Una tarta de queso

17 noviembre 2016
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¡Cómo explicarlo! ¡¿Cómo describir la sensación cuando alguien te cuida y te mima tanto como para llevarte a un lugar que es un entorno de seguridad, un entorno afectivo creado a su vez por alguien a quien no conoces de nada, a quien no has visto jamás y sin embargo a quien no vas a poder olvidar?!.

Euskadi es una tierra extraña y bella, eso no es un secreto para nadie. Tampoco lo es que parte de mis orígenes están allí. Pero lo que me conmueve profundamente es que cada vez que viajo por allí algo escondido, inesperado llega a mi vida. Tengo amigos en todas sus tierras, Vitoria, Bilbao, Donosti… amigos que de una forma curiosa permanecen en mi vida. Nos vemos poco objetivamente pero nunca dejamos de vernos. Pasan los años y nos reencontramos y la conversación fluye de un modo suave, profundo y conmovedor. Son amigos que no están en mi cotidianidad, pero que me llegan al alma de una forma diáfana.

Pero los amigos de los que hablo son amigos míos hace muchos años ya. Y sin embargo, los tres o cuatro viajes de trabajo que hago por allí cada año me regalan nuevos encuentros, nuevos rostros. Gente que demuestra un nivel técnico, un rigor profesional y una humanidad nada presuntuosa. Orgullosa sí, pero en absoluto engreída. Y son personas, asociaciones, instituciones que desarrollan su trabajo en el ámbito social, educativo o judicial (los tres ámbitos en los que suelo trabajar allí) con un nivel de calidad que los convierten en referentes para mí y para muchos otros profesionales de mi ámbito en España. Así que me entran ganas de ampliar ese ramillete de amigos de allí, de mantener el contacto, de seguirles la pista, sólo para poder seguir compartiendo conversaciones de alma en lugares inesperados.

Una de esas personas de las que hablo, con quien ya me encontré con el alma hace tres años, y de nuevo el año pasado y de nuevo éste me ha hecho un regalo infinito que merece esta entrada de blog. Él es un buen hombre, aunque él nunca lo diría, pero como estas lineas son mías puedo hacerlo ;-). Tiene una visión del trabajo asociativo tan inusual como certera, ha transformado el tejido social de Guipuzkoa y lo que es más importante, la vida de muchos chicos y chicas que están a su cargo y del equipo espectacular con el que cuenta. Es un padre tierno y un profesional que cree y le apasiona lo que hace aunque eso le lleve a sufrir a veces. Me llevó, me recogió, volvió para poder comer conmigo y llevó a su segundo de a bordo, otro profesional increible y otra persona estupenda. Cuidado, cuidado y cuidado. Los pequeños grandes detalles. Y me dijo: he reservado para comer en un sitio que sé que te va a gustar.

Y vaya si me gustó. Es curioso, porque durante los dos días he estado trabajando con los equipos un concepto clave para el trabajo que se desarrolla en los centros de protección: el espacio de seguridad y la afectividad consciente que los adultos necesitan desarrollar para crear ese espacio para los chicos. Pues cuando salí del restaurante pensaba: quizá en vez de un curso mío deberían ir a comer a este restaurante y vivirían lo que es un entorno afectivo y de seguridad. Y no haría falta más explicación. Como digo yo siempre, una vivencia de “tripas” (en este caso, literalmente además) vale más que cualquier discurso, incluidos los míos ;-)

Hay algo mágico en ese lugar. Por supuesto la decoración llena de pequeños detalles, sombreros curiosos y demás. Obviamente el mimo en la comida deliciosa, sin la cual el cuidado resultaría falso. Pero sobre todo Arkaiz (espero no equivocarme al escribir su nombre). Un hombre que te abraza cuando te conoce, que es capaz de darte un beso en el cuello si pasa por detrás, te ha estado observando y cree que lo necesitas, y lo hace con tanta ternura que no sólo no incomoda sino que te hace sentir mimada y querida, alguien que flota por las mesas dándose cuenta de todo sin que notes nada…alguien que ha cocinado una de las mejores tartas de queso que he probado en mi vida. No sé cómo explicarlo. Y sin embargo, al mismo tiempo, es justo lo que trabajo para lograr que los equipos técnicos creen en los centros.

Es el aire que logra que respires, hecho de calidez y hogar, pero al mismo tiempo de respeto. Un lugar donde puedes estar solo y sentirte cuidado, donde puedes conversar o estar en silencio, donde todo fluye sin estridencias porque hay alguien que cuida con consciencia de que sea así: cada pequeño detalle, cada gesto. Y también alguien que en una sociedad como la vasca, no tiene miedo a mostrarse, al contacto físico y a mirarte a los ojos. Sin sombra. Sin miedo.

No me queda más que copiar el nombre y la dirección. Por si alguien quiere ir a comprobar lo que yo llamo un espacio de seguridad, lo que significa mantener la afectividad con consciencia.

Restaurante Zumardi
Orkolaga Kalea 2 bajo
Hernani

Id, sentaos a una mesa y dejaos cuidar. Gracias, Josu, por llegar a mi alma. Gracias, Miguel, por la comida. Gracias al equipo de Agintxari por todo lo compartido. Y Arkaiz, no sólo no te olvidaré sino que volveré ;-)

Pepa

Pd. No pude evitarlo: repetí ración de tarta de queso. Y me la regaló. Eso, aunque no sea lo más importante, pero hace también lo que vives real. Porque las cosas más especiales son regalos, siempre son regalos. Para él ver mi emoción al comerla, para mí que me la regalara.

Permanecer despierta

6 octubre 2016
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El otro día al salir de una conferencia alguien me dijo: “Por favor, no dejes de escribir nunca tu blog. Iluminas la vida de mucha gente”. Casi no supe mostrarle lo conmovida que me quedé con sus palabras, pero no las he olvidado. Sólo pude contestarle “lo prometo” y para honrarla a ella y a sus palabras, me siento de nuevo esta noche.

Recuerdo a menudo la parábola de los talentos, uno de esos pasajes que dan sentido a la biblia completa. Ese reparto injusto y desigual combinado con la certeza de que te toque lo que te toque, hay un margen en que depende de ti la cosecha final.

Y es que mi cosecha es muy hermosa. Miro a mi alrededor y me sé bendecida. Sé que he recibido talentos indescriptibles, y no me refiero a los mios propios, sino al amor que me rodea, a las oportunidades que llegan, a las personas que se me acercan. Hoy miraba el atardecer sentada en mi terraza mientras hacía fotos de las nubes y se las enviaba a mis pacientes amigos, y escuchaba al mismo tiempo las risas de mi hijo con uno de sus grandes amigos construyendo una cabaña en la otra terraza. Y pensaba en eso, en mi privilegio.

Esta mañana he empezado mi día abrazada a mi hijo, y luego desayunando con dos amigos cuya piel se erizaba igual que la mía con lo que compartíamos. He trabajado un rato en el que me han llegado peticiones varias y ecos del signficado de lo que hago, incluida una propuesta de alguien a quien he visto una vez pero que me dice que en vez de ir a un hotel se sentiría honrado si aceptara ir a su casa a y compartir con su familia. Y un mensaje maravilloso de una ex paciente lleno de ternura y risas.

Y luego he ido a la reunión de la clase de mi hijo, donde un profesor que no tengo palabras para definir pero que, si pudiera, clonaría para todas las escuelas y niños y niñas del mundo, nos explicaba cómo iba a introducir las fracciones con música o la geometría con construcción. Y antes de entrar me esperaban abrazos amados, especialmente el de la que mi hijo llama ya “su segunda madre”. Y al salir mi hijo y su amigo me han enseñado el club que han construido en el campo que tienen de “recreo” una hora al día, en el que han construido una valla impresionante y varios espacios dentro alrededor de unos árboles (árboles que, claro está, para ellos no se pueden llamar árboles porque no puedes trepar a ellos, así que el espacio que tienen no lo llaman “bosque” como en el edificio donde estaba antes el cole que iban a un bosque, bosque, sino “campo”).

Y después un helado con los dos peques, que han llegado a casa y sin decir nada, han cogido sus carpetas y han hecho sus deberes antes de construir su cabaña. En esas andaban cuando ha llegado a casa una amiga que se ha escapado cinco minutos para traerme un producto nuevo que han sacado y que ella ha encargado para mí que ayuda con lo del pelo, ha venido, me lo ha dado, me ha abrazado y se ha ido. Y luego en la cena y alrededor de una pizza los niños y yo hemos tenido una conversación increíble sobre cómo era eso de morirse y a dónde ibamos después. Y mi hijo me ha dicho tranquilamente: “cuando me muera mi cielo será como despertar en un bosque junto a un arroyo y caminar hacia una aldea y que tú salgas a recibirme y me abraces”. Qué puedo decir a eso?

Y llega la noche y mientras ellos duermen yo me siento rodeada de luz por fuera y llena de luz por dentro. Y siento paz, y siento también que son tantas cosas, pequeñas y grandes que fluyen en el tiempo y que casi pasan desapercibidas si no te mantienes despierta, consciente, mirando y paladeando. Porque todo esto ha pasado sólo hoy. El día de hoy ha sido un día especial y único, aunque al mismo tiempo no haya pasado nada aparentemente especial, pero lo ha pasado todo.

Porque estas semanas está habiendo otros días, días de esos en los que sí hay acontecimientos destacados, de esos que sí es fácil ver, y conmoverse y ser consciente. He vendido mi casa de Madrid, por ejemplo, y he comprado un piso en Palma, justo todo seguido en apenas dos días. Ya soy un poco más mallorquina si cabe. He recibido la confirmación de la publicación de uno de los libros que escribí este verano y de una guía que he elaborado para Unicef, y he enviado el tercero a la editorial, me voy a Panamá unos días la semana que viene en parte trabajo y en parte de vacaciones a un sitio increíble con mi hijo y parte de nuestra familia mallorquina, he emprendido el camino de la búsqueda de orígenes de mi hijo en respuesta a su petición antes del verano…están pasando cosas, muchas cosas importantes, de las visibles, de las que desde fuera y desde dentro sé importantes.

Están las unas, y están las otras. Y todas suceden. Y si no las ves y atesoras, pasan. Las vives, pero te las pierdes si no estás despierta.

Y antes de acabar de escribir esto, ha comenzado una lluvia potente, la tercera del día.
Pepa

Testimonios descarnados

7 septiembre 2016
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En los últimos dos años he leído cuatro libros de los que me han atravesado el alma, tres de ellos en los últimos seis meses. Son de esos libros que pongo empeño en que toda la gente que amo lean, esos que puedo emplear en mi trabajo y que, como le he escrito al autor del último, estoy convencida de que leerlos nos hace mejor personas. Al menos a mí me han hecho mejor persona.

El primero fue “La hora violeta” de Sergio del Molino, una carta de amor de un padre a su hijo muerto por leucemia. Indescriptible.

El segundo fue “Instrumental” de James Rhodes, sobre el que ya escribí esto, y que describe la experiencia de un hombre que fue violado de niño y las consecuencias que esa experiencia tuvo en su vida. Estremecedor.

El tercero fue “Ante todo no hagas daño” de Henry Mash, un libro escrito por un neurocirujano londinense que describe la experiencia de su profesión, la toma de decisiones, su perspectiva del dolor y sufrimiento de sus pacientes (y el suyo propio cuando su propio hijo tiene un tumor cerebral) y la actitud de sus compañeros de profesión ante ese dolor de sus pacientes.

Y el último lo he acabado hoy, “Cómo explicarte el mundo, Cris” de Andrés Aberasturi, otra carta de amor de un padre a su hijo con parálisis cerebral.

Todos ellos son testimonios de vida y de muerte, de dolor y de amor, de sentido y sinsentido, de angustia y consuelo…

Pero no es sobre ellos sobre lo que quiero escribir. Sobre ellos sólo puedo deciros: por favor, leedlos. Pero hay algo que une estos cuatro libros y es que son testimonios descarnados, hirientes, absolutamente a flor de piel. Y los cuatro son de hombres.

Y me ha hecho plantearme lo inusual de este tipo de libros, de estos testimonios, y particularmente de estos testimonios como hombres. Sólo recuerdo un par de libros antes que me impresionaran tanto como relatos del dolor de un hombre (algunos testimonios de personas que fueron torturadas o que participaron o presenciaron diferentes conflictos armados) o de un padre. Aún recuerdo un libro que leí por recomendación expresa de mi padre, que me dijo “es lo mejor que ha escrito nunca, de sus libros es el que pasará a la historia”, “Mortal y rosa” de Francisco Umbral, que lo escribió también después de la muerte de su hijo.

Hay canciones, hay poemas, pero libros tan directos, tan descarnados…no lo sé, a lo mejor soy yo que me llegan más o que pueden entrar en mí y dejar huella. Pero siento que los relatos de este tipo cuando los hacen hombres tienen algo diferente. Es una intuición que he tenido en consulta donde la descripción del dolor de un hombre siempre lo he sentido diferente de la de una mujer. No el dolor en sí mismo, que se parece a veces como gotas de agua, sino la forma de relatarlo. Ya sé, ya sé, sé que puede (y seguro que lo será) una generalización inválida en sí misma por englobar una totalidad. Pero no sólo lo he vivido en mis amigos hombres y mis amigas mujeres, en mis pacientes hombres y mis pacientes mujeres…es que lo veo en estos libros. Sé que hay una diferencia cualitativa en el testimonio de quien ha conocido el HORROR respecto a quien lo relata sólo por referencias, sea el testimonio de un hombre o mujer. Pero siento además que la mayoría de los hombres que lo han conocido lo describen de forma diferente de las mujeres que lo han visto de frente.

¿En qué siento que son diferentes? En que quedan abiertos (una vez más ésta es una expresión de un amigo hombre, hablando hoy con él en el café sobre este tema), no buscan un final ni un sentido ni una globalidad, o al menos no siempre. Sueltan, casi escupen su vivencia como si no pudieran hacerlo de otra forma, como temiendo que si lo piensan, o bien no lo contarían o le darían otra forma que ya no sería auténtica ni veraz. Me impresiona la sencillez y brutalidad de las imágenes que se emplean en los cuatro libros, la exactitud casi como si diseccionaran la vivencia. Describen la certeza de sentirse perdidos e indefensos. Utilizan adverbios y adjetivos como “desesperado”, “descarnado”, “abrumador”…palabras a las que sólo el DOLOR con mayúsculas les otorga valor de verdad. Lo hacen sin justificarse, sin exculparse, hasta el punto que a veces casi se agreden a sí mismos en sus apreciaciones. Los cuatro son libros que te hacen llorar, que te duele leer, que te obligan a parar en varios momentos. Bueno, al menos es lo que me ha pasado a mí, no puedo generalizar.

No lo sé, no me hagáis caso, quizá no tiene nada que ver con que sean hombres, y sí con el DOLOR en letras mayúsculas que narran, sean hombres o mujeres quienes lo narran. Quizá es sólo una casualidad que hayan llegado a mis manos cuatro libros tan poderosos en tan poco tiempo y hubo muchos antes y habrá muchos después y no es verdad lo que intuyo, que ahora haya más testimonios de este tipo.

Porque lo que intento decir es que siento que algo está cambiando. Y que sean hombres quienes den un paso al frente para describir el dolor me parece significativo e importante. Las mujeres lo han hecho más y antes y creo que lo seguiremos haciendo. A nuestro estilo. Supongo que al que tenemos cada persona.

Quizá es tan sólo que me han conmovido profundamente. Y desde aquí, y una vez más, les doy las gracias por sus testimonios, por su dolor y su verdad. Por lo mucho que me han dado como persona y como mujer.

Soy pesada: leedlos.
Pepa

Volviendo

31 agosto 2016
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Los tiempos plácidos tienen la virtud de pasar casi desapercibidos, como si fueran una ráfaga de brisa, que en parte te deleita y en parte se esfuma. Y luego llega el momento de hacer volver al alma, que se quedó prendida de la brisa, a una presencia consciente en otro ritmo de vida.

Pocas veces un verano se me ha pasado tan rápido y tan sosegado al mismo tiempo. Ha sido una sucesión de visitas amadas a nuestro hogar, lavadoras, comidas, y excursiones a pequeños rincones de mar y montaña. Este año, al sentirnos ya en casa, decididí que fueran rincones nuevos e inesperados. Y nuestra isla, para variar, no nos decepcionó. Al contrario, ha sido un tiempo lleno de pequeños paraísos.

Y me llama la atención estar tan descansada cuando en realidad apenas he desconectado del trabajo. Ando metida en tres proyectos que me hacen especial ilusión y que merecían tiempos robados a las visitas y el sueño para terminarlos y poder enviarlos a tiempo. Así que he trabajado, no demasiado, pero sí constante todo el verano con la consciencia de estar sembrando cosas en las que creo de corazón. Cuando las publiquen, os lo iré contando.

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Y luego llega un día que digo adiós a la última visita (durante el año continúan, pero no con esta intensidad) y vuelvo a estar sola en casa con mi hijo. Despues de dos meses y medio con gente en casa de continuo (gente que se va por la mañana y llegan otros por la noche con tiempo apenas para cambiar las sábanas) siento una sensación bonita y extraña al mismo tiempo: recuperar mi espacio y al mismo tiempo sentirlo transformado, lleno de vivencias con gente que amo, diferente ya.

Este verano no ha sido un verano cualquiera. He amado, he vivido, he visto atardeceres inolvidables, he nadado con luna llena, he abrazado, acariciado y reido, he conversado y he acompañado momentos claves de muchas vidas. Soy consciente, y me conmueve.

Y como siempre José encuentra su modo de plasmar este momento de un modo gráfico. Me pidió revelar las fotos de todo el año en Mallorca para poder cambiar el corcho e incorporar a nuestras fotos a gente sin la que ya no sabríamos ni queremos vivir. Y me pidió que le guardara todos sus peluches de la cama menos sus tres o cuatro favoritos en una bolsa “para poder dárselos a mis hijos cuando sea mayor”. Y ahi están, en una bolsa, en el armario. José ha crecido por fuera y por dentro. Algo mágico ha sucedido y me hace feliz estar presente y no perdérmelo.

Así que aquí estoy, volviendo. Feliz, consciente y plácida. Con algo de pereza pero con muchas ganas.

Y me encanta que sigáis aquí conmigo.
Pepa

La cueva

13 julio 2016
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Escribo esta noche desde un hotel en Huesca. He tenido un curso precioso. Pero me falta el mar, mi mar. Me parece increible que después de apenas un año viviendo allí se haya convertido en una necesidad tan física para mí. Hace unos días les decía a mis hermanos que nunca había sido más feliz que este año, pero me faltó explicarles que no me refería tanto a los acontecimientos sino al espacio físico. No había vivido en un lugar donde mi cuerpo se relajara nada más llegar. Esa sensación física no la siento más que en Baleares. Me pasa en casa, en Mallorca, pero también me ocurre en Menorca. Es una sensación muy física que no logro explicar bien pero que me invade. Cuando me levanto en casa y veo el mar, es como si mi alma sintiera que al fin ha llegado a casa después de tantos años. Yo fui muy feliz en Madrid y añoro a mi gente de Madrid y mi gente de Zaragoza, me produce un gozo increible cuando vienen a vernos y a estar con nosotros. Pero no conocía esa sensación. Y ahora que la conozco me parece dificil poder vivir sin ella.

En los últimos dos meses están pasando cosas importantes en mi vida, valiosas y preciosas. Es como si el haber cerrado página al dolor y a la angustia que vivimos en los últimos dos años mi hijo y yo me hubiera permitido desengancharme de la preocupación y mirar hacia la inmensidad. Y entre esa mirada hacia delante y mi cabeza descansada y limpia parece que el tiempo se condensa y se llena de acontecimientos. Prometo contarlos poc a poc, como dicen por aquellas tierras. De momento toca vivirlos.

He tenido días de mucha gente en casa, aprovechando que el peque está de campamentos he disfrutado y he salido aunque también he trabajado, pero he disfrutado de mi soledad. Esa soledad que se vuelve regalo para mí como madre. Tuve en tres días mucha gente en casa, a comer, a cenar…de todo. Pero luego vinieron a casa una pareja que es parte de mi familia y de mi alma. Fuimos a sitios nuevos que no conocía, disfrutamos. Vimos un atardecer increible. Comimos genial en sitios inesperados. Nos bañamos, conversamos, reimos..

Pero el otro día pasó algo que merece relato. Y cuando ocurrió les dije a quienes estaban que escribiría sobre aquello. Fui con unos amigos a Cala S´Almonia, una de las calas más bonitas que hay en Mallorca y que yo no conocía. Un lugar curioso, señalado con una flecha roja porque la gente de la zona quita los carteles en un intento del todo iluso e ineficaz de que no se llene de turistas. LLegamos pronto, por suerte, y aún pudimos disfrutarla. Iba con tres amigos de los que son regalos de la vida, dos de ellos la pareja que mencionaba que son de mis amigos más antiguos, de los que están a mi lado desde casi casi cuando puedo recordar y el tercero de los más recientes, de los que la isla me ha regalado para darme motivos sobrados para no quererme ir, además de su luz y su mar. En fin, la mejor de las compañías.

Y la cala tiene cuevas. Y había una de ellas que tenía un paso por abajo. Me gusta el mar, y me gusta mucho más verlo por dentro. No buceo pero puedo pasarme mucho tiempo mirando el interior del mar con las gafas. Asi que no lo pensé. Me metí detrás de uno de mis amigos mientras el otro pensaba que bromeaba al decir que iba a pasar. No le dio tiempo a advertirme que la cueva era baja, que había que ir con la cabeza hacia abajo. Y cuando yo estaba feliz cruzando la cueva y pensé que ya había llegado al final de la cueva porque se veía ya la luz subí la cabeza y me di contra la cueva. Fueron instantes, pero el golpe me desconcertó. Creía estar al final ya y si no lo estaba, no tenía ni idea de cuánta cueva podría quedar. Me desconcerté y perdí el control de la respiración. Pero enseguida sentí el brazo de mi amigo que tiraba de mi con fuerza (aún me duele) y eficaz hasta sacarme de allí. Quedaba muy poquito de cueva, así que fue fácil y no tuve problemas, pero la impresión me caló.

No soy de cuevas, pero estaba feliz, y era precioso y me apetecía. No suelo hacerme la valiente, era puro disfrute. Pero la vida encuentra maneras sutiles a veces (otras crueles y voraces) de recordarte tus límites. Al menos a mí me pasa. Y cuando lo hace conecto con mi fragilidad, con mi pequeñez y una vez más con mi convencimiento de que sólo una red de amor te hace más fuerte. Como dice un amigo mío “no soy yo el fuerte, ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes”. Pues eso. Nunca hubiera bajado a la cueva sola. La presencia de mis amigos era garantía de seguridad. Pero no creo que hubiera podido salir sola de la cueva. Una vez más, conecto con mi más intimo convencimiento: es el amor el que salva, en cualquiera de sus formas.

Me siento privilegiada, me sé privilegiada. Me llevan a lugares mágicos. Me saben mirar. Me sacan de cuevas. Mi hijo me abraza aunque ya diga “me he hecho mayor, mamá”. Hoy me han vuelto a llenar de abrazos al acabar el taller. La última vez me pasó en Guatemala, que hicieron fila para abrazarme, hoy ha sido en Huesca. Recibo mucho. Muchísimo.

Así que toca decir para dentro: gracias.
Pepa

Entrevista diferente

16 junio 2016

Hace unos dias me hicieron una entrevista de radio especial. Es una radio pequeña, de caracter social, con poca cobertura… Pero justamente por todo eso decidí ir. Y de hecho fuimos, porque por el horario y las posibilidades tuve que llevar a José conmigo. Las cosas de la conciliación de la vida familiar y laboral de una madre soltera. Además era una oportunidad de que conociera cómo es una radio por dentro.

La maravilla de las tecnologías actuales es que esa entrevista, que no sé cuánta gente escuchó, ahora está en la red, y puedo incluirla aquí, por si queréis oirla, por si queréis pasar un rato. La incluyo porque fue especial por muchos motivos. Me preguntaron cosas que no me habían preguntado antes, y algunas de ellas muy personales. Por algo el programa se llama Inspiraciones. Os dejo en enlace a la entrevista aquí.

Así que gracias a quienes hicieron posible el programa, fue un lujo compartir esa hora, y espero que os guste. La voz tiene fuerza, es como tener un poco más y un poco más cerca a la persona. Y además esta entrevista tiene una sorpresa final ;-)

Pepa

El anciano de ojos marinos

30 mayo 2016
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Érase una vez…

un anciano de ojos marinos y caminar pausado, que vivía ya con parte del alma acunada por la luna. Cada noche se dejaba en ella, como si un cántico le invadiera. Pero había otra parte de su alma que andaba aún prendida a la tierra. Y aquel cántico se volvía vibración en sus pies desnudos cada amanecer.

Tan fuerte era el cántico que aquel anciano había dejado de hablar y se comunicaba con sus vecinos, breve y conciso pero lleno de universos de significado, como sólo el lenguaje sin palabras puede ser. Poseía dos lenguajes que los habitantes de aquel pueblo, sobre todo los que le habían visto crecer, atesoraban casi de forma enciclopédica.

Su primer lenguaje eran sus manos. Unas manos amplias y rugosas, llenas de cauces de viento, que a los niños y niñas del pueblo sobre todo les encantaba acariciar. Un regalo infinito contenido en el cuenco de aquellas manos.

El anciano había cultivado la tierra, serrado árboles, construído barcos con aquellas mismas manos. Las mismas que en un instante se tornaban sobre el rostro de quien estuviera a su lado, lo cubrían y lo delineaban. No eran caricias sino presencia. No era invasión sino certeza. Aquellas manos devolvían en cada roce memorias de vida añorada. Y las personas, los niños, los mayores, las mujeres, los hombres…reían, lloraban o temblaban al recuperarlas. Sin moverse un ápice, temerosos de perder lo que siempre fue suyo: su alma. Un alma que cuando el anciano apartaba sus manos y juntaba su frente con la del otro, a modo de cierre y despedida, ya se había llenado del mar que anidaba en sus ojos.

Era un regalo, un regalo de mar, luz y amor. Apenas un instante. Imprevisible. Nadie sabía cuando ocurriría ni a quien. Pero cuando ocurría todos observaban en silencio, conscientes del momento.

Pero el anciano tenía un segundo lenguaje, uno que había tardado años en aprender. Mucha gente se preguntaba cómo habría llegado a saberlo, ni de dónde ni por qué. Preguntas que el silencio del anciano dejaban siempre sin respuesta. Y es que el anciano tenía un jardín, un jardín en su casa frente al mar.  Un jardin lleno de flores. Flores de colores suaves, vibrantes o aterciopelados. Flores de formas sutiles o impactantes. Había flores que los de aquellas tierras nunca antes vieron y que no crecían en ningún otro lugar. Flores que sólo el anciano sabía cultivar y que los aldeanos temían que murieran con él, que aquel jardín se quedara en un espejismo cuando él se hubiera ido.

Nadie sabía cómo había llegado a florecer tanta hermosura. Del mismo modo que nunca pudieron saber cómo aquel anciano sabía sin saber, conocía sus más profundos miedos, anhelos y dolores sin que ellos se lo hubieran verbalizado nunca. Debía, por fuerza, conocerlos porque cuando eso les ocurría, cuando un miedo se les instalaba en su tripa antes siquiera de que pudieran nombrarlo, o aquella tristeza consumía su piel sin poder evitarlo, o incluso cuando de tanto esperar una respuesta, un gesto o una palabra llegaban a perder su propia voz…era entonces cuando de noche, sin saber cómo, una de las flores del jardín del anciano aparecía prendida en el alfeizar de sus ventanas, en sus puertas o en la valla de sus jardines.

Siempre una sola. Siempre sin notas, sin palabras. Siempre sin que el anciano hiciera mención alguna a ellas. Sin explicación.

Pero aquellas flores permanecían vivas a la par que sus pesares, y conforme sus pétalos se caían, también sus pesares, anhelos, miedos o tristezas volaban al aire. Y una mañana descubrían que la flor, su flor, siempre única, siempre diferente, había perdido sus pétalos al mismo tiempo que su alma, su piel o sus voces vibraban de nuevo.

Y era entonces, cuando su alma estaba ligera, que escuchaban el cántico de la tierra y del cielo, el mismo canto del anciano, y con sus manos, que por un momento se llenaban de mar, acariciaban su rostro y, poco a poco, el de quienes tuvieran junto a ellos.

Pepa

mallorca, 30 de mayo 2016

 

Encontrar mi lugar

15 abril 2016
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Conversación con mi hijo al salir del aeropuerto de Palma, llegando de vuelta de las vacaciones de semana santa:

- Mami, párate.

-Dime, cariño.

-Respira – y ambos inspiramos- lo hueles? lo sientes? Pues éste es mi olor, mi lugar. Ni Madrid, ni Zaragoza. Éste. Y de aquí no me muevo. Me encanta ir de viaje contigo pero quiero ir a un sitio cada vez y pocos días.

Éste es mi lugar. Él lo tiene incluso más claro que yo. Y sigo asombrándome de esa claridad. De la suya, de la mía. No hace ni un año que vivimos aquí pero hay algo de mi alma, y obviamente de la suya, que siente que ha llegado a casa.

No sé por qué. Y no me importa. Sólo disfruto cada despertar. Es extraño cómo siento que las raíces surgen de forma natural, como si algo de mí siempre hubiera pertenecido a este lugar. Y quizá sea así. Y es una vivencia muy física, muy de conexión con la tierra, la luz, el mar, el paisaje. Luego además está nuestra gente, relaciones que van adquiriendo profundidad, como una urdimbre de afectos que se va tejiendo hasta hacerse tangible. Como me pasó en Zaragoza, y me pasó en Madrid.

Me resulta difícil expresar este cambio interior. Cambio de raíces, de lugar en el mundo. Cambio en la forma de estar, y cambio silencioso. Del futuro al presente. De planificar a fluir. De puertas hacia fuera a puertas hacia dentro.  Con ganas de quietud, de silencio y de hogar. Simplemente mirar, vivir, y gozar.

Ya no tengo grandes proyectos, ya no quiero planificar. Tengo el privilegio de desarrollar varios proyectos laborales plenos de sentido, en los que veo los cambios a diario, cambios que significan vidas de niños y niñas que cambian y se abren y se iluminan y, por supuesto, corazones de los adultos que les acompañan que se apaciguan, y procesos que culminan después de mucho tiempo y energía. Culminan en muchos pequeños nuevos comienzos.

Tengo el regalo de ver a mi hijo crecer feliz. Y es una conquista a la que sólo en los últimos tiempos me permito darle el valor que tiene. Dar valor. He ahi una expresión que está adquiriendo valor de verdad en mí. Él está encontrando su lugar en el mundo, y es un lugar hermoso. El de fuera lo es, pero el de dentro de su alma, lo es más. Y ha decidido dar el siguiente paso en su búsqueda de raices, que empezaremos a la vuelta del verano. Y para mí ése es el mejor indicador de su bienestar. Ése y su caricia de cada mañana al dejarle en el cole.

Lo demás vendrá por añadidura. Y soy consciente de que queda aún mucho por llegar.

Y mi mar…mi piel que se expande…

Pepa

Llamar a la magia

23 marzo 2016
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San José esconde para mí un hilo de amor que merece honrarse cada año. El día de san José cuando yo era niña siempre lo celebraba con mi padre, era su día por ser padre y era el mío por mi santo y siempre hacíamos algo especial. Creo que era el día al año que yo sentía más nuestro. Y como niña, y como hija me parecía un regalo vivirlo con él.

Hasta que mi padre falleció, y fue a morir la noche de San José, madrugada del 20 de Marzo, hace ya 11 años. Y yo sentí que mi santo había dejado de ser una celebración para pasar a ser memoria de amor, que sigue siendo celebración pero no es lo mismo. Ni mucho menos. Y me resigné.

Hasta que un par de años después llegó mi hijo a mi vida. Y cuando me dijeron que se llamaba José sentí que aquello era un regalo de mi padre. He pasado de celebrar mi santo con mi padre a celebrarlo con mi hijo cada año. Los hilos del amor, que trascienden a la muerte, y permanecen. Son lo único que nunca se rompe. Así que cada año mi hijo y yo hacemos algo especial por nuestro santo, algo mágico. Y yo siento, y él lo sabe, que honramos al abuelo Luis al hacerlo.

Así que nos fuimos a Menorca, y nos fuimos a la playa a coger cangrejos y hacer agujeros en la arena con Martin y con Toni, unos amigos con los que el amor se hace palpable en cada pequeño detalle con el que nos reciben y nos cuidan. Y José jugó al ajedrez, y al balonmano y cenamos pizza y hicimos un montón de pequeñas cosas maravillosas por hacerlas juntos y con consciencia.

Y luego el mismo día de San José, entre llamada y llamada de gente amada, volvimos a casa. Y en casa nos esperaba la magia. Porque hay algo difícil de explicar sobre Mallorca y es que llama a la magia. Escritores, músicos, poetas lo han sentido. Pero no sólo ellos. En esta isla caben movimientos de pedagogía alternativa, comunidades hippies, gente con vidas diferentes y en búsqueda de una coherencia vital y de sus sueños. Sé que esa gente la hay en todos lados, pero sé también que hay lugares que llaman a la magia. Y Mallorca es uno de ellos.

Sólo un ejemplo. El peque está haciendo de “extraescolares” este año: instrumentos musicales (no tocarlos, sino construirlos con materiales que sacan del bosque, tallan, pegan y construyen según el caso, tenemos ya un diyadidu en casa maravilloso), talla de piedras (sí, talla de piedras, fascinante ver lo que crea y cómo lo trabaja), circo (al fin! lo que más le gusta con diferencia al peque) y escalada (en Valdemossa, un lugar mágico al que sólo llegar te hace abrir la boca de gozo, el peque decía con razón que él de allí no se iba). Casi lo mismo que tener inglés o informática. Pero las tiene porque aqui son posibles. Si en Madrid cerca de casa hubiera tenido esas actividades, las hubiera hecho. Busqué circo en Madrid y sólo encontré un grupo de circo para niños en toda la ciudad con lista de espera brutal. Busqué baile moderno para el peque, y en el barrio sólo había ballet. Busqué escalada y teniamos una hora de viaje para el rocódromo más cercano. Y por supuesto en el cole no tenían cabida y no porque no se propusieran sino porque las familias no apuntaban a los chicos a las actividades más novedosas que se proponían (ajedrez se acabó por falta de niños, biodanza no salió..). Y hablo de Madrid porque es lo que conozco, pero creo que por lo que veo en mi trabajo con las familias es una experiencia similar a la de otras ciudades y otros coles.

Yo lo digo siempre en los talleres. No educamos en lo que decimos, sino en lo que hacemos y lo que vivimos.  Y la vivencia en la que está creciendo el peque ahora es otro universo, en el amplio sentido de la palabra.

Así que la tarde de nuestro santo la pasamos metidos en un universo mágico. Tenía su primera exhibición de circo, donde hacen acrobacias con telas y aro y malabarismos. Me impresionó desde el principio el rigor con el que trabajan unido a la dulzura constante. Cómo cuidan la totalidad, es decir, no sólo es el ejercicio sino los colores, las formas, el modo de realizarlo…es el universo que crean para que te envuelva. Es como el circo del sol pero en principiantes ;-). Estuvimos tres horas y media de actuación con un par de descansos y allí no se movió nadie. Niños y niñas desde los tres años haciendo acrobacias, cada uno en su nivel y las familias con cara embobada mirando. Las actuaciones de los profesores increibles. Y compartir esa actuación con nuestra gente amada, ver a una peque de tres años integrarse en un grupo inmenso, embelesada por lo que vivía y atreviéndose a subir a las telas en el descanso. Porque eso es algo que cada vez veo más claro y que intento trabajar a diario, si permites a los niños y niñas regularse, moverse físicamente (qué batalla llevo, yo y muchos más antes que yo, en los procesos de supervisión en los centros educativos para que acepten incorporar el movimiento físico al día al día del centro para hacer posible un aprendizaje que cale, que quede en el niño), y lo haces con consciencia, acompañándolos, lejos de producirse el caos que mucha gente argumenta y teme, se produce como un baile, un fluir, un orden que funciona.

Y acabamos el día cenando en un restaurante mágico también. Una mujer, María, que compró una casa en el pueblo de Mancor de la Vall, donde está el circo y el cole del peque y lo convirtió en un pequeño universo de detalles culinarios y de cuidado al cliente. Más magia encontrar un restaurante así, allí, y compartirlo con más gente amada.

Mallorca llama a la magia. Y sólo espero conservar la capacidad de asombro intacta para gozarla, para vivirla con consciencia. Porque es un regalo. Y merece la pena convertirlo en opción de vida consciente: mirar la magia, cultivarla, elegirla.

Y también el amor crea la magia. Y me siento bendecida a uno y otro lado de la vida. Porque Mallorca para nosotros también está llena de amor. Mallorca y el resto de nuestras geografías. Porque escribo desde Zaragoza para seguir celebrando con nuestra familia ;-)

Pepa

El silencio de la placidez

12 febrero 2016
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Es cierto que la felicidad no se narra, se vive. Paladearla, deteniendo el tiempo con consciencia para atesorarla en la memoria.

Cada vez hablo menos, me pasa incluso en los cursos. Escribo poco, en los cafés con amigos permanezco más callada y me bastan los momentos. No es que antes no fuera así, pero la intensidad me llevaba a expresar, compartir, implicarme.. pero lo más importante, lo más valioso, que sigue siendo intenso, queda en el silencio.

Hoy hemos celebrado el carnaval del cole de José. El carnaval ha sido un paseo por el bosque (el paseo para los niños han sido más de tres horas caminando niños y niñas desde los tres años hasta los quince por una ruta de bosque). La fiesta del jardin que despierta, la habían llamado. Los niños y niñas eran animales, plantas, elfos, duendes..lo que quisieran ser. Y al acabar el camino les esperábamos las familias con una comida en el bosque. Ha lloviznado, el día estaba destemplado. Y sin embargo yo no podía dejar de emocionarme mirando alrededor. Niños de todas las edades por el bosque, saltando, jugando. Familias conversando con los profes alrededor de la comida traida de las casas.

En el cole de José van de excursión cada viernes a diferentes rincones de la isla. Los padres los llevamos y los recogemos. Su clase un día a la semana es el bosque, el descubrimiento, la maravilla, el esfuerzo de las caminatas y la convivencia. Pero además van cada día una hora al bosque, es su recreo. Pintan, tejen, siembran y cosechan, tallan piedras y construyen con madera, crean instrumentos musicales y aprenden las tablas de multiplicar con juegos de percusión.

Es como haber cambiado de universo. Pero es un universo real. Está aquí. No es una utopía. Es real. Y es el camino.

El peque está centrado, gozoso y sereno al mismo tiempo. Hoy me comentaba su profe que es el primero en acabar las tareas y yo me acordaba para dentro de todos los días del año pasado que se quedó castigado sin recreo en el cole anterior porque no había acabado lo que debía hacer en clase.  Ha hecho muchos amigos (siempre se le dio bien, pero en un entorno así es todo más fácil). Pero no sólo él, yo también, los que ya tenía que se han hecho mucho más profundos y los regalos inesperados y hermosos que han llegado a nuestra vida.

El nivel de consciencia que preside la convivencia en el cole se plasma en cada pequeño detalle: cómo se habla (nadie grita, ni niños ni adultos) o los cuentos que se usan para aprender a leer y escribir (fábulas antiguas, historias medievales u orientales). El aprendizaje fonético de idiomas, cada profe habla en su idioma, cada niño habla en el suyo: castellano, mallorquin, inglés y alemán conviven y se interiorizan de forma natural. El aprendizaje de la física, las matemáticas, la historia..son infinitos pequeños detalles que crean un universo.

Por eso callo. Porque me resulta dificil describir la felicidad. La felicidad de José en la isla, en el cole, con sus amigos. La mía al verle sonreir sin parar. Mi felicidad al bailar (estoy aprendiendo bailes de salón, y haciendo más biodanza) o en los cafés de la mañana en el pueblo del cole o viendo el amanecer cada mañana sobre el mar mientras desayuno con José. Recibiendo a la gente amada que viene a vernos o con el calor que recibimos de nuestra gente aqui, que nos cuida con mimo y consciencia, el sonido del mar, caminar por la arena caliente..

Es cierto lo que cuentan. El ritmo de la isla se me mete en la piel. El tiempo cunde mucho más, es como si se alargara. Y cada vez me apetece menos moverme, y correr aunque lo siga haciendo. Pero no quiero ir a ningún sitio, me apetece infinito que la gente venga a compartir esta maravilla, a llenarse de ella. Quiero sencillamente estar.

Porque del trabajo ya ni hablo. La agenda llena para un año. El reconocimiento de la gente y la responsabilidad que conlleva. Ser escuchada y consultada y que confíen en mí para procesos de cambio complicados y difíciles a nivel institucional y personal. Pero estar en mi lugar más que nunca, tener un trabajo con sentido, que aporta luz. Es algo que no tiene precio. Pero eso no me lo ha dado la isla, sino un camino que viene de muy atrás y que también elegí, y perseguí y en el que arriesgué.

Y también, claro que sí! están la humedad, la ropa que no se seca, los mocos que vienen y van por nuestro primer invierno humedo, los madrugones, los aviones, la agenda llena, la logística constante, las particularidades de ritmos y maneras de la isla, el poc a poc…

Aposté. Arriesgué. Busqué. Perseguí mis sueños. Y luego la vida hizo el resto. Y es hermoso.

Como escribi hace poco, ahora toca mirar para adelante, seguir creciendo y disfrutar. Toca quedarse en la placidez.

Pepa