Un acto de fe en la vida

15 agosto 2017
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Un acto de fe individual lleva al acto de fe universal. Confiar en el otro lleva a confiar en la vida.

Confiar. Expresar. Pedir ayuda. Desde la vulnerabilidad, la locura y la valentía que implica.

Éste es mi acto de fe universal: decir en público, en este blog, que yo también fui abusada. Después de las cosas que he vivido en los últimos meses, hoy más que nunca tiene sentido decirlo aquí. Nombrarlo. Sin más detalle. No hace falta.

Soy Pepa, mujer, madre, amiga, hija, hermana, psicóloga… soy muchas cosas, y también superviviente. He dedicado y dedicaré mi vida profesional a expresar lo que se quiere ocultar o da miedo afrontar, a dar voz a los que no la tienen y a ayudarles a encontrar su propia voz. No lo he hecho por mi vivencia, pero siento que mi vivencia me ha ayudado a hacerlo mejor.

Y seguimos…

Pepa

“Honrar su dolor: el acompañamiento a las víctimas de abuso sexual infantil a lo largo de la vida” artículo publicado este mes en la revista Sal Terrae

12 julio 2017

De vez en cuando siento que mi mundo personal y mi mundo profesional se cruzan y este artículo es el ejemplo más claro que puedo imaginar sobre ese cruce.

Así que os copio aquí la entrada de la web de Espirales CI donde encontraréis íntegro el artículo: “Honrar su dolor: el acompañamiento a las víctimas de abuso sexual infantil a lo largo de la vida” que ha salido publicado este mes de julio en la Revista Sal Terrae.

Os pido que lo leáis y lo difundáis, es un artículo especial para mí. Espero que dé sentido.

Pepa

Incondicionalidad

4 julio 2017
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Mañana es de nuevo 5 de julio. Y ya van 24 años con ella en el corazón pero sin su abrazo.

Mañana tampoco no es un día cualquiera en lo profesional. Cerramos (casi) un proceso largo y duro de los últimos meses. Doloroso, pero un privilegio profesional. Con un equipo inolvidable. Ese es uno de mis grandes privilegios profesionales: los equipos con los que he trabajado. Empezando por la gente de Espirales CI  y mirando hacia atrás hasta aquella primera investigación sobre los niños y niñas víctimas de violencia de género.

Pero de nuevo hoy José ha puesto, con su estilo directo y claro, el dedo en lo importante. Comíamos con una pareja, de esa gente amorosa que ha llegado para quedarse, que tienen ya un hijo y ahora se han planteado que su segundo hijo venga “del mundo”, por adopción. Sin saber nada de eso, pero como tantas veces intuyendo y como era nuestra primera comida juntos, José les ha preguntado si sabían que era adoptado. Le han dicho que sí y yo le he contado que ellos estaban en proceso para adoptar, y que aún estaban pendientes de saber si habían pasado los “exámenes” ;-) para poder hacerlo. Al saberlo a mi hijo se le ha iluminado la cara y la conversación ha sido más o menos así:

– ¿En serio? ¿Le vais a dar un hermano a X? ¿Vais a adoptar un niño? Pues yo sé lo más importante que vuestro hijo necesitará que le hagais sentir.

-Qué?

-Protegido, que se sienta protegido. Y sé también cuál es la frase que le tendréis que repetir una y otra vez hasta que estéis seguros de que la ha creido.

– Cuál?- Decían ellos ya con el corazón encogido.

-Que nunca, nunca, nunca, pase lo que pase, le vais a abandonar.

Pues eso. Sin palabras.

Nunca, nunca, nunca. Ni cuando él sea mayor y a mí me toque estar solo desde el corazón, como a mi madre. Los dos lo sabemos. Y ella, que nos sigue cuidando, también.

Os mando un abrazo inmenso,

Pepa

 

Retazos de verdad

5 junio 2017
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Retazos de verdad que mi hijo deja caer y que me dejan sin palabras. Ahi van:

Hace un par de semanas, cenando con una amiguita suya en casa:

– Mami, sabes? te voy a decir una cosa que a lo mejor no te gusta.

-Dime

-Cuando tenías pelo, eras más estricta y a veces gruñona. Me gustas más calva, porque estás más amorosa.

– (tras un silencio largo) Sabes cariño? creo que lo que dices es cierto, creo que la calva me ha enseñado humildad. Pero también creo que no tiene tanto que ver con tener pelo o no tenerlo sino con que ahora estoy más feliz. Y cuando se está feliz, se es más amorosa. Del mismo modo que cuando estás triste, o preocupada..

-Sí, uno cuando está triste se pone rabioso, como me pasa a mí.

– A ti, a mi, a tus amigos, a todos.

-Tal cual, mami.

 

Y ayer comiendo por ahi los dos juntos. Mientras jugaba en la zona de juegos del restaurante, una niña se le acercó y se pusieron a jugar juntos. Y ella empezó a preguntarle si yo era su madre y si su padre no estaba, si es que estaba trabajando. Él contestó tranquilo que sí, que yo era su madre y que sí, que su padre estaba trabajando. Así que al cabo de un rato comiendo juntos le pregunté:

– Cariño, cuando antes la niña te ha preguntado por tu padre y has dicho que estaba trabajando…

– A que me estabas oyendo.

– Sí

-Lo sabía.

-¿Cómo te sentías al decir eso?

-Bien

-Bien?

– Sí, me siento bien conmigo mismo porque sé que estoy protegiéndome.

-¿Protegiéndote? ¿De qué?

– De las preguntas que no quiero escuchar, y de las miradas que no me gusta ver, mami. Yo con mis amigos en el cole o con mi familia hablo de mi historia, pero no con una niña a la que no conozco de nada.

– Me parece genial, cariño, pero sabes una cosa? Podrías para estas situaciones encontrar una versión que no te supusiera necesitar mentir sobre tus padres. Puedes decir simplemente que no está hoy y ya está. Porque esa es la verdad, tú tienes un padre pero no está aquí.

-Vale, mami, me parece una buena idea.

Pues eso. Retazos de verdad.

Pepa

“Educando la alegría”

22 mayo 2017

Tengo el placer de presentaros el nuevo libro que he publicado con la editorial Desclee de Brouwer y que está disponible desde este mes.

Y para hacerlo os quiero copiar literalmente el epílogo del libro. Es un texto especial para mí que resume las razones por las que escribí este libro. Porque este libro nace de mi experiencia en la supervisión de centros educativos y de protección, así como del trabajo con familias, pero nace sobre todo de una preocupación por lo que me voy encontrando en ese trabajo. Nace con el objetivo de brindar estrategias prácticas a familias y educadores para cultivar con consciencia y de forma sistemática la emoción de la alegría en los niños, niñas y adolescentes.

Educando la alegria portadaEspero de verdad que os guste y os sirva a quienes desde vuestras familias o en vuestro trabajo asumís el rol de cuidado de cualquier niño, niña o adolescente.

Y si después de leer el texto, os apetece a aquellos que vivis en Madrid, estaré este sábado 27 de mayo de 18 a 20 horas firmando ejemplares en la caseta 285 de la Feria del Libro de Madrid. Me encantaría veros por allí.
Ahí va el texto:

“EPÍLOGO: CARTA A QUIENES EDUCAN

A ti, que me estás leyendo:

Antes de acabar este libro, quiero contarte algo. En mi vida he encontrado una “regla no escrita” que dice así: “A más, más, a menos, menos”. Cuanto más ponemos de algo, más nos llega. Cuanto menos, menos nos llega. Se cumple para lo físico, para lo emocional, para lo social… Piensa en ejemplos. En lo corporal: cuanto más comes, más comes; cuanto menos comes, menos comes. En lo afectivo: cuanto más amas, más amas; cuanto menos amas, más difícil te resulta amar. En lo material: cuantos más bienes tienes, más te llegan; cuantos menos bienes tienes, menos te llegan.

Se trata, por tanto, de elegir qué cultivar. En este libro yo te he propuesto cultivar la alegría. Y cultivarla como una opción consciente. Convertirla en una herramienta educativa clave y de forma sistemática, no ocasional. Que sea el motor emocional que posibilite el desarrollo pleno de nuestros niños, niñas y adolescentes. Porque si tengo razón, a más alegría, llegará más alegría y a menos alegría, ellos y ellas sentirán menos alegría. Y sin alegría no hay movimiento, ni intimidad, ni crecimiento ni resiliencia. Ni, sobre todo, valor. Y éste es el último mensaje con el que quiero cerrar este libro.

Vivimos en un mundo que cultiva el miedo en nuestros niños y niñas, a veces de forma consciente, otras de forma completamente inconsciente. Escuchan constantemente los peligros que les pueden llegar, lo mal que va el mundo. Crecen inundados de información sobre todo lo horrible que el ser humano es capaz de llegar a hacer, que  ciertamente, es mucho. Muchísimo. Tanto que abruma. A ellos y a nosotros. Nos deja impotentes, nos hace sentir pequeños y muy, muy asustados.

El ser humano es capaz de “lo mejor” y de “lo peor”. Pero las historias sobre “lo mejor” no tienen lugar. Ni en lo público, ni a menudo en lo privado. Las personas que hacen cosas increíbles no salen en los medios de comunicación, se habla poco de ellos y ellas en la educación y en el ámbito privado a veces da casi vergüenza hablar de lo que te hace feliz, de lo que te llena y te hace sentir vivo. Dedicamos mucho tiempo a las preocupaciones y angustias, que además en determinados contextos socioeconómicos o sociopolíticos se disparan exponencialmente y nos inundan.

Quizá es mi sensación sólo. Pero es una sensación que se ha ido paulatinamente convirtiendo en preocupación a lo largo de estos años y me ha llevado a escribir “Educando la alegría”. Veo lo claro que tienen los niños y niñas los motivos para tener miedo. Les veo resignados. Les veo o bien sobreimplicados en el propósito de responder a las expectativas de un mundo hostil y muy complicado o bien abandonando el intento de conseguir estar a la altura de ese mundo. Y a muchos que no logran resignarse, les veo siendo señalados: los que preguntan en exceso y cuestionan las normas, los que se mueven demasiado, los que se enfadan y no logran manejar ese enfado.

Lo veo en mi vida personal en la crianza de mi hijo, de mis sobrinos, de los niños y niñas a los que quiero y con los que convivo. Pero lo veo más si cabe en mi vida profesional cuando doy los cursos a las familias y a los profesionales, cuando hago supervisiones en centros de protección o cuando trabajo con centros educativos que quieren transformar el modelo educativo del centro. Es desde esa doble perspectiva, la personal y la profesional, desde la que he querido ofrecer una propuesta para sistematizar la alegría en la educación.

Veo a las familias y a los profesionales más conscientes que nunca. El modelo de crianza cambió, la intimidad y presencia en el cuidado que hay en muchos hogares no tiene referente previo. O en mi ámbito profesional, todo el movimiento que se lleva dando desde hace unos años en la llamada educación alternativa o la incorporación del vínculo afectivo y la educación emocional en el trabajo con niños y niñas. El cambio es real. Y es un cambio para bien. Pero a veces siento que a ese cambio le falta consciencia y sistematización.  Por eso he intentado centrar este libro en propuestas sistematizadas que den continuidad y estructura a esa opción por la alegría, a ese cambio.

Creo que ya nadie pondría en duda que hay que educar a los niños, niñas y adolescentes desde el vínculo afectivo, desde la estimulación y desde la protección. Pero es en el “cómo” hacerlo donde surgen los problemas. Quienes educamos queremos generar personas plenas y felices. Y nos hacemos responsables de nuestro papel en ello. Pero nuestra historia afectiva, nuestra memoria corporal, nuestros propios miedos… son la base del “cómo” educamos. Y esa parte no siempre queremos mirarla. Por eso tanto empeño en hablar del autocuidado en estas páginas. Mirarnos hacia dentro cambia nuestra mirada hacia fuera.

Y luego está el cansancio. Porque una educación con consciencia, tanto en las familias como en los centros educativos o de protección, conlleva cansancio. El control, los mandatos y el orden son menos cansados. Son más destructivos, pero son esquemas más fáciles de seguir. Y generan personas más sumisas, o más enfadadas, depende. Pero en cualquier caso generan niños, niñas y adolescentes pendientes de la aprobación de quien les  educa.

En mi experiencia, a los niños, niñas y adolescentes les cuesta saber qué quieren ellos y ellas. No sus familias, ni sus maestros, ni sus educadores. Ellos mismos. Qué quieren hacer, en qué quieren participar, dónde quieren vivir… Saben lo que se espera de ellos, pero no siempre si es lo que quieren.

Se sienten sobrepasados por la exigencia de un mundo ferozmente competitivo y una visión negativa del ser humano; por la cantidad de información que manejan que no siempre han podido procesar ni corporal ni emocionalmente y por la imposibilidad de tener referentes de trascendencia porque todos los que había (ideológicos, sociales o  religiosos) parecen haber mostrado ser en parte un engaño. Diría que quizá sobreviven sólo como referentes el afecto personal (el valor de la familia, la pareja y la amistad no ha desaparecido en ellos y ellas) y el dinero. Referentes muy diferentes entre sí, pero cuya eficacia la ven en su día a día cotidiano.

Por eso muchas veces les falta tener valor para perseguir aquello que desean. Porque volvemos al comienzo. El valor se educa. A más a más, a menos a menos. Y al valor se llega a través de la alegría. Les inculcamos miedo. Obtenemos miedo. Les inculcamos impotencia. Generamos resignación o enfado.

La alegría (también la esperanza y el amor) es arriesgada porque le da valor a la persona, puede transformarla. Y con la persona y a través de la persona, es un motor emocional que puede cambiar el mundo. La pregunta sigue siendo si quienes tenemos el privilegio de educar asumiremos ese riesgo. ¿Optaremos con consciencia y de forma sistemática por educar la alegría?

Lo dejo aquí. Gracias por acompañarme en este viaje y por hacer todo esto posible.

Te mando un abrazo. No cualquiera: uno de esos que alimentan la alegría.
Pepa

Balance a los 44

23 abril 2017
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Llevo unos días de reflexión pre cumpleañera. Pasado mañana llego a los 44. Y es una edad curiosa porque, aun no siendo ningun número redondo, está generando dentro de mí un tiempo de balance.

Es una sensación difícil de explicar pero es como si en los últimos tiempos, no sólo unos días, quizá ya unos meses, estuviera poniendo en perspectiva mi vida. Un ejemplo, en los últimos dos años he asistido a la muerte de varios padres de amigos míos, además de mi tía, y en sus entierros es cuando voy poniendo en verdadero valor mi experiencia de vida. Hace 24 años que enterramos a nuestra madre y 12 a nuestro padre. He vivido más de media vida ya sin ella, y viendo el dolor de mis amigos y de mis primos despidiendo a sus padres, o a sus abuelos es cuando pongo en su justo valor mi propio dolor.

Otro ejemplo, el otro día tuve una primera y maravillosa celebración de cumpleaños con alguna de mi gente de Madrid. Por primera vez en 10 años sin niños. Una maravillosa cena sin niños ;-) y hablábamos de las logísticas para poder dejarlos y salir todos, y escuchaba a mis amigos que eran parejas, y tenían a los abuelos y más, y me salió del alma decirles que eso no era nada. Logística es la que hacemos las familias monoparentales. Estar sola en la crianza de mi hijo. Ése es otro balance que empiezo recientemente a poner en su justa medida. Parece mentira después de 10 años pero así es.

Me reencontré con alguien a quien amé, y sentí que el balance de lo vivido adquiría un nuevo valor. Recibí un mail de otra persona a quien amé, todo en una semana. Más balance.

Mi camino profesional. Lo que he logrado, lo que he escrito, los errores cometidos, los aciertos, las apuestas…todo. Un balance increiblemente positivo.

Y en estas andaba cuando esta tarde, volviendo de un hermoso día en el bosque con José y unos amigos que nos han abierto su casa y su corazón, él ha puesto el mejor de los balances. Mi mejor regalo de cumpleaños.

Ibamos en silencio escuchando música en el coche y de repente, así porque sí, dice:

“Mami, sabes una cosa? Contigo me siento seguro. Porque me quieres, porque me das buenos consejos y me haces sentir cómodo. Gracias por ser mi mamá”

Se me han saltado las lágrimas. Y me ha dicho: “¿Vas a llorar? No llores, que lloro yo también”

Hemos llorado un poquito y sonreido al mismo tiempo. Juntos.

Pues eso, balance. Y un emocionado gracias a la vida.

Pepa

 

Vacaciones en Madrid

11 abril 2017
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En los últimos dos meses la prisa ha vuelto a mi vida más de lo que quisiera. No es una prisa física, que en eso el mar sigue marcando su pauta. Tampoco de viajes porque ya no viajo mucho. Es esa prisa que se te mete dentro cuando llevas mucho encima a la vez. Demasiada información, muchos proyectos, muchas cosas sucediendo al mismo tiempo. Y casi todas buenas. No hay queja, pero sí cansancio.

Así que escribo poco, porque escribir aqui no conlleva sólo tiempo físico, sino tiempo del alma, y ése es el que tengo a retazos estas semanas. Y esos retazos los entrego a quienes están cerquita, y al peque sobre todo.

Pero cuando mi alma anda atolondrada me vuelvo seca, impaciente, incluso brusca a veces. Y no me gusta, pero son mis límites y con el tiempo, poco a poco, voy aprendiendo a no pelearme demasiado con ellos. Y me doy cuenta de que la gente que me quiere se sonríe. Y me hace sonreír de mi misma. El otro día en un grupo de trabajo maravilloso, mi compañero de Espirales CI, Javier, hizo una imitación sobre mis actuaciones en el trabajo que yo no hubiera hecho mejor. Me reí muchísimo viéndole, y al mismo tiempo pensé que hacía falta una sensibilidad inmensa para percibir tantos detalles en mí (aunque son muchos años ya trabajando juntos) pero sobre todo, para podermelos mostrar con delicadeza y humor. Me sentí una privilegiada por trabajar con gente como él, y el resto de gente que compone ese grupo.

Por no hablar de hacer compatible la logística maternal. Ahi estábamos en el retiro haciendo una reunión de trabajo al sol durante cinco horas mientras mi hijo y una amiguita suya montaban en bici, saltaban y brincaban alrededor. Y toda esa magia sucedía a pesar de mi impaciencia.

Pero es que cuando esa reunión acabó y fuimos a comer, al salir con los niños, una mujer me paró por la calle. Me preguntó si era yo, y me dijo que necesitaba decirme lo importante que había sido yo en su vida, que el libro de “Ser madre, saberse madre, sentirse madre” le había dado luz porque ella también es madre soltera, y que seguía este blog y la llenaba de vida. Lo dijo todo atropelladamente con emoción. La abracé largo y le di las gracias y casi lloro. No es sólo que me paren por la calle, es que me pararon para decirme algo así, que sin saberlo me devuelve más de lo que sé expresar.

Así que el Madrid luminoso de vacaciones lleva días regalándome cosas. Atolondradas, como es Madrid, como estoy yo. Pero preciosas. Cuando aterrizamos el otro día en el aeropuerto mi hijo decía “¿Sabes mami? Me gusta Madrid, me gustaba vivir aquí pero tengo que reconocer que me gusta más vivir en Palma” a lo que le contesté “Pues ya somos dos”. Pero estar aqui es también estar en casa. Me doy cuenta de que es digno hijo de su mamá en dos cosas: viajar, que ya le parece la cosa más natural del mundo, y la vida social, que ya tiene agenda casi peor que la mía ;-)

Nuestra gente. Nuestra alma. Porque hay lugares que guardan pedazos de nuestra alma, y cuando vuelvo es como ponerme esa parte de mi piel de nuevo. Sigo siendo yo. Esa parte de mí que siempre guardará esta ciudad. Es divertido, antes ibamos de vacaciones a Baleares en busca de la mar, ahora venimos a Madrid. Las espirales, todo es lo mismo pero todo ha cambiado porque yo he cambiado. Y ver a José enseñarle a su amiga del alma de Palma sus rincones de Madrid, su ex cole, su ex casa, su ex parque, su escuela infantil, sus lugares favoritos..me recordaba a cuando me vine a vivir a Madrid para estudiar desde Zaragoza y llevaba a todos los amigos que iba haciendo en Madrid a Zaragoza, para que conocieran aquello, porque pensaba que si no lo conocían habría una parte de mí que no podrían entender. Al cabo de un tiempo dejé de hacerlo, y comprendí que no soy de Zaragoza ni de Madrid sino de la carretera que los une. Esa carretera ahora se ha convertido en triangulo, entre Zaragoza, Madrid y Palma, pero las cosas fluyen. No hay miedo, ni necesidad de cuadricula. La gente que me conoce y me ama conoce poc a poc mis orígenes, como le pasa a José. Aunque sigue siendo bonito ver su cara mostrando y la de su amiguita conociendo.

Hubo un momento que no tiene desperdicio. José me pidió ex profeso ayer poderle enseñar a su amiga su ex cole. LLegamos, estaba cerrado por fiestas, aparqué, se bajaron y José se giró a su amiga y con los brazos abiertos mirando hacia el cole le dijo “¿A que no tengo que explicarte nada más?”. Ni siquiera le hizo falta pasar de la puerta. Ella contestó: “no”. Y él rubricó “pues eso”.

Así que la casa de tia Tere, los amigos, el cumpleaños de Mario, su primo, faunia (no podía faltar!), el retiro… un regalo tras otro. Y hacer compatible eso con reuniones, un curso que increíblemente logramos entre todos que fuera mágico, el mail que se estropea, llamadas y mucha dosis de realidad, de esa que te da escalofrío.

Pero al final queda eso. El sentido. Los tiempos del alma. El gesto de aquella mujer, o la aceptación de aquel equipo. Y la cara de gozo de mi hijo al levantarse en casa de su tía con algunas de las personas que más ama todas juntas.

Pepa

Pd. ya os lo iré contando, porque este año salen publicadas varias cosas que son el resultado de mis últimos años de trabajo. Dos libros: “Educando la alegría” que sale en mayo y “La mirada consciente” que sale en verano. Y entre medias, de aqui a finales de año, algunos artículos y un par de guías para familias. Parece que hay algo en el aire ;-)

El horror que no sale en las noticias

13 febrero 2017

El otro día alguien a quien quiero y admiro profesionalmente me contó algo que me estremeció y le pedí permiso para contarlo aquí. Va tal cual porque no hay palabras.

En un colegio de infantil y primaria, un niño de cinco años está fuera de clase con su profesora porque está gritando y pegando. De hecho cuando ella se acerca está tirado golpeándose con la cabeza en el suelo. La orientadora se inclina, lo abraza y lo sostiene hasta que el niño se va calmando poco a poco. Tiene cinco años.

Cuando ya puede hablar tiene lugar la siguiente conversación:

– Cariño, ¿estás mejor ya?

-…

– Un día de estos te voy a llevar a pasear por la playa juntos, te apetece?

– Un día no, muchos.

– Vale- sonríe- Pero tendremos que avisar a tu madre, que si no se preocupara, y dirá “¿dónde está mi hijo?”.

-No lo dirá. Mi madre no me quiere.

– …¿Cómo lo sabes?

– Estas cosas se saben- dice el niño mientras le mira con expresión de quien dice algo obvio- No me quiere.

– Pero sabes que yo sí te quiero, verdad? ¿Cuánto crees que te quiero? ¿Así- señala entre dos dedos muy pegados- así- un poco más alejados- o así- entre las dos manos?

– Así- dice el niño, poniéndose en pie con los brazos abiertos de par en par y abrazándola de nuevo.

– De todos modos, mi madre me va a llevar al médico- dice el niño.

– ¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Estás malito?

– Sí.

– ¿Qué te pasa? ¿Te duele la tripa?

– No.

-¿Tienes fiebre?

– No.

-¿Entonces?

– Me va a llevar al médico porque estoy malito de aquí, de aquí!- Dice señalándose la cabeza.

La orientadora sabe que al niño le han derivado a evaluación para medicarle por un diagnóstico de hiperactividad.

Cinco años.

Él nunca saldrá en las noticias. O quizá sí. Quizá de mayor tanto dolor le lleve a hacer alguna tontería que haga daño a otros o a sí mismo, y que servirán para llenar titulares sobre lo mal que están los niños y niñas de hoy en día y el incremento de determinadas patologías.

Sin palabras.

Pepa

Mi cielo

1 febrero 2017
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Recuerdo cómo mi padre en sus últimos años de vida me contaba que él sentía que tenía más gente y vida en el cielo que en la tierra. Aquí abajo nos tenía a nosotros, pero arriba le esperaban sus padres, su hermano, sus dos mujeres y dos de sus hijos. Se sentía a mitad de camino entre dos lugares.

Con la muerte de mis padres, tanto la de mi padre más anciano y más natural como con la de mi madre más dolorosa por demasiado temprana, aprendí que morirse no es un instante, es un proceso en el que cada vez vas estando menos aquí y más allá. Y también aprendí que morirse de enfermedad o de anciano, a cambio del precio que pagas en dolor y deterioro, te proporciona dos privilegios únicos: que eliges cuando y cómo morir, y que puedes despedirte.

Estos días mi cielo está más habitado. Ya no sólo están mis padres allí, sino que está mi tía Carmina. Era la hermana de mi madre, y desde que mi madre murió, fue un poco nuestro hilo con ella, con su historia, su vida, hasta con sus facciones. Mis hermanos y yo comentabamos muchas veces cómo con los años se iban pareciendo cada vez más y a pesar de ser tan diferentes en sus opciones de vida, a veces cuando estábamos con mi tía, veíamos gestos y facciones de mi madre. Era una sensación preciosa.

Pero sobre todo ella fue nuestra tía. Fue la que ejerció de tal con plena conciencia y presencia en nuestras vidas. Nos cuidó, nos acogió y nos riñó cuando tocaba como tía. Con ella, mi tío Miguel y nuestros primos pasamos los reyes de nuestra infancia en Madrid. Benditos reyes que nos calaron tanto que hemos mantenido la tradición incluso cuando ya éramos mayores, con nuestros hijos. Ella nos hizo parte de su hogar en el que pasamos mucho tiempo y los últimos veranos con nuestros hijos.

Murió como murió mi madre. Con plena consciencia. Permitiendo que quien quisiera estar cerca de ella, pudiera hacerlo pero conservando la intimidad y la dignidad hasta el final. Teniendo conversaciones de alma, de esas que sólo puedes tener con alguien que sabe que se muere si eres capaz de estar suficientemente cerca. Murió como ella quería, no quería luchar si eso suponía grandes dolores y cuando estos empezaron, cuando sintió que le fallaban las fuerzas para seguir luchando después de dos años, se fue en un par de días. Pero vivió hasta conocer y bautizar a todos sus nietos.

Pero también en cierto sentido vivieron de una forma parecida. Fueron la piedra angular de sus hogares, la fortaleza para sus hijos, el caracter que aparecía y establecía límites innegociables. Y la ternura infinita que llegaba en la cercanía. Mi tía Carmina fue una persona coherente hasta el último aliento con su forma de vivir y de querer. Fue fiel a sus amigas de infancia y a las que la vida le fue regalando. Peleó junto con mi tío para tener una seguridad, un sostén. Crió a sus hijos con entrega y creando en ellos la certeza de lo que no tiene ruptura: el amor y la familia. Ayudó como y cuando lo consideró necesario. Y cuando hablo de ayudar, sé de lo que hablo. Recuerdo su presencia en la enfermedad y agonía de mi madre, sus constantes viajes de Málaga a Zaragoza, las horas de hospital. La recuerdo de madrina de mi hermano en su boda. Fue tan hermoso verles caminar al altar!

Ella nos quiso y nos acogió como parte de su familia porque éramos los hijos de su hermana. Sin más. Parte de lo innegociable. Nunca ocultó quien era pero tampoco te forzaba a ser como ella. No ponía condiciones al “sí”. Si no estaba convencida, daba un “no”. No había en ella chantaje, ni manipulación. Calló mucho más de lo que contó, salvo con su marido. Su amor. Su otro yo. A él sólo le ocultaba su propio dolor, que sabía que podía destrozarle.

Porque mis tíos han sido, junto con mi padrino y su mujer Elena, mis referentes de amor. No sólo porque vivieron 56 años juntos, sino por cómo los vivieron. ¡Cómo se puede querer tanto a alguien durante tanto tiempo!. Ser su fuerza, su bastión, su hogar y su consuelo. Ser su risa, su ternura y su luz.

En mi vida he tenido grandes privilegios. Y el amor de mi tía, y también de mi tío, es uno de ellos. He pasado los últimos dos años dándole las gracias por tanta ternura, por tanto consuelo que me dieron en mi vida, y recordándoles lo mucho que les quiero. Y ahora tengo una sensación extraña y bellísima, que se me mezcla con la tristeza, de oir sus risas entremezcladas: ella y mi madre, que vuelven a estar juntas. Ellas que permanecieron toda la vida juntas y  peleándose a menudo, pero toda la vida juntas, sin perder el hilo. “Es mi hermana”, decían la una de la otra. Con eso bastaba. Eso también lo aprendí de ellas.

Mi cielo está un poco más habitado, mi tierra es un poco más inhospita. Me he quedado un poco más huérfana. Me falta ella. Y mi parte niña siempre deseará que hubiera podido quedarse un poco más.

Pepa

La identidad

1 febrero 2017
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Hace ya cinco años publiqué un artículo al que llamé Ser espejo de identidades del que me siento particularmente orgullosa. Lo publiqué como profesional, pero también incorporando aspectos de mi experiencia como madre. Por entonces mi hijo tenía 6 años.

Desde entonces hemos vivido de todo. Vivimos un par de años de dolor y angustia muy difíciles de describir, pero vivimos también el duelo, la elaboración y su cierre. Y, sobre todo, la luz que llegó a nuestras vidas cuando la herida dejó de sangrar. Una luz que me dio la fuerza que necesitaba para cumplir mi sueño y venirnos a vivir al mar. Y con el mar la luz se multiplicó en amaneceres cotidianos, en la energía de esta isla, en nuestra gente amada, en el increíble cole de mi hijo y todo lo demás que he intentado narrar de a poquitos en este blog.

Ya van a hacer dos años que vinimos a Mallorca y José acaba de cumplir 10 años. Y hay algo que me tiene fascinada: cómo estoy viendo florecer a mi hijo. Mi madre siempre decía que las buenas decisiones y las buenas relaciones son aquellas que te hacen bien. “Las cosas están bien cuando te hacen bien“, decía. Una frase sencilla que esconde un universo, y que he convertido en uno de mis principios de vida. Cuando las personas vivimos cosas que nos hacen bien, florecemos. Y si se nota en los adultos, en los niños y niñas es ya evidente: crecen más (José creció tres tallas de pie en los primeros tres meses de vivir en Palma), ríen más, tienen más energía y más sosiego, todo en uno. Se llenan de luz. Nos pasa a todos, pero a ellos un poquito más si cabe. Del mismo modo, cuando sufrimos, nos empequeñecemos, nos cansamos, nos aislamos…nos apagamos.

Cuando tomé la decisión de venirnos al mar asumí un riesgo. No sólo para mí, también para José. Lo saqué de su mundo y su vida hasta entonces, lo cambié de cole, lo separé de sus amigos del alma (lo separé físicamente, que no de alma, como ha demostrado el tiempo). Sentí con la certeza que se sienten las cosas verdaderamente esenciales que iba a hacernos bien. Veníamos de vacaciones a mallorca y a menorca, y siempre volvía llorando porque quería quedarse más. El José que veía en la naturaleza, en la playa y en la montaña aquí nunca lo vi en Madrid. Intuía que el mar obraría en mi hijo lo mismo que provoca en mí: una sensación de paz que no puedo describir.

Pero seguía siendo una apuesta. Una apuesta de vida, pero apuesta. Como lo fue dejar el hogar de mis padres e irme a estudiar a Madrid, como lo fue adoptar a mi hijo o dejar mi trabajo en Save the Children y crear EspiralesCI, todas ellas probablemente las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Porque siempre vuelvo a lo mismo: la vida te da todo lo demás, te llena de luz con una única condición: que saltes al vacío, que seas valiente. Y a veces sencillamente es demasiado difícil, o sentimos que lo es, como para saltar. Otras veces no, otras saltamos, y entonces la vida se ilumina.

Cuando llegamos aquí, vi cómo mi hijo se sentía en casa con la misma rapidez que yo, pero había algo de él que seguía anclado en Madrid. Se sentía dividido, como cuando yo me fui a vivir a Madrid desde Zaragoza. Es una sensación, la de sentirte dividido, que yo ya conocía, pero para él era nueva. Su mundo zaragozano nunca le había supuesto una división porque aunque era esencial para él y ama a su familia y sus amigos de alli, siempre fueron visitas. Intensas y gozosas, pero visitas. Pero al irnos de Madrid perdimos la cotideanidad con nuestra gente amada de allí, y eso hacía que su alma estuviera dividida.

Pero ha pasado el tiempo, y mi hijo está floreciendo. Y se está convirtiendo en un hombre. Y tengo la inmensa suerte de que me encanta el hombre que estoy viendo aparecer. Con sus limitaciones y sus defectos, pero me gusta la personita en que se está convirtiendo. Y esa esa una sensación que no tiene precio.

Porque vuelvo al comienzo, y a ese artículo que escribí hace cinco años. Entonces hablaba de cómo la identidad se gesta desde la mirada del otro, sobre cómo con el significado que adjudicamos a las vivencias vamos configurando la identidad de nuestros hijos e hijas. Pero me faltaba una parte del proceso, ésa de la que tan poco se habla en la psicología evolutiva (sobre todo si la comparamos con lo que se habla y se escribe sobre los primeros años o sobre la adolescencia), ese periodo entre los seis y los once años, donde aparece la inteligencia analítico sintética en su globalidad, donde se desarrollan los aspectos más complejos de la teoría de la mente y otras capacidades. Donde en definitiva dejas de ver un niño que bebe la vida a través de tu mirada y tus palabras, para presenciar cómo la empieza a vivir por sí mismo, acompañado de tu presencia.

Y qué dificil es marcar esa presencia. He intentado ofrecerle los estímulos que creo que pueden ser buenos para él, no sólo desde mis valores, sino desde lo que le conozco. Le he propuesto actividades, he fomentado determinadas relaciones, le he llevado conmigo de viaje, hemos leído, cantado, bailado, conversado sin límite. Y en cada paso, cada estímulo que he ofrecido he intentado hacerlo con consciencia, que fuera lo que yo creía mejor para él.

Y ahi está el cambio, he visto como él decidía si lo tomaba o no, hasta qué punto se implicaba en cada cosa que le he ofrecido. Ha probado muchas actividades que no ha seguido, o aspectos mucho más claves como cuando me tocó apoyarle en comenzar la catequesis no siendo yo religiosa (aunque sí creyente) porque era su espiritualidad, no la mía. Y del mismo modo me tocó apoyarle también cuando decidió dejarla. Y en ambos casos me dio argumentos que nada tenían que ver con la comodidad sino con su visión de dios y la fe. Argumentos que eran suyos, vivencias que eran suyas y que yo respeté.

Nuestra gente amada aquí me ha enseñado a cuestionarme constantemente lo que le ofrecía, lo que le pedía y le exigía porque muchos de ellos son mucho más respetuosos con los procesos de sus hijos que yo misma, con sus ritmos y sus necesidades. Se han convertido en maestros de vida para mí y ellos y ellas lo saben.

Ayer hizo su primera clase de percusión. Lleva dentro la música y la tierra, y estaba convencida de que la percusión le apasionaría. Por eso le forcé a probar una clase. Si no le gustaba, no le haría seguir. Él no quería en principio. Busqué el lugar adecuado, con una metodología diferente de conexión del niño con la música. El profesor le enseñó a hacer percusión con el cuerpo, las paredes y el suelo antes de enseñarle los instrumentos. Y el rostro de José cuando se vio tocando el cajón y el bongo con el profesor…se le iluminó. Me miró y dijo “esto es lo mío, mami”.

Y lo mismo le pasó hace dos semanas cuando hizo la prueba de nivel de saltos de natación. José es de aire, siempre ha querido deportes de aire. Creo que ya he contado aquí alguna vez como su primera frase completa de muy pequeño fue “Mami, quiero volar”. Antes había dicho palabras, pero ésa fue su primera frase. Y yo veía que cuando vamos a la piscina es capaz de pasar horas entrando y saliendo probando distintas formas de tirarse. Pero el deporte de saltos añade el aire, la caída. Y estaba convencida de que le gustarían. Pero tenía que ir y hacer la prueba. Y de nuevo su cara se iluminó y se lanzó del trampolín de 6 metros como si cualquier cosa. Por no hablar de la cara que le sale cuando monta a caballo en los caballos de una artista que se llama Marga y que enseña a los niños el vínculo con el animal, a reconocer su lenguaje, a montarlos cuando ellos lo desean..

En fin, todo esto para volver a esa frase “Esto es lo mío, mami”. Porque ese es mi punto de hoy. Mi hijo está encontrando su lugar en el mundo, que es el suyo, no el mío. Y veo cómo reconocerse en ese lugar le llena de luz. Y veo igualmente como en algunos contextos, cuando sigue pendiente del lugar de los otros en vez de sí mismo, o de cómo los demás verán, vivirán o evaluarán lo que él hace o dice le llega la confusión. Y le hace falta la presencia de una guía, no necesariamente yo, pero sí una guía en quien confíe y por quien no se sienta juzgado para poder definir sus decisiones y sus propias vivencias, para darles forma, para ponerle palabras y no actuarlas. Sigue necesitando límites y presencia para no perderse.

Así que me encuentro fascinada por esta etapa que casi no estudiamos, por la aparición de esa identidad, que ya se intuye desde mucho antes, pero que adquiere forma y estructura en esta edad. Y que es la que le permitirá afrontar la adolescencia. Pero ése es el siguiente paso. Todavía no hemos llegado allí ;-)

Y al final sólo espero no perder el hilo, la consciencia, para no perderme este proceso, para estar suficientemente cerca y suficientemente lejos al mismo tiempo para no imponerle mi identidad, mis emociones, mis vivencias por el vínculo profundo que nos une. Para que sea él y se sienta amado tal cual es.

Pepa