Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

Lo he hecho bien

Llevo días con esta frase resonando en mi cabeza. Pensando en escribir un post que se titulara así. Y conforme han ido sucediéndose las horas y los días he ido siendo más consciente cada vez de lo difícil que me resultaba, de la vergüenza que me daba titular un post así: «lo he hecho bien».

Y es que ¡nos resulta tan dificil mirarnos al espejo y reconocer nuestra valía! Es algo generalizado en nuestra sociedad, la crítica y la autocrítica parecen lógicas, necesarias y habituales, de hecho últimamente son la norma. Una norma que conduce a la desesperanza. Pero el reconocimiento, el agradecimiento y el sentirse bien con uno mismo…eso, si se hace, ha de ser en privado.

Pero hoy no voy a generalizar. Lo diré en primera persona: ¡me resulta tan difícil mirarme al espejo y reconocer mi valía!. Es como si estuviera fuera de lugar, como si fuera engreído, presumido e innecesario por mi parte. Al contrario no sucede, cuando se trata de echarme en cara mis fallos soy fantástica. Esa juez que llevo dentro, y que también reconozco dentro de muchísimas personas, lleva en mí desde que tengo memoria. Encantada cuando tenía la excusa para mirarme con desprecio.

Con los años he aprendido la COMPASIÓN. Aprenderla hacia los demás fue fácil. Sentirla por mí misma fue tarea de titanes. Pero lo logré, al menos la mayoría de las veces. He aprendido a acoger a esa juez, que sigue viviendo en mí, y mirarla divertida y decirme «ya estás aquí otra vez». Ahora me río mucho más, y me acaricio mucho más.

¿Pero publicar una entrada que se llame «lo he hecho bien»? Eso ya es para nota.

Pero resulta que es cierto. Lo he hecho bien. Y conforme pasan los días la evidencia es innegable. Y lo es porque no viene de mí, sino de mi hijo. De sus ojos, su sonrisa, su bienestar. Mi hijo está bien. No sólo bien, está realmente bien. Ha hecho un camino de gigante en los últimos dos meses, ha batallado con el monstruo, y le ha vencido. Lo ha hecho él. Es su victoria. Su valentía. Su vida.

Pero ése es su relato. Yo aquí puedo contar el mío. Mi parte. Yo he sabido y podido sostenerle en el camino. Porque, a pesar de estar rodeados de amor (benditos seais), ésta ha sido una batalla que hemos librado solos. Él y yo. Solos.

Y hemos vencido. No porque el monstruo no ganara, que ganó, eso ya no tiene vuelta, el daño está hecho. Sino porque hemos logrado que no nos destruyera. Así que a la postre le vencimos. Creo que las batallas contra los monstruos se pierden y se ganan, todo en uno. Se pierden porque el daño es irreparable. Se ganan cuando eres capaz de volver a confiar y a amar.

Lo he hecho bien en el camino de estos seis años que nos han llevado hasta aquí, al crear, de la mano de mi hijo, esta relación profunda de amor, de sensibilidad y de seguridad que nos une a los dos. Nunca dudé de esa relación, por muchas veces que he metido la pata, al final sé que lo que queda es la pauta general, la cotideanidad, y ese día a día en nuestro hogar está lleno de caricias, de risas y de conversaciones. Pero estos dos últimos meses he podido comprobar hasta qué punto esa relación ha dado seguridad a mi hijo para afrontar el dolor.

Lo he hecho bien al hablarle de lo que casi nadie habla, y darle pautas y decirle que estas cosas existen y que puede afrontarlas y cómo hacerlo. No pude protegerle de que sucediera, pero sí le di las herramientas para decir «no».

Lo he hecho bien porque cuando pasó y ni él sabía cómo contarlo, pude acompañarle y sostenerle y esperar. Y sostener sus pesadillas, y sus explosiones durante semanas. Por mucho que lo intente, no podré expresar lo duras que fueron esas semanas. Tener la certeza de que tu hijo sufre, de que le pasa algo y no saber qué. Saber que cuando esté preparado, lo contará, pero que hasta entonces debes respetar su tiempo.

En ese tiempo metí la pata veinte veces, le castigué por cosas que sabía que tenían que ver con su angustia, no con él, le grité, me enfadé. Mi propia angustia me desbordó y me impidió saber reaccionar bien en muchas situaciones. En otras sabía que tenía que mantenerme firme porque eso también le devolvía la seguridad de que su mundo y su madre seguían siendo los mismos, limitados, falibles y amorosos. Estuve ahí, esperé y supe que aquello no tenía que ver conmigo. Lloré por las noches después de consolarle las pesadillas o de tranquilizarlo.

Lo he hecho bien cuando me lo contó, aquella tarde en el coche, y pude seguir conduciendo, y no estrellarme, y explicarle el porqué de sus sentimientos, su rabia, su dolor, nombrarlos. Y refozar su valentía por reaccionar, por habérmelo contado. Y no llorar, ni gritar. Hacerlo después, por la noche, cuando él ya dormía.

He llorado lo indecible. Me he sentido doblada, a la intemperie, frágil y pequeña, he sentido una pena dentro que no sé explicar, pero que, cuando pude, relaté en esta entrada de este blog. He recibido cientos de mails, llamadas y mensajes en contestación a aquella entrada. Sencillamente no tengo palabras para tanto amor.

Siempre hablo del amor, y del agradecimiento, pero cada uno de nuestros seres amados que cogió un coche y apareció en casa y me abrazó sin más, las llamadas de cada noche, las meriendas y los parques, la gente amada que me vio perder el control y me sostuvo y me perdonó, quienes me escucharon llorar al teléfono, quienes me abrazaron, tantos mensajes, quienes hicieron cosquillas a José para despistarle cuando veían que se me empezaban a saltar las lágrimas…ese amor me dio la fuerza para sostenerle. Hay momentos en la vida en que «estar ahí» junto a quienes amas lo cambia todo.

Por eso también, por todas esas personas que leísteis aquel post y me demostrasteis lo mucho que os importamos, quiero escribir también esto: estamos bien. Mi hijo es un valiente, una hermosura y la mayor bendición que pude imaginar. Y todo lo que ha pasado me ha dado una nueva mirada sobre mí como persona, pero sobre todo como madre.

Ojalá nunca hubiera tenido que mirarme así, porque eso significaría haber podido librar a mi hijo de ese dolor, no haber perdido la batalla. Pero ahí no elegimos. Ésa es la intemperie. Nadie nos pregunta. Sólo elegimos el después, cómo afrontarlo, qué hacer con ello. Cómo volver a confiar. Volver a amar. Volver a optar por vivir.

Hace un par de meses tuve una conversación muy interesante con mi hijo y su padrino sobre Jesús, que me sale de dentro incluir para acabar este post, porque hablabamos de eso, de quién vence al final.

La conversación fue más o menos así:
Mami, ¿por qué mataron a Jesús?
– Pues porque él predicaba cosas que a la gente que por entonces tenía el poder no le interesaba que se difundieran ni que la gente siguiera.
-¿Como qué?
– Como que había que querer y cuidarnos los unos a los otros, que había que compartir lo que teníamos..cosas así, y la gente que tenía el poder y el dinero entonces no estaba dispuesta a compartirlo.
– Pero entonces los malos ganaron, los que mataron a Jesús ganaron.
– Bueno, cariño, depende de cómo lo mires. Si te paras a pensar, han pasado siglos de aquello, y siglos después hay millones de personas, como tu padrino, que creen en Jesús y siguen lo que él dijo, son los que forman parte de la iglesia católica. De los que le mataron nadie se acuerda, pero de Jesús sí. Y no sólo lo recuerdan, sino que intentan seguir lo que él enseñó. Así que yo creo que en cierto modo ganó Jesús.
– ¿Tú formas parte de la iglesia, mami?
– No, cariño, yo no.
– ¿Por qué?
– Porque yo creo que Jesús fue un hombre increíble y dijo cosas en las que creo de verdad, pero no creo que fuera el hijo de Dios, que es lo que los que pertenecen a la iglesia sí creen, como tu padrino.
-Yo también lo creo.
-Me parece perfecto, cielo, tú puedes creer lo que quieras, puedes elegir creer lo que tú quieras.
-Pero yo creo que Jesús debería haber matado a los que le mataron.
– Eso era imposible- dijo su padrino.
– ¿Por qué?
– Porque Jesús decía que no se podía hacer daño a nadie, ni siquiera a los que te hacen daño, así que no sólo no los mató sino que no hubiera dejado que nadie los matara.
-…no sé-
zanjó mi hijo la conversación, y cambió de tema.

Estamos bien. Perdimos y ganamos. Y pude hacerlo bien.

Pepa

Pd. Quiero contaros también que hace unos días entró un virus a través de una entrada del blog y me bombardearon a comentarios spam, y al borrarlos, borré por error los comentarios que habíais hecho en las últimas dos entradas, la del cuento y la del libro. Lo siento en el alma porque eran emocionantes. Quiero que sepáis que fue involuntario. Si los volvéis a escribir..los publico de nuevo 🙂

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El león enamorado de la luna

Érase una vez…un león fiero y hermoso, líder de una gran manada. Vivía en la sabana africana, en el mismo lugar donde nació, un lugar único que vibraba cada segundo de vida.

Pero a pesar de la belleza que le rodeaba, aquel león lloraba algunas noches. Guardaba un secreto que nadie conocía. Nuestro león de porte erguido y corazón valiente estaba enamorado de la luna.

Las leonas que vivían con él lo miraban con recelo, y al mismo tiempo atracción. Sabían, como se saben las cosas que son verdad aunque nunca se cuenten, que había algo diferente en aquel león.

Por las noches no dormía, se alejaba siempre hasta los altos desde los que podía contemplar el cielo y su mirada se perdía. Y al amanecer siempre se le escapaba una lágrima fugaz, que enseguida se sacudía, temeroso de ser descubierto.

Al principio lo había intentando todo para lograr acercarse a ella. Había subido hasta las cumbres más altas, resbalando, hiriéndose y maravillandose de lo que llegaba a ver desde aquellas montañas. Se había sumergido en el agua de su río, siempre pensando que en aquel reflejo se escondía su belleza. Incluso una vez llego a trepar a un árbol grande y muy alto, cuando todos sabemos que los leones no trepan, que tienen vértigo, que necesitan la tierra.

Pero cuando creía que la iba a poder tocar, ella siempre se esfumaba. Alguna noche la luna era tan grande, y estaba tan cerca que nuestro león tenía la sensación de dormir acunado por sus caricias. Pero siempre volvía el sol, y con él la espera.

Y los días nublados..eran los peores para el león. Rugía de desespero y cazaba más y mejor que ningún otro día para su manada porque sabía que esa noche no podría ver a su amada. Eran días de cuerpo revuelto y alma agitada.

Y lo que más le dolía, lo que llenaba aquellos ojos claros suyos de melancolía, era estar convencido de que la luna no le amaba. No sólo no le amaba, sino que no le reconocía, que para ella no era sino un león más. Porque entonces al león además de sentir impotencia, le invadía la soledad.

Hasta que un día…

Un día decidió abrirle su corazón y quedarse a la intemperie de la noche, donde quienes se aman encuentran refugio en el otro. Le escribió el más bello poema que su corazón leonado era capaz de escribir. Le dijo que la amaba, que la había esperado toda la vida, pero que ella era demasiado hermosa para él. Demasiado brillante, demasiado grande, demasiado inalcanzable…demasiado. Él era el rey de la selva, pero ella era la reina del cielo, y eso era un territorio inmenso hasta para un león. Le dijo que a partir de aquel día se conformaría con amarla. Sin más. Sentir ese amor en su corazón era suficiente para él. Eso y mirarla. Pero no volvería a subir árboles ni cumbres ni a sumergirse en ríos o lagos. Se quedaría con su manada, su gente, su territorio conocido, su lugar.

Aquella noche durmió inquieto. Al despertar sintió un calor extraño en su melena, y una luz que no lograba situar. Se levantó azorado y asustado. Ni en palabras de león ni de humano hubiera podido describir lo que era aquello que dormía a su lado, una criatura extraña con una luz…el león se tumbó a mirarla. Esa luz…donde había visto esa luz antes? Y el color de aquella criatura? No había nada en su selva que tuviera ese color que no era plateado, ni blanco, ni azul sino todos juntos a la vez. Y esa magia…

Y la criatura silenciosa abrió los ojos. Y en sus ojos anidaba el mar. Y no dijo nada, ni una palabra, ni un ruido…nada. Sólo le miró. Le miró durante tanto rato que el mundo se paró para los dos. Y cuando estuvo segura de que el león, de puro miedo, no se atrevería ni a tocarla, se acercó. Poco a poco. Muy poco a poco.

Le susurró su amor. Le habló de cómo había sostenido las piedras de las montañas con su reflejo para que él no cayera al subir en su busca. Cómo le había pedido a aquel árbol que no se enfadara demasiado con él y partiera una de sus ramas. Le habló de lo bella que se sentía cada vez que él miraba su reflejo en el río que había junto a su hogar. Mirarse en sus ojos le hacía descubrirse nueva y diferente.

Siguió hablándole, bajito, sútil, poco a poco, mientras se acercaba hasta rozarle. Y el león la sintió. Tan dentro de su alma, tan a flor de piel, esa piel que hacia años que nadie tocaba de esa forma..y dejó que su luz anidara en él, y se atrevió a desearla. A tocarla. A entrar en ella.

Y entonces lo comprendió. Y la llamó por su nombre: luna. Y ella sonrió. Y el león que había buscado fuera de su alma una forma de acercarse a su luna, en las altas cumbres y los lagos profundos..comprendió. Y encontró dentro de su ser el lenguaje de las caricias. Y con cada caricia le fue dando cuerpo a ella, la formó. La hizo luona, que es en lo que una se convierte cuando es un poco luna y un poco leona.

Y con cada caricia ella le fue llenando de su luz, le devolvió las cumbres, los ríos, la selva..todo lo que ella guardaba dentro de sí. Lo que cada noche de amor había iluminado sólo para él. Sin que él lo supiera. Hasta entonces. Y le hizo lunon, que es en lo que uno se convierte cuando es un poco león y un poco luna.

Así que recordad a esta luna enamorada la próxima vez que la miréis. Si la observáis con el cuidado suficiente, veréis los trazos de rojo de la sabana africana que forman ya parte de ella. Y, sobre todo, la veréis sonreír.

Pepa

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Una carta de amor a Platón

1. Me gustan los amaneceres, y si es en el mar, más.

2. Me gusta la risa de José, y reír y los hombres que me hacen reír.

3. Me gusta el sol de invierno cuando te calienta el cuerpo y el alma.

4. Me gusta la luz, las ventanas abiertas y las casas sin cortinas.

5. Me gusta mirar…sin más, tan sólo mirar.

6. Me gusta la conversación y los abrazos, sobre todo con gente que está dentro de mí desde hace más tiempo del que puedo recordar.

7. Me encanta conducir, una carretera sin hora de llegada, buena música y buena compañía.

8. Mi forma favorita son las espirales, representan mucho más de lo que sé explicar.

9. Me gusta mi hijo, ¿lo he dicho ya? Me gusta todo en él, su risa, sus filosofadas, su forma de trepar a las rocas..todo él.

10. En el diez, me gusta el sexo, el buen sexo y sentir el deseo en el otro.

Me gustan los árboles y las caricias y Klimt, Chagall, Picasso o Soroya, que me toquen el pelo y el queso, los helados y el vino y bañarme y las miradas…y llegué hasta el 22.

23. Me gustan los trenes y las estaciones y los aeropuertos y toda la vida extraña y caótica que cabe en ellos.

Mi madre y yo usábamos un código sólo nuestro: cuando queríamos recordarle a la otra el valor de las cosas pequeñas y casi invisibles de la vida, nos decíamos «mira el brilo del sol en las hojas de los árboles». Les llevamos a ella y a mi padre a parques hasta que murieron, y lo veo cada día desde mi terraza, como me ocurre ahora mismo y hace mi número 24.

El 25 es fácil porque es el número que más me gusta.

Me gusta mi trabajo, creo en él y en la posibilidad de aliviar sufrimiento y con esa posibilidad llego al 26.

27. Me gustan los desayunos del domingo con café, calma y periódico y una mirada y caricia entre página y página.

28. Me gustan las buenas historias, sean en libros, en pelis y sobre todo los contadores de cuentos.

29. Me gusta Buenos Aires y el Mekong, Machu Pichu, y Sienna y Florencia y París y Bogotá y la luz de África y la luz de mis islas y el altiplano boliviano y sus sonidos y los verdes escoceses..y perdí el número..me gustan las maravillas del mundo y viajar.

Creo un éste haría el 40, como mis años, pero creo que de las importantes sólo me queda una por decir y es que…me gustas tú.

Pepa

Pd. Mi homenaje personal a «Hierba Mora» de Teresa Moure (recomendación ferviente), un libro donde una de sus protagonistas, una mujer increíble, hace un listado de dos páginas de cosas que le gustan. A ese libro y a otros ecos. Volviendo en mí, poco a poco.

El video corresponde a la historia de amor entre Carl Sagan y Anne Druray. Hacía tiempo que no veía algo tan bonito. Más información sobre la historia aquí.

Cuando las víctimas logran hablar (2)

Una de las cosas que a veces me resulta casi imposible de explicar es hasta qué punto se cruza mi vida personal con mi trabajo. Y no hablo de las horas que le dedique, o de los viajes o cosas de ese tipo. Hablo del dolor que veo a diario.

Este fin de semana ha sido para mí una prueba más de ello. El viernes dejé escrito un post en nuestro blog de Espirales CI para que se publicara hoy. Lo escribí a raiz de una noticia que se publicó la semana pasada que narraba cómo unos hijos a raiz de la muerte de su madre publicaron una necrológica en un periódico en la que contaron públicamente el maltrato que ella les infringió, todo el sufrimiento que llevó a su vida, además de reinvidicar la necesidad de que los niños y niñas víctimas de maltrato hablen. Podéis leer el post entero aquí y os copio una parte de lo que escribí. Dice así:

«Una de las mayores dificultades del trabajo en sensibilización y prevención del maltrato infantil son las limitaciones, cuando no la imposibilidad de las víctimas de narrar su historia, de contarla en voz alta y clara, no solo a sus familias, sino a toda la sociedad. Además de la dificultad para lograr que sean escuchadas y creídas con la misma fiabilidad con que se escucha y cree a las víctimas adultas.

Sin entrar en los problemas derivados de la fiabilidad del testimonio, de los que ya nos hemos hecho eco en Espirales CI varias veces, hoy queremos reflexionar sobre una noticia tan estremecedora como real. Los hijos de una mujer fallecida publican en un periódico una necrológica sobre su madre en la que cuentan todo el maltrato que les infringió durante su vida, expresan la paz que supone para ellos su muerte porque les garantiza el fin de su pesadilla y demandan la necesidad de que las víctimas por fin alcen la voz y no callen más. El periódico, como se puede ver en la noticia, retiró el escrito del periódico y declaró que haría una investigación sobre su publicación…

..Esta es una noticia que produce escalofríos. Por el dolor y el sufrimiento que esconde, por el modo y el momento que han elegido los hijos de hablar, por sus palabras contundentes… por muchas cosas. Pero creemos que hay varios aspectos sobre los que deberíamos parar a pensar un momento:

1. La memoria y la justicia son dos elementos imprescindibles en un proceso de reconstrucción de la vida y el alma después de haber sufrido cualquier forma de maltrato. Los niños y niñas víctimas de maltrato necesitan ambas cosas. Poder hablar y narrar lo sucedido, que no se olvide, que no se niegue. Y justicia, no sólo en el ámbito legal, sino en el social y familiar. Que sus familias reconozcan el maltrato y les visibilicen a ellos como víctimas. No porque sean solo eso, que son mucho más que eso, sino por honrar su dolor y sufrimiento. Nombrar el maltrato no implica reducir a los niños y niñas a víctimas sino honrar su dolor y la valentía que han demostrado al afrontarlo. Esa justicia social y familiar que viene del reconocimiento de la agresión, del daño infringido por el agresor o agresora y del dolor vivido por las víctimas no lo puede dar la ley sino la sociedad, y en concreto la familia y la comunidad donde viven tanto víctimas como agresores.

2. Toda víctima siente rabia, además de miedo, dolor, impotencia y culpa, y es una rabia legítima. Esa rabia esconde un sufrimiento enorme, y la rabia les permite sacarlo fuera. Pero la rabia está socialmente censurada. Se considera a menudo “fuera de lugar” o “inadecuada”. A estos hijos que escriben esa necrológica sobre su madre, se les censura socialmente por expresar en voz alta vivencias que para cualquier persona serían dolorosas y destructivas. Se les censura por lo que dicen, pero también por la forma y el momento que eligen para hacerlo, que sin duda están elegidos también desde la rabia. Y es importante legitimar esa rabia. Los relatos de las víctimas van a estar plagados de rabia y dolor y la única forma que tienen de sanar su tristeza, no es olvidar ese dolor y esa rabia, sino sacarlos, vivirlos y sentirse reconocidos más allá de ese dolor. Solo en ese reconocimiento, solo cuando su entorno comprenda que nunca podrán ni querrán olvidar, solo entonces podrán llegar a la aceptación y paz interior. Y desde esa paz reconstruirán sus vidas…

..Vaya esta entrada como homenaje de quienes trabajamos en Espirales CI, no sólo a personas que alzan la voz y cuentan su historia como lo hacen los protagonistas de esta noticia, sino a todas las personas que han creado esos foros o asociaciones de adultos que fueron víctimas de maltrato en su infancia. Todo nuestro conmovido y agradecido homenaje a su valentía.»

Lo que no podía imaginar siquiera era que apenas unas horas después de escribir este post me iba a encontrar en la fiesta de alguien que quiero con locura con gran parte de las personas que me maltrataron en el colegio. Un grupo de personas, hombres y mujeres, que ya son padres y madres de niños y niñas que estuvieron jugando con mi hijo y mis sobrinos. Esas mismas personas que me cantaban canciones cada día en el autobus que iba al colegio, me insultaban, se reían de mí por mi gordura, especialmente en las clases de gimnasia, me pegaban chicles en el pelo o me dejaban notas y dibujos en mi pupitre, entre otras cosas.

Estas son experiencias que no se olvidan, y que te convierten en la persona que eres. Y cuando los vuelves a ver, como los vi hace un tiempo en la fiesta de los veinte años del cole o este fin de semana, te parece algo muy lejano y te das cuenta de que no has vuelto a pensar en ello hace siglos. Pero al mismo tiempo, cuando les ves, eres incapaz de mirarlos y no recordar aquello.

Porque una vez más constaté algo muy importante. Y es que no ha habido en ningún momento un reconocimiento de aquel daño, una toma de consciencia del dolor que causó. No sólo a mí, sino a muchas otras personas en aquel colegio, valga como muestra este post de un compañero mío de curso que escribió hace un tiempo. Y ese reconocimiento del daño es una parte imprescindible del proceso de sanación tanto de quienes agredieron como de quienes fuimos agredidos.

Recuerdo hace unos tres o cuatro años que fui a mi mismo cole a dar una formación a los profesores y una charla a los chavales de bachillerato sobre prevención de maltrato entre iguales. Porque las cosas en estos veinte años han cambiado y mucho, no sólo en el colegio donde yo estudié sino a nivel educativo y social. Sobre todo en la toma de consciencia sobre el significado y la gravedad de hechos como los que describo que, entonces y ahora, son mucho más habituales en los colegios de lo que mucha gente quiere reconocer. Una gran parte del trabajo que yo hago ahora es en el ambito educativo, y hay pocos ámbitos donde se haya sensibilizado más a los profesionales sobre el tema del maltrato infantil.

En aquella charla a chicos y chicas de dieciséis años después de darles unos datos generales sobre el tema y hacer un ejercicio para que detectaran la violencia que se infringían los unos a los otros y que consideraban «normal», les conté mi experiencia en su mismo colegio, en aquellos pasillos donde estábamos hablando y en los que yo había crecido. Les hablé de las vejaciones pero también de mis amigos, los que me habían sostenido, los que habían permitido que yo no me destruyera por aquellas experiencias, ellos y mi familia. Amigos que, por cierto, también estaban el sábado en la misma fiesta, parte de ellos al menos, porque siguen siendo una de las presencias más gozosas y significativas de mi vida. Les hablé también de los profesores que me apoyaron y de los que volvieron la vista hacia otro lado. Les conté en definitiva mi vivencia.

Entonces me preguntaron directamente si había vuelto a ver a aquellos chicos y chicas que me agredieron. Les dije que sí, que se habían casado, que tenían hijos…y les conté que, de hecho, con un par de ellos me había hecho amiga. Me miraron horrorizados: «¡Cómo eres capaz de ser amiga de aquellas personas!». Y yo les dije la verdad: porque me habían pedido perdón, habían reconocido el daño que me habían hecho, y eso había limpiado la relación y había permitido que nos acercáramos de nuevo.

Para mí son los dos extremos de una misma realidad, las personas con las que quiero y puedo construir una amistad profunda o las personas con las que no quiero pasar más allá de un hola y adiós. Y la diferencia la marca el reconocimiento del daño y la actitud con la que como adultos afrontamos nuestras vidas, lo que hicimos, o lo que no hicimos, hayamos sido víctimas, agresores o testigos del maltrato.

Porque, además, eso y no otra cosa es lo que trasmitiremos a nuestros hijos: la capacidad de saber pedir ayuda, de defenderse y de apoyar a los que sufren o la de hacer daño y destruir a los demás. Y esa enseñanza no tiene que ver con lo que decimos, sino con lo que vivimos, con lo que hacemos en cada una de las pequeñas actuaciones que tenemos en nuestro día a día, a veces en una fiesta ante una escultura construida en unos árboles por unos niños, a veces en un colegio, a veces en nuestro propio hogar.

Así que escribo este post en mi blog personal para completar el de Espirales CI, para explicar parte de ese cruce de mi vida y mi trabajo, y sobre todo para agradecer a los que entonces y ahora me apoyaron y me sostuvieron. Personas que estaban el sábado y me abrazaban y me sonreían y que mi hijo considera como parte de su familia. Y otas personas que no estaban pero que me abrazaban de niñas en el autobús mientras escuchábamos aquellas cancioncitas cada mañana. Gracias también a los profesores que no volvieron la vista para otro lado, a los que quisieron formarse para mejorar su posibilidad de aliviar el sufrimiento de los chicos y chicas que tienen a su cargo, y al profe que me invitó a dar esas charlas de prevención de maltrato a los chavales. A todos ellos gracias de corazón.

Sin duda gracias a ellos, a todos ellos, soy en parte quien soy.

Pepa

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Poco a poco

Sigo sin muchas fuerzas para hablar ni escribir. Pero necesito decir GRACIAS.

Este año he recibido en un mismo año dos de las muestras de amor más potentes de mi vida. La primera, por mis 40, la segunda en las últimas semanas.

Para daros las gracias voy a tomar prestado parte de lo que me ha llegado estos días.

Os lo dejo junto con mi promesa de ir volviendo. POCO A POCO.

Una foto que no necesita palabras:

Un poema de mi amado Benedetti:

Y uno de los comentarios a mi última entrada. Dice así: «Y tú miras de frente al Monstruo y le susurras: “no, quizá yo no gane siempre pero el Amor sí lo hará”. Porque llevas mucho tiempo mirando al Monstruo defrente. Eres sensata al temer al Monstruo y eres valiente al mirarle defrente».

Gracias conmovidas.
Pepa

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El dolor de mi hijo

Hay dos miedos para los que nadie te prepara cuando vas a ser madre o padre: el miedo a ver sufrir a tu hijo y el miedo a hacerle daño. Casi nadie te dice que desde el momento que llega a tu vida, el amor va a ir para siempre unido al temblor.

Son dos miedos tan viscerales, tan de piel, tan angustiosos que no puedes siquiera atisbarlos. No los conoces, no sabes lo que pesan, lo que miden, no conoces su inmensidad. Esa inmensidad que cuando llega te puede dejar muda, ciega, fuera del mundo e incapaz de volver a él, con la piel arañada y sangrante.

Sobre todo cuando se hacen reales, cuando un día te levantas y tus pesadillas se han convertido en tu vida. Están ahí, en sus ojos. Y esos ojos te miran pidiéndote que lo salves.

Y entonces descubres la mentira de los cuentos de niña: los príncipes, las princesas, los dragones, los castillos…En este mundo de aquí fuera las fieras muerden, arrancan de cuajo partes de ti. Y la angustia se vuelve inconmensurable. No hay pócimas, no hay poderes, no puedes salvarle, ves cómo se va ante ti, cómo le arrancan la inocencia, cómo le dejan a la intemperie. Le ves pelear, reclamarte, llamarte a gritos diciendo «sálvame», retorcerse en su propio dolor que ni siquiera sabe nombrar.

Pero no puedes, porque de eso ya no puedes salvarle. Ya está hecho. No lo viste. Sucedió. No pudiste preveerlo. Tan sólo sucedió. Y ahora toca vivir con ello, y lo que es peor, enseñarle a vivir con ello.

Y aún tienes suerte. Porque vive. Está vivo, y con ello todas las posibilidades se abren ante vosotros. Otros no tienen siquiera esa suerte. Y ahí la pesadilla asesina directamente (leed «La hora violeta» de Sergio del Molino)

Y te preguntas una y otra vez cómo vas a enseñarle a confiar, cómo no trasmitirle este temblor, este frío que se te ha quedado dentro, esta pena que pasados unos días ya no lloras, pero sigue viva y lacerante dentro de ti.

Y ves una vez más cómo las vidas se enlazan, cómo las espirales familiares se encadenan, cómo ese monstruo se vuelve gigantesco cuando toca a tu hijo. Porque ya no es tu dolor. Es el suyo. Y para ése no hay pocima mágica. No hay palabras, ni gritos, tan sólo ese frio…

Y sabes mejor que nunca por qué eres su madre. Por qué justamente tú. Y por qué él es tu hijo. Justamente él. Y le acaricias mientras duerme. Y te quedas despierta, mirando a la cara al monstruo. Y sabes que sólo tienes un arma: tu amor. Y escuchas al monstruo susurrarte: «no siempre vencerás».

Pepa

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El paraíso tras la puerta

Hoy me ha llegado esta imagen por twiter, y me sale incluirla en este blog, porque encierra en ella todo lo que hoy no puedo escribir.

Si la vida pensaba cobrarse la felicidad de este verano, a fe que hoy lo ha hecho.

Aunque sé que esto también es vivir.

Pepa

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Silencios

Hoy me nace recuperar un párrafo del último cuento, el «Lenguaje de los árboles», decía así:

«El abuelo decía que cuando estás en paz, ya no necesitas las palabras. Por eso el cielo es tan silencioso. Pero mientras tanto, hasta que llegas ahí, las palabras guardan el amor y el miedo, el dolor y la esperanza…guardan todo lo valioso que hay en las personas. Y las personas necesitan decirlas, y sobre todo escucharlas.»

Nunca imaginé vivir un verano como éste, y eso que mi capacidad de sorpresa tiene unos límites insospechados 😉 pero nunca esperé recibir tanto en tan poco tiempo, como tampoco que la vida me enseñara tanto y tan profundo. Porque los aprendizajes de la vivencia están cambiando hasta mi mirada.

Y hay algo que aparece rotundo en mi verano y son los silencios. Voy dando un nuevo valor a los silencios, y quisiera ponerlo en palabras esta mañana. Permitirme la paradoja de poner palabras a algunos silencios 😉

Ahi van:

Los silencios de la espera. Los de quien espera, los de quien se hace esperar.

Los silencios que moldean tu cuerpo sin siquiera rozarte.

Los silencios que se imponen cuando no puedes mirar a los ojos a alguien que amas sin desearle o sin que te duela, o ambos al mismo tiempo.

Los silencios que llegan cuando no puedes responder…cuando no quieres responder…cuando no sabes qué decir…o cuando ya está dicho todo..tanto que ni los puntos suspensivos funcionan ya.

Los silencios cuando navegas en los ojos de quien amas y te sientes correspondida. Y en paz.

Los silencios de la ternura.

Los silencios de las lágrimas. De las que se lloran, las que se gritan y las que se tragan.

Los silencios que envuelven después de hacer el amor, incluso durante.

Los silencios que te arrullan al dormir en brazos de quien amas, o cobijando el rostro amado.

Los silencios densos después de un puñetazo en el estómago. Los que llegan cuando sabes que de ese dolor no cabe el regreso.

Los silencios del olor amado que no se desprende de tu piel.

Los silencios de quien tiende la mano y acaricia, aún desde muy lejos, con cada foto, sin palabras.

Los silencios cuando ves llegar a alguien amado a lo lejos, caminando hacia ti. Y cuando le ves alejarse sin mirar hacia atrás.

Lo confieso. Mi mantra de este verano está siendo «esperar y recibir». Lo demás lo dejo a mis silencios.

Y acabo con otra de mis canciones, para llenar el silencio de música:

Pepa

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Esperar

Esperar el amanecer. Anhelarlo, buscarlo, recrearlo. Hacer que vuelva a nacer una y otra vez en ti…
Esperar esas letras que son un paso más hacia uno de tus mañanas…
Esperar a tu cuerpo, sintiéndolo vibrar hasta ese momento exacto en que el cielo entra dentro de ti. Ni minutos antes ni un segundo después. Ahí…
Esperar el punto de frescor para un vino, el de calor para un queso que se derrite sobre tu plato..
Esperar el roce inesperado, o ese otro que de tan deseado casi duele…
Esperar la lágrima o la muralla que cae…tocar el alma…
Esperar el silencio que llega cuando sólo queda ya mirarse.

Pepa

Sin palabras

– Mami, acuérdate cuando te mueras de pedir tu deseo sobre lo que quieres ser la próxima vez. Porque si lo pides, se te cumplirá y podrás elegir.
-….cariño, pues lo tengo fácil, porque como lo único que quiero seguir siendo es tu mamá, tendré que esperar a ver qué te pides ser tú para pedirme ser tu mamá.
– (abrazados) Te quiero, mami.
– Y yo a ti.

Conversación con mi hijo esta mañana abrazados al despertar.
Pepa
2/agosto/2013

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