La isla de las hadas

9 mayo 2012
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Erase una vez…

Erase una vez un niño que vivía junto al mar. Cada mañana bajaba desnudo a la playa, mientras su madre le decía: «¡No corras tanto, no vayan a enredarse tus alas!»

Porque aquél niño era un niño de corazón alado. Él lo sabía hace tiempo, porque el corazón de su madre era así y él se veía en los ojos de ella cuando lo miraba. Así que un día se lo preguntó:

– Mamá, mi corazón también es alado, verdad?
– Pues claro, cariño, por eso somos mamá e hijo de corazón.

Así que cada día el niño bajaba a la playa, al tiempo que le contestaba «ssiiiiii, mamá» sin hacerle mucho caso. Y corría por la playa, se tiraba en la arena, entraba y salía del mar, retándole y jugando. Y cuando ya no quería más, volvía corriendo y su madre ya le esperaba con su toalla abierta, gigante, para envolverle en su calor. Y él apoyaba su cabeza en el pecho de ella que tanto le gustaba, porque le gustaba escuchar su corazón. Latía con el mismo ruido que hacen las alas al moverse: sssssshhhh, sssshhhhh.

El niño se preguntaba cómo sería volar. Porque él siempre quiso volar, desde antes de que pudiera recordarlo. Y sabía que con su corazón alado, algún día lo conseguiría. Mientras tanto se conformaba con escuchar el ruido de las alas del de su mamá, mezclado con las olas del mar.

Y así pasaban los días, lentos, plácidos, llenos de ese gozo que sólo el amor te lleva a paladear.

Hasta que un día…

Un día que amaneció luminoso, y bajaba hacia la playa, algo llamó su atención. Algo en el horizonte. No era un barco. Su tía le había enseñado a distinguir los barcos de vela y los de motor, y no era ninguno de aquellos. Tampoco era una ballena. Él adoraba los animales, y podría reconocer el chorro que la respiración de las ballenas provocaba a millas de distancia, como pasaba con los rugidos de un león, que se pueden oír a kilómetros. Y era demasiado grande aquello como para ser cualquier otro pez, medusa, pingüino o cangrejo. Allí estaba, majestuosa, en el horizonte.

Así que el niño se quedó mirándola embobado, intentando no pestañear, conservar cada detalle, cada color, cada reflejo…temiendo que aquella maravilla desaparecería de su vista si cerraba los ojos…peo al final los ojos le dolieron de tanto mirar, y tuvo que cerrarlos, y rascarse y cuando los abrió…no estaba, se había ido!

El niño salió corriendo, esquivó la toalla de su mamá, que no entendía nada, y se fue a su habitacion. Tomó su cuaderno y pintó todo lo que había visto, con todo el detalle del que fue capaz. Y cuando lo tuvo acabado, se lo enseñó a su mamá, y le preguntó «¿Qué es esto, mamá?» pero su mamá le dijo «¿Qué es qué, cariño?» «Estooooo!!!» Pero su mamá no veía nada en el dibujo, sólo mar. Así que el niño se desesperó y decidió volver a mirar al mar.

Y permaneció todo el día junto al mar. Pero aquello no volvió. Y al día siguiente fue de nuevo a esperar. Y al siguiente. Pero nada. Ya le decía su mamá que muchas de las mejores cosas había que esforzarse para lograrlas, y él estaba dispuesto a hacerlo. Así que bajó cada día al mar durante una semana, hasta que una mañana con tormenta, con unas nubes de esas negras que tan sólo con verlas puedes sentir la lluvia, aquello volvió.

Y entonces el niño cogió de nuevo su cuaderno. Y como si de un mapa se tratara, dibujó. Él adoraba los mapas, sabía los caminos de memoria, y le gustaba saber dónde estaba cada cosa. Así que no sólo la dibujó, sino que marcó sus bordes, y calculó con sus manitas a cuánta distancia estaba del faro, y a cuánta de la casa del pintor, y poco a poco, forzandose a no cerrar los ojos, dibujó aquel mapa.

Y volvió donde su madre. Ella, que le había visto bajar un día tras otro a la playa y estaba intrigada por lo que su hijo buscaba con tanto afán, había decidido buscarlo con él. Y cada mañana se sentaba en el porche de su casa, y miraba donde miraba el niño. Él no la veía, pero ella siempre estaba ahí. Y al cabo de un rato, le bajaba al niño un vaso de leche con una galleta de chocolate blanco como a él le gustaba, para que tuviera fuerzas para seguir mirando. Y cuando llegaba la hora de comer, hacía unos bocadillos y, sin preguntar, se sentaba a su lado en la playa y comían en silencio.

Así que aquél día, apenas el niño se giró, vio a su madre. Y de nuevo preguntó «¿Qué es esto, mamá?» Y su madre miró aquel dibujo. Y lo reconoció. Y no pudo evitar llorar, porque era una mamá de las que lloran. No demasiado, pero sí lo suficiente, incluido llorar de alegría, o de emoción. Y tan sólo dijo «la viste, ya la viste». Y el niño esperó.

– Es la isla de las hadas, cariño.
– ¿La isla de las hadas?
– La isla de las hadas. La isla que guarda nuestros sueños de niños, la llave de nuestros corazones alados, la puerta a nuestro universo particular.
-Entonces vamos, tengo el mapa, lo hice mamá! Lo tengo!
– Pero es tu isla, cariño, sólo tú puedes verla.
– ¿Tú no la ves?
– No, corazón, yo veo la mía. LLevaba tiempo sin verla, pero desde que soy tu mamá, la volví a visitar.

El niño se quedó pensativo. ¿Una isla suya, propia? No podía creerlo. Él nunca había tenido algo parecido: una isla toda para él! Así que dejó a su mami en la cocina y se fue a su cuarto y se tumbó en la cama viendo las estrellas y pensó: mañana prepararé el viaje.

Pero al día siguiente la isla no estaba. Al niño ya no le importaba, porque tenía su mapa: cuatro manos a la derecha del faro, tres a la izquierda de la casa del pintor… Convenció a su amigo Noa de que le prestara su barco. Aunque su amigo no era fácil de convencer así como así. El niño tuvo que compartir su secreto. Y Noa decidió que él también quería ver su isla. Y al niño le pareció bien. Noa y su madre eran las mejores personas del mundo para enseñarles su isla.

Así que Noa y el niño esperaron esa noche, cogieron a escondidas algo de comida: unos yogures, pan, unas galletas…las metieron en su mochila y antes de que sus madres se despertaran cogieron el bote y empezaron a navegar siguiendo su mapa. Ninguno de los dos hablaba, pero sus corazones se oían en el silencio. No como el de su mamá, con sonido de alas, sino como huracanes de miedo y vértigo. Apenas podían articular palabra.

Pero cuando llegaron al punto donde decía su mapa, la isla no estaba. No estaba! Por ningún sitio. Y el niño empezó a desesperarse: no puede ser, no puede ser, no puede ser…hasta que pasadas dos horas Noa dijo que debían volver, la gasolina del motor de su bote se estaba acabando. Y así lo hicieron.

Y en la playa les esperaban sus madres. Y su mamá, como casi siempre que se asustaba, le abrazó y le gritó, le gritó y le abrazó por igual. Pero al final sólo le abrazó, mientras sentía que las lágrimas del niño caían por su pecho.

– No estaba, mamá, no estaba…hice mal el mapa.
– El mapa?
– Mi mapa!
– Carino, tu mapa era perfecto! sólo que las medidas no eran físicas sino las que veían tus ojos.
Carino, nuestra isla de las hadas es un lugar al que sólo podemos llegar volando. Tú y yo tenemos corazones alados. Por eso necesitamos llegar volando. Igual que volamos a las estrellas. Cuando la vemos, debemos fiarnos de nuestra mirada, de nuestro corazón, y volar.
– Volar, mamá? Pero si yo no sé volar.
– Eso no es cierto, qué te digo cada mañana cuando bajas a la playa?
– Que cuide mis alas, no vayan a enredarse.
– Y dónde están tus alas?
– En mi corazón alado.
– Entonces sólo tienes que hacer más fuerte tu corazón, más vibrante, más feliz aún…aprender, crecer, llenarte…y cuando estés listo, volarás a la isla de las hadas.
– Volaré?
– Volarás. Sabes por qué lo sé?
– Por qué?
– Primero, porque tienes tu mapa. Muy poca gente es lo suficientemente valiente para mirar, buscar, esperar y aprender lo suficiente para dibujar su mapa, y encontrar su isla. Si has logrado verla y dibujar el mapa, sé que lograrás volar cuando estés preparado. Y segundo, porque yo volví a volar contigo. Yo logré volar hace muchos años, pero lo había olvidado. Hasta que llegaste tú y me hiciste mamá, y entonces volví a confiar en mi corazón. Contigo recuperé la llave con la que darle cuerda. Y desde entonces vuelo a mi isla cuando quiero. Y hablo con mis hadas. Y con los abuelos.
– ¿Los abuelos están allí?
– Si tú quieres, estarán. En tu isla estarán quienes quieras que estén.
– ¿Y tú?
– Yo viajaré contigo si me invitas.
– Vale, iremos juntos, porque tú y yo somos un equipo invencible. Bueno, y Noa también, que se lo he prometido.
– Encantada. Pero ahora guarda tu mapa. Lo necesitarás para guiar tu corazón. Eso y la cuerda a tu corazón alado que cada noche te doy al abrazarnos. Pero guarda muy dentro de ti tu isla y nunca desconfies de tu intuición. Cierra los ojos, la ves?
– Siiiii. Veo un volcán, y los árboles, y los halcones y…
– …Pues ahi está. Cuando quieras viajar, cuando estés preparado, iremos juntos hasta ella.

Y el niño cerró los ojos. Y vio su isla mientras escuchaba el ssshhhh del corazón de su mamá, que sonaba como las alas. Las de ella y las suyas.

Pepa Horno
Paraguay, 9 de Mayo de 2012
A mi hijo José, que cuando leyó el cuento anterior, dijo que le encantaba, pero que el protagonista tenía que haber sido chico. Y le prometí que le escribiría un cuento con un niño como protagonista durante este viaje para podérselo leer a la vuelta.

5 comentarios a “La isla de las hadas”

  1. Me encantaba el cuento!!

  2. uau!
    muy requetebiénnnnnnn, hermanita!
    🙂
    confieso que aún no he leído el anterior… no pude pasar de las primeras líneas el primer día 🙂 ahora voy a ello.
    pero éste.. ufff… a José le va a encantar.
    a mí me encanta.
    besossss

  3. ¡qué preciosidad!

  4. Poesía, belleza y sentimiento. ¡Qué maravilla cuando se unen para crear un cuento tan hermoso y entrañable! Me ha emocionado y he sentido que yo también quiero encontrar mi «Isla de las Hadas». Gracias, Pepa, por ayudarnos a soñar.

  5. Irene dice: pepa es precioso!!! Creo que mi comentario ya sobra… Tqm.

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