Treinta años

5 julio 2023
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Hoy es 5 de julio. Hoy se cumplen treinta años de la muerte de mi madre, nuestra madre. Y amanezco en Zaragoza viendo esto por la ventana.

Sé de sobra que no hay casualidades pero el amor con el que mis padres nos siguen cuidando desde el otro lado no deja de impresionarme.

Igual que me pasó cuando se cumplieron veinte años y me di cuenta de que a partir de ese día llevaba más tiempo viva sin ella que con ella, me ocurrió de nuevo el día de mi 50 cumpleaños. Hice consciente más que nunca su ausencia. En aquella sala llena de amor, de 130 personas apenas llegaban a 10 las personas que habían conocido a mi madre. Cuando se fue, me parecía inconcebible una vida sin ella y sin embargo así ha sido. La vida no nos dio elección. Una vida sin ella pero con la certeza de su presencia de amor.

Para empezar, sus nietos. Cómo me hubiera gustado que mi hijo José y mis sobrinos, Julia y David, la hubieran conocido! Son tres personas tan hermosas que ella hubiera gozado el ser su abuela. No tengo duda de que ejerce de abuela desde el cielo pero ojalá hubieran conocido sus abrazos y su mirada…  Y no se trata sólo de que ella fuera una mujer excepcional, que lo era. Simplemente es su abuela, nuestra madre. Y conocer a los abuelos es un privilegio impagable.

Mi madre, Mariasun Goicoechea, fue una mujer rompedora para su época. Con una infancia imposible de describir en este espacio, de las primeras generaciones de mujeres catedráticas de España, capaz de viajar sola por toda Europa en su coche en el final en los años cincuenta. Vivió en Alemania sola, viajó y trabajó por toda Europa hasta que en el lugar más inesperado, Zaragoza, mi ciudad, esa en la que amanezco hoy, conoció a mi padre y sin apenas pensarlo, se casó con un hombre viudo que ya tenía cinco hijos. Fue una persona capaz de sostener su enfermedad con dignidad y luchando por regalarnos a sus hijos tiempo a su lado. Mi madre fue todo eso y mucho más.

También fue como muchos dicen que soy yo 😉 mandona, intensa, extrema, radical en muchas cosas. Tuvo grandes amigos que siguen escribiéndome cada 5 de julio. Y generó en sus hijos un amor nítido que nos sigue uniendo hoy.

Con el tiempo me doy cuenta de que necesito menos cosas para explicar quienes fueron mis padres, que son las pequeñas vivencias, los gestos compartidos… todo eso lo que nos hace quienes somos. Como a cualquiera que me lea le puede pasar con su madre. Mi madre nos enseñó a amar en miles de pequeñas cosas. Así que voy a acabar este escrito con cosas pequeñas, vivencias de las que generan memoria corporal, ésa desde la que he criado a mi hijo de forma que habla de sus abuelos como si los hubiera conocido y trato de conservar esa memoria de amor en él y mis sobrinos.

Cuando sabía que se moría, un día me dijo en el coche: «Cuando muera no llores, Pepa, porque todo el amor que podría haberte dado ya te lo habré dado». Y ese amor tenía muchas formas, como cuando me sentaba delante del espejo cuando veía que venía triste del cole, de uno de esos días en los que había recibido más insultos de la media habitual por mi gordura y después de ducharme me hacía sentarme y me peinaba el pelo. Y mientras me peinaba iba diciéndome: «Has visto qué pelo más bonito tienes?.. Me encantan tus ojos..eres muy bonita..». Y yo me iba a dormir pensando que era preciosa y que los demás se lo perdían. O cuando entraba en mi habitación mientras hacía los deberes y me preguntaba qué estaba estudiando y yo le contaba mis cosas y ella escuchaba sin más, sentada en la cama. O cuando me escribía cartas sobre las cosas dolorosas que a veces no era capaz de decirme. O cuando me recibía en la puerta de casa los fines de semana que volvía a casa de Madrid los dos últimos años suyos, que fueron mis primeros de carrera, y me abrazaba largo, largo y me decía: «ya está, ya tienes tu dosis de mimos para el mes». Cuando ella se fue, mi padre continuó recibiéndome igual cuando volvía a casa y se lo agradecí infinito.

El amor se encarna, se hace vivencia. Es ese «dasein» alemán que ella me enseñó. Existir significa «estar ahí». Y eso he hecho este aniversario. He venido a celebrar el cumpleaños de mi sobrino hace dos días, he traído a una amiga del alma y a los dos amigos del alma de mi hijo para mostrarles de dónde venimos y cuál es nuestra familia, he venido a cenar y compartir risas y amor banal del bueno, del mejor.

Echo de menos hasta el dolor poder abrazarla. Lo demás sigue siendo vivencia presente. Ya son treinta años.

Pepa

 

 

Sin propósito de enmienda

5 mayo 2023
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He dejado pasar unos días antes de sentarme a escribir porque la emoción era tan plena, tan fuerte que me dejó sin palabras. Pero aquí sigo, tratando de encontrarlas. Y mira que es difícil que me quede sin palabras, pero así fue.

La semana pasada cumplí 50 años y este fin de semana vinieron a Mallorca desde diversas partes del mundo ciento treinta de las ciento cuarenta personas a las que propuse hace dos años la locura de venir a celebrarlo conmigo. En aquel primer mensaje les dije que lo único que quería para celebrarlo era tenerlos a mi lado. Lo dije pensando que no me harían caso, que me dirían esas cosas de «no sé lo que haré dentro de dos años» o «demasiada gente para mí» o «qué locura«. Pero no. Vinieron, algunos toda la familia, otros en pareja y otros solos, y nos metimos en un pequeño paraíso, un hotel al borde del mar del que no salimos en cuatro días. Un lugar que daba para estar solos cuando era necesario para cada uno, en pareja, en familia o en totalidad. Y a partir de ahí…

Vuelvo a casa llena de regalos que tienen que ver con mi placer y mi cuidado, está claro que tomaron buena nota de mi entrada anterior del blog ;-), un álbum maravilloso que ha coordinado mi hermano, un video increíble que hizo realidad Belén, una lista de spotify de canciones y otro álbum que hicieron durante la fiesta las fotógrafas maravillosas de diez y once años que teníamos en el grupo. Porque había de todo, desde un bebé de cuatro meses hasta varias personas que se acercan con gran elegancia a los ochenta años.

Pero sobre todo vuelvo a casa con una sensación única que se ha convertido en el lema de este encuentro: sin propósito de enmienda. Todo el mundo hablaba, y no les quito razón, de la locura de organizar la logística de algo así; el director del hotel me preguntó si yo trabajaba como organizadora de eventos; otra de las directoras no se resistió a preguntarme quién era yo y cómo había logrado reunir a un grupo tan increíble de gente que vino de todo el mundo. Hasta hubo un par de clientes que cuando nos vieron reír, bailar y abrazarnos le preguntaron al camarero si podían conocerme y si aquello era una secta.

Pero es que resulta que la vida va a mi favor, que nada de la logística falló, incluso uno de los coches que hacía de chófer se estropeó y su maravillosa conductora con algunos apoyos lo pudo arreglar sobre la marcha, todos los vuelos llegaron y salieron, todos los chóferes estaban esperando conmigo en el aeropuerto, hasta pude llevar ensaimada de la rica al recibir a los primeros y tener a desayunar a mi familia en casa… todo cuadró. Hizo un tiempo estupendo. El hotel era mejor incluso de lo que yo esperaba. Pero hubo más. Es lo que mi amigo Javier llama la confabulación divina. Cuando el amor y el gozo crean lazos entre gente que se ve por primera vez y sin embargo se reconoce en los relatos mil veces contados por mí, cuando personas de mundos dispares se encuentran y conversan como si lo hubieran hecho toda la vida y al final se crea un sentido de pertenencia a algo que es más hermoso que cada uno de los ciento treinta que estuvimos allí. Les escribí una carta a cada una de las personas para darles la bienvenida y las gracias por el esfuerzo que habían hecho para venir desde tan lejos en muchos casos. Eran cartas diferentes para cada una pero compartían la última línea en la que les decía que esta celebración que parecía caótica, tenía más orden del que parecía porque al ver la sala llena a quien se veía era a mí. Mis tres ciudades hogar: Zaragoza, Madrid, Palma. Mis vínculos más profundos. Mi memoria. Mi historia.

Me han llegado muchos ecos en los siguientes días, pero voy a tomar prestadas algunas frases que para mí resumen lo vivido: «fui a dar y volví llena», «he experimentado la definición de acogida muy profundamente, creo que más que nunca en mi vida», «mimo y ternura», «ahora sé a qué te referías cuando hablabas de la red», «bailes desaforados, cantos desafinados, conversaciones profundas, nubes arrebatadoras, baños helados, abrazos cálidos y risas, muchas risas«. Y la última frase la dijo José el primer día de vuelta en casa que al despertar me dijo «mamá, daría lo que fuera porque volviera a ser viernes por la mañana«. Y falta la memoria gráfica, porque hubo infinidad de fotos de un maravilloso fotógrafo, parte de la red. Pero esas las dejo para otros momentos.

Pues eso. Sin propósito de enmienda. Porque cuando se tiene el valor de abrir el corazón a recibir, aunque sea de gente que no conoces pasan cosas maravillosas que van mucho más allá de lo que yo imaginé al pensarlo y mandar aquel primer mensaje hace dos años. Sí, dos años. Sin propósito de enmienda. Porque si no recuerdo mal quedan algo más de 1800 días para la próxima.

Bendecida y agradecida,

Pepa

La segunda parte de mi vida

25 febrero 2023

No sé si es la segunda, o la cuarta según lo mire, o la continuidad de la tercera si pienso en los cambios geográficos que he hecho en mi vida (18 años en Zaragoza, 24 en Madrid y 8 en Mallorca). No sé qué número de parte es la que voy empezando y no es lo que importa. Lo que sí sé es que este año está siendo un año de mirar hacia dentro, de tomar perspectiva sobre mi vida y de puntos y aparte. Y todos los cierres conllevan nuevos comienzos.

La primera parte de mi vida ha tenido mucho, muchísimo que ver con cuidar. Cuidé a mi madre en su enfermedad hasta su muerte a mis 20 años. Y, poco más de un año después, empezó el cuidado de mi padre hasta su muerte, cuando había cumplido los 31. Tres años después llegó mi hijo, al que he cuidado durante los últimos 16 años de nuestras vidas. Elegí un trabajo que tiene todo que ver con el cuidar a personas que sufren. Y he cuidado y acompañado a las personas que he amado y amo a lo largo de toda mi vida.

Si tuviera que elegir un regalo que he tenido en mi vida sería justo el amor que hay detrás del cuidado que acabo de nombrar. Lo he dicho alguna vez ya, aprendí más de mis padres si cabe en su enfermedad y su muerte que en su vida. Su manera de afrontar el dolor, su dignidad, su alegría y a veces su desgarro. En cuanto a la maternidad, ser madre de mi hijo José ha sido sin duda la experiencia más radical que he tenido en mi vida. Radical en el sentido de transformadora, de generadora de cambios. La Pepa que existía antes de que él llegara a mi vida ya no existe, soy otra persona y soy mejor persona gracias a él. Y la red de amor que he creado a lo largo de los años, que me ha sostenido, cuidado y acompañado toda mi vida me hace sentirme amada cada día. Y el cuidado que he asumido en mi trabajo me ha dado el privilegio de sentir que trabajo en algo con sentido, en algo que merece la pena y eso no tiene precio.

Pero algo muy íntimo dentro de mí sabe que la segunda parte de mi vida tiene que ver con dejar de cuidar. Veo a mis amigos que están llegando a ese momento de la vida en la que toca cuidar a los hijos y a los padres ancianos al mismo tiempo, eso que sucede cuando la vida sigue el patrón más habitual. Los veo agotados, cansados y asustados y me recuerdo así en mi adolescencia, cuando no tocaba, cuando aquel cuidado para el que no estaba preparada dejó huella dentro de mí. Perder a nuestros padres es quedarse huérfano, tengas la edad que tengas. Da igual que tengas 20 o 50, para ese dolor no hay parangón, no hay palabras que lo definan. Sólo con el tiempo aprendes que el amor es más fuerte que la muerte y que siguen en ti. Y aprendes a vivir con el dolor de no poderlos abrazar. Pero la huella sí es diferente a los 20 que a los 50 y lo que seguro cambia son esos treinta años que caben en medio, donde hubieras querido tenerlos a tu lado y donde no tenerlos marca una forma de vivir y de afrontar la vida diferente. Ahora que llego a la edad a la que en la mayoría de los casos toca ver envejecer, enfermar y morir a los padres, pongo en perspectiva mi vida, el miedo de aquella Pepa de catorce años que vio enfermar a su madre. La miro, la reconozco y la abrazo más que nunca. Y eso que tuve la fortuna de que dejaran legatarios de su amor y de su cuidado hacia nosotros que permanecieron fieles a ese compromiso durante todos estos años: mi padrino y su mujer, mi tía Carmina y mi tío Miguel, mi segunda madre Aurora, Fernando y Javier.

Este año, si la vida no tiene otros planes, José se irá a estudiar fuera. Y con su salida de casa nuestra relación entrará en otra etapa, de hecho ya está ocurriendo ese cambio este año. Lo seguiré cuidando pero de otra forma. Y tocará dejarle hacerse adulto, crecer  y separarse aún sabiendo que la intimidad y la ternura permanecerán. Se acabaron las noches sin dormir, el volver corriendo de los viajes a última hora de la noche para poder estar cuando se despertara, las logísticas miles (la maternidad, lo digo siempre, es amor y logística), las planificaciones que había que cambiar y adaptar mil veces, las lavadoras, los deberes… y podría seguir. Se acabaron muchas cosas hacia una relación desde la intimidad, no desde la necesidad de cuidado. Siempre seré su madre, y nuestra relación siempre será un vínculo vertical (no horizontal). Lo será hasta que me muera e incluso después. Pero será de otra forma. Sin el cuidado cotidiano.

El trabajo sigue implicando cuidar, pero hace muchos años que aprendí a colocarlo en su lugar, esa fue la parte fácil aunque nadie me creyera al principio. Mis vacaciones, mis excedencias, mi agenda loca que me permite llevar una vida placentera… fue todo un ejercicio de consciencia. Como lo fue aprender a cuidar a mis amigos de otra forma, a que mi paz interior no se fuera con ellos, a que las pérdidas o las preocupaciones fueran parte de la vida sin generar angustia. Estar presente, seguir a su lado a mi forma, que es sólo mía, y sentirme orgullosa de mi forma de querer y dejar de excusarme por ella. Sobre todo cuando veo la increíble red de amor que esa forma mía de querer ha generado y cuando me siento bendecida y abrumada de la cantidad de amor que he recibido en reciprocidad por lo dado.

Así que afronto mis cincuenta y este comienzo de esa segunda parte de mi vida sabiendo que no habrá nadie a quien cuidar de forma cotidiana salvo a mí misma. La conquista del auto cuidado, que tiene que ver con dos palabras clave: descanso y placer. Mi vida ha bajado de ritmo (la roqueta ha ayudado también en eso, ya lo dije en mi última entrada), sigue siendo muy rápida para muchos pero a mí me gusta el ritmo que llevo ahora. Y el bajar el ritmo ha traído descanso a mi alma. Porque viéndolo en perspectiva, si ahora tuviera a mi Pepa de doce años delante sólo habría una cosa que le diría sabiendo lo que sé ahora. Le diría «no hace falta que te esfuerces tanto». Toca descansar y caminar lento. Estoy en ello, sigue siendo un aprendizaje para mí.

Y sobre el placer…qué decir! Quiero llenar la segunda parte de mi vida de mucho más placer. Siempre he sido una disfrutona, probablemente la capacidad de gozo que aprendí de mis padres me salvó más veces de las que fui consciente. Ya hice mi listado de cosas que me gustan hace un tiempo. Me gusta bañarme en el mar, reír, ver amanecer y atardecer, bailar y cantar desentonando, las pelis buenas, viajar, cuánto me gusta viajar!, sentarme al sol un día de invierno, un café con amigos y por encima de todo, conversar. Pero demasiado a menudo sacrifiqué el placer por el deber. Y ésa es mi otra tarea para esta segunda parte de mi vida. No quiero más deberes. Tengo la suerte de que el trabajo para mí no es un deber, pero hay muchas formas de vivirlo que pueden generar deberes internos. Y mi gente amada me conoce, porque hace mucho que logré aprender a mostrar mi vulnerabilidad y mi pequeñez, aunque todavía me salga de vez en cuanto hacerme la fuerte.

He llegado a un momento de mi vida en el que siento que no necesito demostrar nada más. Y desde ahí quiero seguir trabajando, amando y viviendo. Haciendo lo que quiera y crea cada vez. Me sé y me siento amada, me sé y me siento bendecida. Y lo que tenga que venir desde aquí, será siempre regalo.

La perspectiva y la consciencia dan un valor diferente a lo vivido y a lo que me queda por vivir. Eso y una inmensa sensación de gratitud. Como dice la canción: «gracias a la vida, que me ha dado tanto».

Pepa

Horizontes y geografías

3 noviembre 2022

Llevo años viviendo frente al mar. Con el tiempo he comprendido que es el horizonte, la inmensidad, la que abre el alma. Ver el mar al levantarme y al acostarme, levantar la mirada y ver la inmensidad hace que el alma vuele. Al menos mi alma.

He hablado muchas veces en estas páginas de mi «geografía interior», de cómo he llegado a comprender a través de mis viajes lo que significa la geografía de verdad para el ser humano. Cómo el frío o el calor o la montaña o el mar o una gran ciudad o un desierto configuran la forma de sentir y vivir de las personas. Y lo he podido comprobar en mi propia piel y en la de mi hijo al pasar de vivir en una gran ciudad (y eso que éramos inmensamente afortunados porque vivíamos frente a un parque y escuchábamos pájaros cada mañana y veíamos verde) a vivir frente al mar, frente a esta maravilla de amaneceres cotidianos.

Del mismo modo, vivir en una isla tiene una carga simbólica que va mucho más allá de lo que se pueda describir. Vivir en un lugar con límites, expuesto a la inmensidad y pequeño genera un universo interior en sus gentes que cambia los ritmos, las expectativas y la forma de pensar. Pasa lo mismo que cuando vives rodeado permanentemente de hermosura, que creces dándola por obvia. Eso también genera una forma de estar en el mundo.

En mi trabajo trato constantemente de que quienes trabajan con niños, niñas y adolescentes vean los entornos como parte de su intervención. Las paredes de los lugares transmiten mensajes a las personas y generan un aire de buen trato o mal trato. Necesitamos crear entornos seguros y protectores para las personas. Ese concepto clave es la aplicación profesional de lo que trato de decir y de lo que siento cada mañana cuando me despierto viendo el horizonte. Hay algo dentro de mí que conecta interiormente con la belleza, la hermosura y la esperanza de forma automática. Y sobre todo con el privilegio de mi vida y un inmenso agradecimiento. Soy consciente de lo que tengo, de lo que he conseguido y de lo que la vida me ha regalado.

Este año que cumpliré 50 está teniendo que ver mucho con eso: con el agradecimiento. Recibí y sigo recibiendo el amor que me sostiene y me lleva de la mano tanto en el gozo como en el dolor. El amor de las personas que nos quieren, de mi red afectiva, pero amor también en el horizonte cada mañana. Amor en este lado de la vida y desde el otro también. El amor es lo único que vence a la muerte y cada día me siento cuidada y sostenida. Miro a mi hijo, al hombre valiente y precioso en el que se está convirtiendo, miro nuestro hogar, nuestra red, nuestra vida en general y no puedo dejar de conmoverme. Hace unos días tuve una conversación con la persona que probablemente más me conoce y quizá mejor ha sabido quererme y hablábamos del camino, de cómo podía haber sido totalmente diferente, de cómo perseveré y confié. Y cuanto más lo hago, cuanto más confío, más encaja todo. Hacerlo ahora resulta fácil, pero hubo momentos en que no lo fue.

Acabo con dos regalos. Por un lado, quiero incluir aquí un artículo que escribí hace poco que se refiere también a todo esto:  «Individuo, comunidad, sistema«. Habla de lo que he aprendido de la geografía humana en mis viajes por el mundo. Por si los que leéis este blog y no el de Espirales CI queréis leerlo.

Y por otro, una canción como homenaje a la roqueta, al horizonte frente al mar, a la vida. En este idioma que ya es también un poco mío. Habla de todo esto, de las cosas sencillas como decir «t´estim». Y sí, soy de las que tengo un «cor rebel», un corazón rebelde, alimentado por este horizonte.

Abrazo inmenso,
Pepa

Final de verano

3 septiembre 2022

Con el paso de los años me doy cuenta de cómo voy construyendo pequeños ritos de paso. Y sentarme a escribir en este pequeño universo mío, que es también vuestro, forma parte de mis rituales de final de verano. Significa que voy volviendo a la cotidianidad, al trabajo, a la conexión con el mundo.

Estos días lo estoy comentando mucho con mis amigos. La palabra que define este verano es tranquilidad. Ha sido un verano tranquilo con tres o cuatro momentos muy especiales, rotundos o sutiles, pero de los que permanecen en el alma:  la casa de Carol, el viaje a Escocia de José con dos aviones, un taxi y un autobus, doce horas solo; los abrazos valencianos, madrileños y zaragozanos; una mañana en el parque y otra en un hotel; una playa que desaparece al mediodía y un porche frente al mar con una primera copa de vino; una conversación ante mi hijo y mis sobrinos y un par de abrazos de bienvenida a casa dentro del mar. Pero el resto ha sido simplemente tranquilo. He estado con mi gente amada, conversaciones largas y sin prisas, de esas de alma que son mi vicio particular. Me he bañado en piscinas y mares, he dormido hasta tarde, he abrazado mucho, mucho, he leído, he escrito un nuevo libro y me he visto la serie «This is us» entera.

Sí, entera 😉 y merece un pequeño comentario. Todo el mundo me perseguía para que la viera pero como me engancho con las series hace años que trato de no ver más que miniseries y ésta eran seis temporadas de 18 capítulos de casi una hora cada uno, demasiado! Pero cuando mi sobrino Mario me dijo «tía, tienes que verla», ya no pude decir que no. Y tal cual. Espectacular, guiones impagables, personajes que son tal cual. Varias de las cosas que narra una de las protagonistas con obesidad mórbida las he vivido yo tal cual (esa nota de las amigas en la piscina diciéndole que no quieren que vaya con ellas porque les da asco la he recibido yo tres veces en mi vida casi literalmente, la variación fue en la tercera ocasión, que fue ya en la adolescencia y lo que decían era que si iba con ellas espantaba a los chicos… Son vivencias que llevas dentro y que ya no duelen pero dolieron infinito y sobre todo me formaron como persona). Y el otro hijo con su historia de la adopción pensando en mi hijo y en mí como familia… una de esas series en las que al final el amor tiene más que ver con aceptar a la gente que amas como es, sin tratar de cambiarla. Donde el personaje más idealizado es también el que en realidad genera las heridas más profundas en sus hijos casi sin quererlo, sin buscarlo o incluso buscando justamente lo contrario. Y llena de conversaciones que podré usar profesionalmente porque describen con sutileza y exactitud experiencias difíciles de trasmitir. Un regalo, aunque me haya resistido tiempo a ello, todo un regalo.

Este verano he sido consciente de lo que ha crecido mi hijo y mis sobrinos, que uno de los grandes regalos de este verano ha sido que volvieran a venir a Mallorca. Los veo crecer y pienso en las personas increíbles en las que se han convertido. Y me asombra empezar a ver la cosecha de tantos años de siembra.

José va poco a poco bajando el acelere para ganar solidez, serenidad. Se está convirtiendo en un adulto tierno y divertido, cabezota y chulillo aún pero consciente al fin de su valía. De hecho, ya hemos llegado a la época de la vida de vidas paralelas. Por fin 😉 Él tiene sus planes y yo los míos. Y luego nos sentamos a desayunar o a comer juntos, nos miramos y nos contamos. Y cada vez me toca callar más (en lo del silencio llevo ya más de un año) y escuchar, sólo hacer de eco. He tenido conversaciones con él, con mis sobrinos, con Héctor su amigo del alma y con otros amigos que han pasado por casa en las que casi, casi parece que ya hablas con adultos.

Sólo lo parece porque luego aparece la adolescencia y los escuchas creyendo que han comprado la verdad en el mercado de la esquina, que saben más que tú, que tú no te enteras porque la vida ha cambiado y ya no sabes cómo funcionan las cosas, y que «ay, mamá, qué pesada eres!» y te sonríes recordándote diciendo esas cosas tal cual a tus padres, a veces con palabras textuales que la vida te devuelve en forma de espejo amoroso. Hasta que todo eso va bajando y ellos también acaban escuchando y quedándose silenciosos con lo que les dices. Conversaciones en las que sientes que logras afianzar algunas certezas que son valiosas, que son necesarias. Y luego acaba y piensas: veremos cuándo llega la próxima. Lo escribí hace tiempo y me he ido reforzando en ello estos últimos dos años, la adolescencia va de flotar. Flotar alrededor. Hacer de pared en determinados momentos y el resto flotar alrededor. Para captar, enterarse y cazar esos pequeños momentos en los que puedes ayudar a estructurar, a dar forma, a crear certeza.

De hecho escribo estas letras después de haber tenido a seis adolescentes durmiendo en casa. Playa y disco, colchones en el suelo, pelis hasta las x, desayunar sin haber dormido casi… la felicidad. Y yo haciendome la dormida con un par de pequeños límites previos.

Haber llegado hasta aquí es sencillamente un gozo.  Y no me refiero sólo a José. Hablo de mí, de esta paz interior, esa sensación de no tener ya nada que demostrar, la sensación de no necesitar correr, la consciencia del privilegio de tanto y tanto amor y tantas conversaciones impagables. Este curso (sigo midiendo los años por cursos) cumplo 50 años y cuando pienso en el camino me parece increíble dónde estoy y me invade un profundo agradecimiento, pero también un reconocimiento hacia mí misma, hacia mi valor y mi resistencia. Este verano un amigo me enseñó esta canción, que no conocía a pesar de mi debilidad por Rozalén, y habla justamente de una pequeña parte de a lo que me refiero.

Me nace honrar mi camino y abrazarme mucho y bien. Este verano cuando mi segunda madre, Aurora, me vio, me dijo «Creo que nunca te he visto tan bien como ahora» Y, como tantas y tantas otras veces, creo que tiene razón.

Ha sido un verano tranquilo. Y debajo de esa tranquilidad pasan cosas importantes, sutiles pero importantes. Pero sobre todo hay una infinita hermosura.

Abrazo inmenso,

Pepa

Injusticia y reciprocidad

18 junio 2022
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Una de las paradojas más bonitas pero también más complejas del ser humano son nuestras narrativas internas. Las construimos desde las vivencias que vamos acumulando y luego esas mismas narrativas determinan nuestras vivencias posteriores. Determinan aquello a lo que nos abrimos y aquello de lo que mantenemos distante. Aquello y aquellos, sobre todo aquellos y aquellas.

Y de esas narrativas hay dos que, cuanto más las escucho más claro me llega el daño que producen. Un daño que veo en la consulta, en mi vida profesional en todos los ámbitos, y en mi vida personal. Y me pregunto cuánto habré sido capaz de deshacerlas interiormente.

La primera narrativa dañina para mí es la de que «la vida ha de ser justa». Esa frase tan y tan repetida «¡esto es injusto!» o «Qué injusta es la vida!». Me pregunto siempre en qué momento nos creímos eso de que la vida tenía que ser justa, porque a mínimo que mires la vida te das cuenta de que no lo es. La vida para mí es como una moneda de dos caras, una cara es bella pero la otra es cruel, y ambas van juntas, no las puedes separar, toca asumirlas unidas en una. Pero desde luego uno de sus rostros es la crueldad. Y no hablo sólo de la crueldad humana, que por supuesto, hablo de la misma naturaleza. Que la vida esté ordenada, que todo esté entrelazado no significa que ese orden sea un orden justo. En la naturaleza unas especies viven de otras en un orden fascinante, pero todo menos justo. Todo el ecosistema, del que no somos más que una ínfima, frágil y valiosa parte, funciona de forma cruel.

Defender la justicia como un valor humano, como un valor moral, no significa que la convirtamos en condición, en deuda, en lo que «debe ser». La vida no debe ser justa. No lo es. Y me parece clave dejar de esperar esa justicia como algo que la vida nos debe y empezar a plantearlo como lo que es: una conquista. Algo que a veces logramos desde nuestra parte humana, desde nuestra parte de especie consciente que puede lograr la justicia como un logro colectivo. Y lo consigue desde su capacidad de conectar con el dolor del otro y también con su valía.

Veo a tantas personas enganchadas a la rabia por lo que les sucede como si fuera una especie de pozo sin fondo, esperando que la vida les trate como ellos desearían y enfadados porque no lo es… A menudo me doy cuenta de que esa rabia tiene mucho que ver con no poder sostener las preguntas sin respuesta a las que nos conduce la consciencia de nuestra fragilidad. ¿Por qué a mí? ¿Por qué tanto? ¿Por qué ahora? No hay respuesta. No la hay para el dolor pero tampoco para el gozo. ¿Por qué me ha tocado a mí el gozo, el privilegio y la fortuna? Porque hay algunas cosas que depende de lo que hacemos y de cómo lo que hacemos, pero las más importantes no. La familia en la que hemos nacido, la enfermedad, la muerte, que otra persona nos quiera (querer sí lo decidimos, pero que nos quieran no). Yo soy consciente de ser una privilegiada absoluta y sé que muchas cosas que he logrado son resultado de mi esfuerzo, mi trabajo personal y mi consciencia. Pero otras mil no.

No tengo respuestas para las preguntas existenciales y me parece que la única forma coherente de vivir mi vida es sostener las preguntas sin respuesta. No sé cuál es la respuesta y eso duele, y me hace sentir a menudo impotencia, sobre todo cuando lo que me toca atravesar es mi dolor o el dolor de quienes amo. Pero sé que a mí me ha tocado la parte privilegiada de un mundo cruel. En muchísimos más sentidos de los que sé expresar. La vida no es justa. El ser humano a veces, en pocas y valiosas ocasiones, genera y logra justicia. Pero la vida no lo es. Ni podemos esperar que lo sea.

Y la otra narración que para mí es dañina es la del «amor incondicional». Y esta segunda narrativa trato de combatirla de forma consciente allá donde puedo. El amor sano es el recíproco. La reciprocidad es una de las condiciones de las vinculaciones sanas. Dentro de ese esquema que trabajo siempre de la diferencia entre los vínculos verticales y los vínculos horizontales (que curiosamente es una de las entradas más vistas de este blog y mira que han pasado años desde que la escribí en el 2012). En los vínculos horizontales me parece nuclear no establecerlos desde la incondicionalidad sino desde la reciprocidad. Porque si damos demasiado, colocamos al otro en posición de deuda y viceversa. Es necesario aprender a dar y aprender a recibir. Y hay muchas personas a las que aprender a recibir les cuesta mucho más de lo que pueda parecer. Pero si no sé recibir impido también al otro dar.

Pero me parece fundamental deshacer también la idea de «incondicionalidad» asociada a los vínculos verticales. Sólo hay dos vínculos verticales, el parento filial y el profesional (los roles profesionales de cuidado). En realidad, vínculos verticales no son sólo las madres y los padres sino todos aquellos que ejercieron de figuras de cuidado. Yo lo he explicado muchas veces pero mi padrino (hoy era su cumpleaños, y lo sigo añorando tanto!), mi tía Carmina y Aurora, la mejor amiga de mi madre, fueron vínculos verticales para mí, fueron refugio (Aurora lo sigue siendo en vida, por suerte).

Son vínculos en los que la verticalidad es garantía de seguridad y cuidado. Vínculos que garantizan nuestra supervivencia y pleno desarrollo. Y no lo hacen sólo desde el amor sino desde el cuidado. Es el cuidado el que genera seguridad y esa seguridad externa genera estructura interna. Esa es la función básica de la figura de apego, que sería como se llaman técnicamente los vínculos verticales. Qué importante es comprender que no somos amigos de nuestros hijos ni debemos serlo, que siendo madres y padres les damos refugio y alas, les damos un lugar al que volver. Y cómo duele cuando pasamos a ser padres de nuestros padres, a tenerles que cuidar porque su fragilidad se impone y cambia el orden de la verticalidad. Y digo que duele no sólo por ver a nuestras figuras parentales envejecer y enfermar, sino porque eso supone quedarse sin refugio, dejar de tener esa casa, ese hogar, ese abrazo que fue sostén y fuerza.

Y, sin embargo, qué importante es cuestionarse hasta qué punto las figuras verticales son (somos) capaces de ser incondicionales. Porque intuyo que, a mínimo que le pongamos consciencia, en muchos casos ese refugio no lo es. Educamos a nuestros hijos e hijas para que sean como nosotros queremos que sean, elegimos cómo visten, su colegio, sus relaciones, sus creencias… ¿Realmente somos incondicionales? ¿Lo fueron nuestras figuras parentales con nosotros? Probablemente sea la relación que más se parece a la incondicionalidad, pero no creo que lo sea. Creo que nuestras expectativas, el proyecto de vida que definimos para aquellos cuya crianza y educación asumimos determina enormemente lo que les permitimos. Luego vuelan y nos ponen a prueba y, probablemente, sea ahí cuando nuestra incondicionalidad se demuestra. Y en esto hay una diversidad enorme que no permite establecer una regla. Quienes me leéis tendréis experiencias muy diversas tanto con vuestras figuras parentales como si sois madres o padres. Pero para mí tiene valor en sí mismo plantearse si realmente somos incondicionales o no. Es más, si nos sentimos capaces de serlo.

Porque en las relaciones profesionales de cuidado (que son y deben ser verticales) nos es más fácil asumir que no somos incondicionales. Pero cuando se trata de nuestras figuras de apego, de algo tan nuclear, necesitamos salvarles. Porque salvarles a ellos es salvarnos a nosotros mismos. Eso es algo que aprendí hace mucho tiempo. Cuando hace muchos años empecé a trabajar para tratar de eliminar el castigo físico de la crianza de los niños, niñas y adolescentes, cuando lo trabajaba con las familias en cursos y talleres, las personas no me decían: «Pues yo ayer le pegué a mi hijo y no le pasó nada«. La gente siempre me decía (y me sigue diciendo): «pues mi madre me pegaba y no me ha dejado ningún trauma» o «pues mi padre me pegaba y eso me ha hecho ser quien soy«. Necesitamos salvar nuestro refugio, nuestras figuras verticales, porque salvarles a ellos es salvarnos a nosotros mismos. Aprender a vivir a la intemperie. Saber que el refugio cuando somos adultos somos nosotros mismos y nuestra red de vínculos horizontales. Y establecer una relación con nuestras familias desde la aceptación de sus limitaciones es un camino largo. Pero en fin, eso es para otro día 😉 me basta con nombrar el cuestionamiento.

Creo que estas dos narrativas internas, cuanto menos idealizadas están, más salud mental conllevan. Porque esa  idealización genera un nivel de exigencia y una sensación de impotencia y frustración que acaban dañando a la persona. Deshacer los ideales, asumir la vulnerabilidad y la fragilidad…vivir desde la compasión, hacia mí misma y hacia los demás.

Abrazo grande,

Pepa

7 veces 7

10 mayo 2022
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Leo la fecha de mi última entrada..febrero! Ni siquiera he escrito este año por mis 49! Increíble!

Este año 2022 sigue la pauta de aquella nochevieja en la que lo empecé en el hotel de Zaragoza. La pauta es la intensidad. Mi vida para mucha gente es intensa, sin embargo para mí llevaba muchos años siendo plácida. No hablo del movimiento, ni del ruido externo, ni del caos o el miedo. Hablo de la paz interna, de ese lugar al que llegas cuando no tienes miedo, cuando te invade la sensación de que no tienes ya nada que demostrar a nadie. Sólo vivir.

Pero este año he recuperado ese vértigo en el estómago que anida en mí cuando la vida va más deprisa que yo, cuando los acontecimientos se suceden a un ritmo tan vertiginoso que apenas puedo digerirlos de uno en otro. Cada vez aprecio más volver de viaje por la mañana y tener todo el día para procesar antes de reincorporarme a la rutina al día siguiente en vez de apurar las horas y volver tarde de viaje. No tener que salir corriendo al aeropuerto,  poder pasear o el tiempo de viaje en coche conversando y escuchando música. Tiempos lentos, pausados, míos.

Pero éste es mi año 7. Sé que a muchos les sonará a tontería pero hace años me contaron que la vida parece organizarse en ciclos de siete años, que los grandes cambios suceden en los años 6, 7 y 1 y del 2 al 5 son años de integración. Al principio, cuando me lo contaron, me sonreí. Hasta que me puse a hacer mi listado: 7 años, 14 años, 21, 28, 35, 42…el último 7 nos vinimos a vivir a Palma. Y el anterior adopté a mi hijo. Y para atrás…todos los acontecimientos claves de mi vida se sitúan en año 7 o 1. Y este año es mi siguiente 7. He cumplido 49. El año que viene celebro los 50.

Me tomé el día libre, es una costumbre que tengo hace unos años, no trabajar el día de mi cumpleaños. Me fui a pasear frente al mar. Había celebrado el día anterior con mis amigos de la roqueta y ese día paseé y me dediqué a hablar por teléfono, tomé un café con una amiga, comí con otra y pasé la tarde con mi hijo. Y por la tarde me llegó un regalo profundo, y más llamadas y mensajes de las que puedo narrar.

Y cuando estaba frente al mar pensaba en mi año 7. Y en mis 50. Pensaba en que, si todo va bien y la vida no tiene otros planes para nosotros, mi hijo se irá el año que viene a estudiar fuera. Nos tocará separarnos después de 17 años. Pensaba en mi trabajo y en los procesos en los que estoy implicada y los cambios a los que estoy contribuyendo. Pensaba en el privilegio de la consciencia. Pensaba en mis ángeles, y en cómo me siguen cuidando. Pero sobre todo, pensaba en el amor inmenso que me rodea. Porque al final mi mayor éxito en la vida, con diferencia, es la red de amor que me sostiene y me abraza.

Alguien me escribió un regalo tan bonito este año que no me resisto a transcribir un trocito de uno de sus párrafos (sé que me perdonará): » El abrazo de Pepa es algo así como un abrazo valle y abrazo montaña, un abrazo muro de contención, abrazo muralla, abrazo de seda y hierro, abrazo descanso de tanto tiempo manteniendo las sombras a ralla. Abrazo cálido, abrazo casa, tentol, salvo, un ratito para permitir el niño y mel i sucre, y al juego siempre tablas. Un abrazo hogar. Un abrazo de almas. Un abrazo para guardar el dolor y encontrar las fuerzas.»

Éste es mi éxito. Mi paz. Y cuando puedo parar frente al mar o cuando abrazo a mi hijo cada mañana siento que llego a mi año 7 (7 veces 7) con fuerza para sostenerlo, sabiendo como sé que el aprendizaje y el reto que traiga será siempre luminoso. Eso no lo sabía cuando era pequeña. Entonces el dolor era otro.

Así que hoy sólo quiero contaros eso. Que estoy en año 7, que tengo algo de vértigo en la tripa. Que me sé una privilegiada y me siento amada. Y que espero hacerlo bien.

Abrazo grande,

Pepa

Ser mirados para sentirnos amados

5 febrero 2022
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Hace un par de semanas mi hijo me narró algo que me dio mucho que pensar y le pregunté si le parecería bien que escribiera sobre ello, le pedí permiso para contarlo. Me dijo que claro, que adelante. Pero se han ido pasando los días y aún no lo había hecho. Y es que ando en un comienzo de año muy contundente, hermoso, bello aún en lo complicado, pero muy contundente. Tiene sentido decirlo justo hoy que es el primer día que me siento medio persona de nuevo, saliendo ya del covid. Hasta ahora habíamos logrado evitar al bicho, pero el domingo cayó mi hijo y un par de días después yo, y aquí estamos compartiendo bicho y confinamiento. Ha sido corto, somos afortunados, pero la sensación es como si te pasara una apisonadora por encima.

Y es que el año empezó contundente desde el primer día. Pasé la nochevieja en un avión, un tanatorio y la noche en un hotel sola cenando para no poner en riesgo de contagio a mi familia. Pero llena de amor, por haber podido llegar a tiempo de acompañar a mi gente amada a pesar del avión de distancia, por saber a mi hijo rodeado de amor al cuidado de nuestra gente de la isla y a mi familia trayéndome la cena exquisita para que cenara delicatessen de nochevieja en el hotel. Así que sí, el comienzo de año fue contundente desde el principio literalmente. Luego tuvimos suerte y el bicho nos dio margen para poder irnos a pasar los reyes en la nieve con la familia. ¡Hacía años que no veía tanta nieve! Os dejo sólo una muestra de las bellezas que nos descubrió mi hermano. Hablando de miradas…

Después han pasado muchas cosas y hoy he comprendido que hay un hilo (siempre lo hay): la necesidad de ser mirados. Parte tiene que ver con mi historia, con mi niña no mirada. Parte con mi presente. Parte con lo que me narró mi hijo.

Llegó un día del cole y me dijo mientras merendábamos: «¿Sabes, mamá? Hoy por primera vez en el cole me he sentido querido«. (habla del cole en el que lleva tres años, aunque el primero de ellos no cuente porque lo pasó la mitad confinado por la pandemia). Y me contó que alguien le había acusado en clase de algo que no había hecho y dos de sus amigos habían salido a defenderle públicamente delante de los compañeros. Era la primera vez. Me impresionó la vivencia que usaba para definir la profundidad del vínculo con sus amigos. De hecho, él está justamente viviendo un proceso muy bonito de dejar de sentirse invisible, que al mismo tiempo le está llevando a estar mucho más tranquilo en clase, más presente y a dejar de hacer cosas para ser visto.

A lo largo de estos años José ha desarrollado una idea muy clara de lo que es la amistad y lo que no lo es. Tiene grandes amigos, y los conserva, en algún caso desde que era bebé. De hecho tiene amigos a los que considera familia, como me ocurre a mí. Es el modelo de vida en que le he educado y que él ha hecho suyo por su propia vivencia. Pero también ha vivido hace unos años decepciones muy fuertes con personas a las que creía amigos y resultaron no serlo. Es un aprendizaje que forma parte de la vida pero que le ha llevado a ser muy claro respecto a lo que es ser amigo y qué no.

Por eso, hace tiempo creamos una especie de código: hablamos de que hay amigos tipo uno y amigos tipo dos y luego están los compañeros. Los amigos tipo uno son pocos, son los que conocen tu historia, tu casa, tu familia… los que te conocen y comparten tu vida. Son amigos que a veces permanecen junto a ti toda la vida y a veces no, pero mientras están, son amigos del alma.

Los amigos tipo dos son la gente con la que sientes afinidad por muchas cosas, cariño, con los que sueles compartir los trabajos en el cole, juegos en el patio, tareas y tiempos de ocio. Lo mismo de mayor, que compartes aficiones, espacios de trabajo, diferentes cosas pero que no conocen tu intimidad. Son gente a la que aprecias pero que cuando cambias de lugar, de colegio, de trabajo, de ciudad, suelen deshacerse porque si no hay convivencia la relación se va rompiendo. Pero no son sólo compañeros, son más que eso, porque sí compartes tus cosas y el tiempo que compartes es bueno y valioso y merece la pena. Son amigos que hacen falta, que hay que valorar.

Y luego están los compañeros con los que puedes compartir clase un montón de años y no llegar a ser amigos ni tipo dos. En el cole la diferencia se ve muy clara en cosas pequeñas. Por ejemplo, con los amigos tipo dos no sueles quedar fuera del cole a solas. Si quedas, es en grupo. Los amigos tipo uno son los que uno queda solo, vienen a casa y vas a la suya, te abres y confías.

Y lo que está claro es que para ser amigo de alguien en el tipo que sea has de ser correspondido. Como todas las relaciones vinculares, son dañinas cuando no hay reciprocidad.

Pues José hasta este año no sentía tener amigos tipo uno en el cole. Ahora ya sí. Y eso le hace sentirse querido. Porque sí, entre otras muchas cosas, los amigos tipo uno te defienden cuando te atacan, te acompañan cuando sufres y se alegran con tus alegrías. Estos días hemos estado rodeados de mensajes de amigos-familia, incluidas visitas para lanzarnos besos a distancia desde la puerta y comprobar que estábamos bien y dejarnos sushi para que cenáramos.

Sentirse amado tiene todo que ver con sentirse cuidado y con sentirse sostenido con el contacto físico. He escrito mucho aquí sobre eso. Sobre los abrazos, los cuidados, los gestos, las comidas, las llamadas, los aviones para llegar a funerales e infinitas otras cosas. Pero a veces se me olvida lo importante que es cómo te construyes tu propia identidad desde lo que ves en los ojos de la gente que te ama. Como José se siente valioso porque vio a sus amigos defenderle y vio en ellos el valor que le daban a él. Es la mirada del otro la que nos constituye. Por eso debemos estar muy atentos a lo que nuestra mirada trasmite a la gente que amamos sobre sí mismos. Lo sé de sobra, pero este comienzo de año me está trayendo una y otra vez mensajes para recordármelo.

 

Y hoy una amiga, que además de amiga es guía, me ha recordado cómo yo me encuentro en la mirada de mi gente amada, y que esa mirada no puede sustituir otras miradas que faltaron, pero hace más liviana su carencia. Y es cierto. A lo largo de toda mi vida, la mirada de la gente que me ha amado me ha hecho sentir querida y valiosa, como a mi hijo. Y en mi caso ha aliviado el dolor no visto, lo que no se pudo ver ni nombrar.

Pienso en cuántas veces que he podido acusar a personas de no mirarme, de no verme, sobre todo cuando se trataba de pareja, cuando la que no se veía era yo misma como mujer.

Pienso también cómo el dolor y el miedo impiden a quien ha de mirar, poder mirar. Y de ahí surge el riesgo y el daño. Y es un daño que se trasmite de generación en generación.

Y todo esto no es que me pase a mí o a José, nos pasa a todos, por eso también me ha nacido escribirlo. Necesitamos la mirada del otro para dar valor a nuestra vivencia interna. Y muy a menudo sacrificamos nuestro propio bienestar para tener ese «otro». Es muy fácil tratar de establecer relaciones desiguales, no recíprocas, asumiendo roles de cuidado innecesarios o dañinos. Porque no nos creemos merecedores de otra cosa pero necesitamos un «otro».

Pero el amor de la gente que nos quiere bien, esa que nos quiere cuando lo hacemos bien, mal y regular, nos lleva a mirarnos adentro y desde ahí a, como decía Dumbledore, elegir lo difícil en vez de lo malo.

Abrazo grande!

Pepa

El viento habitado

26 diciembre 2021
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Aquella niña vivía en el desierto. No uno de arena, sino de roca. No de sol abrasador, sino de viento de estepa. Un infinito de tierra aparentemente yerma.

Siempre se preguntó dónde acabaría aquel desierto, si tenía fin la estepa, si el viento podía llegar más allá. Sus padres hablaban de otras tierras, de verdes praderas, de bosques profundos. Hablaban de la mar. Y aquella niña trataba de imaginar la inmensidad azul, el movimiento constante, la caricia tierna y la fuerza inesperada. Apenas lo lograba.

El viento anidaba en su desierto y cada noche dibujaba formas imposibles de atrapar en el cielo que veía desde su cama. Ella se dormía con aquel sonido: el viento de tierra adentro. Trataba de intuir su lengua pero sólo escuchaba una palabra: «vuela».

Ella quiso ser viento. Deshacerse. Perder su cuerpo. Olvidar la materia. Flotar. Porque el viento no se puede capturar, herir, partir, ni apresar. El viento puede huir siempre. El viento guarda sonidos y a veces tormentas, pero siempre pasan.

Lo que muchas personas no saben es que un alma puede ser viento y tierra al mismo tiempo. El cuerpo puede ir a la escuela, jugar, estudiar. Puede abrazar, acariciar, sonreir y germinar. Y todo eso mientras el alma vuela como viento. Para el viento encarnarse es tan difícil como para el cuerpo volar.

Aquella niña leía para ser viento. Veía películas para ser viento. Imaginaba cosas mientras los demás hablaban para flotar como el viento. Corría mucho para tener la sensación de casi despegar. Inventaba historias, heroínas intensas, dragones degollados, islas imaginarias…a las que salir volando cada mañana al despertar. Y cada noche le pedía al viento desde su cama que la llevara con ella. Pero él nunca pudo hacerlo, porque pesaba demasiado para poder volar.

Había algunos momentos en que aquel viento interior se deshacía. Le pasaba sobre todo en los brazos de su madre, aquel cuerpo grande que la envolvía, le acariciaba el pelo y le dejaba apoyar la cabeza sobre su pecho. Le gustaba aquella sensación de calor que le generaba su ternura. Y le ocurría también en el agua. El agua tiene su propio lenguaje y cuando metía la cabeza dentro del agua ya no escuchaba al viento, sino otro lenguaje diferente, fluido también, pero diferente.Y así fue creciendo, volando por dentro y encontrando en los abrazos y en el agua una forma de habitarse.

Cuando su madre enfermó, la niña vio como el alma de su madre se evaporaba. Y ella se sintió perdida. Se ahogaba de desierto. Ya no escuchaba otra cosa que viento, tan fuerte que le paralizaba. Y su madre la vio. Así que durante los años que vivió enferma, en aquella cuenta atrás llena de amor, le fue mostrando anclas a la vida.

Sacó sus discos y recuperó la música que les ponía de niños y volvieron a cantar después de mucho tiempo de silencio. Le recordó que la música es viento habitado, lleno de vida.

Volvió a bailar y le enseñó cómo bailando se flota y se habita, todo al mismo tiempo.

Le hizo mirar el brillo del sol en las hojas de los árboles. Un brillo que el viento hacia cambiar por segundos, pero que calentaba y daba vida al árbol y a quien lo miraba.

La abrazó sin parar, la acarició, le cogía la mano cuando estaba demasiado débil para nada más, para llenarla de ternura, tu «dosis de amor», la llamaba, la que sostiene todo lo demás.

Le enseñó a llorar con tristeza y sin angustia, que las lágrimas también son agua.

Le enseñó el eco de la risa y el calor de la mirada amada.

Hasta buscó quienes cuidaran de aquella niña cuando ella se hubiera ido: su tía, su padrino y aquellos tres amigos que la acogieron casi como hija.

Y mientras el cuerpo de su madre se iba consumiendo, se convirtió para su hija en horizonte más allá del desierto. La empujó a irse, a viajar, a estudiar fuera, a perseguir su mar. Y a hacerlo desde la tierra.

Y aquella niña se hizo mujer. Viajó, bailó, abrazó y fue abrazada, fue madre, se bañó infinito y se rió más. Aprendió a llorar delante de los demás. Aprendió el lenguaje de los árboles.  Y encontró su mar y su isla, en la que volvió a escuchar el viento. Pero esta vez sí podía entender su lengua, que estaba llena de amor. Y ahora cada noche se duerme acunada por ella.

Pepa

 

 

Ligereza

29 octubre 2021
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Llevo ya un tiempo en que cuando me preguntan cómo estoy contesto: «ligera». Y es que no encuentro otra palabra para definir lo que me está ocurriendo en los últimos tiempos. Esa sensación hermosa de no tener pesos sobre los hombros, de caminar sin peso, estar descansada, sentirme libre y volver a conectar conmigo. Y los verbos son importantes, porque una cosa es ser libre y otra sentirte así; tener responsabilidades no es lo mismo que sentir el peso en los hombros y volver a conectar es porque durante un tiempo no lo he estado.

A raiz de la publicación de este artículo «Definiendo la consciencia» (os lo adjunto aquí para quienes leéis este blog y no el de Espirales, porque creo que os gustará leerlo) un amigo que quiero me propuso que debería escribir algo así como el «Diccionario de Pepa», igual que hice con «Metáforas para la consciencia» donde incluí las imágenes con las que trabajo, pues hacer algo similar con los conceptos. Me pareció una idea genial que en algún momento que logre el espacio suficiente, trataré de que tome forma. Y sin duda una de las palabras de ese diccionario sería la de hoy: ligereza.

Porque la ligereza tiene que ver con la fluidez y con la confianza. Con el movimiento y con el viaje. Con soltar y no aferrarse. Con el equipaje interno. Con la cosecha. Con la gratitud.

He pasado dos años muy difíciles, no necesariamente malos, pero extraordinariamente densos. Lo han sido para el mundo entero, pero también para mí. Hubo momentos en donde pensé que no me llegarian las fuerzas por el cansancio, la duda y el temblor (perdón, no me resisto a contaros que mientras escribo está saliendo el sol y llega a mi cara por el maravilloso ventanal de mi salón, qué privilegio! os dejo una foto que he hecho antes de empezar a escribir, antes de que saliera).

Desde niña he tenido una certeza y es que la vida nunca me ha dejado caer. Cuando me han llegado momentos de sufrimiento, siempre la vida me ha dado lo que necesitaba para atravesarlos, casi siempre en forma de una red de gente amada que me/nos sostuvo, otras veces en forma de acontecimientos inesperados o de regalos imposibles de prever. Y al final las cosas han salido. Casi siempre diferentes a lo que pensaba, y casi siempre mejores. No digo que el dolor compense, ni que tenga sentido, ni nada de eso porque para mí confiar sigue siendo convivir con las preguntas sin respuesta. Hay cosas para las que no hay respuesta, al menos no aquí y ahora. Pero el hecho es que no me han dejado caer.

Y con el paso de los años eso ha ido creando en mí una confianza básica en la vida, una sensación muy potente y difícil de explicar pero que está detrás de las mejores decisiones que he tomado en mi vida que son justamente las que la gente a mi alrededor pensó en su momento que eran locuras, o al menos, que tenían mucho de locura, como adoptar a mi hijo, dejar el trabajo en Save o venirnos a vivir a Palma, incluso otras mucho más tempranas como irme a estudiar fuera de casa de mis padres o renunciar a un doctorado en USA para cuidar a mi padre hasta su muerte. Las decisiones aparentemente más locas han sido sin duda las mejores que he tomado en mi vida.

Pero esa confianza básica ha habido momentos que ha sido una trinchera, una fortaleza desde la que resistir. Han sido tiempos de confiar contra toda razón, de sobrevivir. Sin embargo, hay otros momentos, preciados, preciosos, increíbles, como el que estoy viviendo ahora en los que la confianza nace sola, fácil, fluida, obvia. Porque me siento ligera.

Hace años en mis viajes por el sudeste asiático me enseñaron una expresión que se dice mucho allí que decía «Mekong always flows and flows in the same direction», «El Mekong siempre fluye y fluye en la misma dirección». Puedes intentar parar el agua, el tiempo, el aire y será inútil. No funcionará y acabarás extenuada. Puedes tratar de nadar contra corriente, pero al final la vida siempre es más fuerte que nosotros. Siempre. Así que se trata de navegar con la corriente, surfear las olas cuando llegan, y confiar.

Mi hijo va a cumplir 15 años el mes que viene y este verano cerró su infancia. Se está convirtiendo en un hombre hermoso, listo como él solo, divertido y consciente. Y sobre todo, en un hombre bueno, tierno y empático. Y yo lo veo y se me llena el pecho de orgullo. El verano ha tenido algo de iniciático para los dos, porque me permitió darme cuenta del cambio, y empezar a soltarle. Confiar de nuevo, pero esta vez en él. En él y en el amor y la consciencia que he puesto estos últimos 14 años en su crianza. El trabajo está hecho. Ahora ya sólo toca flotar alrededor y callarse, como escribí hace un tiempo. Porque de eso va la adolescencia para mí: de flotar para poder hacer de pared cuando toca y de callarse. Y al soltarle estoy recuperando mi vida personal, saliendo de nuevo a cenar, a bailar, no correr en los viajes para volver a tiempo de decirle buenas noches, ni en las comidas para llegar antes de que vuelva a casa del cole, permitirme estar sin prisa. Y él me sonríe y me dice: «pasalo bien, mamá».

Así que eso voy a hacer: pasarlo bien. Con él y sin él. Sola y acompañada. Disfrutar, recuperar mis tiempos, mis sentidos y seguir fluyendo en el río sabiendo que el hilo de amor que nos úne no se romperá jamás pero que ya no necesita mi presencia y que me toca confiar en lo sembrado y dejarle probar, errar y gozar. A ratos se me da genial, a ratos me vuelve la madre del niño. A ratos logro callar y a ratos me encuentro hablando cuando no debo. Pero el cambio no tiene vuelta atrás. Él está bien y yo estoy bien. La vida nos ha cuidado, nos ha sostenido en el fluir del río. Y empiezo a intuir una nueva etapa de la vida que tomará forma definitiva cuando dentro de unos años él se vaya a estudiar fuera. Y no me da ninguna pena, muy al contrario, me hace sentir paz y una inmensa, inmensa gratitud.

Pero soltar es todo un aprendizaje. Como lo es perder. Como lo es la vulnerabilidad y la pequeñez. Estoy en ello 😉

La ligereza me da paz. Me abre el alma. Y me hace sonreír más de lo habitual 😉

Abrazo,

Pepa

 

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