Mi cielo

1 febrero 2017
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Recuerdo cómo mi padre en sus últimos años de vida me contaba que él sentía que tenía más gente y vida en el cielo que en la tierra. Aquí abajo nos tenía a nosotros, pero arriba le esperaban sus padres, su hermano, sus dos mujeres y dos de sus hijos. Se sentía a mitad de camino entre dos lugares.

Con la muerte de mis padres, tanto la de mi padre más anciano y más natural como con la de mi madre más dolorosa por demasiado temprana, aprendí que morirse no es un instante, es un proceso en el que cada vez vas estando menos aquí y más allá. Y también aprendí que morirse de enfermedad o de anciano, a cambio del precio que pagas en dolor y deterioro, te proporciona dos privilegios únicos: que eliges cuando y cómo morir, y que puedes despedirte.

Estos días mi cielo está más habitado. Ya no sólo están mis padres allí, sino que está mi tía Carmina. Era la hermana de mi madre, y desde que mi madre murió, fue un poco nuestro hilo con ella, con su historia, su vida, hasta con sus facciones. Mis hermanos y yo comentabamos muchas veces cómo con los años se iban pareciendo cada vez más y a pesar de ser tan diferentes en sus opciones de vida, a veces cuando estábamos con mi tía, veíamos gestos y facciones de mi madre. Era una sensación preciosa.

Pero sobre todo ella fue nuestra tía. Fue la que ejerció de tal con plena conciencia y presencia en nuestras vidas. Nos cuidó, nos acogió y nos riñó cuando tocaba como tía. Con ella, mi tío Miguel y nuestros primos pasamos los reyes de nuestra infancia en Madrid. Benditos reyes que nos calaron tanto que hemos mantenido la tradición incluso cuando ya éramos mayores, con nuestros hijos. Ella nos hizo parte de su hogar en el que pasamos mucho tiempo y los últimos veranos con nuestros hijos.

Murió como murió mi madre. Con plena consciencia. Permitiendo que quien quisiera estar cerca de ella, pudiera hacerlo pero conservando la intimidad y la dignidad hasta el final. Teniendo conversaciones de alma, de esas que sólo puedes tener con alguien que sabe que se muere si eres capaz de estar suficientemente cerca. Murió como ella quería, no quería luchar si eso suponía grandes dolores y cuando estos empezaron, cuando sintió que le fallaban las fuerzas para seguir luchando después de dos años, se fue en un par de días. Pero vivió hasta conocer y bautizar a todos sus nietos.

Pero también en cierto sentido vivieron de una forma parecida. Fueron la piedra angular de sus hogares, la fortaleza para sus hijos, el caracter que aparecía y establecía límites innegociables. Y la ternura infinita que llegaba en la cercanía. Mi tía Carmina fue una persona coherente hasta el último aliento con su forma de vivir y de querer. Fue fiel a sus amigas de infancia y a las que la vida le fue regalando. Peleó junto con mi tío para tener una seguridad, un sostén. Crió a sus hijos con entrega y creando en ellos la certeza de lo que no tiene ruptura: el amor y la familia. Ayudó como y cuando lo consideró necesario. Y cuando hablo de ayudar, sé de lo que hablo. Recuerdo su presencia en la enfermedad y agonía de mi madre, sus constantes viajes de Málaga a Zaragoza, las horas de hospital. La recuerdo de madrina de mi hermano en su boda. Fue tan hermoso verles caminar al altar!

Ella nos quiso y nos acogió como parte de su familia porque éramos los hijos de su hermana. Sin más. Parte de lo innegociable. Nunca ocultó quien era pero tampoco te forzaba a ser como ella. No ponía condiciones al “sí”. Si no estaba convencida, daba un “no”. No había en ella chantaje, ni manipulación. Calló mucho más de lo que contó, salvo con su marido. Su amor. Su otro yo. A él sólo le ocultaba su propio dolor, que sabía que podía destrozarle.

Porque mis tíos han sido, junto con mi padrino y su mujer Elena, mis referentes de amor. No sólo porque vivieron 56 años juntos, sino por cómo los vivieron. ¡Cómo se puede querer tanto a alguien durante tanto tiempo!. Ser su fuerza, su bastión, su hogar y su consuelo. Ser su risa, su ternura y su luz.

En mi vida he tenido grandes privilegios. Y el amor de mi tía, y también de mi tío, es uno de ellos. He pasado los últimos dos años dándole las gracias por tanta ternura, por tanto consuelo que me dieron en mi vida, y recordándoles lo mucho que les quiero. Y ahora tengo una sensación extraña y bellísima, que se me mezcla con la tristeza, de oir sus risas entremezcladas: ella y mi madre, que vuelven a estar juntas. Ellas que permanecieron toda la vida juntas y  peleándose a menudo, pero toda la vida juntas, sin perder el hilo. “Es mi hermana”, decían la una de la otra. Con eso bastaba. Eso también lo aprendí de ellas.

Mi cielo está un poco más habitado, mi tierra es un poco más inhospita. Me he quedado un poco más huérfana. Me falta ella. Y mi parte niña siempre deseará que hubiera podido quedarse un poco más.

Pepa

La identidad

1 febrero 2017
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Hace ya cinco años publiqué un artículo al que llamé Ser espejo de identidades del que me siento particularmente orgullosa. Lo publiqué como profesional, pero también incorporando aspectos de mi experiencia como madre. Por entonces mi hijo tenía 6 años.

Desde entonces hemos vivido de todo. Vivimos un par de años de dolor y angustia muy difíciles de describir, pero vivimos también el duelo, la elaboración y su cierre. Y, sobre todo, la luz que llegó a nuestras vidas cuando la herida dejó de sangrar. Una luz que me dio la fuerza que necesitaba para cumplir mi sueño y venirnos a vivir al mar. Y con el mar la luz se multiplicó en amaneceres cotidianos, en la energía de esta isla, en nuestra gente amada, en el increíble cole de mi hijo y todo lo demás que he intentado narrar de a poquitos en este blog.

Ya van a hacer dos años que vinimos a Mallorca y José acaba de cumplir 10 años. Y hay algo que me tiene fascinada: cómo estoy viendo florecer a mi hijo. Mi madre siempre decía que las buenas decisiones y las buenas relaciones son aquellas que te hacen bien. “Las cosas están bien cuando te hacen bien“, decía. Una frase sencilla que esconde un universo, y que he convertido en uno de mis principios de vida. Cuando las personas vivimos cosas que nos hacen bien, florecemos. Y si se nota en los adultos, en los niños y niñas es ya evidente: crecen más (José creció tres tallas de pie en los primeros tres meses de vivir en Palma), ríen más, tienen más energía y más sosiego, todo en uno. Se llenan de luz. Nos pasa a todos, pero a ellos un poquito más si cabe. Del mismo modo, cuando sufrimos, nos empequeñecemos, nos cansamos, nos aislamos…nos apagamos.

Cuando tomé la decisión de venirnos al mar asumí un riesgo. No sólo para mí, también para José. Lo saqué de su mundo y su vida hasta entonces, lo cambié de cole, lo separé de sus amigos del alma (lo separé físicamente, que no de alma, como ha demostrado el tiempo). Sentí con la certeza que se sienten las cosas verdaderamente esenciales que iba a hacernos bien. Veníamos de vacaciones a mallorca y a menorca, y siempre volvía llorando porque quería quedarse más. El José que veía en la naturaleza, en la playa y en la montaña aquí nunca lo vi en Madrid. Intuía que el mar obraría en mi hijo lo mismo que provoca en mí: una sensación de paz que no puedo describir.

Pero seguía siendo una apuesta. Una apuesta de vida, pero apuesta. Como lo fue dejar el hogar de mis padres e irme a estudiar a Madrid, como lo fue adoptar a mi hijo o dejar mi trabajo en Save the Children y crear EspiralesCI, todas ellas probablemente las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Porque siempre vuelvo a lo mismo: la vida te da todo lo demás, te llena de luz con una única condición: que saltes al vacío, que seas valiente. Y a veces sencillamente es demasiado difícil, o sentimos que lo es, como para saltar. Otras veces no, otras saltamos, y entonces la vida se ilumina.

Cuando llegamos aquí, vi cómo mi hijo se sentía en casa con la misma rapidez que yo, pero había algo de él que seguía anclado en Madrid. Se sentía dividido, como cuando yo me fui a vivir a Madrid desde Zaragoza. Es una sensación, la de sentirte dividido, que yo ya conocía, pero para él era nueva. Su mundo zaragozano nunca le había supuesto una división porque aunque era esencial para él y ama a su familia y sus amigos de alli, siempre fueron visitas. Intensas y gozosas, pero visitas. Pero al irnos de Madrid perdimos la cotideanidad con nuestra gente amada de allí, y eso hacía que su alma estuviera dividida.

Pero ha pasado el tiempo, y mi hijo está floreciendo. Y se está convirtiendo en un hombre. Y tengo la inmensa suerte de que me encanta el hombre que estoy viendo aparecer. Con sus limitaciones y sus defectos, pero me gusta la personita en que se está convirtiendo. Y esa esa una sensación que no tiene precio.

Porque vuelvo al comienzo, y a ese artículo que escribí hace cinco años. Entonces hablaba de cómo la identidad se gesta desde la mirada del otro, sobre cómo con el significado que adjudicamos a las vivencias vamos configurando la identidad de nuestros hijos e hijas. Pero me faltaba una parte del proceso, ésa de la que tan poco se habla en la psicología evolutiva (sobre todo si la comparamos con lo que se habla y se escribe sobre los primeros años o sobre la adolescencia), ese periodo entre los seis y los once años, donde aparece la inteligencia analítico sintética en su globalidad, donde se desarrollan los aspectos más complejos de la teoría de la mente y otras capacidades. Donde en definitiva dejas de ver un niño que bebe la vida a través de tu mirada y tus palabras, para presenciar cómo la empieza a vivir por sí mismo, acompañado de tu presencia.

Y qué dificil es marcar esa presencia. He intentado ofrecerle los estímulos que creo que pueden ser buenos para él, no sólo desde mis valores, sino desde lo que le conozco. Le he propuesto actividades, he fomentado determinadas relaciones, le he llevado conmigo de viaje, hemos leído, cantado, bailado, conversado sin límite. Y en cada paso, cada estímulo que he ofrecido he intentado hacerlo con consciencia, que fuera lo que yo creía mejor para él.

Y ahi está el cambio, he visto como él decidía si lo tomaba o no, hasta qué punto se implicaba en cada cosa que le he ofrecido. Ha probado muchas actividades que no ha seguido, o aspectos mucho más claves como cuando me tocó apoyarle en comenzar la catequesis no siendo yo religiosa (aunque sí creyente) porque era su espiritualidad, no la mía. Y del mismo modo me tocó apoyarle también cuando decidió dejarla. Y en ambos casos me dio argumentos que nada tenían que ver con la comodidad sino con su visión de dios y la fe. Argumentos que eran suyos, vivencias que eran suyas y que yo respeté.

Nuestra gente amada aquí me ha enseñado a cuestionarme constantemente lo que le ofrecía, lo que le pedía y le exigía porque muchos de ellos son mucho más respetuosos con los procesos de sus hijos que yo misma, con sus ritmos y sus necesidades. Se han convertido en maestros de vida para mí y ellos y ellas lo saben.

Ayer hizo su primera clase de percusión. Lleva dentro la música y la tierra, y estaba convencida de que la percusión le apasionaría. Por eso le forcé a probar una clase. Si no le gustaba, no le haría seguir. Él no quería en principio. Busqué el lugar adecuado, con una metodología diferente de conexión del niño con la música. El profesor le enseñó a hacer percusión con el cuerpo, las paredes y el suelo antes de enseñarle los instrumentos. Y el rostro de José cuando se vio tocando el cajón y el bongo con el profesor…se le iluminó. Me miró y dijo “esto es lo mío, mami”.

Y lo mismo le pasó hace dos semanas cuando hizo la prueba de nivel de saltos de natación. José es de aire, siempre ha querido deportes de aire. Creo que ya he contado aquí alguna vez como su primera frase completa de muy pequeño fue “Mami, quiero volar”. Antes había dicho palabras, pero ésa fue su primera frase. Y yo veía que cuando vamos a la piscina es capaz de pasar horas entrando y saliendo probando distintas formas de tirarse. Pero el deporte de saltos añade el aire, la caída. Y estaba convencida de que le gustarían. Pero tenía que ir y hacer la prueba. Y de nuevo su cara se iluminó y se lanzó del trampolín de 6 metros como si cualquier cosa. Por no hablar de la cara que le sale cuando monta a caballo en los caballos de una artista que se llama Marga y que enseña a los niños el vínculo con el animal, a reconocer su lenguaje, a montarlos cuando ellos lo desean..

En fin, todo esto para volver a esa frase “Esto es lo mío, mami”. Porque ese es mi punto de hoy. Mi hijo está encontrando su lugar en el mundo, que es el suyo, no el mío. Y veo cómo reconocerse en ese lugar le llena de luz. Y veo igualmente como en algunos contextos, cuando sigue pendiente del lugar de los otros en vez de sí mismo, o de cómo los demás verán, vivirán o evaluarán lo que él hace o dice le llega la confusión. Y le hace falta la presencia de una guía, no necesariamente yo, pero sí una guía en quien confíe y por quien no se sienta juzgado para poder definir sus decisiones y sus propias vivencias, para darles forma, para ponerle palabras y no actuarlas. Sigue necesitando límites y presencia para no perderse.

Así que me encuentro fascinada por esta etapa que casi no estudiamos, por la aparición de esa identidad, que ya se intuye desde mucho antes, pero que adquiere forma y estructura en esta edad. Y que es la que le permitirá afrontar la adolescencia. Pero ése es el siguiente paso. Todavía no hemos llegado allí ;-)

Y al final sólo espero no perder el hilo, la consciencia, para no perderme este proceso, para estar suficientemente cerca y suficientemente lejos al mismo tiempo para no imponerle mi identidad, mis emociones, mis vivencias por el vínculo profundo que nos une. Para que sea él y se sienta amado tal cual es.

Pepa

Comenzar de nuevo

1 enero 2017
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Un año.

Un día.

Un instante.

Una vida.

Comenzarla. Una y otra y otra vez. Las veces que haga falta. Las que la vida te regale. Las que tú sepas atesorar.

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Hoy es de nuevo 1.

Para alguien muy querido para mí y para sus hijos un uno que jamás hubieran querido empezar.

Para mí y para mi hijo un uno al que sólo le pedimos continuidad: más del mismo gozo, más de la misma luz, más del mismo amor.

Es el mismo 1. Y una vez más recordando la fragilidad de la vida y el valor del amor, donde se esconde mi única certeza.

Gracias por ser parte de mi 31, de mi 1 y espero de mi 2. Por darle sentido y ser parte de mi red de amor.

Pepa

“Los municipios ante la violencia entre niños, niñas y adolescentes” guía de actuación que he elaborado para UNICEF

25 noviembre 2016

Ya sabéis que suelo separar claramente lo profesional de lo personal. Mis novedades profesionales las cuelgo en la web de EspiralesCI y mis escritos personales en este blog.

Pero de vez en cuando se me cruzan mi mundo personal y profesional (mucho más a menudo en realidad de lo que parece).

unicef_municipios_ante_la_violenciaY hoy quiero incluir aquí el enlace que publiqué ayer en EspiralesCI sobre la nueva publicación que he elaborado para UNICEF, una guía de actuación sobre violencia entre niños, niñas y adolescentes destinada en principio a los municipios. Pero la cuelgo aquí porque ayer en la presentación que hice al personal de UNICEF previa a la presentación que hice a los técnicos municipales de toda España que se conectaron online, fui aún más consciente de que su contenido nos toca a todos, desde como familias, educadores, psicólogos..padres.

Así que me salto mi “regla” y os incluyo el enlace, por si queréis leerla. Es un material elaborado breve de forma intencional, está lleno de enlaces a recursos que hay disponibles en la red para trabajar con los niños, niñas y adolescentes el tema y quizá os guste leerla.

Pepa

La magia existe

22 noviembre 2016
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Mañana mi hijo cumple 10 años, y el sábado nosotros cumplimos nueve de familia.

Por mis 40 hicimos una fiesta grande, de la que hablé ya aqui, y José me preguntó por qué lo celebrábamos tanto, y yo le dije que porque las decenas se celebraban más. Así que hace unos meses me dijo: “Mamá, este año cumplo yo 10” y añadió “Ya sé lo que quiero de regalo. Cambio todos mis regalos por tener a mis primos de Zaragoza y Madrid aqui”.

Y a mí aquello me pareció hermoso. Pensé que tenía todo el sentido, era como unir nuestro circulo, o más bien ese triángulo hermoso en el que vivimos tejido entre Zaragoza, Madrid y Mallorca. Y suponía celebrar el hogar que hemos construido aquí. En fin, muchas cosas. Además de que a mí no hay nada como que me dén una excusa para celebrar que la pillo al vuelo.

Así que este sábado estuvimos cuarenta y cinco adultos y treinta y dos niños en una finca de una amiga pasando el día. Faltaron muy pocas personas para estar toda nuestra gente amada. Vino gente de todas partes. Durmieron dieciseis niños en una sola habitación más otros seis en las de cerquita y otros tantos adultos distribuidos por la casa lo mejor que supe y pude.

Celebramos la vida. Celebramos la vida de José, su amor y su presencia. Celebramos nuestra llegada a Mallorca y todo lo que esta isla nos ha regalado. Celebramos el amor que nos rodea, inmenso y apabullante. Y no hubo nadie que no pusiera de su parte para crear la magia.

Porque como me dijo alguien en un momento del día: “La magia existe“. Contraté a la gente de la Ludoteca del Jardí, si no los conocéis pinchad en el enlace, es algo mágico el mundo que crean con los juguetes de madera a tamaño persona. Clemen, otro hombre mágico, vino y tocó con los chicos sus instrumentos del mundo construidos de formas inverosímiles y que en sus manos y las de los niños y niñas creaban luz. Milena y su gente que nos cocinaron delicioso mientras Hernán se hacía cargo de la parrilla. Y sobre todo Ana, mi dulce Ana, que fue de un lugar a otro sin descanso cubriendo todos los huecos que yo no vi, calentando las estufas, preparando camas, sacando magdalenas y así un sinfin de detalles. Y los demás pusieron, cuidaron, hicieron de canguros, jugaron en el suelo, soportaron mis mini riñas en un par de momentos de estrés y aceptaron dormir en sofás, cojines y sacos para que todos cupiéramos en la casa.

Por no hablar de los niños y niñas, que gozaron lo indecible, pero también fluyeron, obedecieron, se auto regularon sin que los adultos dijéramos demasiado. No se rompió nada, nada chirrió con ellos. Había desde bebés hasta los dos mayores de doce años.

Y yo me pasé el día flotando de un lado a otro. De vez en cuando me cruzaba con José que me decía “te quiero, mami” y se iba corriendo. No le vi abrir un solo regalo (hubo pocos, pero los hubo ;-)). Tampoco hubo tarta sino su helado favorito. Estuve a ratos con todos y mucho con nadie, hasta hice de sargento para lograr que los niños se durmieran.

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Y al final se refuerza dentro de mí, una y otra vez, una sola certeza: que el amor se expande, que todo lo que no das se te pudre dentro, y que nuestra celebración se convirtió en goce y disfrute de muchos, porque funciona así: cuando das, se multiplica hasta el infinito. Ésta es la única forma de celebrar que para mí tiene sentido: la que puedo compartir con aquellos a quienes amo, y que ellos puedan disfrutarlo y llevarse algo, poco o mucho, pero algo de lo que me/nos entregaron este fin de semana.

Hasta el sol estuvo con nosotros todo el sábado, el domingo no, pero la lluvia nos respetó justo hasta la hora que salía el último avión. Pudimos hacer sauna y piscina. Loco pero real.

Sólo el final me puso a prueba. La logística de los coches de vuelta al aeropuerto me superó un rato, y sobre todo el hamster que le habían regalado a José. Resulta que acepté claudicar y tener mascota después de diez años, y tuvimos que andar protegiendolo todo el día de la marabunta de niños. Pues ese mismo hamster decidió aprovechar que alguno de los muchos que jugaron con él dejó el tubo de la jaula mal colocado hacia abajo para recuperar su libertad y escaparse a la finca mientras llevábamos a la gente a comer y al aeropuerto. Y hasta eso fue lección. Elegir no ocultárselo, acompañarle en el llanto, en la pregunta de “¿Por qué no se ha querido quedar conmigo?” y en la compra ayer de un nuevo hamster, su segunda mascota como ha dicho hoy en el cole claramente, nunca será la primera. Con jaula nueva, esta vez sin tubo. Se llama Pelusín, y se parece a José, se mueve mucho y le encanta escarbar en el suelo ;-)

Y acabo este relato de la magia transcribiendo un trocito del comienzo del texto que su profesora de primero y segundo de primaria (esa de la que ya he hablado otras veces en este blog y que ha sido un angel para nosotros dos) le escribió en un album que le regaló con fotos de cuando iba a clase con ella y de sus trabajos. Escuchar a José leerlo en alto con ella pasándole el brazo por encima, la noche anterior a la fiesta mientras cenábamos con ella, su marido, mi hermana y mi cuñado es uno de esos momentos que llevaré en el corazón mientras viva:

Han pasado cuatro años y algo más desde que te conocí. Enseguida vi que eras un niño especial, sensible y amoroso. Todos necesitamos amor y cariño para vivir pero no todos sabemos pedirlo. Tú, sí. A ti el amor te mueve, sintiéndote querido puedes aprender cosas increíbles y conseguir cualquier reto….

Gracias a todos y cada uno de los que habéis hecho este fin de semana posible.
Pepa

Una tarta de queso

17 noviembre 2016
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¡Cómo explicarlo! ¡¿Cómo describir la sensación cuando alguien te cuida y te mima tanto como para llevarte a un lugar que es un entorno de seguridad, un entorno afectivo creado a su vez por alguien a quien no conoces de nada, a quien no has visto jamás y sin embargo a quien no vas a poder olvidar?!.

Euskadi es una tierra extraña y bella, eso no es un secreto para nadie. Tampoco lo es que parte de mis orígenes están allí. Pero lo que me conmueve profundamente es que cada vez que viajo por allí algo escondido, inesperado llega a mi vida. Tengo amigos en todas sus tierras, Vitoria, Bilbao, Donosti… amigos que de una forma curiosa permanecen en mi vida. Nos vemos poco objetivamente pero nunca dejamos de vernos. Pasan los años y nos reencontramos y la conversación fluye de un modo suave, profundo y conmovedor. Son amigos que no están en mi cotidianidad, pero que me llegan al alma de una forma diáfana.

Pero los amigos de los que hablo son amigos míos hace muchos años ya. Y sin embargo, los tres o cuatro viajes de trabajo que hago por allí cada año me regalan nuevos encuentros, nuevos rostros. Gente que demuestra un nivel técnico, un rigor profesional y una humanidad nada presuntuosa. Orgullosa sí, pero en absoluto engreída. Y son personas, asociaciones, instituciones que desarrollan su trabajo en el ámbito social, educativo o judicial (los tres ámbitos en los que suelo trabajar allí) con un nivel de calidad que los convierten en referentes para mí y para muchos otros profesionales de mi ámbito en España. Así que me entran ganas de ampliar ese ramillete de amigos de allí, de mantener el contacto, de seguirles la pista, sólo para poder seguir compartiendo conversaciones de alma en lugares inesperados.

Una de esas personas de las que hablo, con quien ya me encontré con el alma hace tres años, y de nuevo el año pasado y de nuevo éste me ha hecho un regalo infinito que merece esta entrada de blog. Él es un buen hombre, aunque él nunca lo diría, pero como estas lineas son mías puedo hacerlo ;-). Tiene una visión del trabajo asociativo tan inusual como certera, ha transformado el tejido social de Guipuzkoa y lo que es más importante, la vida de muchos chicos y chicas que están a su cargo y del equipo espectacular con el que cuenta. Es un padre tierno y un profesional que cree y le apasiona lo que hace aunque eso le lleve a sufrir a veces. Me llevó, me recogió, volvió para poder comer conmigo y llevó a su segundo de a bordo, otro profesional increible y otra persona estupenda. Cuidado, cuidado y cuidado. Los pequeños grandes detalles. Y me dijo: he reservado para comer en un sitio que sé que te va a gustar.

Y vaya si me gustó. Es curioso, porque durante los dos días he estado trabajando con los equipos un concepto clave para el trabajo que se desarrolla en los centros de protección: el espacio de seguridad y la afectividad consciente que los adultos necesitan desarrollar para crear ese espacio para los chicos. Pues cuando salí del restaurante pensaba: quizá en vez de un curso mío deberían ir a comer a este restaurante y vivirían lo que es un entorno afectivo y de seguridad. Y no haría falta más explicación. Como digo yo siempre, una vivencia de “tripas” (en este caso, literalmente además) vale más que cualquier discurso, incluidos los míos ;-)

Hay algo mágico en ese lugar. Por supuesto la decoración llena de pequeños detalles, sombreros curiosos y demás. Obviamente el mimo en la comida deliciosa, sin la cual el cuidado resultaría falso. Pero sobre todo Arkaiz (espero no equivocarme al escribir su nombre). Un hombre que te abraza cuando te conoce, que es capaz de darte un beso en el cuello si pasa por detrás, te ha estado observando y cree que lo necesitas, y lo hace con tanta ternura que no sólo no incomoda sino que te hace sentir mimada y querida, alguien que flota por las mesas dándose cuenta de todo sin que notes nada…alguien que ha cocinado una de las mejores tartas de queso que he probado en mi vida. No sé cómo explicarlo. Y sin embargo, al mismo tiempo, es justo lo que trabajo para lograr que los equipos técnicos creen en los centros.

Es el aire que logra que respires, hecho de calidez y hogar, pero al mismo tiempo de respeto. Un lugar donde puedes estar solo y sentirte cuidado, donde puedes conversar o estar en silencio, donde todo fluye sin estridencias porque hay alguien que cuida con consciencia de que sea así: cada pequeño detalle, cada gesto. Y también alguien que en una sociedad como la vasca, no tiene miedo a mostrarse, al contacto físico y a mirarte a los ojos. Sin sombra. Sin miedo.

No me queda más que copiar el nombre y la dirección. Por si alguien quiere ir a comprobar lo que yo llamo un espacio de seguridad, lo que significa mantener la afectividad con consciencia.

Restaurante Zumardi
Orkolaga Kalea 2 bajo
Hernani

Id, sentaos a una mesa y dejaos cuidar. Gracias, Josu, por llegar a mi alma. Gracias, Miguel, por la comida. Gracias al equipo de Agintxari por todo lo compartido. Y Arkaiz, no sólo no te olvidaré sino que volveré ;-)

Pepa

Pd. No pude evitarlo: repetí ración de tarta de queso. Y me la regaló. Eso, aunque no sea lo más importante, pero hace también lo que vives real. Porque las cosas más especiales son regalos, siempre son regalos. Para él ver mi emoción al comerla, para mí que me la regalara.

Permanecer despierta

6 octubre 2016
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El otro día al salir de una conferencia alguien me dijo: “Por favor, no dejes de escribir nunca tu blog. Iluminas la vida de mucha gente”. Casi no supe mostrarle lo conmovida que me quedé con sus palabras, pero no las he olvidado. Sólo pude contestarle “lo prometo” y para honrarla a ella y a sus palabras, me siento de nuevo esta noche.

Recuerdo a menudo la parábola de los talentos, uno de esos pasajes que dan sentido a la biblia completa. Ese reparto injusto y desigual combinado con la certeza de que te toque lo que te toque, hay un margen en que depende de ti la cosecha final.

Y es que mi cosecha es muy hermosa. Miro a mi alrededor y me sé bendecida. Sé que he recibido talentos indescriptibles, y no me refiero a los mios propios, sino al amor que me rodea, a las oportunidades que llegan, a las personas que se me acercan. Hoy miraba el atardecer sentada en mi terraza mientras hacía fotos de las nubes y se las enviaba a mis pacientes amigos, y escuchaba al mismo tiempo las risas de mi hijo con uno de sus grandes amigos construyendo una cabaña en la otra terraza. Y pensaba en eso, en mi privilegio.

Esta mañana he empezado mi día abrazada a mi hijo, y luego desayunando con dos amigos cuya piel se erizaba igual que la mía con lo que compartíamos. He trabajado un rato en el que me han llegado peticiones varias y ecos del signficado de lo que hago, incluida una propuesta de alguien a quien he visto una vez pero que me dice que en vez de ir a un hotel se sentiría honrado si aceptara ir a su casa a y compartir con su familia. Y un mensaje maravilloso de una ex paciente lleno de ternura y risas.

Y luego he ido a la reunión de la clase de mi hijo, donde un profesor que no tengo palabras para definir pero que, si pudiera, clonaría para todas las escuelas y niños y niñas del mundo, nos explicaba cómo iba a introducir las fracciones con música o la geometría con construcción. Y antes de entrar me esperaban abrazos amados, especialmente el de la que mi hijo llama ya “su segunda madre”. Y al salir mi hijo y su amigo me han enseñado el club que han construido en el campo que tienen de “recreo” una hora al día, en el que han construido una valla impresionante y varios espacios dentro alrededor de unos árboles (árboles que, claro está, para ellos no se pueden llamar árboles porque no puedes trepar a ellos, así que el espacio que tienen no lo llaman “bosque” como en el edificio donde estaba antes el cole que iban a un bosque, bosque, sino “campo”).

Y después un helado con los dos peques, que han llegado a casa y sin decir nada, han cogido sus carpetas y han hecho sus deberes antes de construir su cabaña. En esas andaban cuando ha llegado a casa una amiga que se ha escapado cinco minutos para traerme un producto nuevo que han sacado y que ella ha encargado para mí que ayuda con lo del pelo, ha venido, me lo ha dado, me ha abrazado y se ha ido. Y luego en la cena y alrededor de una pizza los niños y yo hemos tenido una conversación increíble sobre cómo era eso de morirse y a dónde ibamos después. Y mi hijo me ha dicho tranquilamente: “cuando me muera mi cielo será como despertar en un bosque junto a un arroyo y caminar hacia una aldea y que tú salgas a recibirme y me abraces”. Qué puedo decir a eso?

Y llega la noche y mientras ellos duermen yo me siento rodeada de luz por fuera y llena de luz por dentro. Y siento paz, y siento también que son tantas cosas, pequeñas y grandes que fluyen en el tiempo y que casi pasan desapercibidas si no te mantienes despierta, consciente, mirando y paladeando. Porque todo esto ha pasado sólo hoy. El día de hoy ha sido un día especial y único, aunque al mismo tiempo no haya pasado nada aparentemente especial, pero lo ha pasado todo.

Porque estas semanas está habiendo otros días, días de esos en los que sí hay acontecimientos destacados, de esos que sí es fácil ver, y conmoverse y ser consciente. He vendido mi casa de Madrid, por ejemplo, y he comprado un piso en Palma, justo todo seguido en apenas dos días. Ya soy un poco más mallorquina si cabe. He recibido la confirmación de la publicación de uno de los libros que escribí este verano y de una guía que he elaborado para Unicef, y he enviado el tercero a la editorial, me voy a Panamá unos días la semana que viene en parte trabajo y en parte de vacaciones a un sitio increíble con mi hijo y parte de nuestra familia mallorquina, he emprendido el camino de la búsqueda de orígenes de mi hijo en respuesta a su petición antes del verano…están pasando cosas, muchas cosas importantes, de las visibles, de las que desde fuera y desde dentro sé importantes.

Están las unas, y están las otras. Y todas suceden. Y si no las ves y atesoras, pasan. Las vives, pero te las pierdes si no estás despierta.

Y antes de acabar de escribir esto, ha comenzado una lluvia potente, la tercera del día.
Pepa

Testimonios descarnados

7 septiembre 2016
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En los últimos dos años he leído cuatro libros de los que me han atravesado el alma, tres de ellos en los últimos seis meses. Son de esos libros que pongo empeño en que toda la gente que amo lean, esos que puedo emplear en mi trabajo y que, como le he escrito al autor del último, estoy convencida de que leerlos nos hace mejor personas. Al menos a mí me han hecho mejor persona.

El primero fue “La hora violeta” de Sergio del Molino, una carta de amor de un padre a su hijo muerto por leucemia. Indescriptible.

El segundo fue “Instrumental” de James Rhodes, sobre el que ya escribí esto, y que describe la experiencia de un hombre que fue violado de niño y las consecuencias que esa experiencia tuvo en su vida. Estremecedor.

El tercero fue “Ante todo no hagas daño” de Henry Mash, un libro escrito por un neurocirujano londinense que describe la experiencia de su profesión, la toma de decisiones, su perspectiva del dolor y sufrimiento de sus pacientes (y el suyo propio cuando su propio hijo tiene un tumor cerebral) y la actitud de sus compañeros de profesión ante ese dolor de sus pacientes.

Y el último lo he acabado hoy, “Cómo explicarte el mundo, Cris” de Andrés Aberasturi, otra carta de amor de un padre a su hijo con parálisis cerebral.

Todos ellos son testimonios de vida y de muerte, de dolor y de amor, de sentido y sinsentido, de angustia y consuelo…

Pero no es sobre ellos sobre lo que quiero escribir. Sobre ellos sólo puedo deciros: por favor, leedlos. Pero hay algo que une estos cuatro libros y es que son testimonios descarnados, hirientes, absolutamente a flor de piel. Y los cuatro son de hombres.

Y me ha hecho plantearme lo inusual de este tipo de libros, de estos testimonios, y particularmente de estos testimonios como hombres. Sólo recuerdo un par de libros antes que me impresionaran tanto como relatos del dolor de un hombre (algunos testimonios de personas que fueron torturadas o que participaron o presenciaron diferentes conflictos armados) o de un padre. Aún recuerdo un libro que leí por recomendación expresa de mi padre, que me dijo “es lo mejor que ha escrito nunca, de sus libros es el que pasará a la historia”, “Mortal y rosa” de Francisco Umbral, que lo escribió también después de la muerte de su hijo.

Hay canciones, hay poemas, pero libros tan directos, tan descarnados…no lo sé, a lo mejor soy yo que me llegan más o que pueden entrar en mí y dejar huella. Pero siento que los relatos de este tipo cuando los hacen hombres tienen algo diferente. Es una intuición que he tenido en consulta donde la descripción del dolor de un hombre siempre lo he sentido diferente de la de una mujer. No el dolor en sí mismo, que se parece a veces como gotas de agua, sino la forma de relatarlo. Ya sé, ya sé, sé que puede (y seguro que lo será) una generalización inválida en sí misma por englobar una totalidad. Pero no sólo lo he vivido en mis amigos hombres y mis amigas mujeres, en mis pacientes hombres y mis pacientes mujeres…es que lo veo en estos libros. Sé que hay una diferencia cualitativa en el testimonio de quien ha conocido el HORROR respecto a quien lo relata sólo por referencias, sea el testimonio de un hombre o mujer. Pero siento además que la mayoría de los hombres que lo han conocido lo describen de forma diferente de las mujeres que lo han visto de frente.

¿En qué siento que son diferentes? En que quedan abiertos (una vez más ésta es una expresión de un amigo hombre, hablando hoy con él en el café sobre este tema), no buscan un final ni un sentido ni una globalidad, o al menos no siempre. Sueltan, casi escupen su vivencia como si no pudieran hacerlo de otra forma, como temiendo que si lo piensan, o bien no lo contarían o le darían otra forma que ya no sería auténtica ni veraz. Me impresiona la sencillez y brutalidad de las imágenes que se emplean en los cuatro libros, la exactitud casi como si diseccionaran la vivencia. Describen la certeza de sentirse perdidos e indefensos. Utilizan adverbios y adjetivos como “desesperado”, “descarnado”, “abrumador”…palabras a las que sólo el DOLOR con mayúsculas les otorga valor de verdad. Lo hacen sin justificarse, sin exculparse, hasta el punto que a veces casi se agreden a sí mismos en sus apreciaciones. Los cuatro son libros que te hacen llorar, que te duele leer, que te obligan a parar en varios momentos. Bueno, al menos es lo que me ha pasado a mí, no puedo generalizar.

No lo sé, no me hagáis caso, quizá no tiene nada que ver con que sean hombres, y sí con el DOLOR en letras mayúsculas que narran, sean hombres o mujeres quienes lo narran. Quizá es sólo una casualidad que hayan llegado a mis manos cuatro libros tan poderosos en tan poco tiempo y hubo muchos antes y habrá muchos después y no es verdad lo que intuyo, que ahora haya más testimonios de este tipo.

Porque lo que intento decir es que siento que algo está cambiando. Y que sean hombres quienes den un paso al frente para describir el dolor me parece significativo e importante. Las mujeres lo han hecho más y antes y creo que lo seguiremos haciendo. A nuestro estilo. Supongo que al que tenemos cada persona.

Quizá es tan sólo que me han conmovido profundamente. Y desde aquí, y una vez más, les doy las gracias por sus testimonios, por su dolor y su verdad. Por lo mucho que me han dado como persona y como mujer.

Soy pesada: leedlos.
Pepa

Volviendo

31 agosto 2016
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Los tiempos plácidos tienen la virtud de pasar casi desapercibidos, como si fueran una ráfaga de brisa, que en parte te deleita y en parte se esfuma. Y luego llega el momento de hacer volver al alma, que se quedó prendida de la brisa, a una presencia consciente en otro ritmo de vida.

Pocas veces un verano se me ha pasado tan rápido y tan sosegado al mismo tiempo. Ha sido una sucesión de visitas amadas a nuestro hogar, lavadoras, comidas, y excursiones a pequeños rincones de mar y montaña. Este año, al sentirnos ya en casa, decididí que fueran rincones nuevos e inesperados. Y nuestra isla, para variar, no nos decepcionó. Al contrario, ha sido un tiempo lleno de pequeños paraísos.

Y me llama la atención estar tan descansada cuando en realidad apenas he desconectado del trabajo. Ando metida en tres proyectos que me hacen especial ilusión y que merecían tiempos robados a las visitas y el sueño para terminarlos y poder enviarlos a tiempo. Así que he trabajado, no demasiado, pero sí constante todo el verano con la consciencia de estar sembrando cosas en las que creo de corazón. Cuando las publiquen, os lo iré contando.

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Y luego llega un día que digo adiós a la última visita (durante el año continúan, pero no con esta intensidad) y vuelvo a estar sola en casa con mi hijo. Despues de dos meses y medio con gente en casa de continuo (gente que se va por la mañana y llegan otros por la noche con tiempo apenas para cambiar las sábanas) siento una sensación bonita y extraña al mismo tiempo: recuperar mi espacio y al mismo tiempo sentirlo transformado, lleno de vivencias con gente que amo, diferente ya.

Este verano no ha sido un verano cualquiera. He amado, he vivido, he visto atardeceres inolvidables, he nadado con luna llena, he abrazado, acariciado y reido, he conversado y he acompañado momentos claves de muchas vidas. Soy consciente, y me conmueve.

Y como siempre José encuentra su modo de plasmar este momento de un modo gráfico. Me pidió revelar las fotos de todo el año en Mallorca para poder cambiar el corcho e incorporar a nuestras fotos a gente sin la que ya no sabríamos ni queremos vivir. Y me pidió que le guardara todos sus peluches de la cama menos sus tres o cuatro favoritos en una bolsa “para poder dárselos a mis hijos cuando sea mayor”. Y ahi están, en una bolsa, en el armario. José ha crecido por fuera y por dentro. Algo mágico ha sucedido y me hace feliz estar presente y no perdérmelo.

Así que aquí estoy, volviendo. Feliz, consciente y plácida. Con algo de pereza pero con muchas ganas.

Y me encanta que sigáis aquí conmigo.
Pepa

La cueva

13 julio 2016
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Escribo esta noche desde un hotel en Huesca. He tenido un curso precioso. Pero me falta el mar, mi mar. Me parece increible que después de apenas un año viviendo allí se haya convertido en una necesidad tan física para mí. Hace unos días les decía a mis hermanos que nunca había sido más feliz que este año, pero me faltó explicarles que no me refería tanto a los acontecimientos sino al espacio físico. No había vivido en un lugar donde mi cuerpo se relajara nada más llegar. Esa sensación física no la siento más que en Baleares. Me pasa en casa, en Mallorca, pero también me ocurre en Menorca. Es una sensación muy física que no logro explicar bien pero que me invade. Cuando me levanto en casa y veo el mar, es como si mi alma sintiera que al fin ha llegado a casa después de tantos años. Yo fui muy feliz en Madrid y añoro a mi gente de Madrid y mi gente de Zaragoza, me produce un gozo increible cuando vienen a vernos y a estar con nosotros. Pero no conocía esa sensación. Y ahora que la conozco me parece dificil poder vivir sin ella.

En los últimos dos meses están pasando cosas importantes en mi vida, valiosas y preciosas. Es como si el haber cerrado página al dolor y a la angustia que vivimos en los últimos dos años mi hijo y yo me hubiera permitido desengancharme de la preocupación y mirar hacia la inmensidad. Y entre esa mirada hacia delante y mi cabeza descansada y limpia parece que el tiempo se condensa y se llena de acontecimientos. Prometo contarlos poc a poc, como dicen por aquellas tierras. De momento toca vivirlos.

He tenido días de mucha gente en casa, aprovechando que el peque está de campamentos he disfrutado y he salido aunque también he trabajado, pero he disfrutado de mi soledad. Esa soledad que se vuelve regalo para mí como madre. Tuve en tres días mucha gente en casa, a comer, a cenar…de todo. Pero luego vinieron a casa una pareja que es parte de mi familia y de mi alma. Fuimos a sitios nuevos que no conocía, disfrutamos. Vimos un atardecer increible. Comimos genial en sitios inesperados. Nos bañamos, conversamos, reimos..

Pero el otro día pasó algo que merece relato. Y cuando ocurrió les dije a quienes estaban que escribiría sobre aquello. Fui con unos amigos a Cala S´Almonia, una de las calas más bonitas que hay en Mallorca y que yo no conocía. Un lugar curioso, señalado con una flecha roja porque la gente de la zona quita los carteles en un intento del todo iluso e ineficaz de que no se llene de turistas. LLegamos pronto, por suerte, y aún pudimos disfrutarla. Iba con tres amigos de los que son regalos de la vida, dos de ellos la pareja que mencionaba que son de mis amigos más antiguos, de los que están a mi lado desde casi casi cuando puedo recordar y el tercero de los más recientes, de los que la isla me ha regalado para darme motivos sobrados para no quererme ir, además de su luz y su mar. En fin, la mejor de las compañías.

Y la cala tiene cuevas. Y había una de ellas que tenía un paso por abajo. Me gusta el mar, y me gusta mucho más verlo por dentro. No buceo pero puedo pasarme mucho tiempo mirando el interior del mar con las gafas. Asi que no lo pensé. Me metí detrás de uno de mis amigos mientras el otro pensaba que bromeaba al decir que iba a pasar. No le dio tiempo a advertirme que la cueva era baja, que había que ir con la cabeza hacia abajo. Y cuando yo estaba feliz cruzando la cueva y pensé que ya había llegado al final de la cueva porque se veía ya la luz subí la cabeza y me di contra la cueva. Fueron instantes, pero el golpe me desconcertó. Creía estar al final ya y si no lo estaba, no tenía ni idea de cuánta cueva podría quedar. Me desconcerté y perdí el control de la respiración. Pero enseguida sentí el brazo de mi amigo que tiraba de mi con fuerza (aún me duele) y eficaz hasta sacarme de allí. Quedaba muy poquito de cueva, así que fue fácil y no tuve problemas, pero la impresión me caló.

No soy de cuevas, pero estaba feliz, y era precioso y me apetecía. No suelo hacerme la valiente, era puro disfrute. Pero la vida encuentra maneras sutiles a veces (otras crueles y voraces) de recordarte tus límites. Al menos a mí me pasa. Y cuando lo hace conecto con mi fragilidad, con mi pequeñez y una vez más con mi convencimiento de que sólo una red de amor te hace más fuerte. Como dice un amigo mío “no soy yo el fuerte, ni tú el fuerte, es el amor que nos une el que nos hace fuertes”. Pues eso. Nunca hubiera bajado a la cueva sola. La presencia de mis amigos era garantía de seguridad. Pero no creo que hubiera podido salir sola de la cueva. Una vez más, conecto con mi más intimo convencimiento: es el amor el que salva, en cualquiera de sus formas.

Me siento privilegiada, me sé privilegiada. Me llevan a lugares mágicos. Me saben mirar. Me sacan de cuevas. Mi hijo me abraza aunque ya diga “me he hecho mayor, mamá”. Hoy me han vuelto a llenar de abrazos al acabar el taller. La última vez me pasó en Guatemala, que hicieron fila para abrazarme, hoy ha sido en Huesca. Recibo mucho. Muchísimo.

Así que toca decir para dentro: gracias.
Pepa