Tiempo de cosecha

8 abril 2018
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Tiempo de cosecha. Es la expresión que más me surge en los últimos tiempos cuando miro mi vida. El privilegio consciente y sentido de estar recogiendo lo sembrado. Y el fruto es más hermoso de lo que imaginé.

Me miro en el espejo y veo el camino andado. Veo mis kilos que siguen conmigo y veo mi calva, que es también parte de mi camino. Miro mis ojos que trasmiten dulzura, y recuerdo todo el camino. La búsqueda, el valor, las horas de terapia, tanto gozo vivido, tanto dolor hecho vida, y las huellas en mi cuerpo que aún me hacen temblar. Esa intensidad de la que tanto me acusan y que reconozco como mía, amainada como el mar tras la tormenta, pero intensidad al fin y al cabo. Me miro y siento paz. Sigo siendo árbol y sigo riendo y abrazando.

Miro a mi hijo, que fue un sueño, un proyecto, una ilusión. Fue una llamada, un temblor, la piel erizada, la caricia interminable, ese juguete que me ofreció aquél primer día en aquella habitación y su sonrisa. Ha sido horas interminables y a la vez efímeras de juego, de parque, de lavadoras y purés. Ha sido cuentos y pelis y libros y mar. Ha sido cansancio, a veces extenuante, ha sido miedo, y duda y soledad. Ha sido una vida infinita que tejió su infancia. Una infancia que sé que terminó. Ahora le miro y veo el hombre en el que se está convirtiendo, y a veces me asusta cuánto se parece a mí, y muchas otras me alegra que sea tan diferente. Pero siento que el trabajo está hecho, como dijo él “yo soy yo y tú eres tú“. Su infancia acabó. ¡Y me gusta tanto la cosecha!.

Miro a mis amigos y mi familia, y me asombra cuán densa y fuerte es esa red de amor en la que vivimos y que fue también sueño, y opción de vida. Han sido horas sin límite de viajes, teléfono, cafés, comidas, presencias. Han sido risas y lágrimas, ha sido escucha, ha sido cansancio y ha sido fidelidad y permanencia. No es casual, pero sigue siendo infinito regalo porque no sería sin ellos, ni hubiera sido posible sin ellos. Yo sólo puse mi parte. Lo intenté. Y de nuevo la siembra es mucho más, porque es cosa, como dijo mi hijo cuando era pequeño “de dos y muchos más”. Y he recibido tanto amor que jamás he dudado de lo certero de la opción.

Miro mi cielo, que este año está especialmente más poblado. Ya no son sólo mi madre y mi padre, ahora está mi tía y mi padrino. Ellos cuatro y Aurora han sido mis figuras parentales, mis vinculos verticales. Y ya casi todos están al otro lado del hilo de amor. Pero sigue siendo cosecha: cosecha de cielo.

Miro mi trabajo, y sin duda, vuelvo al tiempo de cosecha. Nunca pude imaginar que llegaría a donde estoy hoy. Un lugar que es “mi lugar”. Sentir que lo que haces tiene sentido y aporta luz. Poner palabras al dolor, lograr que la gente pueda comprenderlo y sentirlo de forma que la indiferencia no encuentre lugar, guardar la memoria y la voz de quienes no pueden hablar, y brindar espacios de cuidado y crecimiento a quienes de forma consciente llevan luz en lo cotidiano, acompañar de la mano a tanta gente…

Este mes cumplo 45 años. Y ocurre algo simbólico, una de mis espirales de vida. Estaré en Zaragoza en mi cumpleaños, por primera vez desde hace más de veinte años. Así que además de celebrarlo con mi familia mallorquina y madrileña, este año les he pedido a mi red de amor zaragozana que vengan a celebrarlo juntos. Ellos fueron mi sostén en la peor parte de mi vida. Ellos,y algunas personas más que ya no están en mi vida, compartieron conmigo la enfermedad y muerte de mi madre, la enfermedad y muerte de mi padre, el maltrato que viví en el colegio, o mi propio hospital entre otras muchas cosas. Nunca olvidaré cómo mientras mis hermanos y yo hacíamos turnos en el hospital último de mi madre ellos venían a buscarme al hospital para llevarme a casa, cogían el teléfono para que pudiera dormir algo después de una noche de hospital, nos cocinaban o simplemente me escuchaban llorar. Ellos me ayudaron a sobrevivir al dolor, me enseñaron a ser resiliente, un concepto que cada vez que lo explico en los talleres me acuerdo de ellos. Ellos y mi cielo. Por eso celebrarlo con ellos en tiempo de cosecha tiene tanto sentido para mí como emoción. Aunque ya no esté allí, ellos vienen conmigo. Siempre ha sido así.

Atardecía sobre mi mar mientras escribía esto. He llegado: mi lugar en el mundo. Y es un lugar de amor. A partir de ahí, lo demás es y será por añadidura.

Pepa

En memoria de los últimos 87

20 febrero 2018
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Hace mucho tiempo que escribí en este blog sobre una distinción que suelo hacer sobre la gente que está herida y la gente que no lo está. Como todas las divisiones implican simplificar y desde ahí pierden sutileza y complejidad. Pero por otro lado ayudan a estructurar, a dar forma a las vivencias. O bueno, quizá me ayudan a mí.

Las personas heridas somos las que hemos vivido algun tipo de trauma en la infancia. Los traumas pueden ser diversos y espeluznantes porque el nivel del dolor que hay suelto por el mundo me sigue abrumando: cualquier forma de maltrato, perder a un padre siendo muy pequeño (por muerte o por abandono), la enfermedad mental no tratada o los problemas de adicciones severos de uno de los padres o ser hijo no deseado son las experiencias que pueden “herir” el alma y que más a menudo presencio en mi trabajo, aunque hay más. En esos traumas, esas “heridas” que llamo yo, ocurre algo muy dañino y es que el dolor se une, se pega al miedo, porque lo que sucede amenaza la subsistencia del niño, lo paraliza, le genera terror. Y a partir de ahí las personas vivimos con miedo. Y no es un miedo teórico, es real, es pastoso, pegajoso, de sabor amargo. Es el miedo de quien ya sabe lo que la vida puede llegar a doler, de quien habla desde la vivencia, la experiencia directa, no desde el libro ni el relato de un tercero. Y es el miedo que llega cuando se está formando la estructura interna de la persona, nuestro edificio interno, así que ese miedo se mete en las columnas, en los moldes, en las visagras..en la propia piel, en la memoria corporal. Y desde ahí se hace parte de ti.

No todos los dolores son traumáticos, porque no todos amenazan ni aterrorizan. La tristeza se llora y pasa, se suele quedar anclada cuando se une al miedo. Pero llorar sienta fenomenal al alma y al cuerpo. A mí me costó un montón aprender a llorar en público. Aún recuerdo la primera vez que lo conseguí. Igual que la primera vez que pude llorar delante de mi hijo.

Y los dolores que llegan más tarde, cuando ya el edificio está construido, tampoco son iguales. Duelen, destruyen, pero no condicionan la forma. Ya sólo los muy salvajes (que por desgracia los hay) se meten en la piel. La gente que no fue herida en la infancia tiene una inocencia, una especie de confianza básica en la vida que no ha tenido que conquistar, que da por obvia, por natural como el aire que respira. Una confianza tejida de la seguridad del niño que duerme porque sabe que hay alguien velando sus sueños.

Porque ese miedo, qué paradoja, en vez de a pedir ayuda (porque para pedirla hace falta confiar) te lleva a controlar, a disimular, a ocultar y negar. Intenta que olvides, que borres, que no conectes con la emoción, que la dejes aparcada como decíamos hoy en el desayuno conversando. Porque si no lo tocas, si lo arrinconas…ese dolor..puedes tener la ficticia sensación de que no está, de que nunca estuvo. Pero algo dentro de ti, algo muy profundo, sabe que mientes, que dentro de ti hay un niño o una niña temblando, frágil, pequeño e indefenso.

Nuestro edificio nos lo dan, en parte genéticamente, en parte por lo que vivimos en los primeros años, pero nos lo dan. Y ese regalo es nuestro pequeño universo, un universo que nos dieron, que nos regalaron, que no elegimos ni creamos, un universo que es sólo nuestro. Frágil y único. Y esas heridas te hacen estar siempre al acecho, temerosa de que alguien se lo lleve, lo rompa o lo destruya, de que alguien vea el dolor que habita también ahí dentro. Somos ese dolor y somos mucho más que ese dolor.

Y luego llega un día en que, si te atreves a salir, a mirar, a tocar, a amar..entonces te haces cada vez más frágil, más vulnerable, tiemblas, te quedas calva, te caes o enfermas, pareces débil y te sientes débil. Porque puedes sentirlo, sentir tu interior. Y porque tienes la certeza de que te cuidarán. Y lo sabes. Lo sientes. Lo vives. Y ahi tampoco es un relato de terceros. Siendo frágil te haces fuerte porque pides ayuda. Siendo frágil te sientas a una mesa con otras personas que fueron heridas como tú y te reconoces amorosa y plácidamente.

Y sabes que ya no estás allí, que tú puedes hacerte cargo de tu niña temblorosa, e ir al dentista, y sentarte en la silla, y volver a ponerte en la misma posición. Aquella misma posición. Aunque tiembles desde el primer minuto al ultimo. Y lo haces. Y hasta logras explicárselo al dentista, que no entendía nada, como tú tampoco entendías aquellos temblores, aquel miedo irracional (así lo llamaban) durante años. Y al salir sabes que volverás a tembar cada vez. Pero podrás volver.

Ahora sí. Hace ya tiempo que siento mi fragilidad. Y eso, extraña y hermosamente, me hace más fuerte.

En memoria de los últimos 87.

Pepa

Ternura

13 enero 2018
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Llegó conmovida de ver “Loving Vincent“. No es la historia, es la ternura del homenaje, el arte honrando la vida de quien lo hizo posible y de quienes le amaron.

Y resuena dentro de mí “ternura”, “ternura”, “ternura”. La película acaba con una cita de Van Gogh en la que dice que así es como quiere que le recuerden, que cuando miren su obra piensen que pintaba “con sensibilidad, con ternura”.

Y miro mi vida entretejida de pedacitos de ternura:

El desayuno de esta mañana con mi hijo y un amiguito suyo cuyo padre no está bien, hablando de la tristeza y del enfado, y de cómo los abrazos son lo único que acorta la tristeza, y que no siempre los mayores éramos capaces de pedirlos y de recibirlos, aunque supiéramos darlos.

Y la comida con una amiga que hablaba de cómo amar a su padre con todas sus limitaciones, incluso cuando esas limitaciones lo cierran a ella.

Y el amanecer de esta mañana, que he fotografiado al levantarme al baño de bello que era, y aquí os lo dejo.

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Y la presentación del libro en la que la gente viene a escucharte bajo el diluvio. En esa librería en la que encuentro otro tesoro de mi amado Jimmy Liao. Se llama “Mi mundo eres tú“.

Y la cena bajo el mismo diluvio con personas que conociste por trabajo pero que se han ganado un hueco en tu corazón porque, sin presunción alguna ni aspavientos, llenan la vida de gente que sufre de ternura. Uno traduciéndoles los términos legales del dolor, otro dando calor y esperanza a los niños y niñas cuyas familias no pueden dárselo y protegiéndoles del horror, la otra encontrando el hilo para hacer visible aquello de lo que nuestra sociedad no quiere hablar..y todos comiendo platos cocinados con mimo y ternura y sonriendo con la humildad de la conversación que fluye porque te reconoces como compañeros de camino.

El amigo que conduce 150km para desayunar contigo apenas una hora antes de que entres al curso.

Y un curso entero en el que sólo a mí se me puede ocurrir plantear que aquellos que trabajan cuidando a personas, especialmente los que cuidan a personas que sufren, están obligados a ser afectivos con consciencia, a abrazar cada día, a mimar. Cosas mías las de plantear la afectividad consciente como una competencia profesional.

Y una sesión con un abrazo de los que valen vidas.

Y la llamada a un amigo que sigue empeñado en ser honesto aun cuando los cimientos se muevan.

Y a otro que te cuenta su dolor lleno de amor.

Y el mensaje de esa amiga que quiere saber si volaste bien, porque anuncian mal tiempo y porque sabe que el primer aterrizaje fue algo complicado.

Y el abrazo de mi hijo al volver a casa. Y de los demás.

Y el abrazo de mi hijo a quienes le cuidaron los dos días que falté por, entre otras infinitas pequeñas cosas, haberle preparado una habitación suya propia en su casa para cuando haga falta. Y al contármelo, yo recordaba cómo la mejor amiga de mi madre me preparó una habitación a mí en la suya cuando me fui a estudiar a Madrid con 18 años.

Y otra amiga que te escribe para decirte que te ha estado pensando estos días que no estabas.

Y el abrazo de mi hijo a su amiga que hoy celebraba su cumple.

Y las caricias y cosquillas de esta mañana al despertarme el peque.

Y seguro que hay más. Es tan sólo lo que ahora mismo recuerdo en 48 horas.

Vicent tenía razón. Lo único que merece la pena de verdad es ser recordado por la ternura que pusiste en tu obra, en tu vida.

Os quiero,
Pepa

Tiempo para jugar con mis hijos

19 diciembre 2017

Esta mañana ibamos camino del cole hablando mi hijo, una de sus amigas del alma y yo sobre qué querían ser de mayores. Cada uno tenía su proyecto bien definido, y estábamos en esas cuando dice José:

– Yo no sé si acabaré siendo guarda forestal o no, pero sé que el trabajo que elija tendrá que tener dos condiciones. Una, que sea algo que me implique estar en el bosque. Y dos, que me deje tiempo para jugar con mis hijos.

Tiempo para jugar con sus hijos. Ahi es nada. Y ahí les he explicado que tanto la mamá de su amiguita como yo habíamos hecho un gran esfuerzo por buscar trabajos y gestionarlos de forma que nos permitiera eso justamente: tiempo para estar con ellos. Llevarlos al cole, recogerlos, estar por las tardes..y que eso había supuesto renuncias y complicaciones logísticas, pero que yo sentía que era una de las mejores decisiones de mi vida. También les he contado que igual de importante era como criterio que fuera un trabajo que les apasionara hacer, porque la gente cuando trabaja en trabajos que no le gustan, como es el sitio casi donde más horas pasas de mayor, si no les gusta, acaban poniéndose tristes y esa tristeza se les mete en el alma y al final tampoco juegan con sus hijos, aunque tengan el tiempo.

No les he querido contar que a veces hay padres que no juegan más porque no saben, que no están más porque no pueden, o no saben, o no le dan importancia. También sé que José establece una diferencia entre estar a su lado y jugar con él, y en ese segundo nivel, no salgo tan bien parada en su evaluación :-)

Y sobre el bosque, cada uno tiene su bosque, el mío es estar mar que veo cada mañana, y en el que ya van para tres años y sigue enamorándome.

Pero me quedo con sus dos criterios más mi tercero: estar en el bosque, tener tiempo para jugar con tus hijos y que te apasione.

Veo como va tomando sus propias decisiones, como empieza a decidir y configurar su futuro. Como dije en el post anterior, el trabajo ya está hecho. Es como cosechar lo sembrado. Pero lo sembrado, como va mucho más allá de mi porque es suyo, no mío, siempre me asombra.

Así que he decidido que éste y no otro es mi deseo para todos quienes me leéis en este blog, a todos los que guardáis un pedacito de mi vida en vosotros, a todos los que me emocionáis hasta el límite con los comentarios, a los que me paráis en las conferencias para darme las gracias y para decirme que me leéis aunque nunca digáis nada. Mi deseo para este nuevo año es “un trabajo que os deje tiempo para que podáis jugar con vuestros hijos”, y aquellos que no los tengáis, para que podáis jugar con vuestro niño interior. Sin esto segundo, nunca logras lo primero.

Gracias de corazón, un abrazo de esos tan míos y feliz año,
Pepa

11 años

25 noviembre 2017
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El otro día, comíamos en casa con una amiga y yo le explicaba divertida:

– Sabes? Parece que he criado un clon, últimamemente José tiene tanta vida social como yo y ya tengo que cuadrar su agenda con la mía. Pero bueno, supongo que se parece a mí en eso.

– No, mami, yo no me quiero parecer a ti.

Silencio. Puñalada interna en el corazón de madre y cambio de conversación.

Pero ya por la noche volviendo a casa le digo:

– Cariño, lo que has dicho esta mañana de que no quieres parecerte a mí..

– Ya sabía yo que me lo ibas a sacar..

Otro silencio mío, esta vez de “me han pillado”.

José se para en la calle, se gira y me dice:

– Mira, mami, te lo voy a explicar. Yo soy yo y tú eres tú- dice indicando el corazón de cada uno- porque si yo soy tú dejo de ser yo. Así que yo te quiero y me encanta vivir contigo, pero yo soy yo y tú eres tú. Te queda claro?

– Diáfano, cariño. Y sólo puedo decir que me siento muy orgullosa de ti y que te quiero.

– Y yo a ti.

No puedo explicar la sensación. Pensé de todo. Pensé “ya está, el trabajo está hecho”, pensé “dios mío, qué persona más increible se ha creado”. Pero sobre todo pensé algo que últimamente me vuelve una y otra vez. Y es que José se ha hecho mayor.

Esta semana ha cumplido 11 años y nosotros 10 de familia. Lo celebramos el finde pasado en Madrid y lo celebramos hoy en Palma. Dos días de sol a finales de noviembre, hoy hasta se han bañado en la playa. Mi confabulación con el sol sigue funcionando. Han sido dos días llenos de amor, tranquilidad y fluidez. Dos días inolvidables.

Hay algo extraño y hermoso que me está sucediendo este año a mí y que me doy cuenta de que también le sucede a él, a pesar de que él sea él y yo sea yo ;-) y es que puedo aceptar con paz, con humildad pero también con reconocimiento hacia mí misma lo que he creado, la vida que tengo, el amor que recibo y lo que he logrado. Y estos días me daba cuenta de que José tenía esa misma sensación, la de que el amor que recibía, las llamadas, los abrazos, las risas, los cuidados..eran por él. Sin culpa, sin sensación de que necesito comportarme o ser de una determinada forma para que me quieran, sin sensación de deuda. Es su espacio, su vida, lo que él ha logrado. Y se siente seguro y sólido en ello.

Detrás de mi sensación, y detrás de la suya, de esa certeza que compartimos hay un camino muy largo: mucha consciencia, mucho dolor, mucho amor, muchísimas manos que nos han ayudado y protegido.

En cierto sentido yo también me he hecho definitivamente mayor este año porque he perdido a mi tía y a mi padrino, las dos personas que me dieron cobijo desde que mis padres faltaron, que me guiaron, que fueron padres para mí. Ya no hay nadie por arriba, salvo una legión de ángeles. Ahora me toca a mí estar al frente. Sin guarida salvo mi propia alma y ese inmenso almacén de amor que he recibido, de vivencias de cuidado, de sostén y de amor. Un almacén del que tirar cuando llega el frío. Ese mismo almacén que veo cómo mi hijo va construyendo.

Él ya tiene su lugar en el mundo. Y no es el mío. El mío es el mío y el suyo es el suyo. Pero ambos lugares tienen algo en común: son hermosos. Como Pepa me emociona, pero como madre…no hay palabras.

Pepa

Amor y sentido

29 octubre 2017

De vez en cuando me nace entrecruzar este blog con mi trabajo en EspiralesCI. En mi trabajo, hay momentos, muchos momentos, donde lo personal y lo profesional se hacen uno.

Esta tarde me han hecho llegar la grabación de una conferencia que di hace ya unos meses. La llamé “Amor y sentido” y guarda muchas claves no sólo de mi trabajo, sino de mi forma de ser y vivir.

Así que os la dejo aquí, por si queréis dedicarle un rato (largo, que entre la conferencia y las preguntas es una hora).

Abrazo agradecido,
Pepa

Forma y significado

17 octubre 2017

Hace muchos años que desarrollo mi trabajo en público. Bien sea en las conferencias, las formaciones, los medios de comunicación o en un trabajo más técnico, menos visible, pero que implica trabajar con organizaciones e instituciones, siempre en equipo, siempre abierta, siempre expuesta.

Mis padres me hicieron un regalo increíble al enseñarme a poner palabras a lo que sentía y vivía. Yo era más física, pero ellos eran de conversar, conversar, conversar…me enseñaron a nombrar mi ser, a darle forma. Esa capacidad me ha guiado e impulsado en el trabajo terapéutico, en las supervisiones, en las formaciones…en todo lo que hago. Siempre buscando una forma de comunicar lo que sentía, creía o vivía. Siempre intentando llegar al corazón del otro, dando forma a las vivencias y los procesos.

Y luego, a lo largo de estos años he hecho mío un “mantra”: mantener el foco en el “cómo hacer las cosas” mucho más que en el “qué”. Mi experiencia me ha enseñado, una vez tras otra, que la forma en que hacemos las cosas marca la eficacia de lo que hacemos, en lo personal y por supuesto en lo laboral. Es ese “modo” el que otorga en gran medida significado.

Y mi modo siempre ha sido expansivo, intenso y vehemente. Con los años parece, según me dicen, que me he vuelto más tierna en público (en privado sé que lo fui siempre a raudales). Mi hijo me ablandó y la calva me ha enseñado a mostrar mi vulnerabilidad y mi pequeñez, a no ocultarme. Sé con certeza que me he vuelto más flexible y moderada en casi todo, y más inflexible y contundente en unas poquitas cosas. Mi “manera” de salir al mundo se ha transformado.

Pero esa forma y el tipo de trabajo que hago me dejan expuesta. Este mismo blog es un buen ejemplo de ello. Comparto, me abro.. y la ganancia es inmensa. No hay duda. Pero también en la parte profesional (no en este blog, que es diferente) llega el juicio, y la mentira, y la lejanía. Es parte del trato. Una parte de mí quisiera esconderse, lograr que todo el mundo pudiera ver lo que yo veo, o como yo lo veo. Pero esa opción no existe. En esos momentos, toca mirar para dentro y apoyarse en mi gente amada.

Creer en lo que hago con cabeza, corazón y “tripas”, confiar en la vida y mantener la consciencia sobre el camino en sí mismo, más allá de las metas, son mis anclas. Y los ojos de los niños y niñas con los que trabajo, sus miradas, las suyas y las de mucha, mucha, mucha gente que forma parte de la cara luminosa de la vida. Una parte que no sale en las noticias pero que yo encuentro a diario en mi trabajo. Ellos son mi razón para seguir expuesta, para seguir hablando, y escribiendo.

No es fácil. Pero está lleno de sentido.

Y quiero acabar esta entrada con un ejemplo de ese “modo” de hacer. Os he hablado varias veces del colegio donde va mi hijo, la ecoescuela Sa LLavor, en Binissalem, aquí en Mallorca. Es un proyecto muy difícil de describir por su globalidad y detalle al mismo tiempo, por la coherencia que tiene el proyecto llevándolo a los pequeños detalles y matices mucho más de lo imaginable. Por el aire que genera y que respiran los niños y niñas a diario. Por lo sencillo pero al mismo tiempo radical que es su proyecto educativo. Porque los vínculos, esos hilos de amor de los que yo me paso el día hablando, allí son una realidad tejida entre cánticos, árboles y palabras. Porque se respira estructura y libertad al mismo tiempo. Y porque mantienen la coherencia y la apertura incluso en aquello que yo pueda no estar de acuerdo ;-).

No encontraba forma de explicarlo, de mostrar la didáctica, las áreas del proyecto educativo, el aire del edificio…hasta que lo han hecho ellos. Aquí os dejo un video que han hecho los alumnos de secundaria del colegio junto con el equipo. Un video que no habla de la didáctica que siguen sino del sueño que persiguen, de lo que generan, de lo que logran crear con ese “modo” cotidiano de educar. Escuchad a los chicos, sólo con eso basta.

Sa Llavor escola-comunitat from SA LLAVOR on Vimeo.

Les regalé lo mejor de mí: mi hijo. Les elegí con plena consciencia. Y cuando lo dejo cada día por la mañana en el cole recuerdo por qué.

Vaya el video como cierre de esta entrada en la que he hablado entre lineas y callado de forma expresa.

Gracias de corazón a todos los que leéis este blog por ser parte de ese “otro”, de mi sentido.
Pepa

El sonido de las ballenas

1 septiembre 2017

Hay vivencias que nos constituyen, dan forma a nuestra alma. Yo no siempre he sabido ser consciente de ellas cuando las vivía pero con los años mi asombro de niña y mi consciencia de “tripas” van cobrando más fuerza si cabe. Y en eso, como en otras tantas cosas José y su capacidad de gozo me han espoleado.

Así que aquí estamos en Peninsula Valdés, en uno de los lugares más inhóspitos y bellos que he visto nunca, un rincón al sur de Argentina, que es uno de mis países de alma. Cada viaje que vengo me reafirmo en mi enganche a esta tierra. Si alguna vez me pierdo de la roqueta sería acá. Los días en Buenos Aires con el mimo de nuestros amigos y el día en Tigre ya fueron impagables. Tengo debilidad por esa ciudad y eso que se le nota mucho más triste que cuando vine por última vez hace seis años. Pero llegar a la patagonia..a este rincón..

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Juntos en un paisaje patagónico donde justamente hace diez años,en mi viaje anterior a la patagonia con Pablo y con Ana, tomé la decisión de adoptar y estos días he vuelto con mi hijo y no paro de susurrar como un mantra “gracias, gracias, gracias”. Me preguntó José por qué y por qué aquí y le dije que me sentí tan llena de vida y tan rodeada de belleza que sentí que todo lo que tenía, mi amor y toda esa belleza, quería darla y compartirla. Aquel viaje lo recuerdo como uno de los más bellos de mi vida (final abrupto incluido) pero éste me ha parecido una ofrenda y un regalo.

Sabía que sería emocionante pero no contaba además con lo indescriptible de las ballenas. No sólo verlas, sino escucharlas. Se las oye hablar y respirar desde la misma playa. Te hacen sentir pequeña y hermosa al mismo tiempo. José dice que volverá seguro y que quizá viva aquí. Yo no lo sé, pero sí tengo la certeza del gozo.

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No os cuento muchas cosas de las ballenas, sólo que el viaje para verlas merece la pena. Hay una peli del año pasado que es sobre orcas, no sobre ballenas, pero que os dará idea de mi sensación y que os recomiendo vivamente. Se llama “El faro de las orcas” y la protagoniza Maribel Verdú.

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Y acabo sólo diciendo GRACIAS por todos vuestros comentarios, mails y llamadas sobre la entrada anterior. No he contestado los comentarios porque tienen valor en sí mismos. Me conmovisteis profundamente. Gracias por darle más sentido si cabe a mi acto de fe.

Pepa

Un acto de fe en la vida

15 agosto 2017
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Un acto de fe individual lleva al acto de fe universal. Confiar en el otro lleva a confiar en la vida.

Confiar. Expresar. Pedir ayuda. Desde la vulnerabilidad, la locura y la valentía que implica.

Éste es mi acto de fe universal: decir en público, en este blog, que yo también fui abusada. Después de las cosas que he vivido en los últimos meses, hoy más que nunca tiene sentido decirlo aquí. Nombrarlo. Sin más detalle. No hace falta.

Soy Pepa, mujer, madre, amiga, hija, hermana, psicóloga… soy muchas cosas, y también superviviente. He dedicado y dedicaré mi vida profesional a expresar lo que se quiere ocultar o da miedo afrontar, a dar voz a los que no la tienen y a ayudarles a encontrar su propia voz. No lo he hecho por mi vivencia, pero siento que mi vivencia me ha ayudado a hacerlo mejor.

Y seguimos…

Pepa

“Honrar su dolor: el acompañamiento a las víctimas de abuso sexual infantil a lo largo de la vida” artículo publicado este mes en la revista Sal Terrae

12 julio 2017

De vez en cuando siento que mi mundo personal y mi mundo profesional se cruzan y este artículo es el ejemplo más claro que puedo imaginar sobre ese cruce.

Así que os copio aquí la entrada de la web de Espirales CI donde encontraréis íntegro el artículo: “Honrar su dolor: el acompañamiento a las víctimas de abuso sexual infantil a lo largo de la vida” que ha salido publicado este mes de julio en la Revista Sal Terrae.

Os pido que lo leáis y lo difundáis, es un artículo especial para mí. Espero que dé sentido.

Pepa