Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Mujer calva

Ayer vi por fin el documental de Mujeres Calvas. Fui a verlo con dos personas a las que amo. Y, aunque he escrito varias veces en este blog sobre mi pérdida de pelo, quiero honrar y agradecer a Sandra, la directora y a Julia y al resto de las protagonistas del documental escribiendo hoy aquí de nuevo sobre mi vivencia.

Empecemos por los hechos. Llevo doce años calva. Soy un caso más de los muchos que hay y que, por desgracia y tal y como refleja el documental, quedan ocultos de una enfermedad autoinmune que se llama alopecia areata universal. Perdí mi pelo completamente, la cabeza, brazos, piernas, cejas, pestañas..todo hace doce años después de un susto que tuve con mi hijo. Hubo una primera perdida parcial que recuperé y luego la total. Y desde entonces vivo calva. Nunca he llevado peluca, fue la única forma que encontré coherente conmigo misma de vivirlo, pero eso sólo habla de mí, y llevé pañuelo hasta hace tres años que me lo quité. Hace seis años recuperé las cejas y las pestañas y desde hace tres parece que está volviendo el pelo pero está por ver. En lo que a mí respecta, estoy calva.

No tengo cáncer, soy así de afortunada y a lo largo de estos años he sentido el calor y el cariño de la gente que se acercaba a preguntarmelo una y otra vez en conferencias y congresos. Si buscáis mi nombre en Google la primera o segunda búsqueda que aparece asociada además de «Pepa Horno libros» es «Pepa Horno cáncer». Ése es uno de los primeros datos que quiero rescatar del documental. Porque yo vivo esas preguntas como gestos de cuidado y calidez pero hablan del desconocimiento y falta de visibilidad de la alopecia areata como enfermedad, especialmente entre las mujeres.

Y ese desconocimiento tiene sus consecuencias, porque una de las peores cosas para mí de la enfermedad durante estos años ha sido el sufrimiento que ha causado a mi hijo. En el docu lloré cuando aparece Carles, el hijo de una de las protagonistas. Cuando se me cayó el pelo mi hijo no había cumplido los 8 años y estuvo un par de meses pensando que yo le estaba ocultando que tenía cáncer para protegerle, con una angustia increíble. Los niños en el cole habían preguntado a sus padres por qué yo llevaba pañuelo. La respuesta había sido porque tenía cáncer. Respuesta desde la buena voluntad y la ignorancia. Así que los compañeritos de clase le habían dicho a mi hijo que seguro que yo estaba enferma y se lo ocultaba para no preocuparle. Fueron meses de angustia para él. La ignorancia y la falta de visibilidad de las enfermedades causa dolor y daño.

En el documental hablan de la soledad, de pensar que eres la única «pelona» como se llaman ellas, en el mundo. Yo tuve la inmensa suerte, que nunca podré agradecer suficiente, de tener una amiga que llevaba ya varios años calva por la misma enfermedad y que me guió, me informó y me sostuvo en aquellos primeros meses. Porque esa parte, la peor, la de los meses de caída imparable del pelo, es lo que no sale en el documental como una opción personal por parte de la directora y sus protagonistas. Sale sólo reflejado en la escena inicial. Qué perfectamente bailada está la angustia en esa escena! Esos gestos, esa imagen del agua infinita, hablan del peor momento, el de la caída. Cuando te levantas con la almohada llena de pelo, te pasas la mano por la cabeza y te llevas mechones enteros, vas a la pelu y ves la cara de horror de la peluquera y tantas otras cosas, las cintas para intentar disimular, el miedo a ponerte y quitarte el abrigo.., tanto!.

Por mucho que lo exprese y lo escriba nunca podréis haceros idea de lo que echo de menos que me acaricien el pelo. Es de las cosas que más me gustaba en la vida, mi madre lo hacía desde que era niña y de ahí a mis parejas..ahora el único que lo hace es mi hijo, y lo hace con naturalidad y con una ternura que me conmueve. Pero el resto del mundo no se atreve a acariciar una calva, o al menos poca gente. Y eso es algo de lo más bonito que aparece en el documental, la cantidad de veces que las protagonistas se acarician sus preciosas calvas. Hay hombres y mujeres capaces de acariciar una calva, pero son los menos.

La caída es lo peor. Y para mí, si lo tuviera que resumir, fue un aprendizaje de humildad. Sentir que no tenía ningún control sobre lo que pasaba, que no podía pararlo. Yo, que estaba acostumbrada a poder y a controlar, tuve que rendirme. La vida me hizo rendirme. Y fue una lección que no he olvidado.

Pero mi amiga me salvó de mucho de lo que aparece en el documental: los tratamientos dañinos, los corticoides, los inmunodepresores, la falta de información, la soledad y la culpa. La culpa. Esos comentarios de «es por estrés, tienes que estar tranquila, tienes que aceptarlo, si no, no vas a mejorar». Entender que esta enfermedad puede tener un desencadenante por estrés en muchos casos, como me ocurrió a mí, pero en otros no. Es, como todas las enfermedades autoinmunes, un misterio aún para la ciencia ortodoxa y para la heterodoxa. Pero que no se mantiene por estrés, ni es culpa de la persona, ni es algo que nos provoquemos a nosotras por nuestra forma de vivir. Sobre todo pensando en casos como los que aparecen en el documental, que empiezan al año de vida o a los cuatro años.

Porque eso también sale en el documental, la búsqueda desesperada de soluciones, sean ortodoxas o alternativas. Yo también lo hice todo. Busqué y busqué durante años, en lo ortodoxo y en lo alternativo. Hasta que dije basta. Y decidí internamente que, si tenía que volver el pelo, volvería y si no, viviría calva y punto. De eso hace cinco años.

Hace seis años me volvieron las cejas y las pestañas (eso no sale en el docu pero para mí es lo peor, se te mete todo en los ojos, lloras, te escuece, nunca pensé que lo peor de perder el pelo sería perder las pestañas) y ahora me está volviendo el pelo en la cabeza. Por qué ahora? Ni idea. Por muchas cosas y por ninguna. Se quedará el pelo? Ni idea. Lo que sé es que, si se queda, será de forma natural y sin ningún tratamiento, como está pasando.

Y luego está la forma de vivirlo. Y ésa es la parte más bonita del documental, que refleja el derecho de cada persona a vivirlo como quiera, con peluca, con pañuelo, al aire. Es verdad que la asociación trata de que las mujeres lo vivan libremente y hablan de la peluca como una prisión, como una mentira. Qué bueno es cuando una de las protagonistas que lleva viviendo la alopecia areata desde su primer año de vida, explica cómo la enfermedad le ha obligado a vivir mintiendo siempre. Se habla de los costes de la enfermedad: la perdida de trabajos, el odio en las redes sociales, el bullying en el cole..todo lo que conlleva la diferencia. Y el miedo, y el dolor y la angustia. Y el valor sanador que tiene encontrar a mujeres que viven lo mismo que tú. La infinita suerte que tuve yo de tener a mi amiga y a una red amorosa a mi alrededor de personas que nombraban la alopecia, la normalizaban, hablaban de ella. Cuando estaba en la fase de las cintas, me compraban cintas, luego me regalaron pañuelos, luego me ayudaron a quitármelo en la playa y luego, ya viviendo en Palma, a vivirlo con absoluta normalidad. Mi gente de Palma nunca me ha conocido con pelo, me ven en fotos con melena y se sorprenden. Ellos y ellas han querido a la Pepa calva, no han pasado el duelo y eso se nota mucho. Mi gente de Madrid y, ya no digamos mi familia y mi gente de Zaragoza, aún les duele cuando me miran. No lo dicen, pero todos los sabemos.

Y en el documental se habla de mujeres porque esta enfermedad afecta a hombres y a mujeres pero hay una diferencia abismal entre quedarse calvo como hombre y quedarse calva como mujer. En esto la desigualdad sigue omnipresente. Yo lo he vivido además con una profesión pública en la que doy conferencias y entrevistas constantemente. Y tienes que sostener las miradas. Esas miradas en las que se mezcla la compasión con la admiración con el miedo a que les pueda pasar lo mismo que a ti. Es todo junto. Y todo en silencio sin expresarlo. Todo lo que flota en el aire y nadie dice pero se puede palpar. Así que sí, tiene sentido que este documental se proyectara aquí en Palma en unas jornadas sobre igualdad e interseccionalidad.

Ése es un concepto clave para explicar mi vivencia: interseccionalidad. Lo que viene a decir es que las causas de vulnerabilidad no se pueden abordar de forma separada como si fueran compartimentos estancos que no se influyen entre sí. No se puede pensar que es lo mismo tener discapacidad y además estar en situación de pobreza y ser de etnia gitana que tener discapacidad con un nivel socioeconómico alto y siendo europeo. Del mismo modo, no es lo mismo ser calva y además mujer y además estar obesa como es mi caso, que sólo estar calva. Las causas de vulnerabilidad, cuando se dan conjuntamente, incrementan exponencialmente el daño y dificultan su abordaje. Es necesario tenerlo presente en el diseño de políticas. Y en el abordaje de las enfermedades, sean cuales sean. Podría escribir largo sobre este tema, sobre si es más invisible el significado y el daño de la obesidad o el de la alopecia y cómo se cruzan ambos, pero lo dejo así.

Porque hay algo con lo que quiero acabar este post homenaje a las pelonas valientes del documental. Y es una reflexión sobre la identidad. Cuando se me cayó el pelo, yo cerraba los ojos y me veía con melena. Y abrirlos y verme en el espejo me hacía llorar. Ahora cierro los ojos y me veo calva. Significa eso que mi identidad ha cambiado? Hay una Pepa con melena y una Pepa calva? Son dos personas? Durante mucho, mucho tiempo defendí que no, que mi identidad no la definía mi pelo. Pero ahora, al cabo de los años, he llegado a entender, y esto es sólo mío, mi vivencia, no tiene por qué ser la de otras personas, que mi pelo me define. Yo soy la Pepa con melena. Siempre lo fui y lo sigo siendo. Tengo 53 años y he vivido con pelo 41. Aunque no recupere del todo mi pelo nunca, seguiré siendo la Pepa con melena. Y ése es el duelo. Poder vivir sin algo que te define y algo que sientes hermoso de ti. Siempre me gustó mi melena, era de las partes que me gustaban más de mi. Y eso es justo lo que da la medida al dolor de su pérdida. Que viva una vida feliz y plena como la Pepa calva que soy ahora mismo no significa que dentro de mí no sea la Pepa con melena. Lo soy. Y ambas cosas son compatibles. Es como cuando muere alguien que amas. Que no esté físicamente no significa que no siga vivo en ti. Pues mi melena sigue viva en mí. Y yo sí la acaricio cada día.

Gracias, gracias, gracias, preciosas y valientes pelonas del documental. Gracias por romper la soledad de tantas mujeres, con tanta belleza y tanta ternura. Espero con este post haberos honrado suficiente.

Pepa

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Un hilo tejido de amor

En las últimas semanas ando recibiendo regalos de la vida. Supongo que siempre están, pero no siempre tenemos la consciencia para recibirlos. Pero quiero compartir algunos desde aquí, que son huella para mí y que siento que merecen ser compartidos.

LOS HILOS TEJIDOS DE AMOR Y MEMORIA

El olor a azahar de los naranjos, la voz interior, la dignidad de un hombre sentado en una piedra y el amor que puede volver a ser expresado. La vejez de mi madre que no pude vivir, el valor de una mujer pequeñita, el mimo de un hijo y el hilo que se va construyendo. Y el privilegio de escuchar esa voz interior que vuelve, sobre todo esa voz.

Todo esto y mucho más, más de lo que las palabras pueden expresar lo traen a tu vida personas mágicas: «Las personas mágicas existen. Aparecen como de la nada. Llegan a tu vida y empiezan a hablar de todo. Hablan de alegrías, daños y heridas. Cuando te das cuenta, no te acuerdas cómo era tu vida antes de conocerlas. Y allí están».

Y ante regalos así, solo puedes aceptarlos con gozo y agradecimiento y cuidarlos y acariciarlos todo lo que te dejen.

SENTIRTE QUERIDA Y PROTEGIDA AL MISMO TIEMPO

Ése es un regalo que me ha llegado en forma de vivencia amada y de recordatorio profesional, ambos de la mano estas semanas.

Escribí un día en el hilo: «la herida se guarda en el cuerpo, en cada temblor y se sana con caricias. Las palabras, narrar la memoria, permite encajar las piezas y ver el hilo, pero sin caricias, sin abrazos el cuerpo tiembla y se revuelve y la herida no sana. Es eso a lo que me refiero cuando digo que el amor no sana pero sin amor no te sanas. Es la mirada del otro, la caricia, el abrazo, la ternura la que sana la herida».

Y otro día: «Poder sentirse querida y protegida al mismo tiempo, acariciada y contenida en tu dolor es algo muy raro y muy valioso. Pero solo así puedes reconocerte en la mirada del otro, en su abrazo, sólo se puede si es verdad, si el otro puede entender que el amor y el miedo pueden ir de la mano, que se puede querer a alguien de quien al mismo tiempo sabes que has de protegerte».

Esa es la vivencia mientras te cocinan, te escriben, te toman de la mano y te abrazan en varios momentos y de varias formas.

Pero además llega profesionalmente cuando vas a un congreso de psicología donde, sobre todo, se habla de cuerpo y de duelo y en donde escuchas cosas como:

«Estamos programados para el apego en un mundo de impermanencia» Robert Niemeyer
«La familia sostiene, desorganiza o cronifica» P.Fonagy
«Experiencia (pasado), vivencias (presente) y horizonte (futuro)» P.Fonagy
«El cambio siempre es una puerta que se abre desde adentro» Tom Peters

Y al final también profesionalmente vuelves a tus claves de hace años: las tripas, la consciencia, la compasión, el duelo y la disociación. Y te das cuenta, una vez más, de cómo la vida construye hilos.

Y, cuando estás en un tema, te llega por todos lados porque estas últimas semanas he tenido algunas sesiones en consulta y en supervisión dolorosísimas pero también llenas de compasión y de consciencia donde la muerte queda unida de forma definitiva a un puente al otro lado donde lo que hay es amor. Y piensas la de veces que has escrito esa frase a la gente amada que ha perdido a alguien: «recuerda que el amor es lo único que vence a la muerte». O encuentras a una adolescente que sigue guardando dentro a una bebé que necesita ser arropada con un potito y un chupete. Eso son huellas, eso es dolor, eso es el horror ante el que mucha gente vuelve la vista o se siente demasiado asustada para ser cobijo.

Así que en lo personal y en lo profesional por igual, te reafirmas en tus opciones de vida. Tu lugar es un lugar donde los egos se quedan vacíos y las palabras huecas si no están tejidas de ternura, cuidado, mimo y dignidad.

ACARICIAR EL ERIZO

Esta entrada de blog la empecé hace dos semanas, con unos días que fueron muy especiales. Comenzó con un fin de semana de amistad de la buena paladeada que acabó en una cena inolvidable frente a la chimenea, esta vez apagada. Siguió en un taller sobre la integración de la historia de vida en la que dije y sistematicé cosas que no había dicho antes (narración y consciencia) y en el que me sentí orgullosa, amada y perdonada todo junto. Me escapé a un lugar mágico que da medida a la inmensidad del esfuerzo y al valor de preservar la tierra, pude oler el olor a pino de mis veranos de niña y conmoverme ante el valor de una amiga, un poco más si cabe de lo que ya me conmovía.

Estuve con una mujer suficientemente valiente para mantenerse coja con la pierna hacia arriba y aceptar la ayuda que necesita y el amor de quien la sostiene. Abracé largo a dos de mis personas favoritas del mundo, mundial y a su madre que es ancla y cobijo para mí. Y al final, después del congreso y de varios regalos en forma de abrazos, pararte por los pasillos, cenas con alguien que te mira con mucho amor, relato amado junto con libros y decimos de lotería…

Después de todo eso, acabé la semana cenando para celebrar que la maldad no vence si tienes una red de amor que te sostenga y que la vida, si logras que el miedo no te bloquee, está llena de amor y te permite aprender a acariciar el erizo e irte al concierto/deuda pendiente.

SAN JOSÉ, MEMORIA DE VIDA Y ANIVERSARIO

Y esta semana que empieza hoy no es cualquier semana para mí. Empieza con el cumpleaños, que es hoy, de un amigo que se fue pero sigue dentro de mí, de su mujer, de sus hijas…de mucha gente. Los cumpleaños de la gente amada siguen siendo cumpleaños aunque ya estén al otro lado, porque celebras su vida y el amor que te dieron. Y sigue con San José. Cada año escribo en San José. Se une mi santo y el de mi hijo con el aniversario de la muerte de mi padre. Cuando murió pensé que no podría volver a celebrar San José sin él (siempre lo celebrábamos juntos su día del padre con mi santo), hasta que dos años después llegó una llamada en la que me dijeron: «tenemos un niño, un bebé que se llama José». Y empecé a llorar de emoción y felicidad y a decir «sí, sí, sí» a todo lo que me preguntaban. Y sigo diciendo sí y llorando a menudo de emoción y felicidad. Y aunque haya habido también a veces lágrimas de cansancio y temblor, fue el mejor «sí» de mi vida. Pasé de celebrar San José con mi padre a celebrarlo con mi hijo. Y este año con mi hermana y mi cuñado (el mimo de sus visitas a la roqueta) y con mi gente amada de Palma. Porque ya que estamos aquí (normalmente siempre viajamos) toca celebrar y compartir las virutas.

EL REGALO DE UNA FOTO MEMORIA, VIVENCIA Y HORIZONTE

Reapareció inesperada. Es mi melena. Es mi sonrisa. Y fue un día en el mar y una mirada amada (dos, en realidad). Y es mi horizonte, en el que voy a ser «una ancianita feliz con una melena gris» 😉

DOS CITAS REGALO PARA ACABAR, UN AMANECER Y UNA RECOMENDACION LITERARIA

Y toca regalar a quienes me estéis leyendo también.

Un libro: «Podrías hacer de esto algo bonito» de Maggie Smith. Hacia tiempo que no me emocionaba tanto.

Un amanecer de estos días, de ese privilegio cotidiano en el que vivo:

Y dos citas:
«Dentro de un abrazo puedes hacer de todo: sonreír y llorar, renacer o morir. O quedarte quieto y temblar adentro,
como si fuera el último»
Charles Bukowsky

«Me gustaría asegurarme de que todos entiendan que cada uno tiene un papel que jugar en la vida. Puede que no sepas cuál es, puede que no lo encuentres, pero tu vida importa y estás aquí por una razón. Y solo espero que esa razón acabe haciéndose evidente conforme vayas viviendo. Y quiero que sepas que, seas o no capaz de encontrar ese papel, tu vida importa y cada día que vives marca una diferencia en el mundo. Y tendrás que decidir la diferencia que quieres marcar. No te rindas, hay un futuro para ti. Hazlo lo mejor que puedas»
Jane Goodall

Gracias por todo, por tanto.
Pepa

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Quedarse sentada o levantarse

Hay una imagen que se repite en mi vida y que recientemente me han recordado. Soy yo, desde muy niña, sentada en una silla esperando. Esperando a que me elijan: para un trabajo, para un equipo, para salir a bailar o para la vida. Esa actitud de quedarte sentada esperando ser vista y sobre todo ser elegida. Hasta que un día decides que eso no va a pasar y sales a bailar sola, creas tus propios equipos, crias sola y creas una vida propia y buena.

Ser invisible o sentirte invisible o hacerte invisible, probablemente un poco de cada. Y se puede crear una capa de invisibilidad tejida de quietud y silencio, pero se puede crear una mágica tejida de movimiento, éxito, amistad y cuidado.

Porque la tercera opción sientes que no cabe, que a ti no te corresponde. La opción de ser tú quién saca a bailar, tú quién forma el equipo para jugar a basket o tú quién elige compañeros de camino. Se trata de mostrarse valiosa, hacerse necesaria y así poco a poco te ven. Y paradójicamente (o quizá no tanto) acabas teniendo una profesión pública, hablas ante cientos de personas que te miran y te ven. Acabas teniendo una red de amistad que excede lo que nunca imaginaste, pero te cuesta dejar ver esa parte más frágil, más íntima, más vulnerable. Y ahí, de nuevo, vuelves a tu edificio, y te quedas quieta y callada esperando que se den cuenta de que los necesitas, esperando que te vean y te elijan.

Levantarse por otros, para proteger, para defender, para ser leona de quienes amas, es fácil, pero hacerlo para sacar a bailar a alguien, hacerlo por ti es mucho más difícil. Al menos para mí lo es.

Y recuerdo a las mujeres pequeñas y valientes que han pasado toda una vida invisibles, sentadas en sillas al sol. Tejiendo para otros, viviendo para otros y cómo también ellas pueden aprender a bailar solas y acompañadas.

En mi caso al final es ahora, a mitad de la vida, cuando empiezo a sentirme vista incluso en la fragilidad, elegida incluso en la pequeñez, cuando he aprendido a pedir ayuda y a no permanecer callada. Ha sido todo un camino y esta semana me han recordado que aún me queda una parte sutil y difícil de recorrer de ese camino. Pero estoy en ello. Eso es lo que me está pasando por dentro, le hubiera contestado a un amigo que me preguntó esta semana qué me estaba pasando por dentro dando forma a un piropo tan bonito como honesto. Piropo porque para hacerme esa pregunta necesitó verme. Y me sentí vista.

Estoy en ello. Y quería compartirlo por todos los que me leéis que hayáis tenido vuestras propias sillas.
Pepa

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La vida, las brujas y yo

A lo largo de toda mi vida he recibido regalos extraños, hermosos, conmovedores. Regalos que llegan en miradas, en caricias, en mensajes. Y siempre me han llegado de forma inesperada a través de mi gente amada. Uno de esos regalos han sido mujeres poderosas y proféticas. Es verdad que casi siempre fueron mujeres, aunque algún brujo se coló por el camino con gran y tenaz acierto. A veces fueron ángeles y a veces brujas, que para mí son en cierto modo lo mismo.

Y todas esas mujeres, empezando por mi madre, me enseñaron algo fundamental: a confiar. A abrir mi mente, a entregarme, a saltar del precipicio a pesar de mis temblores. Me recordaron que la vida va más allá de lo que vemos físicamente, que lo más valioso de la vida no se ve pero se siente: el amor, el temblor, las certezas, las tripas… todo eso que construye los hilos de la memoria y el sentido.

Y todos sus mensajes, sus aprendizajes se entremezclaron con mi lucidez a la que no renuncio, con mis tripas que atesoro y con mi red de amor que me ampara. Todo ello junto. No sé ni quiero separarlo. Sólo me dejo, confío, y tomo aquello que la vida me envía. Y, como recuerdo siempre a la gente en consulta, confiar cuando la vida te trata bien es fácil, pero confiar cuando la vida hace daño (qué brujo que es Llach) o cuando partes de un edificio dañado se vuelve tarea de titanes.

Pero si algo he aprendido de la vida y de las brujas es que la consciencia y la salud mental se basan en dos cosas: la confianza y la compasión.

Confiar implica entregarse. Y para entregarse es necesario reconocer la propia vulnerabilidad, nadie que se crea fuerte se pone en manos de otra persona, se abre a ella, se abandona. Es la vulnerabilidad la que nos hace fuertes. No olvidar el temblor con el que nacemos que encuentra refugio, si tenemos suerte, en brazos amados que nos cobijan y sosiegan. Sin confianza no hay vínculo. Y sin vínculo, sin esa mirada de un otro y ese cobijo, no es posible la vida. Vivir es un acto de fe. Literalmente. Nadie nos garantiza no salir dañados, muy al contrario, nos garantizan la moneda de dos caras: el amor y el dolor, el abrazo y el olvido, la caricia y el dolor… la luz y la oscuridad. Pero cuando llega la oscuridad, son los vínculos los que nos rescatan, nos abrazan, nos acarician y nos dan calor.

Y la compasión. La inmensidad de daño que hay en el mundo lleva a las personas que sufren a hacerse daño o dañar a otros. Cuando ves el hilo, cuando sabes y puedes construirlo, se acaba cualquier posibilidad de juicio. Protegerse es obligatorio, sobre todo cuando te topas con la maldad, pero enjuiciar no cabe. Sentir compasión hacia nosotros mismos, hacia nuestros errores, nuestras limitaciones, nuestra pequeñez. Mirarnos al espejo con dulzura y sentido del humor. No ser nuestros peores jueces, sino entender nuestros propios hilos. Y compadecer a los demás, desde la humildad de no saber, desde la certeza de los hilos ignorados. Quedarnos en las preguntas sin respuesta, en el silencio, incluso en el escalofrío. En ese justo y difícil filo.

Saber mirar, saber escuchar, saber amar. Quedarme quieta. Ser fiel a mí misma. Y recibir a las brujas y a mis ángeles como un regalo.
Pepa

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Un informe entre amaneceres

El año pasado empecé el año enferma en la cama. Este año lo empecé bailando, luego haciendo de taxista por la roqueta para dos de mis personas favoritas en el mundo. Y más tarde viendo amanecer mientras me sentaba a escribir, por cuarto día, un informe que tenemos que entregar a la vuelta de navidad. Este amanecer que fue el primero del año, de mi año.

Escribir un informe de los que hacemos en Espirales CI es como un viaje. Como cocinar. Como vivir. Tienes todos los ingredientes delante, pero no los tienes directamente. Tienes los relatos que otros te envían de lo que han hecho, de lo que han visto, de lo que les han contado. Igual que en la vida, que no tienes acceso a la verdad ni a la materia sino al relato y a la experiencia. Relatos que no siempre coincidirán y que serán cuestionados. Y por eso has de tratar de vivir desde las tripas, desde las entrañas, porque son tu vivencia y son tu verdad.

Y tienes que saber leer entre líneas, buscar el subtexto que enlaza todos esos relatos: el hilo. Como vivir, igual que vivir. Y luego encontrar una forma de hacerlo comprensible, de ordenarlo, de darle la prioridad a lo importante, metiendo ese dato, esa frase, ese testimonio que da fuerza y vida a tu argumento. Has de buscar patrones de significado y convertirlos luego en propuestas que puedan dar voz a un dolor que, cuando lo piensas, es infinito. Pero quizá puedas transformarlo.

Y mientras tratas de hacer todo eso se pasan las horas y los días. Anochece y vuelve a amanecer. Duermes y te levantas con la luz para volver a buscar hilos de significado. Y te recibe este amanecer.

amanecer2

Hoy ya es el quinto día de encierro y aún me quedan dos más. Y a ratos siento cansancio y temblor y miedo. Y todo forma un cúmulo de tristeza que no es tristeza pero sí. Porque en esos relatos se esconden dolores muy fuertes, lugares que preferiría no conocer pero que en mi trabajo me llegan casi a diario. Hay rostros que no he visto pero que casi puedo tocar. También eso es vivir. Sentir el dolor del otro solo porque es un ser humano, pequeño, frágil y hermoso. Sentir la rabia de la injusticia y de la impunidad. Sentir que el mundo es un lugar que merece la pena porque existen en él personas que pelean por la dignidad. Y sigues pensando: escríbelo bien, Pepa, dale una vuelta a esta frase, ordena mejor esta secuencia de ideas para que se entienda mejor, comprueba ese dato. Porque todo parece importante. Y es que lo es. Pero sin orden, sin estructura no se ve. Y si no se ve, no existe. De nuevo como la vida.

Y cuando te acuestas llorando por una mezcla de sensaciones ambivalentes, cansancio acumulado y sobre todo el corazón conmovido, te despierta esta luz a través de la terraza que te llega justo a la cara. Y no quiero moverme, para que no se pierda. Es esta luz, este color y no otro.

Y al final creo que, como dice un amigo, se trata de tejer memorias para existir. Y en ese informe se recogen muchas memorias de mucha gente que no tiene voz. Y como le digo siempre a mis compañeros de equipo en Espirales, son nuestros 13%. Los proyectos que hacemos, los informes que escribimos con suerte cambian un 13% de lo que habría que cambiar, y eso cuando hay suerte y hemos sabido tejer bien las memorias dándoles una estructura que las haga visibles e incuestionables.

Y pienso que ese combinado entre bailar, ser abrazada y abrazar, hacer de taxista y tener memorias en palabras es un buen resumen de mi vida. Y una maravillosa forma de empezar el año. Y la vida me sigue cuidando en forma de mensajes amados y amaneceres que vienen a mi ventana. Mañana tendré otra belleza esperándome porque aún me quedan un par de días de diez horas para acabar. Pero mañana haré un pequeño descanso para un abrazo río frente al mar antes de volver a releer lo que he escrito y corregir y corregir y corregir.

Feliz 2026 a quienes estáis al otro lado de esta página. Va a ser un año especial de nuevos comienzos, buenos amores y muuuchos abrazos. Y si queréis, aquí seguiremos.
Pepa

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La memoria perdida

Érase una vez…

Un niño de pelo largo y ojos encendidos que vivía en el bosque. Sus pies caminaban descalzos entre raíces, piñas y hojarasca con la misma facilidad que lo hubieran hecho en la arena de una playa infinita. Aquel bosque olía denso y anidaba en su piel.

Su madre le levantaba cada día con un cántico mientras acariciaba su cabeza. Él, como todos los niños y niñas inteligentes, remoloneaba en la cama haciéndose el dormido mientras recitaba de memoria la letra de aquella canción. Su primera letra memorizada. Después venían los vasos de leche caliente, el olor a hierba mojada, la lucha por caminar descalzo en el bosque y la resignación del camino al colegio. Cada día el mismo eco, la misma memoria.

Podía dibujar aquel camino casi a ciegas. El árbol rugoso que delimitaba la entrada a su hogar, el riachuelo que saltaba jugando a caerse, la enredadera de la que se colgaba arriesgándose a llegar tarde al cole y el camino de asfalto que aparecía anunciando la salida al mundo en el que había aprendido a olvidar.

La memoria se teje fragmentada y hay espacios que uno decide olvidar. Es la sabiduría de la supervivencia. Quedan olores, sabores, huellas en la piel. Quedan canciones y caricias. Queda el eco de miedo a cosas que no se sabe por qué se temen ni desde cuándo. Pero los caminos repetidos, las memorias cotidianas construyen un relato y ese relato se vuelve defensa y protección.

Así que el niño regresaba cada atardecer a casa junto a su madre, sus canciones y sus historias. Ella le enseñó a narrar el camino de la memoria. Cada noche construían una historia que empezaba él y a la que iban dando forma juntos. A veces eran historias de cuando él era bebé, a veces eran relatos escondidos sobre el miedo que había vivido ese día y otras eran historias metáfora protagonizadas por animales del bosque. Eran su segunda memoria, que acabó convirtiéndose en cuentos escritos cuando perdió la vergüenza y ganó la ternura.

Aquel niño se hizo hombre y cuando sentía que se perdía, volvía al bosque, a su olor y su textura, volvía a las caricias de su madre y volvía a las historias narradas con el corazón. Porque aprendió pronto que sólo cuando se habla de corazón se dicen verdades, aunque duelan y hagan temblar. El resto es ruido. Por eso le gustaba el bosque y los amaneceres sobre el mar, porque el sonido del mar y el sonido del bosque es cadencia y guarda memorias de alma.

Pepa
Noviembre 2025

Poema

Hay silencios que son gritos,
miradas que son caricias,
abrazos que son liturgia.

Hay huellas que no se borran,
surcos que son cauce de lágrimas,
ternura donde germina nueva vida.

Hay manos que te aferran,
gozos que alimentan el alma,
paisajes nuevos,
risas que son memoria y
mensajes de buenos días.

La poesía siempre me sirvió para expresar lo que apenas sabía balbucear. Vaya hoy mi poema al aire a la espera de recuperar la narración.

Pepa

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Carreteras

La vida es el viaje. Es movimiento. Es fluir unos ratos, despeñarse otros. Y en medio de todo, permanece el brillo del sol en las hojas de los árboles, los hilos de amor y el silencio, que susurra sin parar.

Susurraba aquella terraza frente al mar treinta años después. Estaba hecha de risas, de destellos, de candidez y de orgullo. Y esa llamada con quien luego fue su amor hablando de él y de la fortuna de haberle querido.

Susurraba aquella cala de niño, sin coger las llaves, en silencio y tratando de confiar, de querer, de no temblar ante el cuerpo descubierto. Y en aquella azotea hablaban los monstruos, pero tan bajito que había que conjurarlos.

Susurraba el llanto de aquella llamada, encogida en un cuarto a oscuras. Y el abrazo de esos brazos pequeños de quien conoce el azul que protege del escalofrio.

Susurraba ese abrazo de «vete contándome» o «lo conseguiste» o «tú siempre me dices que..». Esa primera llamada a las siete son amanecer siquiera y el frío de ese área de servicio que se llena de ecos cálidos en forma de mensajes. Alguna llamada que no puedes coger porque las lágrimas siempre te refugian en el silencio, en esa habitación de aquel primer año.

Y avanzas los kilómetros de aquella carretera. Y paras a vomitar. Y sigues. Y vuelves a parar. Esa carretera. Y al final no sabes quién eres, pero sí sabes quién no. Y giras en aquella salida.

Cuentas los minutos. El reloj también se escucha en el silencio. Te recuerda al reloj de tus abuelos entre aquellos libros que susurraban palabras. Siempre había palabras en las que esconderse.

Te abrazan. Y abrazas. Solo estás. Y el silencio sigue. Y el revuelto de tripas que no te deja comer.

Y al volver a la carretera, esa carretera, escuchas el viento y a tus ángeles. Tratas de cantar, pero no puedes. Sólo lloras.

Susurran los ojos de quienes son hogar y te esperan. Saben y compadecen y sólo esperan. Lo que necesites. Cuando lo necesites, dicen los ecos en el teléfono.

Susurra tu segunda madre al hablarte de aquella pistola. Esa pistola que habla de lo que nadie hace ni nadie nombra. Y escuchas los ecos de niña, que siguen en las calles de esa ciudad. Y en tu gente, esa gente que sabe.

Y cenas con quienes amas. Y ella te abraza largo, muy largo. Y el reloj de tus ángeles se ve tras el cristal. Y hay secretos que dejan de serlo, y está bien que así sea, porque hay dolores que no deben quedar en silencio.

Susurra la carretera de nuevo. Ya no hay regreso. Es otra carretera. Es otra vida. Y los kilómetros siguen. Y sigues parando a escuchar el viento. Y sin poder cantar. Y sin poder contestar al teléfono.

Susurran los ángeles de tu madre en la tierra de tu madre. Ella está ahí, no lleva pistola pero lo parece. Y manda a una ama vasca que te recibe como lo haría ella, te abraza, te mima, te cocina pero con gesto breve y profundo y dolorido y tierno.

Susurran las canciones en aquel autobús. Sigues haciendo kilómetros. Y no quieres, pero sí. Y estás con gente buena que te conoce pero no, te quiere pero sí. Y disocias pero le ves sentido. Y sale bien. Pero estás muy cansada. Aunque empiezas a cantar bajito.

Susurra la mirada de aquel aita que no oye pero sí escucha, de aquella ama que te mira con gratitud y temblor, de aquella niña y su patinete que escucha los sonidos del viento y danza con ellos. Y ese primer abrazo, otro abrazo vasco, de quien habla sin decir, de quien ama.

Y empiezas a sentir tu cuerpo. Te duele. Pero despiertas. Y sigues teniendo kilómetros por delante, el coche lleno, el barco esperando con un ultimo abrazo amigo antes de embarcar y un hogar lleno de abrazos al que llegar. Y habla tu cansancio. Y vuelves a la carretera. Y te sientes pequeña, frágil y sin ganas de locura ni de pelea.

Y en ese barco a oscuras, mandas tus azules a todos esos mensajes y llamadas no contestadas, a los abrazos, a los brazos de ese niño que cobijó tus lágrimas. Porque se trata de eso. De azules que vencen, de susurros, de los hilos de amor. Y piensas que es imposible explicar lo que fue esa carretera. Y lo intentas y no.

Pepa

Confianza

Habíamos acordado que esta entrada se iba a llamar «Un amanecer y una caca» pero sé que M. me perdonará el cambio de título y entenderá de sobras por qué. Y es que ambos sabemos que A. no lo llevaría demasiado bien pese a que nos dió permiso ;-).

Hay vivencias que son difíciles de describir, viajes de los que vuelves diferente. Algo dentro de ti ha cambiado y no tiene vuelta. Esta semana ha sido así para nosotros cuatro, y en el fondo para nosotros cinco.

Y lo es todo. Un bolso abierto que abre el camino a confiar. Los sitios para aparcar a la primera que hacen presentes a los angeles. Un palacio construido para alguien amado en el que se opta por preservar la felicidad y se planifica un regalo sorpresa. Un tren lleno que nos lleva a una playa donde construir una obra de ingenieria. Las partidas de Dixit y Pumba que generan vínculos nuevos y ponen a prueba los más primarios. La cara de asombro ante un regalo inesperado y la felicidad de los cómplices. Una peli cogidos de la mano. Una isla maravillosa que permite vencer el miedo a los peces. El azul que no se puede nombrar. El relato de una vida en dos frases. Aprender a flotar. Una cena en un atardecer y un baño loco, o no tan loco después de un atardecer perruno. Las espirales que se hacen visibles en pequeñas cosas. Y todo esto, envueltos en la red de amor.

Una mujer sabia lo definió con claridad. Es el amor incondicional: «nadie te va a pedir nada por lo que estás recibiendo hoy». Cuidar con mimo sólo porque sus caras le dan sentido a todo. Ése fue el primer y último sentido: sus caras.

Aprender que el dinero no tiene valor en si mismo, que no es sino un medio que se da cuando se puede y se prioriza la felicidad de quienes amas. Y que la herida de la estepa hace muy difícil recibir sin más, sin quitarle valor justo por dárselo monetario.

Aprender que el miedo siempre está. Que no es valiente quien no tiene miedo, sino quien lo afronta. A veces lo vence y a veces no, pero lo afronta. Que los monstruos existen pero que, igual que los escarpines y aprender a flotar protegen de los erizos o más bien a los erizos de nosotros. Aprender de hecho que si no los asustas, si no los temes, hasta los puedes acariciar en tu mano. Del mismo modo, la red de amor te sostiene ante la maldad. No te libra de ella, pero te permite mirarla de cara y saber que hay una parte de ti que no puede robarte por mucho que lo intente.

Aprender lo que significa un contacto de emergencia y una llamada. Que nadie abandona porque te portes mal sino por su propia locura o dolor o herida o un poco de todo eso junto. Y sobre todo, aprender que si confías y llamas, te rescatan.

Aprender que es para ti un regalo. Para nadie más que para ti. Aprenderlo todos, quien lo recibe y quienes lo damos. Porque eres digno de ser amado y de recibir.

Aprender que las personas pueden quererte antes de conocerte, que puedes formar parte de algo que va más allá de ti y que se hace cobijo y calidez, como una pececita que se vuelve niña y abraza sin parar.

Aprender que se puede ser bajito y hermoso, que nombrar las cosas varias veces ayuda a no olvidarlas y que los números tienen magia si eres un mago capaz de leerla. Que luchar para llegar a un avión tiene sentido, aunque duela y a ratos te haga sentir incompleto o partido por la mitad. Que uno ha de aprender a querer pero siendo fiel a uno mismo, a lo que ve, a lo que vive.

Aprender que hay muchas heridas y que cuando ves las de otras personas, a veces las propias se reactivan. Y te enfadas porque no querías, pero al mismo tiempo te conviertes en cobijo y en ángel y en mago que saca amor a raudales de un baúl de los recuerdos.

Aprender el difícil equilibrio entre cuándo estar cerca y cuándo algo más lejos, cómo se puede ser compañeros, cómo puedes recibir tanto sin ser la que importa, cómo el amor de dos niños te hace aún más privilegiada. Y hay algo dentro de ti que también cambia sin retorno.

Al final, cuando algo se prepara con amor, casi siempre sale bien. Ser cobijo, ser respuesta al interrogatorio permanente. Ser abrazo. Ser certeza. Una semana por la que podría optar, pero que conservaré en mi alma como refugio al que volver. Sé de sobra que lo haremos los cuatro. Porque ahora sabemos lo que significa confiar. Y no como una palabra racional, sino con toda la fuerza instintiva que da la vivencia.

Pepa

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Cobijo

Hay personas que llevan luz allá donde van. Ella la lleva. Pensaba escribirle un cuento, porque sé que a ella le gustan especialmente los cuentos que he escrito en este blog, pero me nace pintarla con paisajes. Porque ella es tierra. Y es luz. Y después de mucho tiempo y mucha consciencia, ahora lo sabe. Y verla es un gozo. Y escucharla cantar sencillamente me hace llorar. Nos hace a llorar a todos los que hemos tenido el privilegio de escuchar su voz. Esa voz que ha reconquistado.

Ella ha aparecido nombrada y en imágenes en este blog, pero no he escrito sobre ella. Todos los que me quieren y comparten mi vida saben ya a estas alturas del texto de quién hablo. Escribo de ella y desde ella. Porque para mí ella representa todo lo bueno que la vida me ha regalado, que ha sido mucho, muchísimo. Ha sido y es madre para mi hijo, y ellos dos juntos son mi ancla a la tierra. Es uno de mis mensajes de buenos días y una de las que aparece sin ser llamada cuando ve que estoy callada, cansada o triste. Es la que me lleva al bosque y la que cobija mis sueños cuando, como me sucedía estos días, necesitaba dormir.

Hemos establecido la bendita costumbre de escaparnos al norte solas, sin nuestros hijos, unos días en verano. Huimos del calor del verano de la roqueta y cuando la gente nos pregunta qué hacemos esos días, lo solemos resumir en: conversar, pasear, bañarnos (siempre hay bosque y agua donde vayamos) y reír. Es tiempo detenido. Es alimento para el alma. Y cuando vuelvo a casa descansada, en otro tono, con la sonrisa en la cara y tranquila no puedo evitar pensar en ella, en el bálsamo que trae a mi vida.

Estos  tiempos del alma, esa sensación de salir del mundo y parar el tiempo la he compartido con otras personas. Recuerdo viajes y lugares a los que puedo volver sólo con cerrar los ojos. Por eso me nace escribir sobre ella pero va más allá de ella. Viajar ha sido, junto con la buena conversación, mi vicio más importante, y lo sigue siendo. Pero encontrar buenos compañeros de viaje no es fácil. He tenido auténticos privilegios en ese sentido, todos los viajes con J. o aquel viaje al Cabo de Gata con L. o Laos con C., Argentina en sus varios viajes, Chile a cuatro o California con José o los encuentros con L. por el mundo o mis escapadas con mis maravillosas mujeres madrileñas o la luz de Formentera con L. o esa primera copa de vino en el hotel en el mar con L. (cuántas L. diferentes!). Desde el principio hasta los últimos tiempos, con noches compartidas por turnos en un hotel o conversaciones en jardines inesperados con A.

Pero ella está en las «top five». Es la copiloto que te lee sin hablar cuando tocan muchos kilómetros. Esa que compra la botella de vino para la conversación nocturna sin preguntarte. O la que sabe callar cuando ve que empiezas a hablar sola, nerviosa, en un camino de tierra en medio de la montaña al que hemos llegado con el coche de modo feliz pero totalmente inesperado. Por no hablar de su mimo en mil pequeños detalles a los que no da ninguna importancia pero que convierten el viajar a su lado en una sensación continua de ser cuidada y mimada. Es su ancla a la tierra que hace que los que viajamos a su lado estemos siempre cubiertos. Sólo ella puede sacar un aguacate en medio del desierto de Atacama o el chocolate para el final de la cena del concierto de Rozalen junto al mar.

Viajar, cuando lo haces de verdad y en comunión, transforma. Es una experiencia de alma. Yo he tenido el privilegio de viajar mucho, pero no hablo de los viajes sólo. Hablo de la comunión de almas que se genera en ese tiempo detenido. Cuando te rodea la belleza y te puedes mirar al alma con otra persona. Puedes compartir silencios, conversaciones eternas, confesiones y risas. Y entonces esa relación se hace más valiosa si cabe. Porque le pones consciencia. Te das cuenta del privilegio que a veces en la cotidianidad, con sus responsabilidades y sus prisas, te pasa más desapercibido. Existen comidas que paran el tiempo, respirotecas que te devuelven tu ser en apenas unas horas, conversaciones que te cambian la vida en apenas unas horas. Pero cuando puede ser un poco más largo, un poco más deleitado…entonces es gozo.

Porque hay algo de lo que no se suele hablar y es que para llegar a esta profundidad de relación, a ese gozo, hay que haber compartido el dolor. Y ella y yo nos hemos sostenido en las pérdidas, las crisis con nuestros hijos, las dudas, el miedo (cuánto miedo hemos pasado las dos en algunos momentos estos años!). Hemos sido capaces de ver la belleza y la bondad en la otra que nosotras a veces no llegábamos a ver. Nos hemos quedado sentadas en el suelo en la puerta de una casa o en una silla en una terraza esperando un mensaje o una respuesta importante para la otra, es decir, para las dos. Nos impedimos ser duras con nosotras mismas, nos recordamos quiénes somos y nos hacemos reír cuando es el único y mejor bálsamo posible.

Aurora, de quien ya he escrito en este blog, era la mejor amiga de mi madre y, antes y después de morir nuestra madre, ha sido madre para nosotros. Como mi padrino lo fue de los tres. Pues Txus es mi Aurora. Y no tengo palabras para agradecer a la vida haberla puesto en mi camino al llegar a la roqueta. En el mío y en el de mi hijo y haberme regalado a su preciosa Aina en nuestras vidas. Sólo espero saber ser digna de su amistad lo que me quede de vida.

Me fui a Asturias un poquito menos cansada después del gozo de los días con mi sobrino en Palma, pero aún muy necesitada de descanso. Y aquella tierra y sus gentes han puesto el escenario para recuperar mi ser en su mirada. Nos costó a las dos bajar de la montaña, pero mi maravillosa gente asturiana nos lo puso muy fácil. Y seguimos con las L: L. que vino a vernos, L. que nos acogió en su casa y nos mimó hasta casi malcriarnos con tanta ternura y hasta paró el coche para ver el atardecer ;-), E. que vino a bailar con nosotras y nos llevó al aeropuerto y R. que sacó hueco para ese café hermoso con su mujer. Todas ellas han sido de mis últimas incorporaciones a mi vida afectiva y parece que hubieran estado ahí siempre. Estas son las cosas que tiene el amor cuando se ofrece de corazón.

Así que, como decía, este post va sobre ella pero va más allá de ella. Además, a estas alturas, ella ya estará queriendo meterse bajo las piedras. O quizá ya no. Ahora ya no se esconde. Quizá esté sonriendo, callada, diciendo «esta Pepa…» 😉

Gracias por ser mi cobijo, Txus. Te quiero con el alma.

Pepa

 

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