Pepa Horno Goicoechea

Pepa Horno Goicoechea

«Hay que seguir contando»

Es tarde. Pero acabo de volver de ver 43.2, una obra de las que merece ser vista, de las que te conmueven y te impregnan. La hemos visto en ese prodigio que es la Sala Mirador, allí escondida en el corazón del barrio madrileño de  Lavapies, liderada por Cristina Rotta y Juan Diego Botto entre otros. Un lugar y una gente que lucha por conservar lo que muchos tontamente desprecian. Un trabajo por el que cuando te cruzas con él sólo te sale decirle un tímido: «Gracias por mantener esto abierto. Por eso y por todo lo demás«.

Porque la vida tiene estas sorpresas, y resulta que hoy tocaba encuentro de los actores con el público y además estaba allí Botto, entre el público. Y esa tertulia con los actores ha sido un regalo inesperado. Hemos hablado del silencio y la memoria, y es por eso que me sale escribir.

43.2 son las coordenadas de Guernica. Y la obra aborda el tema de la reconciliación en Euskadi tras el conflicto de eta, a través de la historia de una familia dividida, inmersa en un dolor lleno de silencios en el que muchas de las visiones de este problema tan doloroso como complejo tienen cabida. Y ésa justamente me ha parecido la medida exacta de su valía: que refleja lo macro en lo micro, los dilemas sociales y políticos en la realidad afectiva de una familia que se ama y que quiere amarse desesperadamente, pero que también guarda dentro de sí el horror vivido.

Y la obra acaba con la familia sentada a cenar en un silencio tenso pero posible después de mucho tiempo, el de una familia que cena junta, y que como comentaba uno de los actores quizá al final de la cena, en el postre, al cabo de tiempo y de mucho dolor puedan hablar además de cenar.

Pero yo me he quedado impregnada de ese silencio. Y de una frase de la madre viuda al principio de la obra, cuando cuenta que ella se cansa a veces de contar una y otra vez su historia, pero dice «hay que seguir contando».

Y yo pensaba en los silencios del dolor y del terror. Ese silencio que invade, desconecta a la gente, la incapacita para la palabra, para el cuidado y la cercanía. Ese dolor que he vivido tantas veces en mi vida personal y laboral. Lo he visto en las víctimas con las que trabajo, en los niños y niñas de miradas vacías víctimas del abuso, el maltrato, el abandono o la brutalidad. Lo veo en mi trabajo diario, lo he visto en muchos países y en más rostros de los que puedo expresar. Y también lo he visto en alguna de mi gente más amada.

Mis padres eran mayores cuando me tuvieron. Los dos vivieron la guerra. Cuando en el colegio nos decían «porque vuestros abuelos…» yo pensaba: «mis abuelos no, mis padres«. Mi madre era una niña cuyo padre, mi abuelo materno, hizo cosas en la guerra que conllevaron un dolor indescriptible a mucha gente y a su familia también. Un dolor que mi madre guardó en silencio, entre otros dolores. Tanto mis abuelos como mi madre eran vascos, y esa herencia forma parte profunda también de mí, además de mi vínculo presente con aquella tierra. A mi padre por su lado le acompañó hasta sus últimos días, entre otros, uno de sus amigos de la infancia fusilado. Podría contar infinidad de cosas. Sé mucho de los silencios, de los míos propios también, pero ahora mismo pienso en los silencios y los dolores de los que he sido testigo.

Yo siempre opté por la palabra. Mi palabra, limitada, falible seguro, pero mía. Siempre quise hablar de lo que veía, de lo que ocurría, de la parte que comprendía y de la que no llegaba a captar. Del mismo modo, en mi trabajo, me esfuerzo para que la gente, sean niños o adultos con alma de niños heridos, ponga palabras a su dolor. Porque sé de sobra que es el único modo de sanarlo: nombrarlo.

Pero hoy, al ver el silencio de la cena al final de la obra, pensaba que la palabra necesita un tiempo. Un tiempo para curar el dolor, para que no sangre tanto, para que no duela tanto. Quizá, sólo quizá, hay personas a quienes no podemos pedirles las palabras. Personas como la madre de la obra, que habla de cómo se quedó vacía, como colgada del aire casi cuatro años hasta que encontró su voz y habla de otras mujeres y otros hombres que no pudieron con el dolor y se suicidaron. A lo mejor resulta que son los hijos y los nietos los que podemos nombrar cosas que para quienes las vivieron directamente fueron tan horribles que ni siquiera encontraron palabras para expresarlas. A lo mejor son los actores, escritores, directores.. los que pueden escribir y reflejar el dolor de otros. A lo mejor necesitamos que no sea el nuestro, o no demasiado, para poder hacerlo.

Por eso creo en algo que María, la autora de la obra, ha dicho en la tertulia. Creo que es verdad que el estado, no sólo el nuestro, cualquier estado, tiene la responsabilidad de mantener la memoria del horror que sus ciudadanos han vivido, sea cual sea. Una memoria plural, legítima que refleje todos los rostros posibles. Y trasmitirlo en la educación a las siguientes generaciones, de una forma veraz, legítima, para que nadie pueda decir que no sabía, para que no se repita. Alguien, en realidad todos nosotros, debemos conservar esos relatos para que no mueran con los que no pudieron contarlos, para honrar sus silencios con nuestras palabras.

Y creo que el arte, como ha dicho Botto, tiene la responsabilidad de hablar de la vida y de esos dolores. Para nombrarlos por los que no pueden nombrarlos, no sólo porque estén muertos, que también, sino porque se quedaron sin voz, o aún no han sido capaces de recuperarla.

Cuando trabajo con niños y niñas abusados, pienso siempre que si no hemos sido capaces de evitar que abusaran de ellos, al menos les debemos la mejor de las atenciones posibles. Somos responsables de guardar también su memoria y su voz. Como dijeron tantos y tantos antes de mí: memoria y justicia.

Pepa

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A menudo

A menudo pienso en cómo las presencias y las ausencias están formadas de un mismo hilo: el amor. Aquí y allá, ese allá que está tan cerquita que casi puedo sentirlo como un susurro tras de mi. Aquí y allá al final están tejidos de lo mismo: del amor que has dado y has recibido.

Hablo a menudo de la consciencia, y la siento como un privilegio, un deber y un regalo. La consciencia de aquellas pequeñas cosas en las que se narra la vida. Veo la sonrisa de mi hijo, que últimamente es diferente, más luminosa, más plena. Quizá sólo para quienes le han visto triste, no lo sé, desde luego lo es para mi. Veo las caras, la suya y la de sus amiguitos en la cola del cole, y sé con todo mi ser que nos estamos equivocando en más cosas de las que somos siquiera capaces de atisbar en esto que llamamos «educación».

A menudo miro en silencio, y veo esas miradas que se evitan, las palabras que no hemos dicho, y la luz que se cuela…en cada amanecer. Escucho el ruido vacío y los silencios llenos, y siento que si no estás muy atenta… la vida pasa en un despiste cualquiera.

Siento que morir es un camino, no es un instante. Un tránsito en el que cada vez estamos menos aquí y más allá, hasta el último aliento. Y sé, lo supe muy pronto, que acompañar ese camino es un regalo lleno de consciencia, más que nunca, y de amor, un poco más si cabe. Dejar ir a quienes amas, y saber que existirán mientras tú existas. Ya lo dicen muchos, dos generaciones hacia arriba, dos generaciones hacia abajo. La vida no es sólo lo que vivimos nosotros, también es la memoria que dejamos tras nuestro paso. Estoy convencida de que la vida es lo que sabemos construir con aquello que nos dieron.

En los últimos tiempos, me siento a menudo conectada con ese ir y venir de la vida. Muchas despedidas, quizá. Pero me siento honrada por todo lo que me entregaron quienes murieron, quienes miran de frente la muerte en estos meses y quienes simplemente se fueron o aquellos de quienes me he ido yendo yo. Son muchos regalos que no cambiaría ni por todo el oro del mundo.

Lo aprendí hace un largo tiempo y hoy me reafirmo en ello: el amor es lo único que sobrevive a la muerte. Y a la distancia. Y al olvido. Es lo que nadie puede robarte.

Pepa

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En tránsito

En tránsito, en camino…siempre, pero algo más.

Estos últimos tiempos los cambios se hacen visibles… No quiere decir que antes no ocurrieran, pero fueron íntimos a ratos, inconscientes otros y muchos disimulados y sutiles. Pero la vida parece empeñada en ser paladeada. A consciencia. En cada minuto lo que toca: gozo, caricia, escalofrío.. Y en enseñarme a hacerlo visible, a dejar lo que soy a la intemperie.

Cambié de piel, me quedé calva y como dijo un amigo, es todo un cambio de piel. Mucho más profundo de lo que se o puedo explicar.

Cambiaron trazos de mi alma. De la mano, una vez más, de los ojos de mi hijo, de su camino, de su luz. Su camino interior, verle recuperar su alegría, fortalecer la ternura y no rendirse ni ante los monstruos.. Y yo detrás, callada, sosteniendo.

Cambiaron mis palabras, me salen menos (este blog es prueba de ello, perdonadme). Y andan cambiándome también. Las que digo explícitas y directas, las que convierto en metáfora, aquellas que se vuelven guía: consciencia, alegría, red..

Ando cambiando estructuras, deberes y exigencias internas, tan íntimas que son casi como una segunda piel de la que cuesta deshacerse. Cada vez tengo menos ganas de ser «nada» y más ganas de ser sencillamente feliz.

Pronto cambiaremos de horizontes. Ya toca. Un anhelo demasiado pospuesto. Y muy lleno de luz.

Caminando…siempre, pero un poco más.

Pepa

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La palabra y la caricia

Termina el 2014 y lo hace con una sensación ambivalente para mí. Confío en la vida de una forma cada vez más experiencial, menos pensada y más vivida. Sé que las cosas tienen un sentido y desde esa convicción, para mí cada año y cada retazo de vida tiene un valor inigualable. Pero tengo que reconocer que este año ha sido uno de los más duros que recuerdo en mi vida a nivel personal. En lo profesional ha sido un regalo, un gozo, pero en lo personal ha sido una travesía dificil de describir.

Sé que cuando mire hacia atrás dentro de unos años, sentada mirando al mar, sabré que este año ha sido el motor, el comienzo y el origen de infinitas cosas. Cosas buenas. Pero también sé que cuando pienso en el precio, mi cuerpo aún tiembla. Pero ése es el trato. Ni modo. No hay otra.

Y en estas últimas semanas, la vida va abriendo horizontes ante mí que me/nos llenan de luz. Justamente antes de acabar el año. Y nos brindan la oportunidad de comenzarlo rodeados de amor, una vez más. Así que callo y pienso: bienvenido seas, 2015…

Y en ese viaje de las últimas semanas he tomado consciencia de algo que quiero compartir aquí, algo que le expliqué a mi hijo el otro día. Y es sobre la manera que he encontrado toda mi vida para sobrevivir al dolor, al temblor, a años como éste, que ya los hubo, y no me engaño, muy probablemente los volverá a haber. El otro día le hablaba y le decía que cuando el miedo me bloquea, cuando me paraliza, cuando he hecho cosas que ni yo misma entendí o al contrario, no supe hacerlas, cuando el alma se me encogía tanto que veía gigantes y monstruos tras los rincones, para mí hubo dos herramientas poderosas, dos regalos, dos talismanes: la palabra y la caricia.

La palabra me ha servido para elaborar, para pedir ayuda, para narrarme, para matizar, para cuestionarme…la palabra forma parte de mí desde que tengo uso de razón. Mi padre era crítico literario. Crecí en una casa donde casi no había paredes, salvo en los baños y en la cocina. El resto, pasillos, salón, habitaciones.. estaban llenos de estanterías. Mi madre era una conversadora nata, y escribía filosofía en sus cuadernos. De hecho estoy convencida de que mis padres se enamoraron por sus conversaciones interminables y fascinantes, y sufrieron en los momentos en que dejaron de creer en la palabra del otro, de poder buscarse en ella. La palabra formaba parte del aire que respiré desde mi comienzo. Y cuando pude hacerla mía, que tardé algo más de lo esperable, ya nunca la solté.

Veo el valor de la palabra en la terapia con cada paciente, en los cursos y conferencias que doy, en los mensajes y mails que recibo, en las llamadas y las conversaciones con mis amigos…cada vez que mi hijo dice que a mi me gusta conversar. Veo cómo transforma el alma de las personas, y cómo guarda en sí misma la capacidad de tender puentes o de romperlos, de hacer bien o hacer daño, de la risa y del llanto. Es limitada, pequeña y vulnerable, como todo lo humano. Pero las palabras deberían ser tesoros que enseñáramos a nuestros hijos a emplear con deleite. En nuestras casas y en los colegios los niños y las niñas deberían poder hablar largo con los mayores y entre ellos. Y para eso los mayores deberíamos estar dispuestos a emplear tiempo en conversar con ellos.

Pero luego está la caricia. El contacto físico. Los abrazos. Dicen que soy buena dando abrazos 😉 y creo que es verdad. Hay algo de mi ser que sólo encuentro en el contacto físico con otras personas. En la crianza de mi hijo no me canso de acariciarle, besarle y abrazarle. A todos los padres les insisto en que sean «pesados», que achuchen y besen y acunen y toquen. Pero he comprendido que una parte de nosotros, una parte inmensa, de mí la primera, anida en nuestro cuerpo. Y esa parte sólo se llega a conocer con el contacto físico. La memoria corporal de la que hablamos ahora tanto los psicólogos y los neurólogos, allí donde anida todo aquello que vivimos y ni siquiera llegamos a hacer consciente, lo que vivimos antes de tener la palabra, esos primeros meses y años que ahora sabemos que configuran nuestro entramado y nuestra raiz.

En lo que a mí respecta, el contacto físio es uno de los elementos clave de la intimidad en mi vida, sea familiar (aún recuerdo los abrazos de mi madre, cierro los ojos y puedo sentirlos ahora mismo), sea en la amistad, o sea en las parejas. Siempre me ha gustado caminar cogidos de la mano, los detalles tontos, una caricia en el pelo, por no hablar del sexo..no imagino la intimidad sin contacto físico. Cuando ha llegado el dolor o la angustia a mi vida, lo único que ha podido ayudarme a soportarla ha sido el contacto físico de mi gente amada. Recuerdo el entierro de mi madre donde no solté la mano de mi hermano, o el de mi padre, o las visitas que recibí cuando estaba en un hospital, o los abrazos de algunas personas que hicieron kilómetros para darmelos justo cuando los necesitaba. Como yo los hago tanto cuanto  puedo. Para mí una mano, o una caricia o un abrazo simplemente me devuelven la exacta medida de mi existencia, es lo único que me consuela cuando el dolor me deja sin palabras, y me lleva al silencio.

Así que aquí va mi deseo de año nuevo para todos los y las que leéis este blog: os deseo un año lleno de caricias. Y ojalá las palabras las pongais vosotros después.

Gracias de corazón por las palabras que me habéis enviado, ¿veis? ¡palabras!. Gracias por ser parte de lo luminoso que ha habido en el 2014, que también ha sido mucho.

Pepa

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Pequeñas maravillas en medio del caos

Ayer vivimos algo único. Ayer hicimos el cierre del proceso de supervisión que he estado haciendo en cinco centros de protección, y lo hicimos con una conferencia para profesionales en la mañana, pero sobre todo con una sesión con los niños, niñas y adolescentes de los centros por la tarde. En esa sesión juntamos a unos cien niños y niñas junto con sus educadores.

Tuvimos una tertulia en la que les explicamos por qué y para qué habíamos trabajado con sus educadores durante todo el año (qué raro es para muchos entender que merecían que alguien les contara el trabajo que se había hecho con los mayores que cuidan de ellos) y luego hicimos una sesión de biodanza con los que quisieron participar.

Imposible describir el caos de la sala. La vida y las emociones que se despertaron, las que se expresaron y las que se callaron. Y en medio de ese caos sucedieron cosas maravillosas.

La primera, vinieron todos. Vinieron educadores que ni siquiera estaban de turno, educadores que no quisieron bailar ni lo habían hecho antes, otros que sí. Pero estuvieron todos, y trajeron a los chicos. Niños desde cinco o seis años hasta los dieciocho. Niños y niñas con unas historias de dolor que no alcanzamos siquiera a imaginar. Los niños y niñas abrazaban a los educadores, corrían de un lado a otro, se tiraban por el suelo. Niños y niñas que se encontraban con otros que ya no estaban en sus centros, con educadores que habían estado con ellos y ya no. Educadores que miraban sentados y silenciosos. Educadores que bailaban, reían y abrazaban a los niños y niñas. El caos. La vida cuando se palpa el dolor que puede llegar a anidar en esa vida.

Y en ese caos, pasaron infinitas cosas. Pero quiero contar tres que me pasaron a mí, tal cual me pasaron:

Hubo una niña de las pequeñas que estaba sola, me acerqué a ella y le dije: ¿Te puedo dar un abrazo? y me dijo «sí» y le abracé y estuvimos abrazadas largo tiempo, porque cuando quise soltarle, ella no me soltaba.

Hubo otro chico, uno de los mayores, que me preguntó cómo me llamaba, me contó el centro donde vivía y lo que pensaba del centro. Al final le dije también «¿Te puedo dar un abrazo?» y me dijo «Claro, ¿por qué no?» y nos abrazamos. Al acabar le dije «gracias» y cuando se estaba yendo, se volvió a acercar y me dijo «soy yo el que te debería dar las gracias a ti porque no es muy común que un mayor dé abrazos así, porque sí, sin motivo, así que gracias».

Y entonces llegó mi hijo. Porque llevé a mi hijo a que viera justamente aquel caos. Quería que entendiera por qué su madre viaja tanto, que pudiera ver el sentido de su renuncia las veces que le toca acostarse sin que yo haya llegado, y que viera también parte de una historia que es también la suya. Y mi hijo bailó, saltó, corrió, abrazó y dio besos, pero sobre todo observó, y calló y se vino a casa impresionado y conmovido.

Así que mi hijo llegó cuando hablaba con ese niño y se metió bajo mis piernas, y el chico mayor me pregunto:

-¿Es tu hijo?»

-Sí, se llama José.

-¿Y es adoptado?

-Sí.

-¿Desde cuando está contigo?

– Desde que tenía un año.

– Eso está bien- Y se agachó y le dijo: Hola, cómo te llamas?…y hablaron un rato, él agachado delante de mí y mi hijo desde debajo de mis piernas.

«Eso está bien». Sí que lo está.

Y en otro momento, hice girar dando vueltas a José tomandolo de las manos y enseguida se acercaron dos niñas muy pequeñas a que hiciera con ellas lo mismo. La primera se lanzó encantada, pero a la segunda, cuando la agarré de las manos, temblaba. Así que me agaché y le dije: «Cariño, para poder hacerlo, tienes que dejarte, tienes que confiar en mí. ¿Crees que podrás hacerlo?» Y, tras pensarlo, asintió. Así que la tomé de las manos y giró con una increíble sonrisa.

Pero no sólo fueron los niños. Fue también cada abrazo que recibí de los educadores, cada persona que me dijo «que te vaya bonito», «cuidate mucho», «gracias por todo» o «volveremos a verte, verdad?».

Y cuando ya nos ibamos mi hijo me dijo:

– Mami, no me gusta que algunos se hayan portado tan mal.

– ¿Te has parado a pensar, cariño, las heridas que tienen en el corazón para no poder parar quietos, o para gritar como lo hacen, o para pegarse entre ellos?

Y calló, silencioso y pensativo.

Y esto es sólo una migaja de lo que sucedió ayer. A mi alrededor sucedieron innumerables otras pequeñas maravillas, de las que pueden pasar desapercibidas, de las que se cuentan a veces y muchas otras no, de las que para muchos no tienen importancia y no cambian nada.

Pero para mí sí cuentan. Y desde luego me cambiaron a mí. Pequeñas maravillas.

Pepa

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Ojalá

En esta mañana luminosa me llega esta carta. Y pienso que ojalá la escribiera la maestra de mi hijo. Y tantas y tantas otras. Sin más.

Y gracias de corazón desde aquí a tantos educadores y educadoras que sí la escriben. A diario. Con su formación, su vocación y su corazón.

Y a madre de marte por traducirla y hacer que me llegue (ella la reenvía de un blog publicado en el Whashinton Post). La escribe una maestra en Canadá.

La transcribo aquí para que no se pierda en los enlaces.

Pepa

Queridos padres:

Lo sé. Estáis preocupados. Cada día, vuestro hijo llega con una historia sobre ESE niño. El que está siempre golpeando, empujando, pellizcando, molestando, quizás incluso mordiendo a otros niños. El que siempre va de mi mano en la fila. El que tiene un lugar especial en la alfombra, y a veces se sienta en una silla en vez de en el suelo. El que tuvo que dejar de jugar con bloques porque los bloques no son para lanzar. El que se subió a la valla del patio en el momento exacto en el que yo le decía que parara. El que tiró la leche de su compañero al suelo en un arranque de rabia. A propósito. Mientras yo le miraba. Y luego, cuando le pedí que lo limpiara, vació la caja de pañuelos ENTERA. A propósito. Mientras yo le miraba. El que soltó la más terrible palabrota en la clase de gimnasia.

Os preocupa que ESE niño desmerezca el aprendizaje de vuestro hijo. Os preocupa que absorba mucho de mi tiempo y energía, y que vuestro hijo salga perdiendo. Os preocupa que algún día le haga daño a alguien. Os preocupa que este “alguien” pudiera ser vuestro hijo. Os preocupa que vuestro hijo empiece a usar la agresión para conseguir lo que quiere. Os preocupa que vuestro hijo empeore sus resultados porque quizás yo no me dé cuenta de que le cuesta sujetar el lápiz. Lo sé.

Vuestro hijo, este año, en esta clase, a su edad, no es ESE chico. Vuestro hijo no es perfecto pero suele seguir las reglas. Es capaz de compartir los juguetes sin pelear. No lanza muebles. Levanta la mano para hablar. Trabaja cuando es la hora de trabajar y juega cuando es la hora de jugar. Se puede confiar en que vaya directamente al baño y regrese sin engaños. Cree que las peores palabrotas son “estúpido” y “tonto”. Lo sé.

Fijaos, me preocupo todo el tiempo. Sobre TODOS ellos. Me preocupo por las dificultades de vuestro hijo con el lápiz, por cómo lee las letras otro, por la timidez de esa chiquitina, y porque hay otro que lleva siempre la caja del desayuno vacía. Me preocupa que la chaqueta de Gavin no abrigue lo suficiente, y porque el padre de Talitha le grita por dibujar la B del revés. La mayoría de mis desplazamientos en coche y duchas las dedico a estas preocupaciones.

Pero, lo sé, quereis hablar sobre ESE niño. Porque la B invertida de Talitha no le va a poner un ojo morado a vuestro hijo.

Yo también quiero hablar de ESE niño, pero hay muchas cosas que no puedo contaros.

No puedo contaros que le adoptaron en un orfanato a los 18 meses.

No os puede decir que está haciendo una dieta para descartar alergias alimentarias, y que tiene hambre TODO EL TIEMPO.

No os puedo contar que sus padres están en medio de un horrendo divorcio, y que está viviendo con su abuela.

No puedo contaros que empieza a preocuparme que la abuela beba…

No te puedo contar que la medicación para el asma le agita.

No puedo contaros que su madre es monoparental, y por esto entra en el colegio cuando abre la acogida matinal y se queda hasta la acogida vespertina, y después el viaje hasta casa les lleva 40 minutos y por esto duerme menos que muchos adultos.

No puedo contaros que ha sido testigo de violencia doméstica.

De acuerdo, decís, entendeis que no puedo compartir información personal o familiar. Sólo queréis saber qué estoy HACIENDO al respecto de su comportamiento.

Me encantaría decíroslo. Pero no puedo.

No puedo contaros que va a logopedia, que han descubierto un retraso severo del lenguaje y que los terapeutas piensan que las agresiones tienen que ver con la frustración por no ser capaz de comunicarse.

No puedo contaros que me veo con sus padres CADA semana, y que ambos habitualmente lloran en estas reuniones.

No puedo contaros que el niño y yo tenemos una señal secreta con las manos para que me diga cuando necesita sentarse solo un rato.

No puedo deciros que pasa el descanso acurrucado en mi regazo porque “me hace sentir mejor oír tu corazón, señu”.

No puedo contaros que he estado rastreando meticulosamente sus incidentes agresivos durante 3 meses, y que se han reducido de 5 incidentes al día, a 5 por semana.

No puedo contaros que la secretaria del colegio ha aceptado que le mande a su despacho a “ayudarla” cuando me doy cuenta de que necesita un cambio de escenario.

No puedo contaros que me he puesto de pie en una reunión de docentes y que, con lágrimas en mis ojos, les he ROGADO a mis compañeros que le echen un vistazo extra, que sean amables aunque se sientan frustrados de que haya vuelto a pinchar a alguien, y esta vez, JUSTO DELANTE DE UN PROFESOR.

El asunto es que hay TANTAS COSAS que no puedo contaros sobre ESE niño. Ni siquiera lo bueno.

No puedo contaros que su trabajo en el aula es regar las plantas y que lloró con el corazón roto cuando una de las plantas no sobrevivió a las vacaciones de Navidad.

No puedo contaros que despide a su hermanita con un beso cada mañana, y le susurra “eres la luz de mi vida”, antes de que mamá se aleje con el carrito.

No puedo contaros que sabe más sobre tormentas que muchos meteorólogos.

No puedo contaros que a menudo se ofrece para sacar punta a los lápices durante el recreo.

No puedo contaros que acaricia el pelo de su mejor amiga en el descanso.

No puedo contaros que, cuando algún compañero llora, cruza el aula para ir a buscar su cuento favorito desde el rincón de las historias.

El asunto es, queridos padres, que solo puedo hablaros de VUESTRO hijo. Así, lo que os puedo decir es esto:

Si alguna vez, en cualquier momento, VUESTRO hijo se convierte en ESE niño…

No compartiré vuestros asuntos personales con otros padres de la clase.

Me comunicaré con vosotros con frecuencia, y con amabilidad.

Me aseguraré de que haya pañuelos cerca en nuestras reuniones, y si me dejais, os sujetaré la mano mientras lloráis.

Defenderé que vuestro hijo y vuestra familia reciban los servicios especializados de mayor calidad, y cooperaré con estos profesionales en la mayor medida posible.

Me aseguraré de que vuestro hijo reciba amor y mimos extras cuando más lo necesite.

Seré la voz de vuestro hijo en la comunidad escolar.

Seguiré, pase lo que pase, buscando y descubriendo, todas las cosas buenas, asombrosas, especiales y maravillosas de vuestro hijo.

Os recordaré a él y a VOSOTROS de estas cosas buenas asombrosas especiales maravillosas, una y otra vez.

Y cuando otro padre se acerque, con quejas sobre VUESTRO hijo…

Le contaré esto, una y otra vez.

Con mucho cariño,

La maestra.

 

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El significado de un abrazo

Conversación de ayer por teléfono, de las que merecen no olvidarse:

– Mami! ¡Estoy feliz! Hoy la profe me ha puesto una nota buena para mi y para ti, pero ¿sabes lo mejor? Que cuando salía de clase, ¡me ha dado un abrazo! ¡Ella me ha abrazado! ¡Nunca antes me había dado uno, mama!

Celebramos emocionados el abrazo.

– Mama, ¿que voy a tener de premio por la buena nota, aparte de lo orgulloso que me siento de mi y lo contento que estoy?..

-Pues no lo se, cariño, ¿pero no te parece suficiente ya esa sensación?

Seguimos conversando de otras cosas, me pasa a su madrina y cuando estoy hablando con ella, le pide el teléfono de nuevo.

– Mami, que tienes razón, que con lo orgulloso que me siento ahora mismo me es suficiente, ¡estoy tan feliz!

Y yo con el, mientras se me cae una lágrima en uno de tantos aeropuertos. Y sólo por hoy no quiero pensar en todo lo que hay detrás para que mi hijo de este valor a una nota buena, o a un abrazo de su profesora. Sólo celebrar.

Estamos en camino.

Pepa

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Sostener

Una de esas citas de la biblia que se me quedaron prendidas al alma y que he mencionado aquí algunas veces es la que empieza diciendo: «hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer, un tiempo para morir, un tiempo para sembrar y un tiempo para cosechar..un tiempo para reir, un tiempo para llorar…un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse…un tiempo para ganar y un tiempo para perder…» Es del Eclesiastés capítulo 3. Es uno de esos textos que llenan el alma.

Pues mi tiempo ahora es un tiempo para sostener. Y las palabras a veces son de una sutileza que merece mirada detenida. Porque sostener no es acompañar, aunque un poco sí, no es contener, aunque mucho también, no es comprender, porque no siempre…

Para mí sostener es un poco acunar, un mucho cobijar y una inmensidad estar centrada. He tenido muchos momentos en mi vida de «tiempos de sostener», pero pocas veces he sido tan consciente de mi vulnerabilidad y mi pequeñez como éste. Cuando te piden que seas una gigante que venza a los gigantes, una hada que llene de magia la tierra y el calor que haga esfumarse el frío.

Pero ya lo dije una vez aquí, hay gigantes a los que ni con todo tu amor logras vencer, eres maga pero consciente de que la magia funciona con reglas inciertas y hay fríos que se escondieron tan dentro y tan pronto que apenas llegas a tocarlos a través de su piel.

Así que toca quedarse quieta y hablar o callar según el caso, abrazar horas y horas, tomar de la mano y creer por los dos. Y saber, como le decía hoy a un amigo, que hacer eso conlleva un grado de soledad indescriptible, porque nadie sino tú puede hacerlo, porque es a ti a quien necesita, porque eres tú quien es reclamada.

Y a veces sabes hacerlo, y a veces no. A ratos te hiere, a ratos te conmueve y a ratos te ilumina. Y todo eso junto en un mismo tiempo, en un mismo verbo, en un mismo hogar.

Y recordar, como dice la biblia y como dice mi tía, que «esto también pasará», que no es más que uno de los tiempos, que no lo es todo, que no es siempre. Simplemente es lo que toca ahora, mientras estamos en camino. Lo demás, en este tiempo, es secundario.

Y acabo con un poema maravilloso de Carlos Salem con el que me he despertado hoy, que habla de otro tipo de sentidos, pero sentidos al fin y al cabo:

«Despierto.

Respiro.

Te siento.

Sé que estás y me esperas

que las mañanas tienen un motivo

y yo lo tengo contigo.

Respiro.

Deseo.

Respiro»

 

Feliz semana.

Pepa

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Poesía y luz

La consciencia instalándose en los poros de mi piel.

Y cada día llega algo: un gesto, la luz, unas palabras, una sonrisa, una mirada… algo que me conmueve. Cada vez más.

El gozo de vivir. Y su estremecimiento.

El vértigo y la confianza.

El salto necesario.

Lo encuentro en mi trabajo, qué fortuna!

Y en la luz que me despierta cada mañana por la ventana. Y en las caricias con las que despierto a mi hijo, esa primera sonrisa..

En el abrazo que siendo tosso no quiso dejar de ser abrazo.

En una mesa bajo la lluvia, sus sabores como ofrenda de cuidado. En la memoria del vértigo de lo que pudo ser y no fue, y de lo maravilloso que ha llegado a ser. En la mirada conmovida de quien ha abrazado a mi hijo cuando temblaba.

Lo paladeo en la belleza.

De todo esto para mí habla ella. Y como me ha dejado anonadada, os la traigo aquí, como regalo de lunes. Habla más rápido que yo, que ya es decir, pero tiene subtítulos y podéis releerla. Pero mirad sus ojos, su sonrisa, sus manos abiertas. Es luminosa.

Feliz semana,
Pepa