Forma y significado

17 octubre 2017

Hace muchos años que desarrollo mi trabajo en público. Bien sea en las conferencias, las formaciones, los medios de comunicación o en un trabajo más técnico, menos visible, pero que implica trabajar con organizaciones e instituciones, siempre en equipo, siempre abierta, siempre expuesta.

Mis padres me hicieron un regalo increíble al enseñarme a poner palabras a lo que sentía y vivía. Yo era más física, pero ellos eran de conversar, conversar, conversar…me enseñaron a nombrar mi ser, a darle forma. Esa capacidad me ha guiado e impulsado en el trabajo terapéutico, en las supervisiones, en las formaciones…en todo lo que hago. Siempre buscando una forma de comunicar lo que sentía, creía o vivía. Siempre intentando llegar al corazón del otro, dando forma a las vivencias y los procesos.

Y luego, a lo largo de estos años he hecho mío un “mantra”: mantener el foco en el “cómo hacer las cosas” mucho más que en el “qué”. Mi experiencia me ha enseñado, una vez tras otra, que la forma en que hacemos las cosas marca la eficacia de lo que hacemos, en lo personal y por supuesto en lo laboral. Es ese “modo” el que otorga en gran medida significado.

Y mi modo siempre ha sido expansivo, intenso y vehemente. Con los años parece, según me dicen, que me he vuelto más tierna en público (en privado sé que lo fui siempre a raudales). Mi hijo me ablandó y la calva me ha enseñado a mostrar mi vulnerabilidad y mi pequeñez, a no ocultarme. Sé con certeza que me he vuelto más flexible y moderada en casi todo, y más inflexible y contundente en unas poquitas cosas. Mi “manera” de salir al mundo se ha transformado.

Pero esa forma y el tipo de trabajo que hago me dejan expuesta. Este mismo blog es un buen ejemplo de ello. Comparto, me abro.. y la ganancia es inmensa. No hay duda. Pero también en la parte profesional (no en este blog, que es diferente) llega el juicio, y la mentira, y la lejanía. Es parte del trato. Una parte de mí quisiera esconderse, lograr que todo el mundo pudiera ver lo que yo veo, o como yo lo veo. Pero esa opción no existe. En esos momentos, toca mirar para dentro y apoyarse en mi gente amada.

Creer en lo que hago con cabeza, corazón y “tripas”, confiar en la vida y mantener la consciencia sobre el camino en sí mismo, más allá de las metas, son mis anclas. Y los ojos de los niños y niñas con los que trabajo, sus miradas, las suyas y las de mucha, mucha, mucha gente que forma parte de la cara luminosa de la vida. Una parte que no sale en las noticias pero que yo encuentro a diario en mi trabajo. Ellos son mi razón para seguir expuesta, para seguir hablando, y escribiendo.

No es fácil. Pero está lleno de sentido.

Y quiero acabar esta entrada con un ejemplo de ese “modo” de hacer. Os he hablado varias veces del colegio donde va mi hijo, la ecoescuela Sa LLavor, en Binissalem, aquí en Mallorca. Es un proyecto muy difícil de describir por su globalidad y detalle al mismo tiempo, por la coherencia que tiene el proyecto llevándolo a los pequeños detalles y matices mucho más de lo imaginable. Por el aire que genera y que respiran los niños y niñas a diario. Por lo sencillo pero al mismo tiempo radical que es su proyecto educativo. Porque los vínculos, esos hilos de amor de los que yo me paso el día hablando, allí son una realidad tejida entre cánticos, árboles y palabras. Porque se respira estructura y libertad al mismo tiempo. Y porque mantienen la coherencia y la apertura incluso en aquello que yo pueda no estar de acuerdo ;-).

No encontraba forma de explicarlo, de mostrar la didáctica, las áreas del proyecto educativo, el aire del edificio…hasta que lo han hecho ellos. Aquí os dejo un video que han hecho los alumnos de secundaria del colegio junto con el equipo. Un video que no habla de la didáctica que siguen sino del sueño que persiguen, de lo que generan, de lo que logran crear con ese “modo” cotidiano de educar. Escuchad a los chicos, sólo con eso basta.

Sa Llavor escola-comunitat from SA LLAVOR on Vimeo.

Les regalé lo mejor de mí: mi hijo. Les elegí con plena consciencia. Y cuando lo dejo cada día por la mañana en el cole recuerdo por qué.

Vaya el video como cierre de esta entrada en la que he hablado entre lineas y callado de forma expresa.

Gracias de corazón a todos los que leéis este blog por ser parte de ese “otro”, de mi sentido.
Pepa

El sonido de las ballenas

1 septiembre 2017

Hay vivencias que nos constituyen, dan forma a nuestra alma. Yo no siempre he sabido ser consciente de ellas cuando las vivía pero con los años mi asombro de niña y mi consciencia de “tripas” van cobrando más fuerza si cabe. Y en eso, como en otras tantas cosas José y su capacidad de gozo me han espoleado.

Así que aquí estamos en Peninsula Valdés, en uno de los lugares más inhóspitos y bellos que he visto nunca, un rincón al sur de Argentina, que es uno de mis países de alma. Cada viaje que vengo me reafirmo en mi enganche a esta tierra. Si alguna vez me pierdo de la roqueta sería acá. Los días en Buenos Aires con el mimo de nuestros amigos y el día en Tigre ya fueron impagables. Tengo debilidad por esa ciudad y eso que se le nota mucho más triste que cuando vine por última vez hace seis años. Pero llegar a la patagonia..a este rincón..

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Juntos en un paisaje patagónico donde justamente hace diez años,en mi viaje anterior a la patagonia con Pablo y con Ana, tomé la decisión de adoptar y estos días he vuelto con mi hijo y no paro de susurrar como un mantra “gracias, gracias, gracias”. Me preguntó José por qué y por qué aquí y le dije que me sentí tan llena de vida y tan rodeada de belleza que sentí que todo lo que tenía, mi amor y toda esa belleza, quería darla y compartirla. Aquel viaje lo recuerdo como uno de los más bellos de mi vida (final abrupto incluido) pero éste me ha parecido una ofrenda y un regalo.

Sabía que sería emocionante pero no contaba además con lo indescriptible de las ballenas. No sólo verlas, sino escucharlas. Se las oye hablar y respirar desde la misma playa. Te hacen sentir pequeña y hermosa al mismo tiempo. José dice que volverá seguro y que quizá viva aquí. Yo no lo sé, pero sí tengo la certeza del gozo.

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No os cuento muchas cosas de las ballenas, sólo que el viaje para verlas merece la pena. Hay una peli del año pasado que es sobre orcas, no sobre ballenas, pero que os dará idea de mi sensación y que os recomiendo vivamente. Se llama “El faro de las orcas” y la protagoniza Maribel Verdú.

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Y acabo sólo diciendo GRACIAS por todos vuestros comentarios, mails y llamadas sobre la entrada anterior. No he contestado los comentarios porque tienen valor en sí mismos. Me conmovisteis profundamente. Gracias por darle más sentido si cabe a mi acto de fe.

Pepa

Un acto de fe en la vida

15 agosto 2017
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Un acto de fe individual lleva al acto de fe universal. Confiar en el otro lleva a confiar en la vida.

Confiar. Expresar. Pedir ayuda. Desde la vulnerabilidad, la locura y la valentía que implica.

Éste es mi acto de fe universal: decir en público, en este blog, que yo también fui abusada. Después de las cosas que he vivido en los últimos meses, hoy más que nunca tiene sentido decirlo aquí. Nombrarlo. Sin más detalle. No hace falta.

Soy Pepa, mujer, madre, amiga, hija, hermana, psicóloga… soy muchas cosas, y también superviviente. He dedicado y dedicaré mi vida profesional a expresar lo que se quiere ocultar o da miedo afrontar, a dar voz a los que no la tienen y a ayudarles a encontrar su propia voz. No lo he hecho por mi vivencia, pero siento que mi vivencia me ha ayudado a hacerlo mejor.

Y seguimos…

Pepa

“Honrar su dolor: el acompañamiento a las víctimas de abuso sexual infantil a lo largo de la vida” artículo publicado este mes en la revista Sal Terrae

12 julio 2017

De vez en cuando siento que mi mundo personal y mi mundo profesional se cruzan y este artículo es el ejemplo más claro que puedo imaginar sobre ese cruce.

Así que os copio aquí la entrada de la web de Espirales CI donde encontraréis íntegro el artículo: “Honrar su dolor: el acompañamiento a las víctimas de abuso sexual infantil a lo largo de la vida” que ha salido publicado este mes de julio en la Revista Sal Terrae.

Os pido que lo leáis y lo difundáis, es un artículo especial para mí. Espero que dé sentido.

Pepa

Incondicionalidad

4 julio 2017
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Mañana es de nuevo 5 de julio. Y ya van 24 años con ella en el corazón pero sin su abrazo.

Mañana tampoco no es un día cualquiera en lo profesional. Cerramos (casi) un proceso largo y duro de los últimos meses. Doloroso, pero un privilegio profesional. Con un equipo inolvidable. Ese es uno de mis grandes privilegios profesionales: los equipos con los que he trabajado. Empezando por la gente de Espirales CI  y mirando hacia atrás hasta aquella primera investigación sobre los niños y niñas víctimas de violencia de género.

Pero de nuevo hoy José ha puesto, con su estilo directo y claro, el dedo en lo importante. Comíamos con una pareja, de esa gente amorosa que ha llegado para quedarse, que tienen ya un hijo y ahora se han planteado que su segundo hijo venga “del mundo”, por adopción. Sin saber nada de eso, pero como tantas veces intuyendo y como era nuestra primera comida juntos, José les ha preguntado si sabían que era adoptado. Le han dicho que sí y yo le he contado que ellos estaban en proceso para adoptar, y que aún estaban pendientes de saber si habían pasado los “exámenes” ;-) para poder hacerlo. Al saberlo a mi hijo se le ha iluminado la cara y la conversación ha sido más o menos así:

– ¿En serio? ¿Le vais a dar un hermano a X? ¿Vais a adoptar un niño? Pues yo sé lo más importante que vuestro hijo necesitará que le hagais sentir.

-Qué?

-Protegido, que se sienta protegido. Y sé también cuál es la frase que le tendréis que repetir una y otra vez hasta que estéis seguros de que la ha creido.

– Cuál?- Decían ellos ya con el corazón encogido.

-Que nunca, nunca, nunca, pase lo que pase, le vais a abandonar.

Pues eso. Sin palabras.

Nunca, nunca, nunca. Ni cuando él sea mayor y a mí me toque estar solo desde el corazón, como a mi madre. Los dos lo sabemos. Y ella, que nos sigue cuidando, también.

Os mando un abrazo inmenso,

Pepa

 

Retazos de verdad

5 junio 2017
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Retazos de verdad que mi hijo deja caer y que me dejan sin palabras. Ahi van:

Hace un par de semanas, cenando con una amiguita suya en casa:

– Mami, sabes? te voy a decir una cosa que a lo mejor no te gusta.

-Dime

-Cuando tenías pelo, eras más estricta y a veces gruñona. Me gustas más calva, porque estás más amorosa.

– (tras un silencio largo) Sabes cariño? creo que lo que dices es cierto, creo que la calva me ha enseñado humildad. Pero también creo que no tiene tanto que ver con tener pelo o no tenerlo sino con que ahora estoy más feliz. Y cuando se está feliz, se es más amorosa. Del mismo modo que cuando estás triste, o preocupada..

-Sí, uno cuando está triste se pone rabioso, como me pasa a mí.

– A ti, a mi, a tus amigos, a todos.

-Tal cual, mami.

 

Y ayer comiendo por ahi los dos juntos. Mientras jugaba en la zona de juegos del restaurante, una niña se le acercó y se pusieron a jugar juntos. Y ella empezó a preguntarle si yo era su madre y si su padre no estaba, si es que estaba trabajando. Él contestó tranquilo que sí, que yo era su madre y que sí, que su padre estaba trabajando. Así que al cabo de un rato comiendo juntos le pregunté:

– Cariño, cuando antes la niña te ha preguntado por tu padre y has dicho que estaba trabajando…

– A que me estabas oyendo.

– Sí

-Lo sabía.

-¿Cómo te sentías al decir eso?

-Bien

-Bien?

– Sí, me siento bien conmigo mismo porque sé que estoy protegiéndome.

-¿Protegiéndote? ¿De qué?

– De las preguntas que no quiero escuchar, y de las miradas que no me gusta ver, mami. Yo con mis amigos en el cole o con mi familia hablo de mi historia, pero no con una niña a la que no conozco de nada.

– Me parece genial, cariño, pero sabes una cosa? Podrías para estas situaciones encontrar una versión que no te supusiera necesitar mentir sobre tus padres. Puedes decir simplemente que no está hoy y ya está. Porque esa es la verdad, tú tienes un padre pero no está aquí.

-Vale, mami, me parece una buena idea.

Pues eso. Retazos de verdad.

Pepa

“Educando la alegría”

22 mayo 2017

Tengo el placer de presentaros el nuevo libro que he publicado con la editorial Desclee de Brouwer y que está disponible desde este mes.

Y para hacerlo os quiero copiar literalmente el epílogo del libro. Es un texto especial para mí que resume las razones por las que escribí este libro. Porque este libro nace de mi experiencia en la supervisión de centros educativos y de protección, así como del trabajo con familias, pero nace sobre todo de una preocupación por lo que me voy encontrando en ese trabajo. Nace con el objetivo de brindar estrategias prácticas a familias y educadores para cultivar con consciencia y de forma sistemática la emoción de la alegría en los niños, niñas y adolescentes.

Educando la alegria portadaEspero de verdad que os guste y os sirva a quienes desde vuestras familias o en vuestro trabajo asumís el rol de cuidado de cualquier niño, niña o adolescente.

Y si después de leer el texto, os apetece a aquellos que vivis en Madrid, estaré este sábado 27 de mayo de 18 a 20 horas firmando ejemplares en la caseta 285 de la Feria del Libro de Madrid. Me encantaría veros por allí.
Ahí va el texto:

“EPÍLOGO: CARTA A QUIENES EDUCAN

A ti, que me estás leyendo:

Antes de acabar este libro, quiero contarte algo. En mi vida he encontrado una “regla no escrita” que dice así: “A más, más, a menos, menos”. Cuanto más ponemos de algo, más nos llega. Cuanto menos, menos nos llega. Se cumple para lo físico, para lo emocional, para lo social… Piensa en ejemplos. En lo corporal: cuanto más comes, más comes; cuanto menos comes, menos comes. En lo afectivo: cuanto más amas, más amas; cuanto menos amas, más difícil te resulta amar. En lo material: cuantos más bienes tienes, más te llegan; cuantos menos bienes tienes, menos te llegan.

Se trata, por tanto, de elegir qué cultivar. En este libro yo te he propuesto cultivar la alegría. Y cultivarla como una opción consciente. Convertirla en una herramienta educativa clave y de forma sistemática, no ocasional. Que sea el motor emocional que posibilite el desarrollo pleno de nuestros niños, niñas y adolescentes. Porque si tengo razón, a más alegría, llegará más alegría y a menos alegría, ellos y ellas sentirán menos alegría. Y sin alegría no hay movimiento, ni intimidad, ni crecimiento ni resiliencia. Ni, sobre todo, valor. Y éste es el último mensaje con el que quiero cerrar este libro.

Vivimos en un mundo que cultiva el miedo en nuestros niños y niñas, a veces de forma consciente, otras de forma completamente inconsciente. Escuchan constantemente los peligros que les pueden llegar, lo mal que va el mundo. Crecen inundados de información sobre todo lo horrible que el ser humano es capaz de llegar a hacer, que  ciertamente, es mucho. Muchísimo. Tanto que abruma. A ellos y a nosotros. Nos deja impotentes, nos hace sentir pequeños y muy, muy asustados.

El ser humano es capaz de “lo mejor” y de “lo peor”. Pero las historias sobre “lo mejor” no tienen lugar. Ni en lo público, ni a menudo en lo privado. Las personas que hacen cosas increíbles no salen en los medios de comunicación, se habla poco de ellos y ellas en la educación y en el ámbito privado a veces da casi vergüenza hablar de lo que te hace feliz, de lo que te llena y te hace sentir vivo. Dedicamos mucho tiempo a las preocupaciones y angustias, que además en determinados contextos socioeconómicos o sociopolíticos se disparan exponencialmente y nos inundan.

Quizá es mi sensación sólo. Pero es una sensación que se ha ido paulatinamente convirtiendo en preocupación a lo largo de estos años y me ha llevado a escribir “Educando la alegría”. Veo lo claro que tienen los niños y niñas los motivos para tener miedo. Les veo resignados. Les veo o bien sobreimplicados en el propósito de responder a las expectativas de un mundo hostil y muy complicado o bien abandonando el intento de conseguir estar a la altura de ese mundo. Y a muchos que no logran resignarse, les veo siendo señalados: los que preguntan en exceso y cuestionan las normas, los que se mueven demasiado, los que se enfadan y no logran manejar ese enfado.

Lo veo en mi vida personal en la crianza de mi hijo, de mis sobrinos, de los niños y niñas a los que quiero y con los que convivo. Pero lo veo más si cabe en mi vida profesional cuando doy los cursos a las familias y a los profesionales, cuando hago supervisiones en centros de protección o cuando trabajo con centros educativos que quieren transformar el modelo educativo del centro. Es desde esa doble perspectiva, la personal y la profesional, desde la que he querido ofrecer una propuesta para sistematizar la alegría en la educación.

Veo a las familias y a los profesionales más conscientes que nunca. El modelo de crianza cambió, la intimidad y presencia en el cuidado que hay en muchos hogares no tiene referente previo. O en mi ámbito profesional, todo el movimiento que se lleva dando desde hace unos años en la llamada educación alternativa o la incorporación del vínculo afectivo y la educación emocional en el trabajo con niños y niñas. El cambio es real. Y es un cambio para bien. Pero a veces siento que a ese cambio le falta consciencia y sistematización.  Por eso he intentado centrar este libro en propuestas sistematizadas que den continuidad y estructura a esa opción por la alegría, a ese cambio.

Creo que ya nadie pondría en duda que hay que educar a los niños, niñas y adolescentes desde el vínculo afectivo, desde la estimulación y desde la protección. Pero es en el “cómo” hacerlo donde surgen los problemas. Quienes educamos queremos generar personas plenas y felices. Y nos hacemos responsables de nuestro papel en ello. Pero nuestra historia afectiva, nuestra memoria corporal, nuestros propios miedos… son la base del “cómo” educamos. Y esa parte no siempre queremos mirarla. Por eso tanto empeño en hablar del autocuidado en estas páginas. Mirarnos hacia dentro cambia nuestra mirada hacia fuera.

Y luego está el cansancio. Porque una educación con consciencia, tanto en las familias como en los centros educativos o de protección, conlleva cansancio. El control, los mandatos y el orden son menos cansados. Son más destructivos, pero son esquemas más fáciles de seguir. Y generan personas más sumisas, o más enfadadas, depende. Pero en cualquier caso generan niños, niñas y adolescentes pendientes de la aprobación de quien les  educa.

En mi experiencia, a los niños, niñas y adolescentes les cuesta saber qué quieren ellos y ellas. No sus familias, ni sus maestros, ni sus educadores. Ellos mismos. Qué quieren hacer, en qué quieren participar, dónde quieren vivir… Saben lo que se espera de ellos, pero no siempre si es lo que quieren.

Se sienten sobrepasados por la exigencia de un mundo ferozmente competitivo y una visión negativa del ser humano; por la cantidad de información que manejan que no siempre han podido procesar ni corporal ni emocionalmente y por la imposibilidad de tener referentes de trascendencia porque todos los que había (ideológicos, sociales o  religiosos) parecen haber mostrado ser en parte un engaño. Diría que quizá sobreviven sólo como referentes el afecto personal (el valor de la familia, la pareja y la amistad no ha desaparecido en ellos y ellas) y el dinero. Referentes muy diferentes entre sí, pero cuya eficacia la ven en su día a día cotidiano.

Por eso muchas veces les falta tener valor para perseguir aquello que desean. Porque volvemos al comienzo. El valor se educa. A más a más, a menos a menos. Y al valor se llega a través de la alegría. Les inculcamos miedo. Obtenemos miedo. Les inculcamos impotencia. Generamos resignación o enfado.

La alegría (también la esperanza y el amor) es arriesgada porque le da valor a la persona, puede transformarla. Y con la persona y a través de la persona, es un motor emocional que puede cambiar el mundo. La pregunta sigue siendo si quienes tenemos el privilegio de educar asumiremos ese riesgo. ¿Optaremos con consciencia y de forma sistemática por educar la alegría?

Lo dejo aquí. Gracias por acompañarme en este viaje y por hacer todo esto posible.

Te mando un abrazo. No cualquiera: uno de esos que alimentan la alegría.
Pepa

Balance a los 44

23 abril 2017
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Llevo unos días de reflexión pre cumpleañera. Pasado mañana llego a los 44. Y es una edad curiosa porque, aun no siendo ningun número redondo, está generando dentro de mí un tiempo de balance.

Es una sensación difícil de explicar pero es como si en los últimos tiempos, no sólo unos días, quizá ya unos meses, estuviera poniendo en perspectiva mi vida. Un ejemplo, en los últimos dos años he asistido a la muerte de varios padres de amigos míos, además de mi tía, y en sus entierros es cuando voy poniendo en verdadero valor mi experiencia de vida. Hace 24 años que enterramos a nuestra madre y 12 a nuestro padre. He vivido más de media vida ya sin ella, y viendo el dolor de mis amigos y de mis primos despidiendo a sus padres, o a sus abuelos es cuando pongo en su justo valor mi propio dolor.

Otro ejemplo, el otro día tuve una primera y maravillosa celebración de cumpleaños con alguna de mi gente de Madrid. Por primera vez en 10 años sin niños. Una maravillosa cena sin niños ;-) y hablábamos de las logísticas para poder dejarlos y salir todos, y escuchaba a mis amigos que eran parejas, y tenían a los abuelos y más, y me salió del alma decirles que eso no era nada. Logística es la que hacemos las familias monoparentales. Estar sola en la crianza de mi hijo. Ése es otro balance que empiezo recientemente a poner en su justa medida. Parece mentira después de 10 años pero así es.

Me reencontré con alguien a quien amé, y sentí que el balance de lo vivido adquiría un nuevo valor. Recibí un mail de otra persona a quien amé, todo en una semana. Más balance.

Mi camino profesional. Lo que he logrado, lo que he escrito, los errores cometidos, los aciertos, las apuestas…todo. Un balance increiblemente positivo.

Y en estas andaba cuando esta tarde, volviendo de un hermoso día en el bosque con José y unos amigos que nos han abierto su casa y su corazón, él ha puesto el mejor de los balances. Mi mejor regalo de cumpleaños.

Ibamos en silencio escuchando música en el coche y de repente, así porque sí, dice:

“Mami, sabes una cosa? Contigo me siento seguro. Porque me quieres, porque me das buenos consejos y me haces sentir cómodo. Gracias por ser mi mamá”

Se me han saltado las lágrimas. Y me ha dicho: “¿Vas a llorar? No llores, que lloro yo también”

Hemos llorado un poquito y sonreido al mismo tiempo. Juntos.

Pues eso, balance. Y un emocionado gracias a la vida.

Pepa

 

Vacaciones en Madrid

11 abril 2017
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En los últimos dos meses la prisa ha vuelto a mi vida más de lo que quisiera. No es una prisa física, que en eso el mar sigue marcando su pauta. Tampoco de viajes porque ya no viajo mucho. Es esa prisa que se te mete dentro cuando llevas mucho encima a la vez. Demasiada información, muchos proyectos, muchas cosas sucediendo al mismo tiempo. Y casi todas buenas. No hay queja, pero sí cansancio.

Así que escribo poco, porque escribir aqui no conlleva sólo tiempo físico, sino tiempo del alma, y ése es el que tengo a retazos estas semanas. Y esos retazos los entrego a quienes están cerquita, y al peque sobre todo.

Pero cuando mi alma anda atolondrada me vuelvo seca, impaciente, incluso brusca a veces. Y no me gusta, pero son mis límites y con el tiempo, poco a poco, voy aprendiendo a no pelearme demasiado con ellos. Y me doy cuenta de que la gente que me quiere se sonríe. Y me hace sonreír de mi misma. El otro día en un grupo de trabajo maravilloso, mi compañero de Espirales CI, Javier, hizo una imitación sobre mis actuaciones en el trabajo que yo no hubiera hecho mejor. Me reí muchísimo viéndole, y al mismo tiempo pensé que hacía falta una sensibilidad inmensa para percibir tantos detalles en mí (aunque son muchos años ya trabajando juntos) pero sobre todo, para podermelos mostrar con delicadeza y humor. Me sentí una privilegiada por trabajar con gente como él, y el resto de gente que compone ese grupo.

Por no hablar de hacer compatible la logística maternal. Ahi estábamos en el retiro haciendo una reunión de trabajo al sol durante cinco horas mientras mi hijo y una amiguita suya montaban en bici, saltaban y brincaban alrededor. Y toda esa magia sucedía a pesar de mi impaciencia.

Pero es que cuando esa reunión acabó y fuimos a comer, al salir con los niños, una mujer me paró por la calle. Me preguntó si era yo, y me dijo que necesitaba decirme lo importante que había sido yo en su vida, que el libro de “Ser madre, saberse madre, sentirse madre” le había dado luz porque ella también es madre soltera, y que seguía este blog y la llenaba de vida. Lo dijo todo atropelladamente con emoción. La abracé largo y le di las gracias y casi lloro. No es sólo que me paren por la calle, es que me pararon para decirme algo así, que sin saberlo me devuelve más de lo que sé expresar.

Así que el Madrid luminoso de vacaciones lleva días regalándome cosas. Atolondradas, como es Madrid, como estoy yo. Pero preciosas. Cuando aterrizamos el otro día en el aeropuerto mi hijo decía “¿Sabes mami? Me gusta Madrid, me gustaba vivir aquí pero tengo que reconocer que me gusta más vivir en Palma” a lo que le contesté “Pues ya somos dos”. Pero estar aqui es también estar en casa. Me doy cuenta de que es digno hijo de su mamá en dos cosas: viajar, que ya le parece la cosa más natural del mundo, y la vida social, que ya tiene agenda casi peor que la mía ;-)

Nuestra gente. Nuestra alma. Porque hay lugares que guardan pedazos de nuestra alma, y cuando vuelvo es como ponerme esa parte de mi piel de nuevo. Sigo siendo yo. Esa parte de mí que siempre guardará esta ciudad. Es divertido, antes ibamos de vacaciones a Baleares en busca de la mar, ahora venimos a Madrid. Las espirales, todo es lo mismo pero todo ha cambiado porque yo he cambiado. Y ver a José enseñarle a su amiga del alma de Palma sus rincones de Madrid, su ex cole, su ex casa, su ex parque, su escuela infantil, sus lugares favoritos..me recordaba a cuando me vine a vivir a Madrid para estudiar desde Zaragoza y llevaba a todos los amigos que iba haciendo en Madrid a Zaragoza, para que conocieran aquello, porque pensaba que si no lo conocían habría una parte de mí que no podrían entender. Al cabo de un tiempo dejé de hacerlo, y comprendí que no soy de Zaragoza ni de Madrid sino de la carretera que los une. Esa carretera ahora se ha convertido en triangulo, entre Zaragoza, Madrid y Palma, pero las cosas fluyen. No hay miedo, ni necesidad de cuadricula. La gente que me conoce y me ama conoce poc a poc mis orígenes, como le pasa a José. Aunque sigue siendo bonito ver su cara mostrando y la de su amiguita conociendo.

Hubo un momento que no tiene desperdicio. José me pidió ex profeso ayer poderle enseñar a su amiga su ex cole. LLegamos, estaba cerrado por fiestas, aparqué, se bajaron y José se giró a su amiga y con los brazos abiertos mirando hacia el cole le dijo “¿A que no tengo que explicarte nada más?”. Ni siquiera le hizo falta pasar de la puerta. Ella contestó: “no”. Y él rubricó “pues eso”.

Así que la casa de tia Tere, los amigos, el cumpleaños de Mario, su primo, faunia (no podía faltar!), el retiro… un regalo tras otro. Y hacer compatible eso con reuniones, un curso que increíblemente logramos entre todos que fuera mágico, el mail que se estropea, llamadas y mucha dosis de realidad, de esa que te da escalofrío.

Pero al final queda eso. El sentido. Los tiempos del alma. El gesto de aquella mujer, o la aceptación de aquel equipo. Y la cara de gozo de mi hijo al levantarse en casa de su tía con algunas de las personas que más ama todas juntas.

Pepa

Pd. ya os lo iré contando, porque este año salen publicadas varias cosas que son el resultado de mis últimos años de trabajo. Dos libros: “Educando la alegría” que sale en mayo y “La mirada consciente” que sale en verano. Y entre medias, de aqui a finales de año, algunos artículos y un par de guías para familias. Parece que hay algo en el aire ;-)

El horror que no sale en las noticias

13 febrero 2017

El otro día alguien a quien quiero y admiro profesionalmente me contó algo que me estremeció y le pedí permiso para contarlo aquí. Va tal cual porque no hay palabras.

En un colegio de infantil y primaria, un niño de cinco años está fuera de clase con su profesora porque está gritando y pegando. De hecho cuando ella se acerca está tirado golpeándose con la cabeza en el suelo. La orientadora se inclina, lo abraza y lo sostiene hasta que el niño se va calmando poco a poco. Tiene cinco años.

Cuando ya puede hablar tiene lugar la siguiente conversación:

– Cariño, ¿estás mejor ya?

-…

– Un día de estos te voy a llevar a pasear por la playa juntos, te apetece?

– Un día no, muchos.

– Vale- sonríe- Pero tendremos que avisar a tu madre, que si no se preocupara, y dirá “¿dónde está mi hijo?”.

-No lo dirá. Mi madre no me quiere.

– …¿Cómo lo sabes?

– Estas cosas se saben- dice el niño mientras le mira con expresión de quien dice algo obvio- No me quiere.

– Pero sabes que yo sí te quiero, verdad? ¿Cuánto crees que te quiero? ¿Así- señala entre dos dedos muy pegados- así- un poco más alejados- o así- entre las dos manos?

– Así- dice el niño, poniéndose en pie con los brazos abiertos de par en par y abrazándola de nuevo.

– De todos modos, mi madre me va a llevar al médico- dice el niño.

– ¿Ah, sí? ¿Por qué? ¿Estás malito?

– Sí.

– ¿Qué te pasa? ¿Te duele la tripa?

– No.

-¿Tienes fiebre?

– No.

-¿Entonces?

– Me va a llevar al médico porque estoy malito de aquí, de aquí!- Dice señalándose la cabeza.

La orientadora sabe que al niño le han derivado a evaluación para medicarle por un diagnóstico de hiperactividad.

Cinco años.

Él nunca saldrá en las noticias. O quizá sí. Quizá de mayor tanto dolor le lleve a hacer alguna tontería que haga daño a otros o a sí mismo, y que servirán para llenar titulares sobre lo mal que están los niños y niñas de hoy en día y el incremento de determinadas patologías.

Sin palabras.

Pepa