que di a familias adoptivas de la Asociación de Familias Adoptivas de Extremadura el otro día. Por si queréis escucharla, y os sirve.

Abrazo,

Pepa

 

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