Ser y dejar ser

19 enero 2019
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Este verano ocurrió algo extraño y bello, que cuando lo cuento y lo verbalizo resulta hasta cursi pero que es exactamente así: mi hijo ha dejado de ser niño, ha cerrado su infancia. Se le nota en todo, desde físicamente, en su forma de vestir, en su forma de comportarse, en nuestra relación…en cada detalle del día a día. Y ha entrado en ese periodo de la vida en que, como nos ha pasado a todos, hay momentos que quiere ser mayor y hasta lo exige enfadado, y otros en los que quiere seguir siendo niño. El otro día me dijo “hoy tengo el día Peter Pan, mami”.

Pero lo interesante de este proceso es dónde me coloca ese cambio a mí. Después de once años de maternidad “monomarental por opción” como la llaman ahora técnicamente, es decir, de once años de dedicación, cuidado, mimo, presencia, logísticas y amor, amor y amor. Años en los que he pasado a ser segunda en mi propia vida, años en los que todas mis decisiones han estado condicionadas a lo que yo consideré que era mejor en cada momento para él. Once años de apurar las horas, de dormir poco, de correr para volver lo antes posible de cada reunión y cada viaje, de generar esa maravillosa red de amor, primero en Madrid y ahora en Palma, que te permite criar y sostener y cuidar y amar. Años de ver cómo tus relaciones se transformaban en función del vínculo que establecían con mi hijo. Años en los que mi desarrollo laboral estuvo siempre y sin excepción supeditado a él. Once años sin apuntarme a un curso (miento, hice uno un año), procurando aprovechar cuando me inivitaban a un congreso para poderme quedar todo el día y escuchar a los otros ponentes y así aprender y coger el vuelo de última hora para poder estar a la mañana siguiente despertándolo…en fin, nada especial, la maternidad consciente, sin más. La maternidad consciente cuyo mayor precio para mí es sin duda el agotamiento. Ser su madre es lo mejor que he hecho en mi vida, y un gozo que nunca imaginé posible antes de tener a mi hijo, pero pagando el precio del agotamiento y de esa sensación que te entra a ratos de “no llego, son demasiadas cosas, no puedo con todo, no soy capaz”. Pero sí lo eres. Cada día. Día tras día.

Y entonces, de repente llega un día en que empiezas a escuchar cosas como: “me voy a mi cuarto y luego nos vemos”, “lo siento, mami, espero que no te duela, pero te tengo que confesar que me lo paso mejor con mis amigos que contigo”, “viajar contigo solo me gusta mucho pero no es tan genial como cuando viajamos con A.”, “dime si esta ropa me conjunta bien”, “X es tu amiga, no lo es mía, yo no quiero ir”, “déjame a mí que tú no sabes”, “me voy a casa de X y volveré a la hora de siempre”, “te voy a contar algo pero no quiero que opines, sólo escúchame”..

Día tras día vas viendo como el niño se está haciendo hombre, cómo te sigue amando pero ya no necesita esa presencia constante, como él mismo va dando significado a las cosas sin recurrir a ti más que cuando le generan dudas o confusión. Por supuesto sigue teniendo 12 años y pidiendo las frases mágicas antes de dormir, los besos para despertar, el abrazo al llegar a la cocina, el beso antes de ir al cole, consejos en multitud de cosas, sigue repitiendo constantemente “mami, te tengo que contar que” o “mírame, mami, mírame”. Pero vas viendo como dejas de ser el centro de su vida para que los iguales pasen a serlo, cómo su centro ahora son sus amigos, sus primos, sus amores. Cómo el tiempo es bueno y tiene sentido si está con ellos, y como sus mejores días son los que empiezan y acaban contigo pero el resto ha estado con amigos y sin ti.

Y ese proceso me tiene maravillada, y feliz. Alguna gente me pregunta si me da pena, y yo les digo que yo sólo sufro si él sufre, que verle feliz, y autónomo y mayor me hace tan feliz que no sé explicarlo casi. Siempre he pensado que uno de los indicadores básicos de un vínculo seguro, sea como amiga, como pareja o como madre es alegrarte por la alegría del otro, buscar esa alegría del otro, promoverla y disfrutarla. Aquellos que nos quieren bien son los que se alegran con nuestra felicidad, aunque esa felicidad en algunos momentos nos aleje de ellos, como cuando nos vinimos a vivir a Palma y la gente que nos quiso bien de Madrid se alegró por nosotros aunque supusiera perdernos en su día a día. Ya no digamos cuando mis padres me dejaron ir a estudiar fuera, alejándome de ellos, especialmente mi madre cuando sabía que se estaba muriendo. Dejar ir, dar alas es amar. Esto lo repito constamente en los cursos.

Pero es que hay una segunda parte que es: dónde te recolocas tú. De repente vuelvo a tener tiempos de soledad, y llevo once años en que la soledad ha sido algo tan raro, tan raro que era un deleite. Pero ya no es algo raro, empiezo a tener tiempos de soledad de verdad. Vuelvo a poder plantearme cenar con amigos, salir al cine y ver pelis de mayores, prolongar un viaje si me apetece unos días o incluso, como hice este año apuntarme a un curso! Porque en esto es una de las muchas cosas donde se nota el ser madre en solitario. Cuando se cria entre dos estas posibilidades, aunque limitadas, se multiplican. Cuando crias sola, si quieres hacerlo con consciencia sabes que tu presencia no es sustituible y que si le dejas con otras personas es porque quieres que tenga vínculo profundo con esas personas, como una opción consciente o porque no te queda otra para cubrir los compromisos profesionales que te permiten sostener la economía familiar (¡cuántas horas trabajando cuando él dormía para aprovechar y cumplir los compromisos sin que mi tiempo con él se resintiera!). Al menos para mí ha sido así. Es uno de los aspectos en los que he notado más la maternidad en solitario.

Así que vuelvo a poder conjugar el “yo”: “¿Qué quiero comer yo hoy?, ¿qué peli voy a ver? ¿me apetece salir o llamar a alguien?”. Vuelvo a escuchar el silencio en casa como ahora mismo que estoy escribiendo. Empiezo a intuir lo que viene en adelante. Porque esto va a ir a más. Y pongo consciencia en mis “tripas” y en qué siento. Y la palabra es extraña. Me siento extraña. Me apetece mucho la soledad, la he buscado como necesidad pura. Estoy maravillada de empezar a tener tiempos largos con mis amigos. Y decidida con determinación a no dejar que el trabajo me prive de estos tiempos de soledad. Pero es un nuevo comienzo. Uno de esos momentos clave en los que aparentemente no pasa nada, no hay grandes acontecimientos, pero por dentro sabes que está pasando algo importante. Desde este verano la familia Horno Goicoechea estamos en uno de esos tiempos.

Y eso me lleva al título del que ha surgido este post “ser y dejar ser”. Porque sí tengo un miedo. El miedo de saber si seré capaz de permitir a mi hijo SER. Ser la persona que quiera ser él, no la que quise yo que fuera. Permitirle sus gustos, sus relaciones, sus aficiones, sus errores y sus aciertos. Dejarle elegir. Porque me doy cuenta de que hasta ahora su capacidad de elección era muy limitada, y eso que quienes nos conocen saben que le he educado para que sea capaz de expresarse y de elegir hasta el punto de ponerme en situaciones embarazosas por la claridad con la que ha expresado sus deseos y sus necesidades en situaciones poco apropiadas o de manera poco acertada. Tengo miedo de no ser capaz de DEJARLE SER. Porque no me asusta que se vaya, me asusta el intentar imponerle mi criterio de vida, porque él ya tiene su criterio propio, y no coincide siempre con el mío. Dejarle decidir cómo llevar sus relaciones, por ejemplo. Dejarle equivocarse, sabiendo que lo hace. Dejarle pagar las conscuencias de sus errores, eso me cuesta un mundo porque implica verle pasarlo mal y no impedirlo.

Tengo la suerte de que en general me gusta mucho la persona en la que se está convirtiendo. Confío de una manera visceral en él y en sus capacidades. Es una personita hermosa. Pero yo soy una mandona, siempre lo fui. Y entramos en un periodo de su vida en la que si no sé colocarme en mi sitio.. ¡puede ser muy duro!

Todo esto pienso hoy, en nuestra casa silenciosa, en mi tiempo en soledad. Y al final siempre vuelvo a lo mismo, una  y otra vez: toca confiar. Confiar en la vida, en mí y en él.

Pepa

 

3 comentarios a “Ser y dejar ser”

  1. Querida Pepa, eres cada día más completa, más maravillosa. No me cabe la menor duda que tu hijo será lo que el qyiera bajo tu preciosa y acertada supervisión. Entiendo este texto más como un consejero y enseñanza que como refrlexion, sigue disfrutando de la vida, es inmensa y compartida sabe mucho mejor. Gracias por siempre ser y dejar ser.

  2. Ay Pepa, cómo te entiendo! Empieza a haber alguna tarde en la que está cada uno en su cuarto, la cena está hecha, y tú te preguntas ¿me pongo ahora, a las seis de la tarde, a leer un libro? ¡Hace 14 años que no lo hago!
    Y ese miedo a respetar su personalidad y sus gustos también está.
    Mil gracias por expresarlo siempre de una forma tan especial

  3. El mejor post, Pepa! Una delicia leerlo y como dicen por aquí: Food for thought…

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