Pelusina

3 junio 2018

Pequeña, blanca, rápida e inteligente. Una hámster equilibrista que era capaz de saltar desde la cama a los cojines, trepar por la jaula para escaparse y mirarte agarrada a los barrotes, a la espera.

Pelusina era la mascota de mi hijo. Siempre dije que no tendríamos animales en casa, y los “siempre” y nos “nunca” son peligrosos, hay que saber elegirlos. Mi hijo adora los animales, son su pasión, la naturaleza en general. Y su sueño era tener una mascota. Con la vida que llevamos, mis viajes y nuestra locura, yo estaba convencida de que bastante complicado me resultaba ya organizar nuestra logística como para incorporar la logística animal. Pero su pasión era tal que cuando me dijeron que los hámster podían estar dos o tres días sola en casa, decidí sucumbir y dejar que se la regalaran por su décimo cumpleaños.

Hace unos días Pelusina murió. Le salió un bulto, la llevamos al veterinario que, con buen criterio, le dejó elegir a mi hijo entre intentar pincharla, que sufriera y contemplara la posibilidad de que se muriera porque los hamster no aguantan bien los antibióticos y se podía morir de una diarrea, o que esperáramos unas semanas, y probáramos a ver si se le reabsorbía y si no ya decidíamos. José decidió esperar y cada dia, por la mañana y por la noche, le ponía con un bastoncillo agua caliente en el bulto porque el veterinario le había dicho que eso podía ayudarle. Hasta que una tarde llegamos del cole y estaba muerta.

Las lágrimas de José, su desconsuelo. Que fuera capaz de llorarla y de dejarme abrazarle y acunarle mientras lo hacía. Mis propias lágrimas y el asombro de José al verme llorar por ella y por él. El amor con el que nuestra familia mallorquina participó de la despedida, enterrándola en un rincón de monte cercano. La forma en la que José llamó a su gente amada, para contárselo, sin disimular su tristeza, con claridad y la forma en que nuestra gente acogió esa tristeza y la sostuvo.

Pero sobre todo me quedo con un par de conversaciones de las que dan sentido.

A los dos días de haberla enterrado, en el desayuno me dijo José:
– Sabes, mami? Cuando entreo en el baño, y no está su jaula, me sigue doliendo. La muerte es como tú decías, te duele no poderles volver a tocar. Ahora entiendo a lo que te referías. Ya no está físicamente, aunque sigue en mi corazón. Y yo pienso, si esto es lo que me duele a mí Pelusina, cómo te debió doler a ti la muerte de los abuelos, no puedo ni imaginarlo.

Y la otra conversación fue el mismo día, cuando una de sus personas más amadas en respuesta a su mensaje le dijo que no se preocupara, que pronto tendría otra mascota.
– Mami, no entiendo por qué me dice eso. Pelusina es insustituible.
– Lo es, cariño, pero es su manera de intentar consolarte.
– Pues lo hace mal.

Un par de días después, me volvió a preguntar por qué creía yo que le había dicho eso.
– Muchas personas, cariño, yo la primera, hemos sido educados para hacernos los fuertes, para no llorar, para mantener el tipo. Creemos e intentamos que el dolor pase lo antes posible. Pensamos que si no lo lloramos, si no le dedicamos tiempo, si pasamos página el dolor se irá antes. Y tener otra mascota es su manera de proponer que el dolor pase.
– Pero no funciona así, mami
– No
– Y además hacerte el fuerte y disimular te hace daño por dentro, mami.
– Ya lo creo, cariño
– Es como lo de pedir ayuda. Tú te pasas el día diciéndome que si me pasa algo, pida ayuda, pero cuando te pierdes en el coche, no preguntas a la gente.
– Efectivamente (sonriéndome) cariño. Es que yo te he educado en eso pero tienes que entender que a mí no me educaron así. Yo he tenido que hacer un esfuerzo para aprender a pedir ayuda. Por ejemplo, tú entras en el super cuando vamos a hacer la compra, te pido que busques algo y qué haces?
– Si no sé dónde está, busco al dependiente y le pregunto, es más rápido.
– Ves? a ti te sale automático. Yo no, yo primero intento buscarlo sola, como con las direcciones en el coche y si no lo encuentro, al cabo de un rato pregunto.
– Pero pierdes más tiempo, y además tú te enfadas cuando te pierdes en el coche, porque te frustras.
– Ya lo sé, cariño. Pero para ti es tu primera opción, para mí no. Lo hago, pero me cuesta. Y me viene muy bien que me lo recuerdes. Además, me hace muy feliz que para ti tu primera opción sea pedir ayuda.

Después de todo esto, el entierro, las lágrimas y las conversaciones, escribió una redacción para el cole sobre ella, se lo contó a sus amiguitos en el cole, escuchó dos o tres veces cada mensaje de amor que le llegó en contestación a su mensaje contándolo en el whatsupp, se abrazó a mí algo más de lo normal unos días y con todo eso, lo integró. Ahora espera hacerse mayor para vivir en esa casa en el campo donde quiere vivir y tener animales para tener su siguiente mascota. El tiempo dirá. Ah! Y los dos seguimos sintiendo una punzada de melancolía en su baño cada noche cuando, al lavarnos los dientes, miramos donde estaba su jaula.

Yo nunca tuve mascota. Fue uno de los “nuncas” que mis padres cumplieron. Aunque yo no lo deseaba como lo deseaba mi hijo. En cierto modo Pelusina fue también mi primera mascota. Y me alegro infinito de haberla conocido, cuidado y querido. Y de que su muerte no me haya pillado de viaje, ni a mí ni a José, para haberlo podido integrar bien.

Quizá era sólo una hamster. Pero para mí, ella, su vida y todo lo que su muerte ha movido en nuestra familia, tiene relevancia para formar parte de este blog.
Pepa

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