La vida plana

22 enero 2021
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El aire que respiramos está tejido de emociones, como gotas de agua que se condensan junto al oxígeno y otros gases. Porque no son sólo las emociones que sentimos individualmente cada uno de nosotros, es el aire que compartimos. Lo respiramos, se nos mete dentro y casi parece que fuimos nosotros quienes lo generamos. Y es que en parte así es. Pero llega un momento que es realmente difícil saber qué es nuestro y qué del entorno.

Así se da el desarrollo evolutivo de una persona, en ese cruce mágico y misterioso entre genética, energía y entorno. Un entorno encarnado en las figuras vinculares, en nuestros afectos y en ese aire que construyen para nosotros y respiramos ya en la infancia.

Así se crean los sistemas familiares, donde los vínculos hacen que nos lleguemos a parecer aunque no compartamos genes, que nos movamos, riamos y discutamos de forma similar. Donde asumimos reglas no escritas pero diáfanas y lealtades definitivas.

Así se generan los fenómenos grupales y sociales, donde el aire que compartimos se llena de contenido, a veces increíblemente denso. Y casi siempre, por desgracia, manipulado y conducido a generar un clima determinado.

De ahí surge el efecto mariposa. De un extremo al otro del mundo, de una persona a otra, somos una inmensa red interconectada. Y no sólo las personas, lo es el universo completo.

Estos días pienso mucho en el aire que respiro, y en lo que lleva dentro. Hasta hace un tiempo estaba tejido de miedo, pero ahora siento con claridad que está lleno de tristeza y soledad. No hablo del mío sólo, hablo del nuestro, hablo del clima social. Esa sensación que se ha vuelto certeza de que todo esto va para largo, que no tiene una solución mágica, que cuando creemos que estamos saliendo sólo nos hemos pasado de listos y volvemos a ello, que cuando no es una cepa es otra, que no es sólo el virus, es todo lo que ha traido dentro… todo esto ha creado una sensación de tristeza de la que es realmente difícil, por no decir imposible, abstraerse. Porque es el aire que respiramos.

Me acuerdo cada día del poema de Benedetti: «Defender la alegría«, de todo lo que escribí en «Educando la alegría» como si una fuera una premonición. Hablaba allí del cultivo consciente de la alegría, de educarla, de convertirla en rutina cotidiana. Hablaba del afecto y el contacto físico, de ritualizar las celebraciones, de salir a la naturaleza, del movimiento, la música y el baile, de hacer cosquillas y compartir comidas ricas. Hablaba del contacto humano, de la relación entre la tristeza y la falta de contacto humano. Y miro nuestra vida ahora mismo y pienso en ese aire triste donde hemos perdido tantas cosas de ese listado.

Pero hay algo que me ronda una y otra vez en los últimos tiempos y es la expresión de «vida plana». Mi compa de Espirales CI, Javier, lleva semanas persiguiéndome para que escriba sobre ello, así que este post es un poco en su honor. Porque miro la vida que tenemos ahora mismo y creo que se parece mucho a la vida de nuestros abuelos. Esa vida de casa al trabajo en la que la única salida era ir a misa los domingos, y era algo especial porque era la única. Se vestían para ello, paseaban para que durara lo máximo posible, los más afortunados la alargaban con un helado después de la misa.. ¿El resto de la semana? casa y trabajo, o casa y colegio. ¿Las relaciones? con la familia y los vecinos. ¿Los estímulos? limitados y construidos internamente: el juego simbólico de los niños y niñas en casa, la lectura, la radio y la televisión como salida al mundo (que ahora son los móviles y las redes sociales). El orden y la limpieza que llenaban muchos vacíos. Las estructuras pequeñas, los pequeños gozos, las tiendas pequeñas, los negocios pequeños…todo pequeño.

Hasta que todo se disparó. Se multiplicaron las actividades, las relaciones y los estímulos. Todo se aceleró, con mucha más prisa y con mucha más inmediatez. Los viajes se hicieron cotidianos. Las posibilidades se multiplicaron exponencialmente. El mundo parecía hacerse pequeño. Entró muchísima luz, la gente empezó a creer en proyectos vitales propios, diferentes y posibles. Buscaba más.

No nos engañemos, en aquellas vidas pasaban infinidad de cosas pero casi siempre se mantenían ocultas. No se exponían, como se hace ahora con la intimidad. Tampoco se comercializaban. La gente tenía esperanzas pequeñas, pequeños proyectos y sueños, pero no se planteaban cambiar de vida. No parecía posible. Algunos volaron lejos y lo consiguieron pero pagando el precio del desarraigo. Tantos y tantos temas de los que no se hablaba, y ahora sí. Dando voz a lo oculto.

Y aquí estamos. Volviendo a aquella vida. Una vida con mucho menos estímulo, con las relaciones limitadas de una forma estructural hasta un nivel cuyas consecuencias apenas llegamos a calibrar. Una vida mucho más lenta. Una vida para adentro. Una vida donde depende enormemente de nuestras capacidades individuales el que las personas seamos capaces de gestionar los tiempos vacíos, la quietud, la soledad. Una vida donde la tribu se está perdiendo aún más. Donde la familia vuelve a criar en soledad y sin muchos recursos que generamos porque eran necesarios, sobre todo para las familias en condiciones de vulnerabilidad. Una vida donde la gente tiene pánico a perder su trabajo o a no poderlo encontrar o recuperar nunca. Es lógico por real. Una vida donde tener o no ahorros ha vuelto a ser nuclear. Una vida donde tener una casa propia, y a ser posible con una terraza o un jardín, vuelve a marcar la diferencia entre sentirse afortunado y rico o todo lo contrario.

Mi duda es si sabremos volver a aquella vida. No de forma temporal, como muchos siguen queriendo creer. Tampoco de forma resignada porque no nos quede otra, sino de forma estructural. ¿Podré yo vivir sin viajar tanto, cuando me había acotumbrado a viajar cada mes?. ¿Podré mantener mis vínculos sin poderles ver con la frecuencia que les veía?. ¿Podré llenar no sólo unos meses de confinamiento sino fines de semana y vacaciones sin poder ir al cine, ni quedar en una terraza, ni coger un avión ni… sólo con un paseo el domingo por la playa o por la ciudad?. ¿Podré encontrar pareja sin poder salir en grupo ni tener actividades fuera de casa?. ¿Podré sentirme sin poder tocar y ser tocada, abrazar y ser abrazada?. ¿Podré educar la alegría de mi hijo sin un montón de cosas que para él son naturales porque ha crecido en ellas, las busca y las demanda?… No hablo sólo del consumo, que por supuesto es un derivado de todo esto, el consumo, la economía y el sistema de pies de barro que construimos y legitimamos. Hablo de una forma de vivir y habitar la vida.

Una vida plana. Menos estímulo. Menos relación. Con todo más pequeño (grupos, estructuras, recursos, presupuestos). Más lenta. Menos tribu. Más soledad. Una vida hacia dentro.

No lo sé, pero sé que debo empezar a preguntarme todo esto. Porque no es temporal. Quizá parte de todo lo que se ha parado, regrese. Pero lo que está ocurriendo es un cambio estructural, y sé que la vida que conocí, elegí y cultivé no volverá. Ni en mi vivencia subjetiva, ni en las posibilidades externas. El aire ha cambiado. El ser humano se transforma, se crea y se recrea, sabe sobrevivir. Encontraremos la forma, pero el precio que vamos a pagar, sobre todo como siempre los más vulnerables y menos preparados para ello, va a ser enorme. Respecto a mí misma, conservo la duda.

Abrazo desde dentro,

Pepa

 

3 comentarios a “La vida plana”

  1. Una realidad que has reflejado maravillosamente. Al ser tan egoísta, me preocupa los nietos por su adaptación, porque en lo que a mi respecta ya hice todo lo que quise y pude hacer.

  2. Poco a poco haremos de la vida plana, la vida plena, Pepa. Como siempre, aunque solo sea «mover» un letra, será con mucho esfuerzo( para los más vulnerables con dolor), desde adentro y desde la alegría que da construir lo verdadero. Una mística dijo una vez:
    “Nuestro pan de cada día nos lo da el penar de cada día de algunos de nuestros hermanos. Nuestro pan de cada día es nuestra gracia de cada día…” y “Me diréis que no se trata más que de pequeñas penas, pero a un artista se le reconoce tanto en su manera de interpretar un fragmento infantil como en el más difícil de los conciertos”

  3. No se puede poner mejor en palabras lo que precisamente no circula en forma de palabras. Al retuitearlo he hecho una mención a la vida monástica. El director de «El Gran Silencio» se pasó 6 meses en La gran cartuja en Grenoble. Por la ventana de su celda se veía un trocito tierra del jardín. El contemplar el crecimiento de un brote de hierba se convirtió en un acontecimiento. Si la vida se aplana nuestros umbrales de percepción cambiarán. Cuando mi hija llevaba unos meses en el Monasterio empezó a recordad muchas más cosas de su infancia.Un beso.

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