Escribir con lápiz en la agenda

13 agosto 2020
Etiquetas: , ,

Hoy es el primer día del verano que me siento al ordenador. Hace años que intento hacer vacaciones de verdad en verano. No siempre lo consigo porque a veces estoy metida en escribir algo o en algún proyecto. Pero cuando lo logro, eso incluye no encender esta ventana al mundo, aunque chequee el mail en el móvil y conteste lo urgente. Pero sentarme al ordenador para mí implica una consciencia en lo laboral incompatible con el descanso.

Pero hoy toca. Y ya que toca, me acerco a este mi/nuestro hogar para escribir.

El otro día hablaba con una amiga sobre estos tiempos extraños que nos está tocando vivir y no sólo por el coronavirus. Hay algo raro en el aire porque cualquier plan que hacemos, por pequeño que sea, acabamos teniendo que cambiarlo. Cosas pequeñas y no tanto. Así que ya hace un par de meses que decidí pasar a escribir en la agenda con lápiz. ¡Y me pareció tan simbólico! Mi amiga me dijo que tenía que escribir sobre ello y creo que tiene razón.

Este verano para mí está siendo diferente de una manera muy radical. Llevo siete meses sin viajar y si la vida me da permiso y se mantienen los viajes de este trimestre, para cuando haga el primero, llevaré nueve meses sin viajar. El otro día intentaba pensar cuándo fue la última vez en mi vida que estuve nueve meses sin viajar y me tuve que ir a 1990, nada más y nada menos. Desde que me fui a Madrid a estudiar la carrera, empecé a viajar de forma regular y ya no paré. Es, junto con la buena conversación, el cine y la literatura, mi vicio particular. No viajo sólo por trabajo, me apasiona viajar, me abre la mente y el alma. Me hace sentir en las “tripas” el privilegio de estar viva y conocer este mundo increíble y maravilloso que nos han regalado y que por desgracia estamos destruyendo. Conocer gentes, culturas, lugares tan diferentes a mí siempre lo he sentido como un privilegio. Me enseña quién soy. En realidad no quién soy sino quién decido ser. Viajando aprendes que nuestra forma de vivir no es ni la única ni la mejor, es sólo una de las posibles. Y aprendes que puedes elegir ésa o cualquier otra. Ésa es justo la riqueza. El privilegio, la riqueza no es tener dinero sino poder elegir. Elegir con consciencia dónde, cómo y con quién vivir. Un privilegio que millones de personas no tienen o por la falta de oportunidad que conlleva la injusticia e inequidad social o por sus propios miedos, heridas y temores interiores.

Así que estar sin viajar para mí es una pérdida. Lo es por todo eso y porque además, en mi caso, viajando puedo ver y abrazar a mucha de mi gente amada. Pero la vida me está haciendo reencontrarme con una vida sin movimiento ni viajes. Ni agenda.

Mi trabajo, mis viajes, mi hijo, mis amigos.. mi vida en general es posible gracias a las logísticas. Ya lo escribí hace mucho tiempo: para mí la maternidad es amor y logística. Sin cubrir la logística no hubiera podido criar a mi hijo como lo he hecho, sobre todo siendo madre sola. Tampoco hubiera podido vivir la vida que elegí vivir. La agenda nunca fue un peso para mí sino un medio que hacía posible esa vida. Nunca he tenido problemas en cambiar lo que hiciera falta y cuando hiciera falta, pero esa organización inicial me permitía poder elegir. Y sin embargo la vida me ha llevado a dejar de escribir a boli y pasar a escribir a lápiz en esa agenda. Y cada vez que lo hago aprendo a ser más humilde. La humildad de saber que por mucho que apunte, será lo que la vida decida. Que puedo elegir pero la vida siempre es más sabia y más contundente que yo. Recordar día tras día que no tengo el control. Al principio, allá por marzo, tachaba y volvía a escribir con boli, hasta que me encontré ingenua y un poco idiota y cambié el boli por el lápiz.

No se trata de no escribir. Porque si no escribo en la agenda parte de mi vida no es posible. Es así de sencillo. Los encuentros con las personas amadas, las logísticas de la crianza de mi hijo, la presencia en las fechas señaladas para quienes amo… ésa es la Pepa que quiero ser, que elijo ser. Se trata de hacerlo con humildad, con más respeto a la vida del que le he tenido hasta ahora (diría hemos tenido, pero hablaré en primera persona). Se trata de pedir permiso. Ese mantra que he incorporado a mi vida “si la vida me da permiso”. Resituarse. Recordar lo pequeña e insignificante que soy, tanto como valiosa y preciada.

Toca aprender a fluir dentro de la corriente del mekong (the mekong always flows and flows in the same direction), en la corriente que la vida tenga preparada para mí. No la que yo deseaba, ni la que había planificado en la agenda, sino la que la vida ha marcado. Y ese fluir pasa por la humildad de apuntar en lápiz las cosas en la agenda y sonreirme cada vez que tengo que borrar algo, y apuntar las cosas casi como peticiones a la vida.

Y este verano, la vida me ha dejado aquí en la roqueta, en un privilegio de lugar que elegí para vivir justamente por eso, por l20200719_205119a maravilla que es. Y dejándome aquí, en la roqueta, he visto cosas de la isla y de sus gentes que no había visto en seis años, para bien y para mal. También ésa ha sido una lección de consciencia importante para mí. Mucho más de lo que pueda parecer en principio. Me ha colocado en una vida privilegiada, rodeada de gente que tratamos de ir viviendo con consciencia pero sin dejarnos bloquear por el miedo todo lo que está sucediendo. Reforzando aún más si cabe mi empeño en la red afectiva, su trascendencia.

Y la vida me ha colocado en un verano con mi hijo casi, casi a todas horas, otro aprendizaje contundente. Los planes que hicimos que suponían separarnos también se deshicieron o transformaron y pienso que quizá no me esté dando cuenta de que éste vaya a ser el último verano que pasemos juntos de verdad. Se ha hecho adolescente, Y está deseando volar. Y parte de la angustia para él y todos los adolescentes como él es que el covid 19 les impide volar, socializar, encontrarse, vivir los veranos de adolescente. Veremos lo que nos viene. Pero de momento la vida nos ha llevado a estar juntos casi sin excepción desde hace siete meses. Y eso me ha recordado esa imagen tan clara que escribe Tagore cuando habla sobre el matrimonio y lo describe como un templo cuyas columnas deben estar suficientemente juntas pero suficientemente separadas. Si se separan demasiado, el templo se cae, pero si se juntan demasiado también se cae. La distancia es necesaria en una relación sana, sea cual sea esa relación: pareja, familia, amigos, hijos.. tanto como la presencia. De hecho saber respetar esas distancias necesarias es parte de la presencia consciente. Aprender a encontrar ese equilibrio entre la presencia y la distancia es clave y aprender a ir transformándolo conforme ellos crecen y cambian sus necesidades, aunque no cambien las nuestras, es parte esencial de la labor como madres o padres. Dejarles ir.

Y la vida, como no podía ser de otra manera al estar tejida de amor, ha traido también estos meses muchas muertes a mi alrededor. La vida y la muerte son uno. Lo sé. Lo aprendí demasiado pronto, con la muerte de mi madre cuando tenía 20 años. El amor es lo único que vence a la muerte, pero el amor y la despedida van de la mano. Desde que todo esto empezó en marzo han muerto varias personas amadas de mi entorno, o gente amada de mi gente querida. De una u otra forma la muerte ha estado presente. Y no sólo por el covid, sino de otras formas, casi todas ellas inesperadas e imposibles de preveer. La muerte está escrita con tinta invisible en la agenda de nuestra vida. Que no podamos ver el día en que está apuntada no significa que no esté escrita. Y ésa sí que no puede borrarse. Otra lección de humildad. No soy yo la que escribo a boli, es la vida. Y la tinta de su boli ni se tacha ni se borra.

Así que aquí estoy. Aprendiendo a fluir. Aprendiendo humildad. Aprendiendo a confiar.

Abrazo de alma,

Pepa

 

Artículo “Descansar el alma”

2 julio 2020

Como me ha ocurrido ya otras veces, en este caso se me cruza lo profesional con lo personal. Así que voy a copiar aquí un artículo que se ha publicado estos días y que hemos difundido desde Espirales CI. Lo copio para quienes seguis este blog y no el de Espirales.

Copio el texto tal cual del blog del programa para el que lo he escrito, BBK Family. Ya elaboré para ellos unos videos que están teniendo mucho eco y que podéis ver aquí también. Es una de las iniciativas más interesantes que he acompañado en los últimos años, llevada además por profesionales con las que es un privilegio trabajar. El artículo es el siguiente:

Descansar el alma

El ser humano está construido para sobrevivir. Cuando llega la urgencia, el miedo, el dolor físico o el sufrimiento emocional, todo nuestro ser se activa para encontrar la forma más rápida y menos dañina de sobrevivir. A veces lo que es más rápido e indoloro en ese momento resulta más dañino a largo plazo. Pero eso no lo sabemos entonces. Al menos no siempre.

Durante todos estos meses, aquellos que hemos tenido la fortuna, hemos podido sobrevivir. O no enfermamos, o enfermamos y nos curamos. Nos quedamos en casa esperando a que todo pasara, a que el peligro cesara. Elegimos ser responsables y ser generosos. Y lo elegimos a costa de un sufrimiento emocional muy grande. A veces ese sufrimiento lo hicimos consciente, otras no.

Por eso ahora nos sentimos tan raros. Tenemos la sensación de que el peligro empieza a remitir, pero nuestro cuerpo, que sigue activado en la supervivencia, aún no duerme profundo ni respira tranquilo. Una parte de nuestros pensamientos siguen centrados en el virus, las mascarillas, las personas por la calle o lavarnos las manos. Y los pensamientos obsesivos generan una necesidad de control y un pensamiento paranoide que necesita imperiosamente buscar un culpable (o varios) de lo que ha pasado. Y nuestras emociones siguen subiendo y bajando. Nuestros hijos e hijas tienen miedo a salir a la calle, nosotros mismos nos sentimos raros sin esas cuatro paredes, nos seguimos enfadando fácilmente o de repente tenemos ganas de llorar y no sabemos por qué. Dicen que el virus empieza a remitir, pero nuestra alma no se lo acaba de creer.

Por eso necesitamos descansar. Necesitamos aire, agua y sol. Porque el sol es esencial para mantener la energía interna, el agua favorece nuestra conexión corporal y el aire y el movimiento ayudan a nuestra regulación emocional, especialmente de la rabia. La naturaleza permite al ser humano reconectar corporal y emocionalmente. ¡Si hasta sabemos que abrazar a los árboles nos hace estar más sanos!

Necesitamos dormir. Pero dormir profundo. Que el insomnio disminuya y remitan esos sueños que han estado tan cargados emocionalmente. No han sido necesariamente pesadillas, pero estos meses la gente recordaba mucho más lo que soñaba. Porque tenía mucho más que soñar. Soñar nos permite integrar lo que vivimos, y teníamos demasiadas vivencias por colocar como en un puzzle que no encajaba.

Necesitamos parar. Cuando el ser humano quiere sobrevivir, tiende a desconectar emocionalmente. Es lo que llamamos disociación. Cortamos el acceso a una parte de nuestro procesamiento interno, el corporal y emocional, para centrar los recursos en sobrevivir. Y para lograr no conectar, lo mejor es correr. Por eso a veces corremos tanto. Sin embargo, el confinamiento nos obligó a parar. Y mucha gente se puso a llenar de actividades el tiempo porque pararse a sentir le daba miedo, le generaba angustia. Incluso encerrados somos capaces de “correr”. Pero para recuperar el equilibrio interno necesitamos frenar, parar y reconectar. Si no somos capaces de meditar o de hacer relajación, que muchos no lo seremos, entonces caminemos tranquilamente, tomemos un café sentados, en vez de en pie, sentémonos en un lugar bonito y veamos pasar el tiempo.

Necesitamos llorar. En este tiempo hemos perdido mucho más de lo que imaginamos. No sólo hemos perdido personas que amábamos, sino muchas cosas propias de nuestra forma de vivir. Hemos perdido poder abrazarnos sin miedo, poder hablar sin sentirnos posicionados en miles de debates polarizados por el miedo. Hemos perdido la sensación de invulnerabilidad, que era dañina y falsa, pero nos encantaba. Ahora nos sabemos frágiles, a la intemperie y muy, muy vulnerables. Por eso nos cuesta llorar, porque al hacerlo sentimos angustia. Y la tristeza sólo acaba siendo un problema cuando se une al miedo. Llorar el dolor sin angustia, sólo dejándolo salir, también hace que nuestra alma descanse.

Necesitamos construir tribu. Porque de ésta o salimos juntos o no salimos. Hay muchas familias que no podrán hacer nada de todo esto que escribo porque la urgencia de su situación, las condiciones en las que han quedado, les exigirán seguir sobreviviendo. Porque para ellos la pesadilla no ha pasado. Y si algo nos ha enseñado este virus es que somos todos uno. Tendremos que aprender que si esas familias no logran vivir, nosotros tampoco podremos. Pero esto sería tema para otro artículo.

Nos espera un otoño muy difícil. Así que es momento de poner consciencia en este descanso del alma. Éste es un verano necesario. No nos lo saltemos. Y no tratemos de hacer como si el virus no hubiera pasado. Ha sucedido. Por eso, cuando hayamos descansado, nos hayamos bañado en el mar un par de veces o hayamos paseado bosques hermosos unos días seguidos, cuando hayamos reído de nuevo con nuestras familias… entonces, con el alma descansada, llegará el momento de tomar decisiones, de buscar una forma personal y consciente de vivir lo que viene. Pero no las tomemos antes de haber descansado, porque si las tomamos agotados y angustiados, es muy probable que acaben siendo decisiones erróneas.”

Un abrazo grande,

Pepa

 

Mis certezas para el “después” del covid 19

18 junio 2020
Etiquetas: , ,

Hacía años que no vivía un tiempo de tanta intensidad emocional como han sido estos meses. El nivel de demanda emocional, también laboral, que he sostenido ha habido pocas veces en mi vida que lo hayan igualado. Por suerte en parte vi, en parte me hicieron ver que me estaba agotando y tomé medidas. Y ahora que he podido descansar y voy reconectándome de nuevo conmigo, con mi hijo y con la vida en general, quiero escribir algunas certezas que me han llegado en este tiempo. Por si pueden servir, en la linea de lo que siempre he hecho en este blog. Aquí van:

1. Por mucho que nos empeñemos en hacer como que no ha pasado, en tratar de pensar que ha sido un mal sueño y volver a lo que había, no va a funcionar. Algo profundo ha cambiado, y aún andamos muy ciegos y asustados para ver su magnitud. En realidad la vida es así: volver es sencillamente imposible. La vida es más grande y más fuerte que nosotros, y nos pide, como dije en mi última entrada, transformarnos para seguir. Y seguimos siendo tan necios como para pensar que podemos controlar la vida: el nacimiento, la muerte, el amor, la enfermedad, la naturaleza…todo lo importante y nuclear es intemperie.

2. Aprendí hace muchos años que confiar es la clave de la seguridad. “Aprender a confiar en la vida incluso cuando la vida hace daño” un verso de Llach (y creedme que lo digo con conocimiento de causa personal y laboral) es una de las claves de la salud mental y del crecimiento. Ante lo que nos espera tenemos dos opciones: confiar y dejarnos o enfermar de miedo. Cada uno tendrá que elegir. Y es una elección que se plasmará en miles de pequeños detalles cotidianos. Detalles que son personales e intrasnferibles. Se trata de elegir cómo vivir. Siempre fue así pero ahora es un poco más si cabe.

3. Hay dos cambios que siento que la vida nos pide para lo que está por venir. El primero es cambiar el concepto de familia por el de tribu. Necesitamos una tribu. Y la necesitamos cercana, firme, presente, real. Una tribu de amor que cuide a nuestros hijos pase lo que pase, a nuestros mayores, a nosotros mismos si enfermamos. Una tribu que aumente las probabilidades de estar acompañados. Si seguimos criando y viviendo de puertas adentro, no funcionará. La familia nuclear no es suficiente. No ahora, no para lo que viene.

La tribu y la comunidad son realidades que se han perdido en occidente, no así en otros lugares del mundo. Y es nuestra gran pérdida como sociedades sin duda. Son tres elementos que juegan a entrelazarse: el individuo, la comunidad y el sistema. Hay lugares del mundo en que los sistemas no existen o son muy débiles como muchos países del continente africano, y el ser humano sobrevive por la tribu. Lugares del mundo donde el sistema y la comunidad imponen su ley y el individuo apenas tiene voz por sí mismo para decidir sobre su vida, como ocurre en muchos lugares en los que he trabajado en Asia. Y en Europa el inviduo le pide al sistema que solucione sus problemas. Como individuos nos expresamos, nos quejamos, demandamos al sistema soluciones. Pero la comunidad, la tribu es débil, cuando no inexistente.

Los movimientos comunitarios y pequeños son el cambio en el que, después de todos estos años, mantengo mi confianza. Porque lo he visto, he visto mil veces los cambios que generan y merecen la pena. Al mismo tiempo, los datos que veo del mundo me refuerzan una vez más mi poca fe en el cambio global. Veo muy pocos datos del sistema global que me hagan confiar en el cambio y la mejora después del covid 19, más bien todo lo contrario. Pero procuro no olvidar que el ser humano es capaz de cambiar lo pequeño y desde ahí generar revoluciones. No sé si lo haremos, pero sé que capaces somos.

Pero cuando hablo de la tribu, no sólo la menciono por su posibilidad de cambio social real, sino porque será el sosten emocional de las personas, de todos nosotros en lo que está por venir. Insisto y no me cansaré: no es suficiente con la familia. Nos equivocamos si creemos que podremos sobrevivir solos en familia.

4. El otro gran cambio que se nos pide es el de la permanencia a la provisionalidad. Esto fue de las primeras cosas que escribí en el uno de los primeros post filosófico de estos meses, pero sigo pensando mucho en ello. Aprender a vivir en un mundo que sea provisional, en el que pueda haber cambios constantes, continuos y no deseados. Cambiar de casa, de ciudad, de trabajo.. una educación diferente, una vida diferente..enseñar a nuestros hijos e hijas a no permanecer cuando nos han educado para encontrar un lugar en el mundo donde permanecer justamente, cuanto más cercano a nuestros orígenes y familia mejor. Creo que por ahí tenemos un gran trabajo pendiente por delante. Y generar estructuras que puedan moverse de sitio, sistemas que puedan cambiar y adaptarse fácilmente, no sólo laborales, sino de convivencia y de gestión de los espacios. Creo que es un reto para nuestros esquemas mentales, seguro lo es para los míos.

5. Sé que el ser humano en las situaciones extremas es capaz de lo mejor y de lo peor. El covid 19 no está siendo una excepción. El miedo enfada a la gente, la angustia necesita encontrar culpables. En cierto modo la confrontación nos mantiene ocupados y nos ayuda a gestionar el miedo. Pero por el camino mostramos nuestro peor rostro y a menudo abandonamos a los más vulnerables. Poder mirar ese espejo del ser humano, el mío propio, el de quienes amo o el de la sociedad en general va a ser prioritario a corto plazo. Porque no sé si a largo plazo aprenderemos, mejoraremos, nos transformaremos para volver a ocupar el lugar que nos corresponde en la tierra, un lugar humilde y agradecido, que perdimos hace tiempo por engreídos y asustados. Pero sé que a corto plazo eso no va a pasar. Así que sé que nos esperan desiertos. Atraversarlos será parte del crecimiento. No me da miedo, porque sé que es así. Es parte de la esencia del ser humano, somos capaces de cosas increíbles y bellísimas, pero también de una crueldad inimaginable y de mucha estupidez. Si tomo la vida, y al ser humano como parte de ella, la tomo en su totalidad. Por eso no tengo miedo, pero no me engaño.

6. Y la última, pero más importante certeza: me toca tocar mi melodía el tiempo que me sea regalado. No lo podré decidir, siempre lo supe, ahora lo he recordado con claridad: no decido. La vida es más sabia que nosotros. Nos va colocando en nuestro sitio. No sé cuál será el límite que forcemos como especie desde nuestra ceguera y nuestro engreimiento. Y no sé cuál será mi papel en todo ello. Pero sí sé que puedo elegir una forma de vivirlo, y voy a poner todo mi ser y mi consciencia en intentar hacerlo.

Un abrazo inmenso,

Pepa

 

 

 

Transformarnos

24 mayo 2020
Etiquetas: , ,

Estas dos últimas semanas han sido especialmente duras para mí. He pasado estos meses de confinamiento sosteniendo mucho y no me arrepiento de haberlo hecho, pero en algún momento me fallaron las fuerzas. Y cuando las fuerzas fallan, el dolor y el miedo parece que se apoderan de mí. Nos pasa a todos, pero estos días he sentido que no llegaba, que no podía con todo.

No es la primera vez que me sucede en la vida, pero quizá ha sido una de las más conscientes. Como también lo ha sido mi opción por no ocultarme, por no disimularlo. Me he mostrado triste, silenciosa, agotada. En realidad, sigo en ello, pero poco a poco ya voy recuperando fuerzas. Y al mostrarme, he recibido el amor y la comprensión que necesitaba para sostenerme.

Y, también como otros momentos de mi vida, lo profesional y lo personal se me han entrecruzado. Me ha tocado hablar mucho en supervisión de cómo el miedo puede volverse pánico y ese pánico hacer que la gente saque a borbotones dolores muy antiguos, dolores que parecen superados e integrados. Les ocurre a los niños, niñas y adolescentes con historia de trauma, nos ocurre a los adultos que seguimos guardando dentro nuestro niño o niña con su historia de trauma.

Como persona y como profesional me costó mucho tiempo comprender que integrar no significa olvidar, y que la memoria corporal del dolor sigue ahí y puede reabrirse en varios momentos de nuestra vida, sobre todo aquellos en los que estamos agotados y asustados.

Cuando miro y leo a mi alrededor pienso en toda nuestra memoria corporal colectiva, la que tiene nuestro país, nuestra sociedad. Muchos dolores ya nombrados y trabajados y otros muchos ocultos y no nombrados, que ni siquiera tuvieron oportunidad de ser integrados. Y el dolor vuelve a borbotones, con crueldad, con brutalidad y cada vez más polarizado. Porque el pánico no deja lugar al encuentro, a respirar, al tiempo, a la conexión..

Y esa sensación extraña de revisitar mi pasado, el de mi hijo, el de nuestra red de amor, el de nuestra sociedad. Saber que ya no estás allí y sin embargo por momentos perder la perspectiva y sentirte inundada, como si hubieras vuelto a aquellos momentos. ¡Qué dificil es no perder la perspectiva en esos momentos! Como he repetido sin cesar a nivel profesional también, tratar justo en esos momentos de no patologizar el sufrimiento. Poder sostener lo que ves y lo que vives como manifestación extraordinaria de una situación extraordinaria, no como patología ni enfermedad.

Y en ese sentido me doy cuenta de que mucha gente intenta volver atrás de forma desesperada. Quiere hacer como si todo esto no hubiera pasado. Volver a la vida que tenía antes. Quiere pensar que todo esto es un mal sueño y pasará. Pero no es así. Estamos asustados y queremos volver al refugio de nuestras certezas. Pero la vida nos está planteando un escenario incierto donde nadie sabe bien cómo manejarse. Hoy mismo he ido al mar con mi hijo por primer día y aunque nos hemos bañado, él decía “mami, sé que estamos saliendo ya y viendo a nuestros amigos, pero yo me sigo sintiendo en confinamiento, es como si las cosas no fueran reales“. Hablaba de volver a su colegio, de tomar los bocatas de media mañana, de reírse con sus amigos en la puerta, de volver en el autobús. Hablaba de una vida que ya no existe, y que al menos durante un tiempo largo e indeterminado no va a existir.

Y miro las decisiones que se van tomando y me doy cuenta de que tratan de dar soluciones manteniendo las mismas estructuras que existían. Y no va a funcionar. Todas las discusiones que está habiendo sobre la educación, sobre la distancia física, la reducción de grupos, los horarios de los coles y los patios marcados con tiza parte de la misma idea: mantener la misma estructura y adaptarnos hasta que llegue la vacuna y podamos hacer como que no pasó, y volver atrás. Pero no va a funcionar.

La vida nos pide transformarnos, cambiar las estructuras y, al menos de momento, no estamos dispuestos a hacerlo. Así que…

En este tiempo hemos dado un valor diferente a muchas cosas de las que ya he hablado. Por ejemplo, los abrazos y el calor humano. Qué paradoja leer el otro día en un titular: “¿Cómo es posible pensar en dar clase sin abrazar?” cuando yo llevo años trabajando para convencer a maestros y maestras, a educadores y educadoras que abrazar es parte de su labor profesional, que la calidez afectiva es garantía de desarrollo pleno y aprendizaje para los niños y niñas. Ahora parece imposible prescindir de algo que quizá habíamos olvidado de tanto darlo por obvio o de tanto alejarnos o disociarnos emocionalmente en el trabajo.

Todo el debate que ha surgido sobre el valor de la escuela como garante de la equidad y de la integración social más allá del curriculum o el aprendizaje cogntivo. Visibilizar el precio social de haber sacrificado y politizado la educación. De la sanidad ya ni hablo, de lo dolorosamente patente que ha quedado cómo la falta de inversión en una sanidad potente nos ha llevado a la necesidad de medidas drásticas para no colapsar el sistema sanitario y que pudiera atender a la gente. Y la cultura, cómo nos ha mantenido cuerdos. Las canciones, la poesía, la lectura, el cine y la tele..refugios para nuestras almas confinadas que hemos de defender y proteger más que nunca.

Y sin embargo, cuando buscamos soluciones, lo hacemos asustados. Buscamos culpables desde el miedo que agudiza el pensamiento paranoide. Buscamos reforzar las estructuras previas, desde el miedo y la necesidad de olvidar lo sucedido y hacer como que no ha pasado. Buscamos la intensidad emocional en forma de conductas insconscientes, cuando no de riesgo, que nos despierten del letargo emocional al que un confinamiento muy largo nos ha llevado.

No sé si seremos capaces de transformarnos. Sé que si no lo hacemos, la vida hablará de nuevo. Y la vida, cuando habla, es bella pero también es cruel, como lo es la naturaleza en sí misma. Y sé también que toca encontrar una forma personal y consciente de situarse en todo esto, porque no queda otra. Decidir, como escribí hace unas semanas, cómo vivir la permanencia que nos sea regalada.

El mar y la presencia física, corporal, real de mis seres queridos más allá de la pantalla me han recordado hasta qué punto necesito alimentar mi memoria corporal positiva para no perder el norte, para no quedarme sin fuerzas, para encontrar mi propia de vivir y transformarme.

Un abrazo inmenso,

Pepa

 

Cuando el “después” se va volviendo “ahora”

9 mayo 2020

Estos días he pensado mucho en qué significa poder “salir”. Porque al principio era el aire y el movimiento, el hecho en sí mismo de poder caminar, oler, pasear… pero luego, muy prontito, ya no fue suficiente. Queríamos salir pero necesitábamos ver a nuestra gente. Es la “corporalidad social”. Como cuando viajas, no es lo mismo leer sobre un lugar que viajar a ese sitio, donde hueles, vives, sientes y tocas. Ahora no podemos tocar, pero al menos queremos todo lo demás. Lo necesitamos. Yo lo necesito.

Al menos sentir el cuerpo de la gente amada, su rostro más allá de una cámara, darnos cuenta una vez más de eso que le decimos tanto y tanto a las y los adolescentes, que por mucho que hablen profundo a través de las pantallas, hay una parte que hace falta, que es innata al ser humano que es el cuerpo. Esa necesidad de tocar y ser tocado, de sentirse y ser sentido. El procesamiento somato sensorial de las “tripas” que explico yo siempre en los talleres. Nos falta eso y cuando nos falta, nos sentimos incompletos. Caminar es valioso, pero caminar junto a alguien es mejor. No sólo eso. Es diferente, sustancialmente diferente. Nos hace falta sentarnos a tomar un café, nos hace falta conversar en persona, nos hace falta oler, saborear, mirar y tocar. Todo lo que el cuerpo percibe, procesa y de lo que se alimenta nuestra alma.

Estos días, además de las sesiones terapéuticas, me está tocando hacer muchas sesiones de supervisión con equipos técnicos de diferentes lugares, sobre todo del ámbito social y educativo. Y hay temas que surgen de forma reiterada, y entonces percibes las semejanzas y las diferencias. Cuando eso me pasa, cuando algo sale en varios grupos siempre siento la necesidad de escribir sobre ello, porque siento que hay algo común y valioso, algo que trasciende un grupo o una situación concreta y que quizá tiene que ver tan sólo conmigo, pero quizá es algo que resuena más allá.

En muchas de las sesiones hablamos de cómo acompañar a los niños, niñas y adolescentes en este “después” que se nos ha convertido en “ahora”. Surge en mis propias reflexiones como madre respecto a mi hijo o a mis sobrinos; hablando con mi familia, con mis amigos, con otras madres y padres. Surge en el ámbito educativo, respecto a cómo será la educación que nos viene, cómo encontrar un modo diferente de establecer el vínculo educativo. Y surge en el ámbito social cuando tratamos de acompañar a quienes son más vulnerables.

Muchas personas siguen esperando volver a lo que teníamos, quieren “recuperar su vida”, cuando su vida es la que tienen ahora. Nos ha tocado vivir una parte de nuestra vida encerrados. No sabemos si serán sólo estas semanas o volverán más, pero esta es la vida que tenemos. No se trata de que nuestra vida parara y estemos esperando a volver a ella, porque esta vida es nuestra vida también.

Y ahí veo como hay variables que hacen que la gente se bloquee más o fluya mejor en esta vida a la intemperie. Por ejemplo, cuando trabajo con la gente en Latinoamérica veo que hay una diferencia respecto a la gente en España y es que allí en muchos sentidos están acostumbrados a empezar de cero, a volver a empezar. A veces es por un terremoto, o por un huracán o por una crisis económica feroz, pero en sus esquemas mentales entra la opción de “empezar de cero”. Ese es un concepto que para la mayoría de las personas europeas de nuestra generación no existe. Hemos crecido en la estabilidad, en el arraigo a las tradiciones y a la historia, en conservar lo que tenemos. Y la idea de poder perderlo sencillamente paraliza a la gente, además de enfadarla. Yo no puedo evitar intuir que en realidad ya lo hemos perdido.

Luego está la edad. Estoy convencida de que quienes peor lo vamos a pasar en este “después” somos justo la gente de mi edad, digamos una horquilla entre los 35 y los 60 más o menos. Los más pequeños y las y los jóvenes aprenderán otra forma de vivir porque no les va a quedar otra y porque son más flexibles a todos los niveles: cognitiva y afectivamente. Aprenderán los esquemas de ese “después” como nosotros aprendimos esquemas diferentes de los de nuestros padres. Porque tienen toda la vida por vivir y construir, en la permanencia que les sea regalada en esta vida aún lo tienen casi todo por hacer.

Del mismo modo, las personas más mayores ya han vivido gran parte de su vida, hicieron su proyecto de vida como pensaron y sintieron que era mejor hacerlo, como pudieron o como les dejaron según el caso. Probablemente una mezcla de todo eso. Pero las personas mayores pueden adaptarse más fácilmente a la supervivencia, a disfrutar las cosas pequeñas y sencillas, a pararse y a integrar lo que tienen.

¿Pero nosotros y nosotras? Personas (yo acabo de cumplir 47 años) que tenemos nuestros esquemas mentales ya construidos, que tenemos ese “edificio interior” ya formado y que tendemos a querer que la vida se ajuste a ese edificio, a nuestros “surcos cerebrales”, no al revés. Nosotros y nosotras, que en muchos casos tenemos ya formados nuestros proyectos de vida y hemos asumido compromisos conforme a esos proyectos que quizá en ese “después” ya no podamos cumplir. Nosotros y nosotras, que tenemos la responsabilidad de tirar para delante de un mundo cuyas reglas de la noche a la mañana han cambiado generándonos angustia y desconcierto. Creo de verdad que nosotros y nosotras somos los que peor lo vamos a pasar. Nos toca cambiar y ni siquiera tenemos claro hacia dónde. Nos toca fluir con la vida cuando estábamos acostumbrados a creer que la controlábamos. Nos toca cuidar y sostener y alimentar cuando los medios para hacerlo van a cambiar de un modo sustancial. Y esa es una experiencia vital que no todas las generaciones a lo largo de la historia han tenido. Nos ha tocado.

Me doy cuenta en las sesiones y en las conversaciones que la edad de quien me escucha condiciona la forma en la que integra lo que digo. Me da la sensación de que a lo mejor en los próximos años nos toca escuchar mucho, mucho más a nuestros hijos e hijas de lo que solemos hacerlo, porque quizá ellos encuentren maneras diferentes y más rápidas de fluir y adaptarse a los cambios. Veo a la gente calculando cuánto tardaremos en volver al nivel de bienestar que teníamos en marzo, calculando si serán meses o años. Escucho hablar sobre cuántos niños o niñas podremos meter por aula y cómo habrá que organizar los grupos el curso que viene para que puedan ir al colegio. Seguimos intentando organizar el “después” con los criterios de aquél “antes” que estoy convencida con todo mi ser de que no volverá.

Creo que no aprenderemos todo lo que estoy tratando de decir sólo con este virus. Me temo que el ser humano necesita ser confrontado muchas veces y de forma muy potente para modificar esos “surcos cerebrales” de los que hablaba. Lo veo en la terapia, que es un proceso de consciencia largo en el que las personas, aún deseando el cambio, cuando comprenden sus consecuencias o su magnitud, se resisten o les abruma. El proceso de consciencia que la persona logra en terapia cuando el proceso funciona le lleva a una vida diferente, pero es un camino largo y la vida suele confrontarles varias veces con sus sombras en ese proceso. Pues probablemente pase lo mismo a nivel social. No creo que aprendamos sólo de este virus. Son muchos los intereses y mucho el miedo y la necesidad de creer que volveremos al “antes”. Pero la vida es más fuerte y más sabia que nosotros. Con el tiempo lo aceptaremos.

Y una última paradoja. Estos días trabajando con equipos de los centros de protección hablaba de cómo lo que estamos viviendo toda la sociedad ahora en realidad los chicos y chicas de los centros de protección son de los pocos que ya lo habían vivido. Conocen de sobra lo que es perderlo todo y empezar de cero, no hay como ver sus ojos el día que les sacan de casa y les llevan a un centro. Saben lo poco que pueden llegar a conservar de su vida: ropa, fotos, historia… ni siquiera pueden llevarse cuando se van del centro fotos de los amigos que hicieron allí o de las cosas que vivieron durante esos años porque ley de protección de datos no se lo permite. Saben lo que es que alguien los encierre, que alguien decida por ellos y ellas sobre su vida. Saben lo que es perder a personas amadas a veces sin poderse siquiera despedir. Los chicos y chicas que viven en centros de protección ya lo han vivido. Así que, a pesar de su vulnerabilidad, quizá sobrevivan más sólidos que nosotros en ese “después” que para ellos formaba parte de su “antes” y su “ahora”.

Me ha salido un post algo filosófico, así que lo acabo con un video cortito que grabamos el otro día hablando mi amigo Juanjo y yo. Me propuso hacerme un par de preguntas sobre educación como parte de unos diálogos con más gente que está haciendo. Forman parte de toda la reflexión de este post así que con él acabo.

Abrazo grande,

Pepa

 

Mirar hacia dentro

1 mayo 2020
Etiquetas: , ,

Las paredes físicas pueden convertirse también en paredes del alma. Y el alma, como nuestra casa, puede ser hogar y refugio o puede ser prisión. Estas dos últimas semanas han sido las más duras del confinamiento para mí, para mi entorno y para mucha gente con la que trabajo. Creo que por muchos motivos. Porque ya pesa, el tiempo se hace más largo, porque el final se ve más cerca, porque el “después” aparece como posible y da miedo… pero sobre todo porque la emergencia externa ha rebajado exigencia para hacer hueco al espacio íntimo. Y ahí hay todo un universo que a veces es hermoso. Otras, no tanto.

Me impresiona ver hasta qué punto somos capaces de vivir mirando hacia fuera, empeñados en controlar el entorno, los acontecimientos, la información y los entornos donde vivimos. Tanto esfuerzo puesto en convertir nuestra vida en predecible porque como seres asustados, eso nos da seguridad. Sin embargo, para mí se renueva un convencimiento íntimo y es que la seguridad no viene de ese control sino de la entrega. No viene de controlar lo que va a suceder sino de la confianza en estar dispuestos a vivirlo, sea lo que sea lo que llegue. Pero confiar pasa por aceptar nuestra fragilidad y nuestra intemperie. ¡Y esa pequeñez y vulnerabilidad nos da tanto miedo!

Cuando miramos hacia dentro, a veces temblamos. Lo diré en primera persona: cuando miro para dentro, a veces tiemblo. Porque somos una ínfima partícula del universo, una pequeña pero hermosa expresión de vida. Somos frágiles, y nos podemos romper con suma facilidad. Eso es lo que somos. Eso es lo que soy. La vida es frágil, en un minuto puedes romper lo que ha costado años construir: una vida, una relación, una certeza, una cultura, unos derechos…

Por eso, a continuación surge la responsabilidad de vivirla, de cuidar esa vida, mi vida, nuestras vidas. Me surge la ternura, el mimo, el cuidado en su máxima expresión. Me surgen las caricias y los abrazos, pero también la justicia social y los derechos humanos. Todos ellos para mí forman parte de lo mismo: la responsabilidad del cuidado de la vida, empezando por la mía.

Pero el temblor, cuando surge, viene de mirar de forma invidual. Porque si al mirar hacia dentro doy un paso más, me doy cuenta de que formo parte de algo mucho más grande, algo mucho más fuerte. La VIDA con mayúsculas es más fuerte y más sabia que yo. Y sobrevivirá mucho más allá de mí, que no soy más que ese granito en la arena de la playa. Soy única, soy valiosa. Pero la vida es mucho más que yo.

De dónde surge la playa? De la suma de granos de arena. Somos una inmensa red de almas frágiles que se hacen fuertes si las ves en su totalidad. Para mí el amor, esas redes de amor de las que me paso la vida hablando y que cultivo con tanta consciencia (y a veces cansancio) como soy capaz, son la base de mi seguridad y mi fortaleza. La trascendencia forma parte de la resiliencia. El amor es un acto de fe y de confianza en el otro. Y ese confiar en el otro me lleva a percibir la totalidad de la playa. Es ahí donde está la fuerza.

Después de casi siete semanas de encierro, hay algunas cosas sin las que sé que no puedo ni quiero vivir. Algunas las sabía, otras las imaginaba pero no en su verdadera magnitud, otras ni las sabía. No son muchas, pero son existenciales:

La primera son los abrazos, las caricias, la piel. No quiero ni puedo vivir sin tocar y ser tocada. Hablo de abrazar en general, pero también en particular, por mi gente amada.

La segunda el sol, el aire y el agua. No quiero ni puedo vivir una vida sin aire y sin sol. Y sin el agua en todas sus formas, especialmente la mar.

La tercera, que aunque parezca obvia, ha adquirido otro significado estos días, no quiero vivir sin mi hijo.

La cuarta, en la que me reafirmo, no quiero vivir sin moverme, incluido viajar. Y sin respirar.

La quinta, no quiero vivir sin árboles.

La sexta, no quiero vivir sin conversar. Me costaría mucho, mucho vivir sin leer, pero no quiero una vida sin buena conversación de almas.

Y una séptima, el número infinito 7, no quiero vivir sin mi memoria.

(Observese que las primeras son “ni quiero ni puedo” las siguientes son tan sólo “no quiero”)

Estos días he cumplido 47 años con una celebración de amor tan especial como inolvidable. Lograron inundarme de amor y me llenaron la casa del olor de mi red de amor. No tengo palabras para agradecerlo. Y ha formado parte de este “mirar adentro”.

Igual que las conversaciones con mi hijo. Ayer, por un trabajo y por ese mirar hacia dentro en el que andamos metidos, mi hijo me preguntaba qué cambiaría de mi vida. Y me sorprendió decirle que muy pocas cosas. El ejercicio físico, mi cuenta pendiente. Y mi manejo de la rabia, muy, muy mejorable ;-) pero en lo demás… es el camino que he hecho, la cantidad de cosas que he cambiado hasta llegar aquí, incluyendo el lugar donde vivir, trabajos, relaciones, hábitos y cosas de mi forma de ser. El tiempo y el esfuerzo que me costó.. no fue fácil pero logré cosas como poder llorar delante de otros, poder enfadarme más y más flojito, poder pedir ayuda, no agotarme hasta enfermar, no cuidar para que me quieran, legitimar mi derecho a muchos y buenos placeres, cocinar hasta una tarta ;-), nombrar cosas innombradas y algunas cosas más.. el camino ha sido largo y en este “mirar adentro” encuentro paz.

Me quedo con esa paz. Con esa certeza de la fortaleza de la playa y mi fragilidad como grano de arena. Y reitero mi acto de fe: confiar.

Abrazo inmenso,

Pepa

 

 

El “después”

15 abril 2020
Etiquetas: ,

Siempre me impresiona ver cómo los seres humanos con historias, situaciones y caracteres tan diversos podemos vivir de forma tan similar las experiencias humanas radicales. No ocurre con las intrascendentes o con las pequeñas, pero sí con las radicales. Solemos decir que hay muchos modos de vivir el dolor, el amor, la muerte o la enfermedad. Sin embargo, conforme pasan los años, yo tengo cada vez más la sensación de que existen unos mimbres comunes al psiquismo humano que hacen confluir las vivencias cuando son radicales. Confluir, eso sí, siempre de forma polarizada, en lo bueno y en lo malo, sacando lo mejor y lo peor de nosotros mismos.

Me está ocurriendo con todo lo que nos está pasando. La primera semana toda la gente con la que conversaba andaba con cierto aire de irrealidad. O bien irrealidad por el dolor abrumador que le estaba llegando y que le tenía noqueado, o bien irrealidad por centrarse en esa parte luminosa que esta experiencia nos ha traido también, pero obviando el dolor y la intemperie. La segunda semana fue más confusa, pero la tercera sin dudarlo llegó la carga de profundidad. Muchas personas a mi alrededor entraron en crisis. En unos casos por el dolor vivido en situaciones tan surrealistas, tan inimaginables hasta ahora que se quedaban sin recursos para afrontarlo. En otros casos porque el confinamiento, la falta de libertad y la dimensión global de lo que está sucediendo les llegaba incluso a sus espacios protegidos y les empezaba a pasar factura. Me pareció un proceso similar a cuando vas de viaje o de vacaciones, las primeras dos semanas suelen ser de vivencias pero sigues muy activado mentalmente bien al trabajo del que no has desconectado, bien a la vivencia y descubrimiento del viaje. Es normalmente en la tercera semana cuando si estás de viaje, empiezas a añorar y si estás de vacaciones, a descansar.

Y luego llegó la cuarta. Y ahora la quinta. Y en la cuarta apareció el “después” tímidamente. En la quinta ya aparece casi constante en las conversaciones. ¿Cómo afrontar el “después”?

Y yo no paro de recordar algo que he aprendido en mis viajes por el mundo. Lo aprendí especialmente en Centroamérica. Allí muchas veces conversaba con las asociaciones, entidades e instituciones con las que trabajé que me sorprendía la escasez de inversión en infraestructuras para territorios tan pequeños e incluso en zonas de niveles económicos más elevados. También pasaba en la vida personal, veía cómo la gente invertía mucho en viajar, en educación, pero no tanto en sus casas. Hablo, claro, de un nivel económico medio. Al hablarlo en diversos países las explicaciones coincidían. Ellos decían: “¿Para qué vamos a invertir en cosas que se van a destruir? Cuando no es un terremoto, es un huracán y si no un maremoto”. Es una región acostumbrada a la fragilidad. Cada cierto tiempo la naturaleza llega a impone su presencia. Siempre me impresiona en las casas de mis amigos de algunos países de esa región ver las bolsas que hay junto a las puertas. Son unas bolsas pequeñas que tienen listas para cuando estalle un terremoto tenerlas a mano para salir: una muda de ropa, la documentación, algunas medicinas, un par de fotos.. poco más. En la puerta de la entrada de la casa. En general, en Latinomérica y el Caribe y en Africa la gente vive muchísimo más conectada a la naturaleza, para venerarla, para temerla o para expoliarla..pero conectados. No ocurre lo mismo aquí en Europa.

Pero hay un concepto que aprendí entonces y esta semana ha vuelto a mí una y otra vez: ligereza. Cuando pienso en el después, intento centrarme en cómo vivir la vida yo, cómo hacerlo con mi hijo. No quiero pensar tanto en el cambio global, porque me surge la rabia, sino en mi cambio personal, en cómo gestar una vida más humilde y más sostenible, en qué cosas quiero cambiar, en cuáles son los parámetros en los que habré de aprender a vivir. Y qué podré ofrecerle a mi hijo. Y me surgen algunos parámetros que quiero compartir.

El primero es el cambio constante. Ya sé, ya sé que la vida es cambio. Aún recuerdo aquel aprendizaje de Asia: “The Mekong always flows and flows in the same direction”, hagas lo que hagas, el Mekong siempre fluye y fluye en la misma dirección. Pero para mí se va imponiendo la sensación de que va a tocar aprender a vivir en un mundo que cambie constantemente, un mundo en el que la permanencia no sea posible. Un mundo en el que toque migrar porque una tierra se convierta en invivible, o porque desaparezca o porque esté tan contaminada que no sostenga la vida. Un mundo en el que toque cambiar de casa y de lugar y de trabajo y de… cambiar. Toca aprender a no permanecer. Nosotros, los humanos; yo, la primera, estamos tan aferrados a nuestros lugares, nuestras costumbres, nuestras tradiciones.. Nos toca en cierto sentido volver al origen del ser humano, cuando se movia donde era necesario para sobrevivir. Las grandes migraciones han sido una constante histórica, pero ahora los movimientos racistas y clasistas que están teniendo un auge increíble en Europa son justo para poder permanecer y no movernos de donde estamos, para que no nos “quiten” lo que nosotros construimos a partir de lo que quitamos a otros.

Y en ese cambio entra la ligereza. Soltar las cosas, las posesiones, las relaciones..soltar.  Este ejercicio que mucha gente propone estos días de intentar pensar en qué meterías en una maleta si fuera lo único que te pudieras llevar de tu vida tengo la sensación de que va más allá de una imagen, de que nos conviene pensarlo de verdad. Como las bolsas de entrada de casa de mis amigos.

Soltar hasta la vida, porque no sabemos a quién le llegará el virus, éste y los siguientes que vendrán. No sabemos a quién le tocará irse y a quien permanecer un poco más. Por supuesto hay factores estructurales y políticos. Permaneceremos más los que tengamos un sistema de sanidad público y sólido, los que invirtamos en investigación y sobre todo los que construyamos alianzas entre pueblos y naciones que posibiliten la supervivencia. Pero para eso… falta mucho, o quién sabe si llega.

Pienso en la vida de mi hijo, y siempre pensé que lo mejor que podía enseñarle era a saber adaptarse a los cambios. Dormir en cualquier sitio, comer cualquier cosa, abrir nuestra casa cuanto hiciera falta, adaptarse, viajar, conocer otras culturas, otras formas de vida…entender que no es posible comer en el mismo plato, en la misma mesa, la misma comida y a la misma hora. Pero ahora es más si cabe.

El segundo parámetro con el que habrá que aprender a vivir es el miedo global. Y el miedo lleva a la desigualdad, porque lleva a la parte más animal del ser humano, a su necesidad de supervivencia. Ya cuando escribí “Educando la alegría” lo hice porque estaba asustada de la cantidad de miedo que les estamos inculcando a los niños y niñas en la educación, el tiempo que pasamos hablandoles de la parte más horrible del mundo, de todo lo malo que podía pasarles. Les enseñábamos a no salirse del redil, a buscar la seguridad. Y ahora? Ahora eso se va a volver radical. Porque el miedo es estructural, es como si lo pudiéramos mascar. Estamos enfermos de miedo.

¿Cómo pelear contra esa enfermedad? ¿Cómo hacerlo yo y cómo enseñar a mi hijo a hacerlo? Enseñarle a confiar, a dejarse en las experiencias, a pensar más que nunca en que pueda gozar la vida. ¿Cómo amar y arriesgarse a amar a pesar del miedo? Porque para amar hace falta correr riesgos.

Pero el miedo es global, aquí no hay bandos que valgan, por mucho que a corto plazo se va a incrementar de un modo espeluznante la desigualdad social.  Al final todos somos uno. Y a medio plazo aprenderemos que la humanidad es una, una sola especie, una sola mente, una sola entidad.

Y hay un tercer parámetro que, sin embargo, en este caso no es nuevo para mí. Es un parámetro de vida en el que me toca reafirmarme: el encuentro humano. No sé qué ocurrirá, no sé cuanta permanencia me será regalada. Lo que sí sé es que, sea la que sea, la quiero vivir en tribu, en comunión, en espacios de encuentro. Si puedo tocarme, mejor, si no, con la mirada, o con la palabra, o con los hechos. Pero no quiero vivir sin mi gente amada y aún más allá, sin la posibilidad de seguir conociendo y encontrándome con gente nueva. Quiero conversar hasta el último aliento, o compartir silencios, o mirar los bosques pero hacerlo de la mano de otros seres humanos. No quiero sobrevivir a cualquier costa. Nunca lo quise. Ahora menos.

Estos días, hablando del después, me comentan cosas muy diversas. Por un lado que se habla de recuperar los mercados al aire libre, las estructuras pequeñas que son más inocuas, revisar el tema de los aires acondicionados. Pero por otro las empresas invirtiendo en grandes servidores que permitan trabajar en sucesivos confinamientos, incrementar la potencia de la red que es parte justamente del problema, pero que ahora mismo salva tanto y a tantos. Me hablaban de una vida más sencilla, más de campo. Pero por otro de una crisis económica imposible de dimensionar, y de la pérdida de avances sociales que parecían incuestionables. Me hablan de muchas cosas que son cambios estructurales, no son temporales. No sé cuántos de estos cambios se harán realidad.

Sólo sé que cuando visualizo qué haré el primer día que salga de casa lo tengo claro. Bajar a la cala de debajo de casa y meterme en el agua del mar con mi hijo. Sin más. Y honrar el privilegio de estar viva, de ser amada y amar, de estar aquí y ahora. Y, poco a poco, fluiré donde decida el mekong. Porque toca ser humilde de una vez por todas, reconocer que no controlamos, que hemos sido tan engreídos como para creernos más fuertes que la naturaleza y que la vida. Lo que me queda es aprender a vivir con estos nuevos parámetros que están por llegar. Y confieso que no sé si sabré adaptarme del todo. Confío en que mi hijo y los niños y niñas que amo sí lo sean.

Os abrazo largo,

Pepa

La intemperie

16 marzo 2020
Etiquetas: , ,

Quedarse a la intemperie. No yo, ni tú: todos. Sin lugar para guarecernos. Ni persona a la que abrazarse.

Toca aprender.

Aprender que somos todos uno. Que no hay otro refugio que el amor y el cuidado que nos una como especie. Porque no cabe salvarse solo. O nos salvamos todos o ninguno. La aceptación de que nuestros límites y fronteras son una quimera. O nos cuidamos todos o no funciona.

Aprender que somos caricia. La piel, la presencia… lleva dentro una parte de nuestra alma. Nos escuchamos por teléfono, incluso nos vemos las caras… pero olernos, sentirnos, tocarnos.. ése es un nivel de soledad que requiere salir a reconocerse en los balcones, hacerse presentes, hacerse reales. Para no olvidar nuestra piel. Y aceptar la paradoja de que el sacrificio de esa parte de nuestra alma, que es nuestra piel, es nuestro mayor acto de amor ahora mismo.

Aprender que a la seguridad no llegaremos por el control sino por la entrega. La aceptación de que no controlamos, de que apenas podemos poner puertas al aire. Toca hacer, pero aceptando que la vida es más fuerte que nosotros. Y que el sistema en el que vivimos, basado en la injusticia y con pies de barro, se cae a pedazos por un bichito. ¿Por qué? Porque era una mentira muy conveniente.

Aprender que en las situaciones límite el ser humano se revela como lo que es: capaz de lo mejor y de lo peor. Los blancos y negros que surgen en las situaciones extremas y que luego, cuando todo acaba, has de hacer un esfuerzo para volver al arco iris, a los matices, pero sin olvidar nunca lo que viste entonces. Son tiempos de blancos y negros. Estar o no estar. Salir o no salir. Eso lo aprendí con la muerte de mis padres y cuando me operaron con 29 años y no lo he olvidado. Y situación a situación que me toca afrontar me encuentro con lo mismo. Si tomo al ser humano, lo tomo completo, con la moneda de dos caras: su capacidad para hacer bien y su capacidad para hacer daño todo junto. Lo mejor y lo peor.

La pregunta sigue siendo si aprenderemos. Porque la vida lleva dándonos señales de alarma hace tiempo. Y cada vez habla más alto. Y más claro. Sólo que el ser humano nunca fue demasiado bueno en escuchar. Y para mí el mensaje que escucho es claro: somos insignificantes, pero valiosos. Como la vida en sí misma, como  cualquier otra especie… algo pequeño pero muy, muy hermoso.

Así que me quedo con la moneda completa, con la hermosura, la caricia y la quimera.

Os abrazo más que nunca.

Pepa

Un jardín frente al mar

30 enero 2020
Etiquetas: ,

Érase una vez….

Una niña que vivía en una hermosa casa con un jardín escondido. La casa era antigua como mayores eran sus padres y sus suelos crujían, sus paredes hablaban y olía a una mezcla de lavanda y canela, especialmente en primavera. Como cualquier casa anciana, que guarda en el aire amores y miedos ancestrales.

Lo que hacía diferente a aquel lugar no era la casa, sino el jardín. Un jardín escondido, que no se veía desde la calle y por detrás se asomaba a un acantilado frente al mar, así que tampoco se podía bordear. Sólo desde lejos los veleros que navegaban aquel recodo sabían de su existencia y podían intuir su belleza.

Para la niña aquel jardín era su lugar en el mundo, su rincón para esconderse, su piel. Aquellos árboles que le hablaban mecidos por el viento y le permitían ocultarse en los huecos de sus troncos. Aquellas flores que trataban de ser vistas cuando ella pasaba. Aquel musgo que crecía en los rincones. Aquellos sonidos de vida que llegaban hasta su cama para acunarla cada noche.

La niña era consciente de tanta hermosura, pero en su inocencia la creía imperecedera, como nos sucede siempre en la inocencia. Había aprendido a interpretar las diferentes lenguas que hablaba aquel jardin y a medirlas en su piel, en sus sentidos. Eran parte de su ser y la arrullaban en un murmullo que hacía imposible la soledad.

Su madre adoraba aquel jardín. Fue ella quien le enseñó sus lenguas y sus caricias. Con ella aprendió a mirar. Ella no corría, ni saltaba de sus árboles, ni se escondía en sus rincones. Tan sólo se sentaba cada día en un sillón de mimbre con una taza de café para ver atardecer sobre el acantilado. Y la niña, que adoraba aquella rutina, acudía a su lado, se sentaba en sus pies o en su regazo, y sentía las caricias de su madre, los sonidos de su jardín y el atardecer a lo lejos, todo en una sensación misma, única e indescriptible.

Y aquella cadencia de caricias, sonidos y colores fue configurando su ser. No había sonido discordante, ni ausencia ni tormenta que le hiciera dudar de aquella certeza. Hasta que un día..

Un día llegó su primer secreto. Un secreto que debía guardar. Un secreto que le asustaba y le dolía por igual. Tampoco en eso aquella niña era diferente. Todos guardamos secretos. Algunos nos vienen impuestos desde la única fuerza capaz de imponernoslos: el amor. Otros nos llegan sin pertenecernos pero los hacemos nuestros. Muchos permanecen escondidos en el aire y las paredes de nuestra infancia y cuando los descubrimos nos desarman. Algunos otros llegan por vergüenza de nuestros errores. Todos tenemos cosas que callamos anidadas en nuestra piel.

Aquel secreto le hizo temblar y tener frío cuando llegaba el atardecer. Así que empezó a entrar en casa y cerrar su ventana por la noche. Aquel secreto le generó tanto ruido dentro de su cabeza que dejó de poder distinguir el lenguaje de sus árboles. A la niña le daba miedo no poder guardarlo, ser descubierta, sobre todo por su madre, así que empezó a rehuir sus caricias. Su madre, extrañada, pensó que su niña estaba haciéndose mayor. Como le ocurrió a ella muchos años atrás. Siguió llegando cada noche a su cama, pero la niña se hacía la dormida y su madre le besaba en la frente sintiéndose impotente.

La niña no supo muy bien qué hacer con aquel secreto. Así que bajó a su jardín, se escondió en uno de sus rincones más lejanos, y lo enterró allí.  Y luego huyó. Salió de casa, abandonó su jardín y se refugió en el bullicio del cole y cuando se hizo mayor del trabajo. Creció guardando profundo los sonidos de su jardín y aquel olor a lavanda y canela. Se convirtió en una mujer hermosa y valiente. Tuvo una vida apasionante. Era dificil intuir su secreto, porque aprendió a vivir con él. Acariciaba a la gente que amaba, pero le resultaba más dificil dejarse acaricar. Viajó por selvas pero sin entrar en las casas antiguas y hermosas. Y, sobre todo, utilizó lo que su jardín le había enseñado para aprender el lenguaje de las almas. Sobre aquel secreto llegaron muchos otros. Como había aprendido a guardar secretos, se le daba muy bien guardar otros, tanto suyos como los de los demás. Su madre murió sin que ninguna le dijera a la otra lo que ambas sabían.

Pero hay algo que aquella niña tardó mucho en comprender y es que los secretos anidan en la piel. Por muy profundos que los escondamos, se quedan aferrados a la piel, forman parte de ella y cada caricia los hacen despertar. Y a aquella niña, ya mujer, nunca le faltaron caricias. Y esas caricias, cada una de ellas, despertaban su piel, y le impedían olvidar. Hasta que por fin decidió regresar a su mar, y buscar su jardín.

En aquella casa vivían ya otras personas, en su aire se escondían otras memorias que ella no reconocía como suyas. Además de lavanda y canela, olía a tomillo. Tuvo una sensación muy rara de volver sin regreso, de pertenecer y estar fuera al mismo tiempo, de reconocerse y extrañarse, todo en uno. Necesitó ayuda de los nuevos dueños. Pero logró abrir la puerta de su jardín. Ella estaba segura de reconocer el camino hasta aquél rincón donde lo había enterrado hace tantos años. Había medido los pasos y sabía cuál era el arbol bajo cuyo tronco cobijó su secreto. Pero sus pasos de mujer no servían para medir las distancias. Y habían crecido otros árboles. Y donde ella recordaba que había un hueco había crecido un musgo tupido.

Empezó a temblar, asustada de no poder hallarlo. Tuvo que sentarse y concentrarse en regular su respiración. Necesitó silencio. Y presencia. Y entonces sintió una cadencia en su piel que apenas recordaba. Era su jardín que vibraba a través de ella. Comenzó a escuchar las memorias escondidas en las hojas de los árboles. Hasta casi le pareció sentir las caricias de su madre en su pelo. Fue como si su cuerpo despertara a memorias que ni recordaba tener. Cerró los ojos y permaneció en silencio. Cada vez más callada. Su piel vibraba y temblaba, todo en uno. Estaba viva.

El atardecer la encontró sentada bajo uno de aquellos árboles, sintiendo vibrar los ecos de lo que se escondía bajo sus raíces y que ya no necesitó desenterrar. Porque formaba parte de su jardín, de su piel, de sus certezas. Abrazó a aquel árbol para sentirlo, para sentirse. Y le dio las gracias. Se dio las gracias. Lo demás vendría por añadidura.

Pepa Horno

30/01/2020

El “por” a dejar volar

28 noviembre 2019
Etiquetas: , ,

“Por” significa “miedo” en catalán. Es una palabra que me encanta, una de esas palabras que guardan todo un laberinto sólo en la forma de pronunciarlas (la r casi no suena, a mí me suena más a “po”), en su sonido. De esas palabras fáciles de las que te apropias casi sin darte cuenta. Mi hijo está integrando el idioma de nuestra roqueta, lo entrecruza con su lengua materna y va eligiendo de forma inconsciente expresiones y significados particulares. Es uno de los muchos regalos que nos está dando esta tierra. Yo comprendo el idioma y lo leo, pero no llego a vivenciarlo como él.

Ha cumplido 13 años esta semana. Lo celebramos rodeados de amor, de esa red de amor que hace que siempre salga el sol en su cumpleaños y en el mío, aunque haya diluviado el día anterior. Esa red que crea vivencias que fluyen, que son fáciles, que crean hogar. Pidió una bici como regalo de cumpleaños para poder ir y volver en bici al cole, moverse con sus amigos y tener aún más autonomía. A mí me pareció maravilloso y le apoyé. A nuestra red de amor también y todos contribuyeron a hacerla realidad. Hasta nos regalaron el casco y la cadena. Así que el martes fuimos a comprarla.

Cuando salimos de la tienda llegó para mí el momento de bajar a la tripa una decisión de cabeza. La bici no cabía en el coche, así que le tocaba volver a casa en bici desde la tienda donde la compramos. Media hora de recorrido, casi en su totalidad por carril bici, pero ya haciéndose de noche, con un par de cruces y tramos difíciles y cruzando carreteras grandes.

Confío en él y en su capacidad. La decisión educativa estaba clara y era coherente con lo que deseo para él: autonomía y confianza en sí mismo. Pero mi cuerpo tembló, mi tripa se retorció de miedo y me pasé la media hora haciendo la compra para estar ocupada y no pensar mucho. Es tonto, porque habrá otras muchas salidas, cada día, y el riesgo seguirá estando ahí. Pero ya no será la primera. Ni para él, ni para mí.

Cuando llegué a casa con la compra, él acababa de llegar y estaba poniendo la cadena a la bici con una sonrisa de oreja a oreja. Me confesó que había pasado “po” también, que no sabía si sería capaz de subir la cuesta que tiene que subir para ir al cole cada mañana, que casi se da contra una papelera de una farola, que el camino se le había hecho más largo de lo que esperaba… pero todo lo contó con una sonrisa de oreja a oreja, con ESA sonrisa.

Y fue esa sonrisa y no otra la que deshizo mi nudo del estómago.

A partir de ahí, toca confiar.

Estos días he recordado mucho una costumbre que tenía mi madre sus últimos dos años de vida, que fueron mis primeros de carrera estudiando fuera de casa de mis padres. Volvía a casa una vez al mes a pasar el fin de semana y ella siempre me esperaba en la puerta (mi padre lo siguió haciendo después de que ella muriera) y cuando salía del ascensor, casi sin poder soltar la maleta, me abrazaba largo, largo, largo. Minutos podían ser. Y al cabo del rato me soltaba y me decía “ya está, ya tienes el alimento que necesitas para todo el mes”.

Alimento para el alma tejido de abrazos. Eso y nuestros ángeles son la base de mi confianza. Lo que acompañará a mi hijo y su bici.

Pepa