Dejarse

6 junio 2019

Estoy teniendo un fin de curso algo movido, por decirlo de una forma sutil. No malo pero sí intenso. Muy lleno de vida, de emergencias, de crisis pero también de hermosura y caricia. Estoy en uno de esos momentos en que me cuesta resumir o narrar algo que no me acabe pareciendo injusto por inexacto o limitado. Así que voy a hacer una de esas entradas caóticas que escribo algunas veces con enumeraciones de cosas sin un hilo aparente aunque quizá al final acabe teniéndolo.

Empecemos por una cena del otro día con dos amigos de alma. Les contaba como uno de los aprendizajes clave que ha traído la calva a mi vida es el dejarme. Dejar de controlar. Perder el orgullo. Perder la falsa sensación de omnipotencia. Decíamos que cuando afrontamos la enfermedad o como en mi caso la calva que no conlleva enfermedad pero sí vulnerabilidad, intentamos controlar. Controlamos creyendo que los medicamentos nos van a curar, que si seguimos tratamientos el pelo volverá. Pero no vuelve. Controlé y controlamos en el otro extremo creyendo que la actitud o la consciencia curan. Pero el pelo no vuelve tampoco. Algunos creerán que porque no he hecho el camino. Otros que algunas calvas no tienen cura. Yo creo, y lo creo cada vez con más claridad, que el pelo volverá cuando deje de creerme capaz de curarme por una u otra via. Cuando entienda que yo no lo controlo, que mi cuerpo sigue su proceso y su ritmo. Quizá el pelo vuelva, quizá no. Quizá lo haga mañana o ya lo esté haciendo hoy. No lo sé. La única verdad que tengo ahora mismo es que yo no lo controlo. Que la enfermedad, la vulnerabilidad, el miedo nos afronta al misterio. Recuerdo una conversación de alma con un amigo al que adoro cuya mujer se salvó de un derrame cerebral masivo y él no paraba de preguntarse: por qué nosotros sí y los de la cama de al lado no? Qué tenemos nosotros? No hay explicación. No hay respuesta. Sólo misterio. Quizá esto trate vivir: de dejarse, de confiar. Y por el camino quizá vayamos comprendiendo. En ello estoy. Calva o no calva, estoy en vivir. Y dejarme.

Este fin de semana pasado estuvimos en El Hierro. Fuimos para cumplir un sueño que tuve de niña. Vi un reportaje en El Pais Semanal que aún conservo sobre el que entonces decían era el hotel más pequeño del mundo.

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Cuando vi aquellas fotos pensé que era un lugar hermosísimo y que yo quería dormir allí al menos una vez. 32 años después dormimos allí mi hijo, una amiga y yo. Os dejo un par de fotos.

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Y de nuevo me dio que pensar. Un lugar mágico. El sentido de esa frase de un poeta que le encanta a una amiga “hay que soñar, y soñar intensamente”. De las que te dejan muda. Pero esa misma belleza tenía otra lectura. Ir a el Hierro me pareció un poco como ir al fin del mundo. De hecho hay un faro allí al que llaman así. La soledad de esa montaña en medio del océano (qué distinto es el océano de nuestra mar!), la claustrofobia de la que hablan que se puede sentir en las islas y que yo en Mallorca nunca he sentido pero allí palpé desde el principio. Cómo el peque fue acumulando tensión, igual que yo, conforme pasaban las horas pero al mismo tiempo gozó (igual que yo) pescó (eso sólo él ;-)) y nadó. De nuevo me reafirmo en que la vida tiene varios registros y todos suceden al mismo tiempo. La cuestión es de cuantos de esos registros nos enteramos.

Este mes ha sido el de las islas porque también me escapé a Formentera.  Mi primera escapada de placer en años. Sólo por mi. Sólo para mí. Compartido con una amiga del alma en parte y con mi mar sola en otro. Apoyando a unas mujeres valientes que son de las que permanecen en la isla en invierno intentando iluminarla más.

Y hoy he comido a las afueras de Bilbao en un remanso de belleza con dos personas luminosas que han llegado a mi vida para quedarse. Y ahora me he tomado un vino en Vitoria con una de esas personas de corazón abierto y camino compartido.

Y en este relato caótico aún me llega el eco de las risas de la celebración de cumpleaños de alguien al que sólo me nace abrazar una y otra vez. Rodeada de amor, del venido de Madrid ese finde, del venido de Madrid a ser isleño adoptivo como yo y del amor que nos dio un hogar en la roqueta. Amor a raudales que generó risa incontenible. Suficiente para que José entrara, nos mirara divertido y nos dijera “estáis locos”. El buen amor hace reir. El sentido del humor genera vinculo. Esa es otra de mis certezas.

Y los días con mi hermana y su amiga, disfrutando de conversaciones de alma. Y la travesía por la traomontana que hizo José para cerrar primaria. Una oportunidad única, otra más, que le ha dado este colegio. También en eso andamos. En la despedida. El año que viene toca nuevo comienzo. Y lo emprendemos con paz y un profundo agradecimiento. Pero también con la certeza de que es el momento.

Y José y su vida social, que es casi casi como la mía. Y el gozo que me da que sea así. Y niños a los que quiero y cuido cuanto puedo. Y la consciencia de estar. Estar ahí.

Y un informe importante acabado. Ya lo soltamos. Ojalá sirva, ojalá lo lean y comprendan lo que significa. Pero eso ya no está en mis manos. En las nuestras estaba sólo escribirlo. Y hacerlo bien. Ahora toca soltarlo. Es descanso y oportunidad.

Y un libro nuevo y diferente en ciernes. Y acompañar la emoción de otro libro escrito por tres profesionales increíbles. El aprendizaje genial de haberles ayudado a darle forma.

Y los reencuentros. Un mensaje despues de tres años. Una cena después de catorce. Y una tarde de conversación en la que por fin pude abrazar a quien me abraza siempre el alma con lo que escribe.

Y podría seguir… Porque hay mucha vida..y poc a poc voy aprendiendo a dejarme. Aunque siga viajando. O precisamente por eso!

Gracias por seguir leyéndome a pesar de mis intermitencias.

Os abrazo,

Pepa

 

 

 

Mi oración

16 abril 2019
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Hoy mis ángeles han vuelto a hacerse presentes. No es que no lo estén siempre, que lo están, así los siento. Pero hace mucho tiempo que aprendí que sólo se hacen “notar” cuando me hacen mucha falta. Y lo que me ha sucedido hoy merece relato.

Resulta que mi hijo cambia de cole el año que viene y estas fechas toca solicitar plaza para secundaria. De nuevo ha tocado las visitas de puertas abiertas, la documentación, los plazos y demás. Yo tenía todo organizado y apuntado en la agenda, y de hecho hoy hemos ido juntos a gestionar el único papel que nos hacía falta y no teníamos, pero con mucho tiempo porque en la documentación yo había leído que el plazo era en mayo, del 13 al 17.

Pues hoy iba en el coche a llevar a una amiguita de José a su casa y luego al estreno de una peli con una amiga, cuando de repente en mitad de una calle, sin más, me ha llegado una sensación de angustia total acompañada de un pensamiento “Pepa, es en abril, no en mayo”. Yo iba conduciendo y he pensado “qué tontería, tranquila, lo tienes controlado y apuntado todo”. Aún así en un semáforo he sacado la agenda del bolso y he comprobado las fechas que tenía apuntadas y ahi estaban, en mayo. Pero la angustia ha seguido. Así que al dejar a A. en su casa, en el coche mismo he abierto internet y he entrado en la página de escolarización y el plazo real era del 15 al 17 de abril. A continuación, con un nudo increíble en el estómago he mirado el calendario para cerciorarme del día que era hoy y cuando he comprobado que mañana es 17 y que llego a tiempo el último día, he empezado a llorar.

No es que lo apuntara mal, es que hay dos procesos diferentes, y a José le toca el primero, el de abril, no el de mayo. Yo tenía las fechas bien apuntadas pero del proceso equivocado.

Y no lloraba por mi error, lloraba de emoción, de vértigo, de caricia…estos son mis ángeles y ésta es mi fe. La vida me ha puesto pruebas difíciles a lo largo del camino, pero si ha habido una constante en mi vida es que siempre me ha dado aquello que necesitaba para afrontar cada cosa que llegaba. De maneras increíbles algunas veces y lógicas otras, pero nunca me ha dejado caer. Me ha ocurrido con las cosas grandes, y con las pequeñas pero importantes como la de hoy.

Y desde que mis padres murieron, esa presencia, esa luz se hace presente en mis “tripas”, en certezas, en sensaciones que me invaden y me llegan. Yo no sabía lo de los dos procesos, ni siquiera había mirado la web, leí el tríptico de una de las visitas de puertas abiertas donde iba la documentación, los criterios y el calendario, sin pensar que pudieran existir dos procesos con dos calendarios distintos. No era algo que yo pudiera recordar, porque no lo sabía.

Así que mañana iré a echar la solicitud con el corazón conmovido. Y con la certeza de que José será feliz en el cole nuevo. Y aquí va mi oración: gracias mamá, gracias papá, gracias tía, gracias padrino. Gracias por no dejarme caer. Ni a mí, ni a José. Os quiero. Vosotros (y la red de amor que nos sostiene a este lado de la vida) sois mi fe.

Pepa

Ser y dejar ser

19 enero 2019
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Este verano ocurrió algo extraño y bello, que cuando lo cuento y lo verbalizo resulta hasta cursi pero que es exactamente así: mi hijo ha dejado de ser niño, ha cerrado su infancia. Se le nota en todo, desde físicamente, en su forma de vestir, en su forma de comportarse, en nuestra relación…en cada detalle del día a día. Y ha entrado en ese periodo de la vida en que, como nos ha pasado a todos, hay momentos que quiere ser mayor y hasta lo exige enfadado, y otros en los que quiere seguir siendo niño. El otro día me dijo “hoy tengo el día Peter Pan, mami”.

Pero lo interesante de este proceso es dónde me coloca ese cambio a mí. Después de once años de maternidad “monomarental por opción” como la llaman ahora técnicamente, es decir, de once años de dedicación, cuidado, mimo, presencia, logísticas y amor, amor y amor. Años en los que he pasado a ser segunda en mi propia vida, años en los que todas mis decisiones han estado condicionadas a lo que yo consideré que era mejor en cada momento para él. Once años de apurar las horas, de dormir poco, de correr para volver lo antes posible de cada reunión y cada viaje, de generar esa maravillosa red de amor, primero en Madrid y ahora en Palma, que te permite criar y sostener y cuidar y amar. Años de ver cómo tus relaciones se transformaban en función del vínculo que establecían con mi hijo. Años en los que mi desarrollo laboral estuvo siempre y sin excepción supeditado a él. Once años sin apuntarme a un curso (miento, hice uno un año), procurando aprovechar cuando me inivitaban a un congreso para poderme quedar todo el día y escuchar a los otros ponentes y así aprender y coger el vuelo de última hora para poder estar a la mañana siguiente despertándolo…en fin, nada especial, la maternidad consciente, sin más. La maternidad consciente cuyo mayor precio para mí es sin duda el agotamiento. Ser su madre es lo mejor que he hecho en mi vida, y un gozo que nunca imaginé posible antes de tener a mi hijo, pero pagando el precio del agotamiento y de esa sensación que te entra a ratos de “no llego, son demasiadas cosas, no puedo con todo, no soy capaz”. Pero sí lo eres. Cada día. Día tras día.

Y entonces, de repente llega un día en que empiezas a escuchar cosas como: “me voy a mi cuarto y luego nos vemos”, “lo siento, mami, espero que no te duela, pero te tengo que confesar que me lo paso mejor con mis amigos que contigo”, “viajar contigo solo me gusta mucho pero no es tan genial como cuando viajamos con A.”, “dime si esta ropa me conjunta bien”, “X es tu amiga, no lo es mía, yo no quiero ir”, “déjame a mí que tú no sabes”, “me voy a casa de X y volveré a la hora de siempre”, “te voy a contar algo pero no quiero que opines, sólo escúchame”..

Día tras día vas viendo como el niño se está haciendo hombre, cómo te sigue amando pero ya no necesita esa presencia constante, como él mismo va dando significado a las cosas sin recurrir a ti más que cuando le generan dudas o confusión. Por supuesto sigue teniendo 12 años y pidiendo las frases mágicas antes de dormir, los besos para despertar, el abrazo al llegar a la cocina, el beso antes de ir al cole, consejos en multitud de cosas, sigue repitiendo constantemente “mami, te tengo que contar que” o “mírame, mami, mírame”. Pero vas viendo como dejas de ser el centro de su vida para que los iguales pasen a serlo, cómo su centro ahora son sus amigos, sus primos, sus amores. Cómo el tiempo es bueno y tiene sentido si está con ellos, y como sus mejores días son los que empiezan y acaban contigo pero el resto ha estado con amigos y sin ti.

Y ese proceso me tiene maravillada, y feliz. Alguna gente me pregunta si me da pena, y yo les digo que yo sólo sufro si él sufre, que verle feliz, y autónomo y mayor me hace tan feliz que no sé explicarlo casi. Siempre he pensado que uno de los indicadores básicos de un vínculo seguro, sea como amiga, como pareja o como madre es alegrarte por la alegría del otro, buscar esa alegría del otro, promoverla y disfrutarla. Aquellos que nos quieren bien son los que se alegran con nuestra felicidad, aunque esa felicidad en algunos momentos nos aleje de ellos, como cuando nos vinimos a vivir a Palma y la gente que nos quiso bien de Madrid se alegró por nosotros aunque supusiera perdernos en su día a día. Ya no digamos cuando mis padres me dejaron ir a estudiar fuera, alejándome de ellos, especialmente mi madre cuando sabía que se estaba muriendo. Dejar ir, dar alas es amar. Esto lo repito constamente en los cursos.

Pero es que hay una segunda parte que es: dónde te recolocas tú. De repente vuelvo a tener tiempos de soledad, y llevo once años en que la soledad ha sido algo tan raro, tan raro que era un deleite. Pero ya no es algo raro, empiezo a tener tiempos de soledad de verdad. Vuelvo a poder plantearme cenar con amigos, salir al cine y ver pelis de mayores, prolongar un viaje si me apetece unos días o incluso, como hice este año apuntarme a un curso! Porque en esto es una de las muchas cosas donde se nota el ser madre en solitario. Cuando se cria entre dos estas posibilidades, aunque limitadas, se multiplican. Cuando crias sola, si quieres hacerlo con consciencia sabes que tu presencia no es sustituible y que si le dejas con otras personas es porque quieres que tenga vínculo profundo con esas personas, como una opción consciente o porque no te queda otra para cubrir los compromisos profesionales que te permiten sostener la economía familiar (¡cuántas horas trabajando cuando él dormía para aprovechar y cumplir los compromisos sin que mi tiempo con él se resintiera!). Al menos para mí ha sido así. Es uno de los aspectos en los que he notado más la maternidad en solitario.

Así que vuelvo a poder conjugar el “yo”: “¿Qué quiero comer yo hoy?, ¿qué peli voy a ver? ¿me apetece salir o llamar a alguien?”. Vuelvo a escuchar el silencio en casa como ahora mismo que estoy escribiendo. Empiezo a intuir lo que viene en adelante. Porque esto va a ir a más. Y pongo consciencia en mis “tripas” y en qué siento. Y la palabra es extraña. Me siento extraña. Me apetece mucho la soledad, la he buscado como necesidad pura. Estoy maravillada de empezar a tener tiempos largos con mis amigos. Y decidida con determinación a no dejar que el trabajo me prive de estos tiempos de soledad. Pero es un nuevo comienzo. Uno de esos momentos clave en los que aparentemente no pasa nada, no hay grandes acontecimientos, pero por dentro sabes que está pasando algo importante. Desde este verano la familia Horno Goicoechea estamos en uno de esos tiempos.

Y eso me lleva al título del que ha surgido este post “ser y dejar ser”. Porque sí tengo un miedo. El miedo de saber si seré capaz de permitir a mi hijo SER. Ser la persona que quiera ser él, no la que quise yo que fuera. Permitirle sus gustos, sus relaciones, sus aficiones, sus errores y sus aciertos. Dejarle elegir. Porque me doy cuenta de que hasta ahora su capacidad de elección era muy limitada, y eso que quienes nos conocen saben que le he educado para que sea capaz de expresarse y de elegir hasta el punto de ponerme en situaciones embarazosas por la claridad con la que ha expresado sus deseos y sus necesidades en situaciones poco apropiadas o de manera poco acertada. Tengo miedo de no ser capaz de DEJARLE SER. Porque no me asusta que se vaya, me asusta el intentar imponerle mi criterio de vida, porque él ya tiene su criterio propio, y no coincide siempre con el mío. Dejarle decidir cómo llevar sus relaciones, por ejemplo. Dejarle equivocarse, sabiendo que lo hace. Dejarle pagar las conscuencias de sus errores, eso me cuesta un mundo porque implica verle pasarlo mal y no impedirlo.

Tengo la suerte de que en general me gusta mucho la persona en la que se está convirtiendo. Confío de una manera visceral en él y en sus capacidades. Es una personita hermosa. Pero yo soy una mandona, siempre lo fui. Y entramos en un periodo de su vida en la que si no sé colocarme en mi sitio.. ¡puede ser muy duro!

Todo esto pienso hoy, en nuestra casa silenciosa, en mi tiempo en soledad. Y al final siempre vuelvo a lo mismo, una  y otra vez: toca confiar. Confiar en la vida, en mí y en él.

Pepa

 

La magia del alma

17 diciembre 2018
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A veces ocurre. A veces la magia llega, se apropia de una sala, de tu alma y de los que te rodean. A veces sucede que dos más dos son mucho más que cuatro. Y que el efecto de un grupo crea magia.

Llevo unas semanas pudiendo percibir más que de costumbre ese hilo de la magia. No sé qué ha ocurrido pero los talleres de estos días han generado un clima diferente en el que hemos llorado, nos hemos conmovido, y hemos aprendido. Cuando sientes que las cosas fluyen y llegan mucho más hondo de lo que ni tú misma imaginabas. Cuando te hacen preguntas que te retan, te sacan, te impulsan. Cuando escuchas a profesionales increíbles hacer reflexiones que quieres detener el tiempo para poder memorizar. Cuando incorporas conceptos, claves, sensaciones de piel…y todo eso junto.

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Y no puedo dejar de sentir que eso tiene que ver no sólo con los grupos sino conmigo misma, con la sensación de estar en un lugar diferente internamente. Un lugar donde las cosas fluyen, donde piensas, sientes y vives todo en uno, donde te conviertes en vehículo al centrarte en el otro, al olvidarte de ti. No temer mostrarte vulnerable y falible y al mismo tiempo sentir que estás en otro lugar que no es el tuyo ni el del otro, sino el que creamos entre los dos, o entre veinte, o entre sesenta. Esa mente comunal que se investiga ahora tan claramente, y en la que somos mucho más que dos.

Y eso tiene que ver con estar calva, con ser pequeña, con mostrarte vulnerable. Tiene que ver con sentirte amada y amar. Tiene que ver con no tener miedo, pero tampoco nada que demostrar.

Hoy hablaba con tres mujeres maravillosas sobre poner alma en el trabajo, sobre el coste que conlleva y sobre la magia que crea. En esa magia creo cada vez más, y más profundamente. Y no sólo para el trabajo sino para la vida.

Os deseo un año 2019 lleno de magia y de amor. Con eso basta y sobra.

Gracias por seguir aquí.

Pepa

11 años de familia

20 noviembre 2018
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Conversación de esta mañana en el desayuno:

– ¿Sabes, mami? Ayer hablaba con mi amiga x y le contaba que tú y yo nos abrazamos un montón de veces cada día, que me levantas con besos, nos abrazamos cuando llego a la cocina a desayunar, nos besamos antes de bajar del coche en el cole..y asi monton de veces cada día, y sabes qué dijo ella?
– Qué?
-“¡Alá, cuántos abrazos!” y yo le pregunté si no hacía lo mismo con su madre y ella me dijo que no, que se daban el beso de buenos días y el de buenas noches.
– ¿Pero a ti te gusta que nos abracemos?
– A mí me encanta
– A mí también. Además, creo que los abrazos son alimento para el alma.
– Lo sé, por eso yo tengo tanta luz dentro.

Ayer cumplimos 11 años de familia. Él cumplirá 12 en unos días. Y sigue siendo mi luz tras las tormentas y lo mejor que he hecho en mi vida.
Hoy, esto, sin más.
Pepa

Sobrecogimiento y paz

18 octubre 2018
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Durante muchos años mi vida subía y bajaba. La intensidad, que es parte de mi piel, estaba entrelazada con miedo y temblor. Así que a menudo me planteaba esa pregunta trampa de “¿Qué más me puede pasar?” Y digo trampa porque siempre hay un “más”. Todavía recuerdo el momento exacto en que ese miedo desapareció. Y desde entonces resulta muy extraño tratar de explicarlo pero hay algo muy íntimo, muy dentro, que siempre vive en paz.

Pero eso no significa que mi vida haya dejado de ser intensa, porque yo vivo así. Y siempre me pasan cosas. Y pasan porque las busco, porque las elijo, porque las “deseo intensamente” como me dice siempre una amiga mía. Para mí es importante acostarme cada noche con la sensación de que el día ha merecido la pena, que lo he gozado, paladeado. Si he desayunado con alguien, quiero que el tiempo compartido haya sido valioso. Como lo ha sido esta mañana que he compartido desayuno de un congreso con otra ponente a quien no conocía y que ha supuesto el mejor regalo del congreso junto con un aplauso muy largo de la gente al acabar mi ponencia y el regalo que otra persona me hizo la noche anterior. O como lo fue ayer, desayunando con un amigo que sigue temblando aunque se sepa fuerte. Si voy en tren, quiero mirar el paisaje, o leer un libro, o meditar..pero que el tiempo sea alimento para mi alma, que no pase sin más.

Esta ponente me preguntaba esta mañana cuando hablábamos sobre esto mismo cuándo decidí vivir así. Y le he hablado de la muerte de mis padres, de sus últimos años de enfermedad, de ese tiempo que pasamos junto a ellos cuando ellos sabían que se morían. Acompañar a alguien que sabe que se está muriendo te da la oportunidad de conocer, comprender cosas a las que sólo llegan las personas en esos momentos en los que la vida se agota. Recuerdo los hospitales, cuando el único tiempo con sentido era el que estaba con ellos, cómo reíamos, conversábamos, hablábamos. El dolor venía cuando salía del hospital. Porque mientras estaba junto a ellos el tiempo era real, lo podía paladear, ellos estaban conmigo.

Le contaba, por ejemplo, el día en los últimos meses de vida de mi madre que su amiga Aurora le preguntó delante de nuestro amigo Javier y mío si le quedaba alguna cosa que le hubiera gustado hacer o aprender. Y ella dijo “os parecerá una tontería, pero me hubiera gustado aprender a pelar gambas con cuchillo y tenedor”. Al día siguiente Aurora apareció con una olla llena de gambas cocidas y Javier nos enseñó a las tres en aquella habitación de hospital a comerlas con cuchillo y tenedor. Aquella tarde reimos a carcajadas, y todos sabíamos que mi madre se estaba muriendo. Pero aún ahora, que han pasado 25 años de aquello, sigo sonriendo cuando pelo una gamba con cuchillo y tenedor.

Así que cada minuto, cada momento..tiene valor. Y esta semana he tenido un montón de momentos importantes. Empezamos con un fin de semana inolvidable en Londres, lleno de paseos en barco, ardillas en los parques, la música del fantasma de la ópera, los artistas callejeros, las casas londinenses, aquella cafetería en una iglesia…no hacía falta más que fluir. Y luego llegó esa fiesta llena de niños de seis años organizada por un padre al que el amor se le salía por los cuatro costados de su rostro, sus manos y toda la logística, y esa abuela que ha regalado a su hijo y sus nietos un lugar de luz, y otra abuela que ha vuelto a compartir abrazos al tener viviendo con ella a su nieto y verla sonreír al contármelo; la comida del otro día hablando de la muerte de nuestros padres, de cómo nos deja con ese niño dentro para toda la vida; la cena en familia con sushi y delicias francesas, el abrazo de mi hermana en el aeropuerto, la sorpresa de encontrarme a otra parte de mi familia inesperadamente en otro aeropuerto; la sonrisa de mi hijo al volver a casa y ese abrazo largo, sin más, juntos en el sofá y su relato atropellado de todo lo vivido mientras yo viajaba…no lo sé, son tantas cosas! Eso es la vida. Y el gozo y el privilegio para mí.

Pero todo esto es posible porque estoy en paz. Y lo estoy al mismo tiempo que estoy sobrecogida por el dolor que está viviendo gente que amo. Dolor fruto de la injusticia, del error humano, de la locura o de la agresión, dependiendo del caso, pero dolor. De ese que deja inerme, impotente y dolorido. Ese dolor que nos manda la vida en el que te deja a la intemperie. Sin más. Mis dos últimos años están pasando cosas muy duras a gente que amo. No pequeños dolores, que esos forman parte también de lo cotidiano. No. Dolores de los que te doblan, te recolocan. Y que incluso cuando todo pasa, aunque acabe bien, siempre te deja el escalofrío. Ese que hace tan difícil confiar. Dejarse en la vida y en el otro. Volver a la paz.

Hubo muchos años en los que mi sensación era la contraria. Cuando me encontraba con mi gente, era yo la que sufría, la que lo estaba pasando mal, por diferentes motivos. Ahora me encuentro para escuchar cada vez más, hablar muy poco, abrazar y abrazar y abrazar. Y por dentro pienso: “menos mal que estoy en paz”. O incluso, simplemente pienso:”menos mal que puedo estar”. Ya lo decía mi madre: existir en alemán se dice “dasein” que significa “estar ahi”. Es la única forma de amar real que conozco. Y en ello sigo, sobrecogida y en paz.

Pepa

El silencio del verano

4 septiembre 2018

Este verano ha sido diferente por muchas cosas. Pero quizá, si tuviera que elegir una, una sola, ha sido el silencio. Mi silencio. Mi desconexión. No sólo no he escrito aquí, sino que no he trabajado casi en todo el verano, he sido capaz de cerrar la consulta más de un mes, y no escribir ni leer nada de trabajo (el verano pasado escribí demasiado). He pasado muchas horas escuchando, eso sí, por trabajo y por placer. Y mi cabeza bulle ahora mismo de ideas y nuevas teorías, que siento que van tomando forma imparables. Las teorías de las que habla siempre mi querido Javier.

Pero esta semana decidí que tenía que volver, en general. Mandé mensajes, retomé cosas, puse al día el mail…y me quedaba volver aquí, a este mi pequeño hogar compartido. Pero no sé muy bien por dónde empezar, así que voy a hacer algo así como una lluvia de muchas cosas. Ya me perdonaréis si suena o queda caótico.

Este verano comenzó con un viaje a Donosti en el que me llegó un regalo de esos que no puedes describir, tan sólo acoger. Y ese regalo ha estado presente en todo lo demás.

Y de ahí, en la misma escala del vuelo de vuelta, José se fue para tres semanas. Eligió ir a dos campamentos y a casa de su mejor amigo y por primera vez en diez años estuvimos separados tres semanas. Y fue como un ensayo general de lo que está por venir. Mi hijo este año ha cambiado de capítulo de vida, ha cerrado la infancia. Sé que suena raro decirlo, pero lo vivo así. Y eso me cambia a mi de lugar. He pasado de ser centro y referente a ser presencia y seguridad, pero silenciosa. Sólo hace falta estar y de vez en cuando, pero muy de vez en cuando (aún tengo que aprender a callarme mucho más pero estoy recién empezando) advertir y limitar. Aprender a estar en silencio. Ésa es una de mis tareas para este año.

Mientras él atisbaba su adolescencia, yo disfruté de algunas conversaciones profundas, muy profundas con gente amada. Ahi tomaron forma algunas cosas que tengo que escribir. No sé cuándo ni cómo, pero lo haré. Y una especial sobre la pareja, que espero que no se pierda en el listado de tareas pendientes.

Y seguí con mi proceso del dentista, y sintiendo lo que me llegó inmenso de regalo en Donosti. Y acompañé en la presencia y en la distancia a tres amigos valientes que no se conocen entre sí pero comparten mucho porque rehacen sus vidas manteniendo el mismo amor. Y a otro que anda encontrando un lugar nuevo en la vida sin dejar de ser él. Es curioso, pero este verano han tenido mucho protagonismo en mi vida mis amigos hombres. Muchos de ellos han emprendido procesos de cambio potentes, fuertes, de los que dan sentido a la vida. Y yo sigo pensando que uno de mis mayores privilegios en la vida ha sido tener amigos hombres, amigos de verdad. La amistad entre hombre y mujer es diferente, y cuando se da, es un privilegio total, al menos para mí. Y dimos la bienvenida a la vida a J. fruto de la valentía y el amor a partes iguales.

Además comencé un proyecto emocionante a nivel laboral que consiste en coordinar y escribir en parte un libro de historias de vida de personas que fueron víctimas de abuso sexual infantil cuando eran niños. Pasé horas escuchando historias de dolor y de valentía, y me quedan aún muchas más. ¡Y me resulta tan dificil encontrar el relato adecuado con el que hacerles justicia!

Luego fuimos a Chile. Un viaje inolvidable. Dieciséis días, cuatro ciudades base: Santiago, Concepción, Valparaíso y San Pedro de Atacama. Y como quiero que sea breve, ahi va: la inmensidad del amanecer sobre los Andes al aterrizar, tan pequeños que somos!; la casa de Neruda en Isla Negra y su frase grabada en la entrada sobre “Regresé de mis viajes. Navegué construyendo la alegría” y la mía al cumplir uno de mis sueños de niña al poder visitarla; el azul oscuro del pacífico; y en los talleres de Aldeas, la gente valiente, la que nombra el dolor y la villanía y no gira la cara y la mira de frente; alguien que me regaló su historia de vida para mi hijo y su amiga Aina, no sólo él, pero él; aquel minero que nos contó como bajaba a la mina con ocho años como todos los niños, y cuando tenían miedo y querían huir, sus padres los ataban a su cintura de una cuerda y tiraban de ellos hacia abajo, hacia la mina; las risas imparables de José y Aina, las conversaciones en las cenas en las que les escuchas muda hablar de los dolores de las ausencias, de las físicas y de las emocionales (palabras suyas, no mías); Valparaiso entera ella, enterita, cada rincón lleno de arte, ese café, sus paredes, sus rincones, sus cuestas; y al final cuando crees que no hay más llega Atacama y sus cielos estrellados y su frío en la noche congelante, y sus lagunas de once grados donde flotas y sus termas, y ese arbol increíble salido de la nada bajo el que acampamos, y ese amanecer que te devuelve el calor al cuerpo después del frío…y la inmensidad. Simplemente inmensidad. Volveremos en el 2020 para hacer el sur. Pero tengo claro que Chile ha llegado para quedarse en mi vida.

Y regresas, pero a medias. De cuerpo sí, de alma a medias. Y te toca cuidar de un niño que es tu familia porque lo es de corazón, tuya y de tu hijo. Sus padres te lo confían en un momento único, duro, lleno de incertidumbre. Y le acaricias, y le recuerdas cada noche ese hilo de amor. Y creas una ceremonia para que le envíe a su padre el amor que necesita enviarle. Y funciona. Y sientes que es así como sabes y quieres vivir, con esas opciones de vida.

Y casi sin pausa llega más familia y te inundan la casa, y escuchas reir a tu hijo con sus primos y piensas: bendita casa, bendito hogar. Y un día en el velero de H. que se vuelve inolvidable. Bañarse en mar abierto, una experiencia nueva que queda indeleble en la piel. Y tu sobri que es una belleza de persona y lo demuestra, y mis hermanos que cuidan y colaboran. Y al final cuando ellos se van le escuchas a José antes de dormir: “He sido muy feliz teniéndolos en casa”. A pesar de que ha habido momentos entre él y yo malos, porque tanto movimiento y tanta emoción…me tocó ser punch y recibir y a él devolverme cada vez con más claridad lo que no quiero afrontar de mí.

Y así llego a esta noche. Vuelvo a mi cama, a ese silencio del comienzo del verano, que durante las últimas semanas se esfumó. Pero toca trabajar, y toca preparar el cole, y volver, volver, volver.

No me fui. Pero he estado silenciosa.

Gracias por seguir aquí.
Pepa

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Pelusina

3 junio 2018

Pequeña, blanca, rápida e inteligente. Una hámster equilibrista que era capaz de saltar desde la cama a los cojines, trepar por la jaula para escaparse y mirarte agarrada a los barrotes, a la espera.

Pelusina era la mascota de mi hijo. Siempre dije que no tendríamos animales en casa, y los “siempre” y nos “nunca” son peligrosos, hay que saber elegirlos. Mi hijo adora los animales, son su pasión, la naturaleza en general. Y su sueño era tener una mascota. Con la vida que llevamos, mis viajes y nuestra locura, yo estaba convencida de que bastante complicado me resultaba ya organizar nuestra logística como para incorporar la logística animal. Pero su pasión era tal que cuando me dijeron que los hámster podían estar dos o tres días sola en casa, decidí sucumbir y dejar que se la regalaran por su décimo cumpleaños.

Hace unos días Pelusina murió. Le salió un bulto, la llevamos al veterinario que, con buen criterio, le dejó elegir a mi hijo entre intentar pincharla, que sufriera y contemplara la posibilidad de que se muriera porque los hamster no aguantan bien los antibióticos y se podía morir de una diarrea, o que esperáramos unas semanas, y probáramos a ver si se le reabsorbía y si no ya decidíamos. José decidió esperar y cada dia, por la mañana y por la noche, le ponía con un bastoncillo agua caliente en el bulto porque el veterinario le había dicho que eso podía ayudarle. Hasta que una tarde llegamos del cole y estaba muerta.

Las lágrimas de José, su desconsuelo. Que fuera capaz de llorarla y de dejarme abrazarle y acunarle mientras lo hacía. Mis propias lágrimas y el asombro de José al verme llorar por ella y por él. El amor con el que nuestra familia mallorquina participó de la despedida, enterrándola en un rincón de monte cercano. La forma en la que José llamó a su gente amada, para contárselo, sin disimular su tristeza, con claridad y la forma en que nuestra gente acogió esa tristeza y la sostuvo.

Pero sobre todo me quedo con un par de conversaciones de las que dan sentido.

A los dos días de haberla enterrado, en el desayuno me dijo José:
– Sabes, mami? Cuando entreo en el baño, y no está su jaula, me sigue doliendo. La muerte es como tú decías, te duele no poderles volver a tocar. Ahora entiendo a lo que te referías. Ya no está físicamente, aunque sigue en mi corazón. Y yo pienso, si esto es lo que me duele a mí Pelusina, cómo te debió doler a ti la muerte de los abuelos, no puedo ni imaginarlo.

Y la otra conversación fue el mismo día, cuando una de sus personas más amadas en respuesta a su mensaje le dijo que no se preocupara, que pronto tendría otra mascota.
– Mami, no entiendo por qué me dice eso. Pelusina es insustituible.
– Lo es, cariño, pero es su manera de intentar consolarte.
– Pues lo hace mal.

Un par de días después, me volvió a preguntar por qué creía yo que le había dicho eso.
– Muchas personas, cariño, yo la primera, hemos sido educados para hacernos los fuertes, para no llorar, para mantener el tipo. Creemos e intentamos que el dolor pase lo antes posible. Pensamos que si no lo lloramos, si no le dedicamos tiempo, si pasamos página el dolor se irá antes. Y tener otra mascota es su manera de proponer que el dolor pase.
– Pero no funciona así, mami
– No
– Y además hacerte el fuerte y disimular te hace daño por dentro, mami.
– Ya lo creo, cariño
– Es como lo de pedir ayuda. Tú te pasas el día diciéndome que si me pasa algo, pida ayuda, pero cuando te pierdes en el coche, no preguntas a la gente.
– Efectivamente (sonriéndome) cariño. Es que yo te he educado en eso pero tienes que entender que a mí no me educaron así. Yo he tenido que hacer un esfuerzo para aprender a pedir ayuda. Por ejemplo, tú entras en el super cuando vamos a hacer la compra, te pido que busques algo y qué haces?
– Si no sé dónde está, busco al dependiente y le pregunto, es más rápido.
– Ves? a ti te sale automático. Yo no, yo primero intento buscarlo sola, como con las direcciones en el coche y si no lo encuentro, al cabo de un rato pregunto.
– Pero pierdes más tiempo, y además tú te enfadas cuando te pierdes en el coche, porque te frustras.
– Ya lo sé, cariño. Pero para ti es tu primera opción, para mí no. Lo hago, pero me cuesta. Y me viene muy bien que me lo recuerdes. Además, me hace muy feliz que para ti tu primera opción sea pedir ayuda.

Después de todo esto, el entierro, las lágrimas y las conversaciones, escribió una redacción para el cole sobre ella, se lo contó a sus amiguitos en el cole, escuchó dos o tres veces cada mensaje de amor que le llegó en contestación a su mensaje contándolo en el whatsupp, se abrazó a mí algo más de lo normal unos días y con todo eso, lo integró. Ahora espera hacerse mayor para vivir en esa casa en el campo donde quiere vivir y tener animales para tener su siguiente mascota. El tiempo dirá. Ah! Y los dos seguimos sintiendo una punzada de melancolía en su baño cada noche cuando, al lavarnos los dientes, miramos donde estaba su jaula.

Yo nunca tuve mascota. Fue uno de los “nuncas” que mis padres cumplieron. Aunque yo no lo deseaba como lo deseaba mi hijo. En cierto modo Pelusina fue también mi primera mascota. Y me alegro infinito de haberla conocido, cuidado y querido. Y de que su muerte no me haya pillado de viaje, ni a mí ni a José, para haberlo podido integrar bien.

Quizá era sólo una hamster. Pero para mí, ella, su vida y todo lo que su muerte ha movido en nuestra familia, tiene relevancia para formar parte de este blog.
Pepa

Tiempo de cosecha

8 abril 2018
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Tiempo de cosecha. Es la expresión que más me surge en los últimos tiempos cuando miro mi vida. El privilegio consciente y sentido de estar recogiendo lo sembrado. Y el fruto es más hermoso de lo que imaginé.

Me miro en el espejo y veo el camino andado. Veo mis kilos que siguen conmigo y veo mi calva, que es también parte de mi camino. Miro mis ojos que trasmiten dulzura, y recuerdo todo el camino. La búsqueda, el valor, las horas de terapia, tanto gozo vivido, tanto dolor hecho vida, y las huellas en mi cuerpo que aún me hacen temblar. Esa intensidad de la que tanto me acusan y que reconozco como mía, amainada como el mar tras la tormenta, pero intensidad al fin y al cabo. Me miro y siento paz. Sigo siendo árbol y sigo riendo y abrazando.

Miro a mi hijo, que fue un sueño, un proyecto, una ilusión. Fue una llamada, un temblor, la piel erizada, la caricia interminable, ese juguete que me ofreció aquél primer día en aquella habitación y su sonrisa. Ha sido horas interminables y a la vez efímeras de juego, de parque, de lavadoras y purés. Ha sido cuentos y pelis y libros y mar. Ha sido cansancio, a veces extenuante, ha sido miedo, y duda y soledad. Ha sido una vida infinita que tejió su infancia. Una infancia que sé que terminó. Ahora le miro y veo el hombre en el que se está convirtiendo, y a veces me asusta cuánto se parece a mí, y muchas otras me alegra que sea tan diferente. Pero siento que el trabajo está hecho, como dijo él “yo soy yo y tú eres tú“. Su infancia acabó. ¡Y me gusta tanto la cosecha!.

Miro a mis amigos y mi familia, y me asombra cuán densa y fuerte es esa red de amor en la que vivimos y que fue también sueño, y opción de vida. Han sido horas sin límite de viajes, teléfono, cafés, comidas, presencias. Han sido risas y lágrimas, ha sido escucha, ha sido cansancio y ha sido fidelidad y permanencia. No es casual, pero sigue siendo infinito regalo porque no sería sin ellos, ni hubiera sido posible sin ellos. Yo sólo puse mi parte. Lo intenté. Y de nuevo la siembra es mucho más, porque es cosa, como dijo mi hijo cuando era pequeño “de dos y muchos más”. Y he recibido tanto amor que jamás he dudado de lo certero de la opción.

Miro mi cielo, que este año está especialmente más poblado. Ya no son sólo mi madre y mi padre, ahora está mi tía y mi padrino. Ellos cuatro y Aurora han sido mis figuras parentales, mis vinculos verticales. Y ya casi todos están al otro lado del hilo de amor. Pero sigue siendo cosecha: cosecha de cielo.

Miro mi trabajo, y sin duda, vuelvo al tiempo de cosecha. Nunca pude imaginar que llegaría a donde estoy hoy. Un lugar que es “mi lugar”. Sentir que lo que haces tiene sentido y aporta luz. Poner palabras al dolor, lograr que la gente pueda comprenderlo y sentirlo de forma que la indiferencia no encuentre lugar, guardar la memoria y la voz de quienes no pueden hablar, y brindar espacios de cuidado y crecimiento a quienes de forma consciente llevan luz en lo cotidiano, acompañar de la mano a tanta gente…

Este mes cumplo 45 años. Y ocurre algo simbólico, una de mis espirales de vida. Estaré en Zaragoza en mi cumpleaños, por primera vez desde hace más de veinte años. Así que además de celebrarlo con mi familia mallorquina y madrileña, este año les he pedido a mi red de amor zaragozana que vengan a celebrarlo juntos. Ellos fueron mi sostén en la peor parte de mi vida. Ellos,y algunas personas más que ya no están en mi vida, compartieron conmigo la enfermedad y muerte de mi madre, la enfermedad y muerte de mi padre, el maltrato que viví en el colegio, o mi propio hospital entre otras muchas cosas. Nunca olvidaré cómo mientras mis hermanos y yo hacíamos turnos en el hospital último de mi madre ellos venían a buscarme al hospital para llevarme a casa, cogían el teléfono para que pudiera dormir algo después de una noche de hospital, nos cocinaban o simplemente me escuchaban llorar. Ellos me ayudaron a sobrevivir al dolor, me enseñaron a ser resiliente, un concepto que cada vez que lo explico en los talleres me acuerdo de ellos. Ellos y mi cielo. Por eso celebrarlo con ellos en tiempo de cosecha tiene tanto sentido para mí como emoción. Aunque ya no esté allí, ellos vienen conmigo. Siempre ha sido así.

Atardecía sobre mi mar mientras escribía esto. He llegado: mi lugar en el mundo. Y es un lugar de amor. A partir de ahí, lo demás es y será por añadidura.

Pepa

En memoria de los últimos 87

20 febrero 2018
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Hace mucho tiempo que escribí en este blog sobre una distinción que suelo hacer sobre la gente que está herida y la gente que no lo está. Como todas las divisiones implican simplificar y desde ahí pierden sutileza y complejidad. Pero por otro lado ayudan a estructurar, a dar forma a las vivencias. O bueno, quizá me ayudan a mí.

Las personas heridas somos las que hemos vivido algun tipo de trauma en la infancia. Los traumas pueden ser diversos y espeluznantes porque el nivel del dolor que hay suelto por el mundo me sigue abrumando: cualquier forma de maltrato, perder a un padre siendo muy pequeño (por muerte o por abandono), la enfermedad mental no tratada o los problemas de adicciones severos de uno de los padres o ser hijo no deseado son las experiencias que pueden “herir” el alma y que más a menudo presencio en mi trabajo, aunque hay más. En esos traumas, esas “heridas” que llamo yo, ocurre algo muy dañino y es que el dolor se une, se pega al miedo, porque lo que sucede amenaza la subsistencia del niño, lo paraliza, le genera terror. Y a partir de ahí las personas vivimos con miedo. Y no es un miedo teórico, es real, es pastoso, pegajoso, de sabor amargo. Es el miedo de quien ya sabe lo que la vida puede llegar a doler, de quien habla desde la vivencia, la experiencia directa, no desde el libro ni el relato de un tercero. Y es el miedo que llega cuando se está formando la estructura interna de la persona, nuestro edificio interno, así que ese miedo se mete en las columnas, en los moldes, en las visagras..en la propia piel, en la memoria corporal. Y desde ahí se hace parte de ti.

No todos los dolores son traumáticos, porque no todos amenazan ni aterrorizan. La tristeza se llora y pasa, se suele quedar anclada cuando se une al miedo. Pero llorar sienta fenomenal al alma y al cuerpo. A mí me costó un montón aprender a llorar en público. Aún recuerdo la primera vez que lo conseguí. Igual que la primera vez que pude llorar delante de mi hijo.

Y los dolores que llegan más tarde, cuando ya el edificio está construido, tampoco son iguales. Duelen, destruyen, pero no condicionan la forma. Ya sólo los muy salvajes (que por desgracia los hay) se meten en la piel. La gente que no fue herida en la infancia tiene una inocencia, una especie de confianza básica en la vida que no ha tenido que conquistar, que da por obvia, por natural como el aire que respira. Una confianza tejida de la seguridad del niño que duerme porque sabe que hay alguien velando sus sueños.

Porque ese miedo, qué paradoja, en vez de a pedir ayuda (porque para pedirla hace falta confiar) te lleva a controlar, a disimular, a ocultar y negar. Intenta que olvides, que borres, que no conectes con la emoción, que la dejes aparcada como decíamos hoy en el desayuno conversando. Porque si no lo tocas, si lo arrinconas…ese dolor..puedes tener la ficticia sensación de que no está, de que nunca estuvo. Pero algo dentro de ti, algo muy profundo, sabe que mientes, que dentro de ti hay un niño o una niña temblando, frágil, pequeño e indefenso.

Nuestro edificio nos lo dan, en parte genéticamente, en parte por lo que vivimos en los primeros años, pero nos lo dan. Y ese regalo es nuestro pequeño universo, un universo que nos dieron, que nos regalaron, que no elegimos ni creamos, un universo que es sólo nuestro. Frágil y único. Y esas heridas te hacen estar siempre al acecho, temerosa de que alguien se lo lleve, lo rompa o lo destruya, de que alguien vea el dolor que habita también ahí dentro. Somos ese dolor y somos mucho más que ese dolor.

Y luego llega un día en que, si te atreves a salir, a mirar, a tocar, a amar..entonces te haces cada vez más frágil, más vulnerable, tiemblas, te quedas calva, te caes o enfermas, pareces débil y te sientes débil. Porque puedes sentirlo, sentir tu interior. Y porque tienes la certeza de que te cuidarán. Y lo sabes. Lo sientes. Lo vives. Y ahi tampoco es un relato de terceros. Siendo frágil te haces fuerte porque pides ayuda. Siendo frágil te sientas a una mesa con otras personas que fueron heridas como tú y te reconoces amorosa y plácidamente.

Y sabes que ya no estás allí, que tú puedes hacerte cargo de tu niña temblorosa, e ir al dentista, y sentarte en la silla, y volver a ponerte en la misma posición. Aquella misma posición. Aunque tiembles desde el primer minuto al ultimo. Y lo haces. Y hasta logras explicárselo al dentista, que no entendía nada, como tú tampoco entendías aquellos temblores, aquel miedo irracional (así lo llamaban) durante años. Y al salir sabes que volverás a tembar cada vez. Pero podrás volver.

Ahora sí. Hace ya tiempo que siento mi fragilidad. Y eso, extraña y hermosamente, me hace más fuerte.

En memoria de los últimos 87.

Pepa