El viento habitado

26 diciembre 2021
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Aquella niña vivía en el desierto. No uno de arena, sino de roca. No de sol abrasador, sino de viento de estepa. Un infinito de tierra aparentemente yerma.

Siempre se preguntó dónde acabaría aquel desierto, si tenía fin la estepa, si el viento podía llegar más allá. Sus padres hablaban de otras tierras, de verdes praderas, de bosques profundos. Hablaban de la mar. Y aquella niña trataba de imaginar la inmensidad azul, el movimiento constante, la caricia tierna y la fuerza inesperada. Apenas lo lograba.

El viento anidaba en su desierto y cada noche dibujaba formas imposibles de atrapar en el cielo que veía desde su cama. Ella se dormía con aquel sonido: el viento de tierra adentro. Trataba de intuir su lengua pero sólo escuchaba una palabra: «vuela».

Ella quiso ser viento. Deshacerse. Perder su cuerpo. Olvidar la materia. Flotar. Porque el viento no se puede capturar, herir, partir, ni apresar. El viento puede huir siempre. El viento guarda sonidos y a veces tormentas, pero siempre pasan.

Lo que muchas personas no saben es que un alma puede ser viento y tierra al mismo tiempo. El cuerpo puede ir a la escuela, jugar, estudiar. Puede abrazar, acariciar, sonreir y germinar. Y todo eso mientras el alma vuela como viento. Para el viento encarnarse es tan difícil como para el cuerpo volar.

Aquella niña leía para ser viento. Veía películas para ser viento. Imaginaba cosas mientras los demás hablaban para flotar como el viento. Corría mucho para tener la sensación de casi despegar. Inventaba historias, heroínas intensas, dragones degollados, islas imaginarias…a las que salir volando cada mañana al despertar. Y cada noche le pedía al viento desde su cama que la llevara con ella. Pero él nunca pudo hacerlo, porque pesaba demasiado para poder volar.

Había algunos momentos en que aquel viento interior se deshacía. Le pasaba sobre todo en los brazos de su madre, aquel cuerpo grande que la envolvía, le acariciaba el pelo y le dejaba apoyar la cabeza sobre su pecho. Le gustaba aquella sensación de calor que le generaba su ternura. Y le ocurría también en el agua. El agua tiene su propio lenguaje y cuando metía la cabeza dentro del agua ya no escuchaba al viento, sino otro lenguaje diferente, fluido también, pero diferente.Y así fue creciendo, volando por dentro y encontrando en los abrazos y en el agua una forma de habitarse.

Cuando su madre enfermó, la niña vio como el alma de su madre se evaporaba. Y ella se sintió perdida. Se ahogaba de desierto. Ya no escuchaba otra cosa que viento, tan fuerte que le paralizaba. Y su madre la vio. Así que durante los años que vivió enferma, en aquella cuenta atrás llena de amor, le fue mostrando anclas a la vida.

Sacó sus discos y recuperó la música que les ponía de niños y volvieron a cantar después de mucho tiempo de silencio. Le recordó que la música es viento habitado, lleno de vida.

Volvió a bailar y le enseñó cómo bailando se flota y se habita, todo al mismo tiempo.

Le hizo mirar el brillo del sol en las hojas de los árboles. Un brillo que el viento hacia cambiar por segundos, pero que calentaba y daba vida al árbol y a quien lo miraba.

La abrazó sin parar, la acarició, le cogía la mano cuando estaba demasiado débil para nada más, para llenarla de ternura, tu «dosis de amor», la llamaba, la que sostiene todo lo demás.

Le enseñó a llorar con tristeza y sin angustia, que las lágrimas también son agua.

Le enseñó el eco de la risa y el calor de la mirada amada.

Hasta buscó quienes cuidaran de aquella niña cuando ella se hubiera ido: su tía, su padrino y aquellos tres amigos que la acogieron casi como hija.

Y mientras el cuerpo de su madre se iba consumiendo, se convirtió para su hija en horizonte más allá del desierto. La empujó a irse, a viajar, a estudiar fuera, a perseguir su mar. Y a hacerlo desde la tierra.

Y aquella niña se hizo mujer. Viajó, bailó, abrazó y fue abrazada, fue madre, se bañó infinito y se rió más. Aprendió a llorar delante de los demás. Aprendió el lenguaje de los árboles.  Y encontró su mar y su isla, en la que volvió a escuchar el viento. Pero esta vez sí podía entender su lengua, que estaba llena de amor. Y ahora cada noche se duerme acunada por ella.

Pepa

 

 

Ligereza

29 octubre 2021
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Llevo ya un tiempo en que cuando me preguntan cómo estoy contesto: «ligera». Y es que no encuentro otra palabra para definir lo que me está ocurriendo en los últimos tiempos. Esa sensación hermosa de no tener pesos sobre los hombros, de caminar sin peso, estar descansada, sentirme libre y volver a conectar conmigo. Y los verbos son importantes, porque una cosa es ser libre y otra sentirte así; tener responsabilidades no es lo mismo que sentir el peso en los hombros y volver a conectar es porque durante un tiempo no lo he estado.

A raiz de la publicación de este artículo «Definiendo la consciencia» (os lo adjunto aquí para quienes leéis este blog y no el de Espirales, porque creo que os gustará leerlo) un amigo que quiero me propuso que debería escribir algo así como el «Diccionario de Pepa», igual que hice con «Metáforas para la consciencia» donde incluí las imágenes con las que trabajo, pues hacer algo similar con los conceptos. Me pareció una idea genial que en algún momento que logre el espacio suficiente, trataré de que tome forma. Y sin duda una de las palabras de ese diccionario sería la de hoy: ligereza.

Porque la ligereza tiene que ver con la fluidez y con la confianza. Con el movimiento y con el viaje. Con soltar y no aferrarse. Con el equipaje interno. Con la cosecha. Con la gratitud.

He pasado dos años muy difíciles, no necesariamente malos, pero extraordinariamente densos. Lo han sido para el mundo entero, pero también para mí. Hubo momentos en donde pensé que no me llegarian las fuerzas por el cansancio, la duda y el temblor (perdón, no me resisto a contaros que mientras escribo está saliendo el sol y llega a mi cara por el maravilloso ventanal de mi salón, qué privilegio! os dejo una foto que he hecho antes de empezar a escribir, antes de que saliera).

Desde niña he tenido una certeza y es que la vida nunca me ha dejado caer. Cuando me han llegado momentos de sufrimiento, siempre la vida me ha dado lo que necesitaba para atravesarlos, casi siempre en forma de una red de gente amada que me/nos sostuvo, otras veces en forma de acontecimientos inesperados o de regalos imposibles de prever. Y al final las cosas han salido. Casi siempre diferentes a lo que pensaba, y casi siempre mejores. No digo que el dolor compense, ni que tenga sentido, ni nada de eso porque para mí confiar sigue siendo convivir con las preguntas sin respuesta. Hay cosas para las que no hay respuesta, al menos no aquí y ahora. Pero el hecho es que no me han dejado caer.

Y con el paso de los años eso ha ido creando en mí una confianza básica en la vida, una sensación muy potente y difícil de explicar pero que está detrás de las mejores decisiones que he tomado en mi vida que son justamente las que la gente a mi alrededor pensó en su momento que eran locuras, o al menos, que tenían mucho de locura, como adoptar a mi hijo, dejar el trabajo en Save o venirnos a vivir a Palma, incluso otras mucho más tempranas como irme a estudiar fuera de casa de mis padres o renunciar a un doctorado en USA para cuidar a mi padre hasta su muerte. Las decisiones aparentemente más locas han sido sin duda las mejores que he tomado en mi vida.

Pero esa confianza básica ha habido momentos que ha sido una trinchera, una fortaleza desde la que resistir. Han sido tiempos de confiar contra toda razón, de sobrevivir. Sin embargo, hay otros momentos, preciados, preciosos, increíbles, como el que estoy viviendo ahora en los que la confianza nace sola, fácil, fluida, obvia. Porque me siento ligera.

Hace años en mis viajes por el sudeste asiático me enseñaron una expresión que se dice mucho allí que decía «Mekong always flows and flows in the same direction», «El Mekong siempre fluye y fluye en la misma dirección». Puedes intentar parar el agua, el tiempo, el aire y será inútil. No funcionará y acabarás extenuada. Puedes tratar de nadar contra corriente, pero al final la vida siempre es más fuerte que nosotros. Siempre. Así que se trata de navegar con la corriente, surfear las olas cuando llegan, y confiar.

Mi hijo va a cumplir 15 años el mes que viene y este verano cerró su infancia. Se está convirtiendo en un hombre hermoso, listo como él solo, divertido y consciente. Y sobre todo, en un hombre bueno, tierno y empático. Y yo lo veo y se me llena el pecho de orgullo. El verano ha tenido algo de iniciático para los dos, porque me permitió darme cuenta del cambio, y empezar a soltarle. Confiar de nuevo, pero esta vez en él. En él y en el amor y la consciencia que he puesto estos últimos 14 años en su crianza. El trabajo está hecho. Ahora ya sólo toca flotar alrededor y callarse, como escribí hace un tiempo. Porque de eso va la adolescencia para mí: de flotar para poder hacer de pared cuando toca y de callarse. Y al soltarle estoy recuperando mi vida personal, saliendo de nuevo a cenar, a bailar, no correr en los viajes para volver a tiempo de decirle buenas noches, ni en las comidas para llegar antes de que vuelva a casa del cole, permitirme estar sin prisa. Y él me sonríe y me dice: «pasalo bien, mamá».

Así que eso voy a hacer: pasarlo bien. Con él y sin él. Sola y acompañada. Disfrutar, recuperar mis tiempos, mis sentidos y seguir fluyendo en el río sabiendo que el hilo de amor que nos úne no se romperá jamás pero que ya no necesita mi presencia y que me toca confiar en lo sembrado y dejarle probar, errar y gozar. A ratos se me da genial, a ratos me vuelve la madre del niño. A ratos logro callar y a ratos me encuentro hablando cuando no debo. Pero el cambio no tiene vuelta atrás. Él está bien y yo estoy bien. La vida nos ha cuidado, nos ha sostenido en el fluir del río. Y empiezo a intuir una nueva etapa de la vida que tomará forma definitiva cuando dentro de unos años él se vaya a estudiar fuera. Y no me da ninguna pena, muy al contrario, me hace sentir paz y una inmensa, inmensa gratitud.

Pero soltar es todo un aprendizaje. Como lo es perder. Como lo es la vulnerabilidad y la pequeñez. Estoy en ello 😉

La ligereza me da paz. Me abre el alma. Y me hace sonreír más de lo habitual 😉

Abrazo,

Pepa

 

Abrazos y kilómetros

12 septiembre 2021

Ya estoy aquí, de vuelta en nuestra roqueta, en nuestro hogar. Y volver a escribir aquí es darle un cierre simbólico a este verano cuyo lema ha sido «abrazos y kilómetros». Era lo que quería, lo que necesitaba y lo he tenido.

Más de 6.000 km en los que me he dejado sólo Murcia y Andalucía por pisar. Qué privilegio hacer kilómetros sin prisa y sin límite, la sensación de inmensidad, que tan difícil de describir es pero tan certeza corporal se vuelve. Vivir en una isla limita la inmensidad al mar. O la navegas o la contemplas. Hasta me atrevería a decir que se nos podría dividir a los isleños en esos dos grupos: los que navegan la inmensidad y los que la contemplamos arrobados.

Así que yo necesitaba mi inmensidad, y la mía es de carretera. Cuando me encontré conduciendo horas seguidas sin pensar, sólo mirando el paisaje y miraba la carretera y pensaba: «¡No se acaba!» algo dentro de mi alma se ensanchaba. No sé si es una necesidad general, pero yo desde luego la siento. Necesito la inmensidad: contemplarla como ahora desde mi terraza y atravesarla cuando puedo en carretera. ¡El mundo es tan inmenso y tan bello!

Y la otra necesidad era también física. Necesitaba abrazar a mi gente de fuera de la isla, reencontrarme con ellos, abrazarlos, tocarlos, mirarlos, sentarnos al frente y conversar. Sin prisa, sin tiempos limitados, sólo estar juntos. Y lo conseguí.

Cada vez soy más consciente de la parte corporal de cada vivencia. Volver a Madrid y caminar sus calles. Hacer el camino a las casas de mis amigos y sentir que el coche iba solo, que era como si me hubiera ido ayer. Encontrar partes de mí enganchadas en algunas esquinas. Verme mirada con tanto amor que parece que te calienta por dentro. Volver a sentir que esos 24 años que viví en Madrid me hicieron quien soy y me dieron el valor para venir al mar, a esta luz.

Volver a Zaragoza, que ya no es corporalmente mi ciudad, pero en la que vive mi familia y esos amigos que conservan de ti lo más antiguo, tu infancia y en mi caso mis mayores despedidas porque fueron quienes estuvieron a mi lado en la muerte de mi madre y de mi padre y en muchas otras cosas dificiles de explicar. Este verano me ha tocado decir adiós a uno de esos amigos. 32 años de amistad. De los que me esperaban en la puerta del hospital de mi madre con un café y un abrazo y me acompañaban a casa, y cogían el teléfono para que pudiera dormir una siesta…esos amigos. Mi querido Luis. Él adoraba enseñar, era maestro, marido y padre, hermano y amigo. Poder despedirme de él, abrazarnos, sonreirnos, compartir aquellas últimas horas y hablar en su funeral son el mayor regalo que he recibido este verano. Hasta en eso la vida ha sido buena conmigo.

Si me preguntáis qué he hecho este verano, ha sido esto: estar, sólo estar. Reconectarme a mi gente de fuera de la roqueta, abrazarlos y que me abrazaran, reír, reír y reír y conocer dos o tres sitios espectaculares e inesperados. Los dejo aquí, por si os entra la curiosidad. Caspueñas, un pueblo escondido de Guadalajara. Cariño y sus playas del norte de Galicia. Robledillo de Gata en Cáceres con sus piscinas naturales y el Perellonet con su mar.

Y hay algo mágico que ha pasado este verano también. Mi hijo ha cerrado su niñez. Se ha hecho mayor, asombrosamente mayor. Este proceso ha ocurrido durante todo el año pero su estancia en Irlanda, y con Héctor en Robledillo y con sus primos ha hecho ese cambio real. Y yo lo miro y sonrío. Me gusta el hombre en el que se está convirtiendo. Aunque sigamos teniendo que pelear muchos ratos. Pero estoy orgullosa de él.

Estoy de nuevo, feliz, descansada, serena.

Abrazo inmenso,

Pepa

 

Frases para la consciencia

26 mayo 2021
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El trabajo terapéutico es un regalo. En el vínculo que se crea en consulta surge un espacio único de encuentro en el que las personas te van regalando pedazos de su sabiduría, o te dan la oportunidad de estructurar pensamientos, vivencias a las que hasta entonces no habías dado forma. Hoy quiero compartir algunas de ellas, de la misma forma que compartí en el libro «Metáforas para la consciencia» imágenes que sé que sirven en ese camino. Esta vez son frases, algunas que me han regalado, otras las he construido para lograr poner palabras a algo que me describían o que les sucedía. Aquí van, sin mucho orden, pero llenas de vida.

«Sólo tengo que llorar«. Él me explicaba cómo, después de todo lo vivido, había aprendido que podía sobrevivir a cualquier dolor. «Sólo tengo que llorar». Llorar lo que necesite, dejar ir la pena en las lágrimas hasta volver a empezar. Llorar y engancharte de nuevo a la vida, le dije yo. A su parte luminosa. Optar por ella. Pero desde la confianza, desde fiarse de la vida, aceptando la parte cruel que tiene. La vida es bella y cruel, si no tomas un lado de la moneda, no puedes tomar el otro. Ése es el trato, la moneda de dos caras. Pero dejar de tener miedo al dolor… saber que la tristeza no es nunca un problema, sólo lo es cuando se ancla al miedo. Saber que llorar sana y a ser posible aprender a hacerlo en brazos de otras personas para ser sostenido. Hace falta valor para llorar delante de otra persona, porque supone mostrar tu fragilidad, tu vulnerabilidad. Pero si toca llorar en soledad, no temerlo tampoco. Las lágrimas limpian el alma, cuando son sólo lágrimas de melancolía, de pena, de dolor. Si son lágrimas con miedo se vuelven angustia y se incrustan en el alma, se quedan dentro y dañan. Al llorar, dejas ir y puedes dar forma a lo que estás viviendo, empezar a hablar sobre ello, mirarlo. Pero ese primer momento es así de sencillo y así de difícil para muchos: sólo hay que llorar.

«A más, más; a menos, menos«. Esta frase no es nueva, la incluí en el epílogo de Educando la alegría porqie es una de las reglas de la vida que se cumplen siempre. Por eso merece la pena tenerla presente. Cuanto más tienes de algo, más te llega. Cuanto menos, menos te llega. Se cumple para todo: lo material, lo emocional y lo afectivo. Cuanto más dinero tienes, más fácil te resulta ganarlo y más te llega. Cuanto menos tienes, menos te llega. Cuantos más amigos tienes, más fácil te resulta hacer amigos. Cuantos menos amigos tienes, más solo te sientes y menos fácil te resulta. Cuanta más tristeza sientes, más te llega. Cuanta menos sientes, menos te llega. Cuanto más te mueves, más movimiento necesitas, cuanto menos te mueves, más pereza te da moverte y menos movimiento te llega. Es una regla esencial porque nos hace ser conscientes de lo importante que es decidir lo que quieres cultivar en la vida. A más, más; a menos, menos. Aquello que cultives en la vida, te llegará multiplicado. Aquello que dejes o no cultives, cada vez te llegará menos. Y quizá llegue un día en que te des cuenta de que no tienes nada de eso y no sepas cuándo empezó a desaparecer. Necesitamos poner consciencia en los ingredientes que decidimos cultivar en nuestra vida. Elegir nuestras vivencias, nuestros vínculos, nuestros pensamientos… todo. Lo que cultivemos nos llegará multiplicado. Elegir es toda una responsabilidad.

«4 de 6» le dije «quédate con esa proporción para la vida«. Para mí es la proporción de la vida cuando es fecunda. Creo de verdad q esperar seis de seis, e incluso cinco de seis genera expectativas poco realistas. Y esas expectativas conllevan un nivel de exigencia (y sobre todo de autoexigencia) que a menudo resulta dañino. Sé que esto que digo tiene poco o nada que ver con la competitividad, o con el educar para ganar, cuando no para vencer, pero para mí es clave. Es, como diría una paciente mía, uno de mis mantras. Si de cada seis frases que digo, llegan cuatro al otro; de cada seis vivencias que tengo, cuatro me llenan; de cada seis personas que conozco, cuatro logro establecer relaciones afectivas positivas con ellos; de cada seis deseos que tengo, logro cumplir cuatro; de cada seis miedos que tengo, logro afrontar cuatro… para mí eso es ser afortunado. Me parece clave no esperar seis de seis, ni cinco de seis y en aquellas ocasiones en que llegan, recibirlos como un regalo. Lograr una casa que cumpla seis de tus seis deseos, un trabajo que llene seis de tus seis aspiraciones, una relación de pareja donde te guste todo de la otra persona… no funciona, no es real y hace daño. A veces, muy pocas, sucede, pero es un regalo de la vida. Por supuesto muchas otras no llegamos ni al 4 de 6.

«Suficientemente cerca pero suficientemente lejos» es como mantienen las personas heridas a quienes tratan de amarles. Cerca para no quedarse solos, pero no demasiado cerca. La distancia permite la huida, la ruptura, la sensación de estar a salvo. La distancia permite conservar al niño que vive dentro del adulto y que tiembla. Mantenerlo a salvo, oculto. Se trata de evitar la indefensión y la vulnerabilidad. Porque la intimidad real conlleva mostrar la vulnerabilidad, abrirse emocionalmente. Y hacer eso, conlleva el riesgo de ser herido. Hace falta valor para amar más allá de nuestras heridas. Y cuesta mucho llegar a comprender la verticalidad como instrumento para esa distancia oculta en la cercanía, y el rol de cuidador como garantía de esa verticalidad. Mi mundo está lleno de cuidadores y de jefes y jefas, profesionales en roles de coordinación, que son al mismo tiempo cálidos y cercanos con la gente como son distantes a la hora de preservar su intimidad. Y colocarse en roles de cuidado o de liderazgo les hace más fácil mantener la paradoja.

Y seguimos. Este verano he decidido hacerme un regalo. Me tomo un descanso de dos meses y medio en el trabajo, desde el veinticinco de junio al nueve de septiembre. Es la tercera vez en mi vida que lo hago. Lo hice después de una época que tuve de viajar sin parar hace más de veinte años. Lo hice de nuevo con la llegada de mi hijo. Y lo vuelvo a hacer ahora. Ha sido un año y medio muy potente, lo ha sido para todos y todas, pero en mi rol de acompañamiento y de sostén emocional de mucha gente lo he vivido de forma muy clara. Ha habido momentos muy difíciles, pero sobre todo cansados por el nivel de presencia y consciencia que han requerido. Así que toca descansar. Y tengo el inmenso privilegio de poder hacerlo, que sé de sobra que no todo el mundo tiene, así que quiero honrar ese privilegio. Toca salir de la isla, ahora que se puede. Toca pasar ratos largos mirando a la gente que amo. Sólo mirándoles, además de abrazarles, claro. Y tengo ganas de kilómetros sin prisa con el coche, paisajes largos y profundos. Así que no sé si escribiré o no durante este tiempo.

Si no lo hago hasta septiembre, aquí os dejo mi abrazo para el verano, lleno de gratitud.

Pepa

 

Cuando el trabajo se hace vida

23 abril 2021

Mi entrada de hoy es breve. Sólo adjuntar aquí el enlace a una entrada que he escrito en Espirales CI que me gustaría que leyérais. Porque a veces el trabajo tiene alma, se hace vida. Es uno de los privilegios inmensos de mi vida. Así que en ésta mi casa personal, esa entrada que es laboral pero es mucho más, ha de estar.

Ojalá os guste leerla, porque se comprenden muchas cosas haciendo «Celebración y memoria» (Éste es el enlace de la entrada, pinchad porfa ;-)).

Un abrazo,

Pepa

Hacer de pared

3 marzo 2021
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Ando volviendo al mundo exterior poco a poco. Es una sensación rara, una vivencia dificil de describir pero compartida con mucha gente en este mundo raro que nos ha tocado vivir. El último año ha sido un año muy denso, muy intenso. Lo ha sido de puertas afuera pero también hacia dentro. Y no sólo por todo lo que ha sucedido en el mundo sino por lo que hemos vivido en casa. Una parte de la vivencia en casa ha sido una lesión extraña que se hizo mi hijo en el tobillo y que después de meses de peripecias hasta llegar a un diagnóstico claro le ha hecho pasar por el quirófano hace unas semanas. Todo fue bien, está genial y nos está sirviendo curiosamente como cierre simbólico de este periodo. La ternura, humor, autonomía y paz con la que lo está viviendo son prueba de ese cierre.

Pero el camino no ha sido nada fácil. La unión de adolescencia, adopción y pandemia es algo que sólo quienes lo hemos vivido y presenciado sabemos lo que es. Son tres palabras que juntas se hacen bomba. Quitas la pandemia y es algo más fácil. Pasas la adolescencia y es otra cosa. Y el dolor desde luego no es igual para quienes han vivido el miedo y el abandono en su historia personal  que para el resto de los chicos y chicas. Para ellos el miedo global unido a perder el contacto con su red afectiva se vuelve tormenta.

En todo eso estaba cuando la semana pasada me llegó este texto de Conchi Martinez Vázquez, difundido desde la web Adopción Punto de Encuentro desde la que Mercedes y María brindan una red de apoyo a las familias adoptivas y acogedoras que va mucho más allá de lo que ellas puedan imaginar. Conchi, que es una terapeuta que trabaja constantemente con familias adoptivas desde su experiencia profesional y con una delicadeza increíble describe lo que es la maternidad adoptiva, nuestra vivencia, mi vivencia. Yo no podría explicarla mejor. Por favor, leed el texto antes de seguir leyendo la entrada, porque si no no tiene sentido lo que viene después (el enlace va en el texto de su nombre, no en la imagen).

 

 

(…tiempo para que leáis a Conchi…) 😉

 

 

 

Cuando la leí, lloraba. Y me acordaba de lo difícil que le resulta a mi hijo a veces explicar lo que vive, y lo que siente. Lo mismo me pasa a mí. Porque su dolor y su experiencia es diferente. Por eso su vivencia no es como la de la mayoría de los hijos de mis amigos o como la de mis sobrinos. No, ellos no han experimentado el abandono, les parece sencillamente imposible, ni entra en su imaginación. Para mi hijo es una realidad que ya ha pasado. Tampoco viven lo que es estudiar un examen, salir de casa sabiéndoselo perfectamente y con la seguridad de sabérselo y llegar al examen y que se le olvide todo, o se ponga tan nervioso que se equivoque en tonterías y vea como año tras año, profesor tras profesor, mientras sus amigos y sus primos sacan buenas notas él se queda con un 3, un 4, un 4.7 que logra compensar con los trabajos. Esos trabajos en los que sin nervios, sin prisa y solo es capaz de hacer cosas increíbles. Casi nunca sienten, como le pasa a él, que un mal gesto, un no responder una llamada o un comentario de un amigo pueda llevarle a pensar que ya no le quiere, que le va a abandonar, que le va a rechazar. No necesitan, como le pasa a él, comprobar que la gente le quiere cada cierto tiempo para no temer nuevos abandonos, o sentir el contacto físico con la gente que ama para sentir que las relaciones son reales.

Y podría seguir y seguir…son tantas pequeñas cosas que se hacen muy grandes porque condicionan la vida cotidiana y hacen que su vivencia sea diferente. Y por tanto la mía también. Algunas personas al leer el texto de Conchi me han dicho que es válido para cualquier maternidad o paternidad. Pero no es cierto, por suerte. Por suerte la mayoría de los niños y niñas no viven algunos dolores. Y la mayoría de las madres y padres no han de sostenerlos.

Y ahi viene mi continuidad al texto de Conchi, algo que creo que añadiría a su listado y que tiene que ver con una imagen que me vino hace unas semanas que refleja la vivencia muy a menudo en la adolescencia de un chico o chica adoptados. O al menos lo que yo he necesitado hacer con mi hijo, no quiero generalizar, pero intuyo que a otras madres y padres les servirá. Durante este tiempo en muchas ocasiones he tenido que ser pared.

Ser pared para sostener su dolor. Porque era tan grande, intensificado por la adolescencia, que le desbordaba. He visto el dolor salir a raudales de su cuerpo y de su alma, y me costó un poco al principio entener lo que necesitaba de mí pero al cabo de un tiempo lo vi. Necesitaba una pared que le sostuviera, que le parara, que contuviera ese dolor que él no podía contener.

El problema es que ser pared es antinatura para cualquier madre o padre. Y desde luego es lo más alejado de lo que yo soy como madre. Por tres claves importantes.

La primera es que una pared no habla y yo llevo toda nuestra vida hablando con mi hijo. Pero una pared no habla, se planta silenciosa y clara, actúa, pero no habla. Es presencia, es solidez silenciosa. No habla, no explica, no justifica, no cuestiona, no pregunta….no.

La segunda, una pared no acaricia. ¡Qué dolor! pero así es. Una pared puede ser un abrazo contenedor en un momento determinado, pero no una caricia. No hasta después. Una pared no tiene brazos, no toca, no acaricia. Porque las caricias conectan, y el desborde se multiplica. Las caricias vienen después y son más necesarias que nunca, pero cuando has hecho de pared, cuesta volver a las caricias rápidamente. Ellos cambian mucho más rápido y tú te quedas dolorida y te cuesta.

Y la tercera, una pared no se mueve de su lugar, no depende del día ni del cansancio ni del momento ni de la urgencia. Una pared es pared.

Y no sólo es ser pared sino que no se puede delegar la función de pared, porque entonces regresa el abandono. No puedes pasar el testigo, ni cederlo. Porque lo que se prueba es tu fortaleza, tu presencia incondicional. ¡Qué palabra más complicada y más importante: presencia incondicional! Para mí ha adquirido un significado mucho más complejo ahora.

Y lo segundo que hace falta es la tribu detrás de la pared. Es curioso, nadie puede ser pared por ti pero él necesitó sentir que la pared no estaba sola, que detrás de la pared había una red, una tribu. Porque si no hay tribu detrás de ti dudan de tu fortaleza, creen  que no podrás con ello. Y tienen razón: sin tribu es imposible hacer de pared. Esa tribu sí acariciaba a menudo, esa tribu reforzaba la pared cuando tocaba. Con esa tribu sí pudo hablar. Esa tribu que el día de su cumpleaños se quedó despierta hasta las 12 de la noche para inundar su móvil de mensajes uno tras otro porque él había dicho que le gustaría recibir un mensaje el día de su cumple a las 00.00. Le tuvieron hasta las dos y media de la mañana. Esa tribu. Salvación. Refugio. Consuelo.

Es lo único que le falta al texto de Conchi: la pared. Así que aquí lo dejo. Por si a alguien os sirve.

Y como tiene todo el sentido porque habla de este tema y ha sido hace bien poco, acabo esta entrada enlazando un video de una conferencia que di a familias adoptivas de la Asociación de Familias Adoptivas de Extremadura el otro día. Por si queréis escucharla, y os sirve.

Abrazo,

Pepa

 

La vida plana

22 enero 2021
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El aire que respiramos está tejido de emociones, como gotas de agua que se condensan junto al oxígeno y otros gases. Porque no son sólo las emociones que sentimos individualmente cada uno de nosotros, es el aire que compartimos. Lo respiramos, se nos mete dentro y casi parece que fuimos nosotros quienes lo generamos. Y es que en parte así es. Pero llega un momento que es realmente difícil saber qué es nuestro y qué del entorno.

Así se da el desarrollo evolutivo de una persona, en ese cruce mágico y misterioso entre genética, energía y entorno. Un entorno encarnado en las figuras vinculares, en nuestros afectos y en ese aire que construyen para nosotros y respiramos ya en la infancia.

Así se crean los sistemas familiares, donde los vínculos hacen que nos lleguemos a parecer aunque no compartamos genes, que nos movamos, riamos y discutamos de forma similar. Donde asumimos reglas no escritas pero diáfanas y lealtades definitivas.

Así se generan los fenómenos grupales y sociales, donde el aire que compartimos se llena de contenido, a veces increíblemente denso. Y casi siempre, por desgracia, manipulado y conducido a generar un clima determinado.

De ahí surge el efecto mariposa. De un extremo al otro del mundo, de una persona a otra, somos una inmensa red interconectada. Y no sólo las personas, lo es el universo completo.

Estos días pienso mucho en el aire que respiro, y en lo que lleva dentro. Hasta hace un tiempo estaba tejido de miedo, pero ahora siento con claridad que está lleno de tristeza y soledad. No hablo del mío sólo, hablo del nuestro, hablo del clima social. Esa sensación que se ha vuelto certeza de que todo esto va para largo, que no tiene una solución mágica, que cuando creemos que estamos saliendo sólo nos hemos pasado de listos y volvemos a ello, que cuando no es una cepa es otra, que no es sólo el virus, es todo lo que ha traido dentro… todo esto ha creado una sensación de tristeza de la que es realmente difícil, por no decir imposible, abstraerse. Porque es el aire que respiramos.

Me acuerdo cada día del poema de Benedetti: «Defender la alegría«, de todo lo que escribí en «Educando la alegría» como si una fuera una premonición. Hablaba allí del cultivo consciente de la alegría, de educarla, de convertirla en rutina cotidiana. Hablaba del afecto y el contacto físico, de ritualizar las celebraciones, de salir a la naturaleza, del movimiento, la música y el baile, de hacer cosquillas y compartir comidas ricas. Hablaba del contacto humano, de la relación entre la tristeza y la falta de contacto humano. Y miro nuestra vida ahora mismo y pienso en ese aire triste donde hemos perdido tantas cosas de ese listado.

Pero hay algo que me ronda una y otra vez en los últimos tiempos y es la expresión de «vida plana». Mi compa de Espirales CI, Javier, lleva semanas persiguiéndome para que escriba sobre ello, así que este post es un poco en su honor. Porque miro la vida que tenemos ahora mismo y creo que se parece mucho a la vida de nuestros abuelos. Esa vida de casa al trabajo en la que la única salida era ir a misa los domingos, y era algo especial porque era la única. Se vestían para ello, paseaban para que durara lo máximo posible, los más afortunados la alargaban con un helado después de la misa.. ¿El resto de la semana? casa y trabajo, o casa y colegio. ¿Las relaciones? con la familia y los vecinos. ¿Los estímulos? limitados y construidos internamente: el juego simbólico de los niños y niñas en casa, la lectura, la radio y la televisión como salida al mundo (que ahora son los móviles y las redes sociales). El orden y la limpieza que llenaban muchos vacíos. Las estructuras pequeñas, los pequeños gozos, las tiendas pequeñas, los negocios pequeños…todo pequeño.

Hasta que todo se disparó. Se multiplicaron las actividades, las relaciones y los estímulos. Todo se aceleró, con mucha más prisa y con mucha más inmediatez. Los viajes se hicieron cotidianos. Las posibilidades se multiplicaron exponencialmente. El mundo parecía hacerse pequeño. Entró muchísima luz, la gente empezó a creer en proyectos vitales propios, diferentes y posibles. Buscaba más.

No nos engañemos, en aquellas vidas pasaban infinidad de cosas pero casi siempre se mantenían ocultas. No se exponían, como se hace ahora con la intimidad. Tampoco se comercializaban. La gente tenía esperanzas pequeñas, pequeños proyectos y sueños, pero no se planteaban cambiar de vida. No parecía posible. Algunos volaron lejos y lo consiguieron pero pagando el precio del desarraigo. Tantos y tantos temas de los que no se hablaba, y ahora sí. Dando voz a lo oculto.

Y aquí estamos. Volviendo a aquella vida. Una vida con mucho menos estímulo, con las relaciones limitadas de una forma estructural hasta un nivel cuyas consecuencias apenas llegamos a calibrar. Una vida mucho más lenta. Una vida para adentro. Una vida donde depende enormemente de nuestras capacidades individuales el que las personas seamos capaces de gestionar los tiempos vacíos, la quietud, la soledad. Una vida donde la tribu se está perdiendo aún más. Donde la familia vuelve a criar en soledad y sin muchos recursos que generamos porque eran necesarios, sobre todo para las familias en condiciones de vulnerabilidad. Una vida donde la gente tiene pánico a perder su trabajo o a no poderlo encontrar o recuperar nunca. Es lógico por real. Una vida donde tener o no ahorros ha vuelto a ser nuclear. Una vida donde tener una casa propia, y a ser posible con una terraza o un jardín, vuelve a marcar la diferencia entre sentirse afortunado y rico o todo lo contrario.

Mi duda es si sabremos volver a aquella vida. No de forma temporal, como muchos siguen queriendo creer. Tampoco de forma resignada porque no nos quede otra, sino de forma estructural. ¿Podré yo vivir sin viajar tanto, cuando me había acotumbrado a viajar cada mes?. ¿Podré mantener mis vínculos sin poderles ver con la frecuencia que les veía?. ¿Podré llenar no sólo unos meses de confinamiento sino fines de semana y vacaciones sin poder ir al cine, ni quedar en una terraza, ni coger un avión ni… sólo con un paseo el domingo por la playa o por la ciudad?. ¿Podré encontrar pareja sin poder salir en grupo ni tener actividades fuera de casa?. ¿Podré sentirme sin poder tocar y ser tocada, abrazar y ser abrazada?. ¿Podré educar la alegría de mi hijo sin un montón de cosas que para él son naturales porque ha crecido en ellas, las busca y las demanda?… No hablo sólo del consumo, que por supuesto es un derivado de todo esto, el consumo, la economía y el sistema de pies de barro que construimos y legitimamos. Hablo de una forma de vivir y habitar la vida.

Una vida plana. Menos estímulo. Menos relación. Con todo más pequeño (grupos, estructuras, recursos, presupuestos). Más lenta. Menos tribu. Más soledad. Una vida hacia dentro.

No lo sé, pero sé que debo empezar a preguntarme todo esto. Porque no es temporal. Quizá parte de todo lo que se ha parado, regrese. Pero lo que está ocurriendo es un cambio estructural, y sé que la vida que conocí, elegí y cultivé no volverá. Ni en mi vivencia subjetiva, ni en las posibilidades externas. El aire ha cambiado. El ser humano se transforma, se crea y se recrea, sabe sobrevivir. Encontraremos la forma, pero el precio que vamos a pagar, sobre todo como siempre los más vulnerables y menos preparados para ello, va a ser enorme. Respecto a mí misma, conservo la duda.

Abrazo desde dentro,

Pepa

 

Gracias al 2020

30 diciembre 2020
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Estos días ando viendo muchos mensajes que tienen que ver con querer borrar el 2020, cerrarlo y olvidarlo. Al principio me enganché a la emoción, compartiéndola. ¡Qué ganas de cerrar todo lo que estamos viviendo! Sin embargo, conforme pasan los días tengo la sensación de que nuestros miedos, los míos para empezar, nos tracionan. Queremos poner límite y cierre a una vivencia que nos angustia, que nos ha sacado de nuestro lugar de seguridad (que no era tal, sino un lugar de control). Queremos poner una fecha final, un cierre simbólico como si nosotros tuviéramos la posibilidad o capacidad de hacerlo. En parte por necesidad, en parte por engreimiento, en parte por falta de consciencia, una mezcla de todo, como tantas otras cosas del ser humano.

Porque la verdad es que esto no va a acabar sino al contrario. El 2020 ha sido el comienzo de algo que no sabemos muy bien definir pero que ya ha cambiado nuestra manera de estar en el mundo. Y eso no tiene vuelta, ni regreso, ni fin. Ni siquiera sé si debería tenerlo. En el 2020 han pasado cosas como cuando cayeron las torres gemelas, o el atentado de Madrid, o el tsunami del sudeste asiático. Fueron momentos que nos dejaron congelados, aterrados, sin capacidad de respuesta. Nos centramos en sobrevivir, en atender lo urgente mientras parte de nuestra mente nos decía: «esto no puede estar pasando». Pero pasó. Y los cambios que esos acontecimientos tuvieron en el mundo no han tenido vuelta. Son cambios sutiles, que hemos ido incorporando casi sin darnos cuenta en unos casos y desde la resignación en otros, pero han pasado a ser parte del sistema y de nuestra vivencia cotidiana. Podríamos pensar lo mismo con acontecimientos positivos como algunos inventos o avances científicos que produjeron cambios en nuestras vidas que al principio casi pasaron desapercibidos hasta llegar a condicionar nuestra vida. El más claro que se me ocurre ahora es la invención de internet.

El 2020 acabará como número, como año, pero no en la historia. No en nuestra historia. Porque la experiencia que hemos vivido nos ha transformado de una forma que apenas empezamos a atisbar.

Así que como último día del año he decidido dar las gracias al 2020 por lo que me ha enseñado, o por lo que me ha recordado. ¿Si pudiera borrarlo del mapa, lo borraría? Por supuesto, al menos mi niña interior lo haría. No lo elegí, como todo lo que define la intemperie de mi vida. Mi ejemplo personal más claro es la muerte de mi madre. Daría todo lo que tengo y todo lo que soy porque ella siguiera viva, por haber podido compartir con ella todos los años que su muerte prematura nos quitó, por haberle podido ver acariciar a mi hijo. Pero nadie me preguntó. Porque yo no decido, la vida y la muerte van muy por encima de mí. Lo que sí sé es que la vivencia de su muerte me hizo ser la persona que soy de muchas más formas de las que soy capaz de explicar.

Así que aquí va mi listado de agradecimientos. Es el mío, no tiene más valor, pero lo comparto en este espacio, que es mío pero es nuestro, por si os sirve.

Doy las gracias al 2020 por haberme recordado mi opción por los abrazos hasta un nivel que me dolía físicamente. No quiero una vida sin abrazos. Ahora con más radicalidad que nunca.

Gracias por haberme permitido sostener el dolor de mucha gente amada, que han vivido este año lo que yo viví hace mucho: el dolor de la pérdida de sus padres y de gente amada. Porque eso me ha recordado que algo dentro de mi es capaz de dar luz en las tinieblas. Es así, y no quiero perderlo, porque sé que a veces el agotamiento me hace olvidarlo.

Por haberme enseñado a escribir a lápiz en la agenda, a vivir en la provisionalidad, a ser capaz de la flexibilidad y la fluidez necesaria para rehacer y rehacer planes uno tras otro, y no engancharme a la frustración. Toda mi vida he funcionado igual, tomo un sueño, le doy forma y voy dando los pasos necesarios para llegar a él. Eso no ha cambiado. Pero el 2020 me ha recordado que el valor no es el sueño sino todo lo que vivo en el camino por lograrlo. Y a veces el camino da muchas vueltas. He recordado lo importante que es no olvidar nuestros sueños, atesorarlos, cultivarlos, mimarlos, y luego fluir con lo que tenga que llegar en el camino hacia ellos.

Gracias por haberme recordado mi opción por el hogar y por un hogar con luz y con terraza. Una apuesta que hice hace varios años y que este año he tenido que defender expresamente en una mudanza, una obra y un gato. Y el 2020 me ha recordado que el aire y la luz deben presidir un hogar en la medida que se pueda. Incluso cuando ese hogar es institucional.

Gracias al 2020 por haberme recordado palabras como compasión y respeto a la hora de comprender que no todo el mundo maneja igual el miedo, que cada uno hace lo que puede y que juzgar es fácil desde fuera. Por enseñarme a encontrar una forma propia y mía de vivir todo esto desde el realistmo pero sin dejarme llevar por el miedo omnipresente, sútil pero real, me ha costado muchísimo a veces.

Gracias al 2020 por esta lección de humildad. Por esa llamada a transformarnos, tan radical, tan clara. Parar todo, quedarme a la intemperie con consciencia, no tener ni idea de qué ni cuándo van a pasar las cosas, quedarme en casa sin moverme ni viajar…esta falta de control tan radical que es la intemperie. Tan potente que la negamos para poder vivir. Pero esa negación nos lleva a la soberbia. Y darme cuenta de cómo ese proceso ha sido gradual, primero de a quince días en quince días hasta los últimos meses donde ya la tristeza empieza a ser la emoción que impera porque ya hemos comprendido que no hay plazos, aunque algunos se empeñen en ponerlos. La caída de ese mundo con pies de barro que habíamos construido, el incremento brutal de la injusticia, el mundo que queda en el que me sale temblar. Temblar por la certeza de que el ser humano no parece haber aprendido, y que el sistema va a hacer lo imposible para que así sea, porque la inconsciencia de las personas es la fuerza sobre la que se sostiene el sistema. No es ignorancia, es manipulación e inconsciencia.

Gracias al 2020 por haberme recordado mi opción por compartir. Es tan radical como la de los abrazos. Todo lo que no se comparte se pierde. El amor sana. Expresar las cosas, compartirlas, vivir en esa red de amor de la que hablo tantas veces, estar ahí, a su lado, todo lo cerca que puedo y que la vida me permite. Ser presencia de amor y permitirles a quienes amo que lo sean en mi vida y en la de mi hijo.

Si tuviera que resumir mi agradecimiento sería éste: intemperie, red de amor y humildad.

Y un deseo para quienes me léeis y para mí misma: Despedíos del año pero no lo queráis olvidar. Y para el que viene que la vida nos dé el amor y la consciencia necesarios para vivirlo honrando al 2020.

Con todo mi cariño y agradecimiento,

Pepa

Por fin en casa

29 octubre 2020
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He batido records sin aparecer por aquí, creo 😉 El otro día preparando con mi hijo un examen de historia sobre el Imperio de Carlomagno y cómo dio lugar a la estructura feudal de la edad media, hablaba del «juramento de fidelidad» que el monarca les exigía a los condes, además de los impuestos y el apoyo militar, a cambio de tierras, riqueza y libertad para realizar las barbaries que quisieran en sus territorios. Y yo pensaba que tengo mis propios «juramentos de fidelidad», quizá más de los que quiero reconocer, y uno de ellos es con este espacio, con quienes estáis al otro lado.

Cuando creé este blog, me prometí mantener mi presencia y mi regularidad, y me doy cuenta de que este silencio que me ha nacido o llegado adentro hace ya tiempo del que ya os he hablado, me hace cada vez más difícil esa regularidad. Pero mi juramento permanece 😉 porque es mi opción. A cambio de nada. A cambio de mucho, muchísimo en realidad.

Escribo desde mi hogar. Mi segundo hogar, el primero fue mi última casa en Madrid, a la que llegó mi hijo, mirando a aquel maravilloso parque. Mi segundo hogar es esta casa mirando al mar y al bosque. Qué curioso suena decir esto. Adoraba la casa en la que vivíamos aquí en Mallorca hasta hace un par de semanas, he sido inmensamente feliz los casi seis años que hemos vivido allí. Si me apuráis quizá sea lo más parecido a mi casa ideal que he vivido nunca. Y sin embargo no era mi hogar.

Cuando explico el tema de «entornos seguros» en el trabajo, cómo construirlos, siempre pongo el mismo ejemplo: el proceso que hacemos cuando compramos una casa hasta convertirla en nuestro hogar. Al principio son cuatro paredes, y en ellas vamos poniendo nuestra impronta y nuestra calidez (nuestras cosas, fotos, recuerdos, colores, plantas…), hasta convertirlo en un hogar. En la casa anterior pude hacerlo en gran medida colocando mis cosas, pero esta casa a la que nos hemos mudado es de mi propiedad, y al serlo he podido hacerla mía desde la raiz, haciendo una obra completa. Pocas cosas agotan tanto como una obra y una mudanza, pero lo logré!. Hoy han puesto la puerta del armario del baño, que era lo último que quedaba y me han devuelto las llaves y ayer nos pusieron la wifi, signo inequívoco de habitar una casa 😉 y sobre todo he dormido en la cama nueva, un regalo que me he hecho a mí misma, un regalo de los que no tienen precio pero que me he ganado a pulso: bendito colchón!. Han sido apenas mes y medio, increíble la rapidez del proceso, y llevamos ya un par de semanas en casa.

Es más pequeña, no tiene piscina ni jardín, nos toca compartir baño de nuevo (detalle nada trivial teniendo un hijo adolescente) pero tiene unas vistas increibles. Diferentes a las de antes, pero increíbles. Sigo viendo el mar al despertar, que era lo que yo quería al venir a Mallorca. Y ésta tiene desde el suelo a las paredes, a la cocina a los muebles…todas las cosas y cada una han sido elegidas. Son una opción de amor. Como lo es este blog. Por eso es mi hogar. Por eso este blog es también mi hogar. Y me parece interesante e importante darme cuenta una vez más que es esa opción de amor la que crea hogar.

Nos mudamos por la covid. Es una de las muchas decisiones que tomé en el confinamiento. En la linea de buscar esa vida más humilde, más sostenible, más pequeña en el mejor sentido de la palabra, decidí que había que venirse a esta casa que había comprado y tenía alquilada, esperando a habitarla a que mi hijo creciera y se independizara. Pensé que me/nos hacía falta vivir más humildemente, más conforme a quienes somos y lo que tenemos. Y de repente es curioso ver cómo esta casa tiene un aire a aquella casa madrileña frente al parque, porque vuelve a ser un espacio más unido. Sólo en la terraza te aislas realmente del resto de la casa. El resto de los espacios son uno y todo está lleno de ventanas, luz y mar.

Estos días me ha tocado dar varias ponencias seguidas, y todas versan sobre lo mismo: cómo vivir ahora. Ahora que empezamos a asumir de verdad que la vuelta atrás es imposible. Ahora que empezamos a ver que los cambios han venido para quedarse. Ahora que nos sentimos frágiles y pequeños y sin esquemas para afrontar una vida que no elegimos, pero se nos impone. Ahora que hay que empezar a organizarse de verdad y ante una realidad que duele en muchos sentidos. Porque el significado de la crisis apenas empieza a percibirse de verdad.

Cuando se habla de la capacidad de resiliencia del ser humano siempre se dice que se compone de dos elementos: resistir el dolor y rehacerse después de él. Resistir, resistimos al confinamiento, pero hay muchos dolores por venir que aún no vislumbramos o que son más sutiles y están y no los vemos en su justa magnitud: no poderse tocar, no poderse reunir, los programas que se deshacen, el trabajo que desaparece… LLevo meses hablando de mi preocupación por las consecuencias que va a traer la falta de contacto físico en los niños y niñas más pequeños, por ejemplo, que gestan la conexión corporal interna basica para su protección desde el contacto físico con las personas y las cosas, ¿cómo enseñarles esa conexión interna sin el tacto? ¿Qué ocurrirá con su desarrollo sensorio motriz? Y como ese dolor, muchos otros. ¿Y rehacerse? En ello estamos, en encontrar un modo diferente de habitar nuestras vidas.

Pero cuando se habla de resiliencia siempre se insiste en que para poder hacer ese proceso, las personas (y especialmente los niños y niñas por su falta de autonomía personal) necesitamos guías de resiliencia, figuras que nos guíen en ese proceso. ¿Quién puede ser guía en una experiencia desconocida para todos y todas? ¿Cómo guiar en algo que es tan desconocido y atemorizante para ti como para todos los demás? ¿Cómo guiar a nuestros hijos?

Yo no tengo respuestas. Tengo algunas respuestas mías, que son las que he ido compartiendo, pero no tengo respuestas a muchas de las preguntas clave. Pero sé que hay dos palabras que se han vuelto mantras para mí: humildad y honestidad. Sé que si queremos salir adelante como especie, la covid ha sido una enseñanza de humildad contra nuestra soberbia y engreimiento. Creernos capaces del dominio, el expolio y el control en la vida. Somos pequeños, raros y valiosos. Y la honestidad que permita poner palabras a lo que vamos sintiendo para poder apoyarnos en los demás. Salir hacia fuera nos hace fuertes, aislarnos nos hace vulnerables. Pero salir de forma honesta. Sólo así funciona, sólo así recibes ayuda, sólo así te sientes acompañada. Humildad y honestidad.

Gracias por seguir aquí. Mantengo mi opción de amor.

Pepa

 

Escribir con lápiz en la agenda

13 agosto 2020
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Hoy es el primer día del verano que me siento al ordenador. Hace años que intento hacer vacaciones de verdad en verano. No siempre lo consigo porque a veces estoy metida en escribir algo o en algún proyecto. Pero cuando lo logro, eso incluye no encender esta ventana al mundo, aunque chequee el mail en el móvil y conteste lo urgente. Pero sentarme al ordenador para mí implica una consciencia en lo laboral incompatible con el descanso.

Pero hoy toca. Y ya que toca, me acerco a este mi/nuestro hogar para escribir.

El otro día hablaba con una amiga sobre estos tiempos extraños que nos está tocando vivir y no sólo por el coronavirus. Hay algo raro en el aire porque cualquier plan que hacemos, por pequeño que sea, acabamos teniendo que cambiarlo. Cosas pequeñas y no tanto. Así que ya hace un par de meses que decidí pasar a escribir en la agenda con lápiz. ¡Y me pareció tan simbólico! Mi amiga me dijo que tenía que escribir sobre ello y creo que tiene razón.

Este verano para mí está siendo diferente de una manera muy radical. Llevo siete meses sin viajar y si la vida me da permiso y se mantienen los viajes de este trimestre, para cuando haga el primero, llevaré nueve meses sin viajar. El otro día intentaba pensar cuándo fue la última vez en mi vida que estuve nueve meses sin viajar y me tuve que ir a 1990, nada más y nada menos. Desde que me fui a Madrid a estudiar la carrera, empecé a viajar de forma regular y ya no paré. Es, junto con la buena conversación, el cine y la literatura, mi vicio particular. No viajo sólo por trabajo, me apasiona viajar, me abre la mente y el alma. Me hace sentir en las «tripas» el privilegio de estar viva y conocer este mundo increíble y maravilloso que nos han regalado y que por desgracia estamos destruyendo. Conocer gentes, culturas, lugares tan diferentes a mí siempre lo he sentido como un privilegio. Me enseña quién soy. En realidad no quién soy sino quién decido ser. Viajando aprendes que nuestra forma de vivir no es ni la única ni la mejor, es sólo una de las posibles. Y aprendes que puedes elegir ésa o cualquier otra. Ésa es justo la riqueza. El privilegio, la riqueza no es tener dinero sino poder elegir. Elegir con consciencia dónde, cómo y con quién vivir. Un privilegio que millones de personas no tienen o por la falta de oportunidad que conlleva la injusticia e inequidad social o por sus propios miedos, heridas y temores interiores.

Así que estar sin viajar para mí es una pérdida. Lo es por todo eso y porque además, en mi caso, viajando puedo ver y abrazar a mucha de mi gente amada. Pero la vida me está haciendo reencontrarme con una vida sin movimiento ni viajes. Ni agenda.

Mi trabajo, mis viajes, mi hijo, mis amigos.. mi vida en general es posible gracias a las logísticas. Ya lo escribí hace mucho tiempo: para mí la maternidad es amor y logística. Sin cubrir la logística no hubiera podido criar a mi hijo como lo he hecho, sobre todo siendo madre sola. Tampoco hubiera podido vivir la vida que elegí vivir. La agenda nunca fue un peso para mí sino un medio que hacía posible esa vida. Nunca he tenido problemas en cambiar lo que hiciera falta y cuando hiciera falta, pero esa organización inicial me permitía poder elegir. Y sin embargo la vida me ha llevado a dejar de escribir a boli y pasar a escribir a lápiz en esa agenda. Y cada vez que lo hago aprendo a ser más humilde. La humildad de saber que por mucho que apunte, será lo que la vida decida. Que puedo elegir pero la vida siempre es más sabia y más contundente que yo. Recordar día tras día que no tengo el control. Al principio, allá por marzo, tachaba y volvía a escribir con boli, hasta que me encontré ingenua y un poco idiota y cambié el boli por el lápiz.

No se trata de no escribir. Porque si no escribo en la agenda parte de mi vida no es posible. Es así de sencillo. Los encuentros con las personas amadas, las logísticas de la crianza de mi hijo, la presencia en las fechas señaladas para quienes amo… ésa es la Pepa que quiero ser, que elijo ser. Se trata de hacerlo con humildad, con más respeto a la vida del que le he tenido hasta ahora (diría hemos tenido, pero hablaré en primera persona). Se trata de pedir permiso. Ese mantra que he incorporado a mi vida «si la vida me da permiso». Resituarse. Recordar lo pequeña e insignificante que soy, tanto como valiosa y preciada.

Toca aprender a fluir dentro de la corriente del mekong (the mekong always flows and flows in the same direction), en la corriente que la vida tenga preparada para mí. No la que yo deseaba, ni la que había planificado en la agenda, sino la que la vida ha marcado. Y ese fluir pasa por la humildad de apuntar en lápiz las cosas en la agenda y sonreirme cada vez que tengo que borrar algo, y apuntar las cosas casi como peticiones a la vida.

Y este verano, la vida me ha dejado aquí en la roqueta, en un privilegio de lugar que elegí para vivir justamente por eso, por l20200719_205119a maravilla que es. Y dejándome aquí, en la roqueta, he visto cosas de la isla y de sus gentes que no había visto en seis años, para bien y para mal. También ésa ha sido una lección de consciencia importante para mí. Mucho más de lo que pueda parecer en principio. Me ha colocado en una vida privilegiada, rodeada de gente que tratamos de ir viviendo con consciencia pero sin dejarnos bloquear por el miedo todo lo que está sucediendo. Reforzando aún más si cabe mi empeño en la red afectiva, su trascendencia.

Y la vida me ha colocado en un verano con mi hijo casi, casi a todas horas, otro aprendizaje contundente. Los planes que hicimos que suponían separarnos también se deshicieron o transformaron y pienso que quizá no me esté dando cuenta de que éste vaya a ser el último verano que pasemos juntos de verdad. Se ha hecho adolescente, Y está deseando volar. Y parte de la angustia para él y todos los adolescentes como él es que el covid 19 les impide volar, socializar, encontrarse, vivir los veranos de adolescente. Veremos lo que nos viene. Pero de momento la vida nos ha llevado a estar juntos casi sin excepción desde hace siete meses. Y eso me ha recordado esa imagen tan clara que escribe Tagore cuando habla sobre el matrimonio y lo describe como un templo cuyas columnas deben estar suficientemente juntas pero suficientemente separadas. Si se separan demasiado, el templo se cae, pero si se juntan demasiado también se cae. La distancia es necesaria en una relación sana, sea cual sea esa relación: pareja, familia, amigos, hijos.. tanto como la presencia. De hecho saber respetar esas distancias necesarias es parte de la presencia consciente. Aprender a encontrar ese equilibrio entre la presencia y la distancia es clave y aprender a ir transformándolo conforme ellos crecen y cambian sus necesidades, aunque no cambien las nuestras, es parte esencial de la labor como madres o padres. Dejarles ir.

Y la vida, como no podía ser de otra manera al estar tejida de amor, ha traido también estos meses muchas muertes a mi alrededor. La vida y la muerte son uno. Lo sé. Lo aprendí demasiado pronto, con la muerte de mi madre cuando tenía 20 años. El amor es lo único que vence a la muerte, pero el amor y la despedida van de la mano. Desde que todo esto empezó en marzo han muerto varias personas amadas de mi entorno, o gente amada de mi gente querida. De una u otra forma la muerte ha estado presente. Y no sólo por el covid, sino de otras formas, casi todas ellas inesperadas e imposibles de preveer. La muerte está escrita con tinta invisible en la agenda de nuestra vida. Que no podamos ver el día en que está apuntada no significa que no esté escrita. Y ésa sí que no puede borrarse. Otra lección de humildad. No soy yo la que escribo a boli, es la vida. Y la tinta de su boli ni se tacha ni se borra.

Así que aquí estoy. Aprendiendo a fluir. Aprendiendo humildad. Aprendiendo a confiar.

Abrazo de alma,

Pepa

 

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