El silencio del verano

4 septiembre 2018

Este verano ha sido diferente por muchas cosas. Pero quizá, si tuviera que elegir una, una sola, ha sido el silencio. Mi silencio. Mi desconexión. No sólo no he escrito aquí, sino que no he trabajado casi en todo el verano, he sido capaz de cerrar la consulta más de un mes, y no escribir ni leer nada de trabajo (el verano pasado escribí demasiado). He pasado muchas horas escuchando, eso sí, por trabajo y por placer. Y mi cabeza bulle ahora mismo de ideas y nuevas teorías, que siento que van tomando forma imparables. Las teorías de las que habla siempre mi querido Javier.

Pero esta semana decidí que tenía que volver, en general. Mandé mensajes, retomé cosas, puse al día el mail…y me quedaba volver aquí, a este mi pequeño hogar compartido. Pero no sé muy bien por dónde empezar, así que voy a hacer algo así como una lluvia de muchas cosas. Ya me perdonaréis si suena o queda caótico.

Este verano comenzó con un viaje a Donosti en el que me llegó un regalo de esos que no puedes describir, tan sólo acoger. Y ese regalo ha estado presente en todo lo demás.

Y de ahí, en la misma escala del vuelo de vuelta, José se fue para tres semanas. Eligió ir a dos campamentos y a casa de su mejor amigo y por primera vez en diez años estuvimos separados tres semanas. Y fue como un ensayo general de lo que está por venir. Mi hijo este año ha cambiado de capítulo de vida, ha cerrado la infancia. Sé que suena raro decirlo, pero lo vivo así. Y eso me cambia a mi de lugar. He pasado de ser centro y referente a ser presencia y seguridad, pero silenciosa. Sólo hace falta estar y de vez en cuando, pero muy de vez en cuando (aún tengo que aprender a callarme mucho más pero estoy recién empezando) advertir y limitar. Aprender a estar en silencio. Ésa es una de mis tareas para este año.

Mientras él atisbaba su adolescencia, yo disfruté de algunas conversaciones profundas, muy profundas con gente amada. Ahi tomaron forma algunas cosas que tengo que escribir. No sé cuándo ni cómo, pero lo haré. Y una especial sobre la pareja, que espero que no se pierda en el listado de tareas pendientes.

Y seguí con mi proceso del dentista, y sintiendo lo que me llegó inmenso de regalo en Donosti. Y acompañé en la presencia y en la distancia a tres amigos valientes que no se conocen entre sí pero comparten mucho porque rehacen sus vidas manteniendo el mismo amor. Y a otro que anda encontrando un lugar nuevo en la vida sin dejar de ser él. Es curioso, pero este verano han tenido mucho protagonismo en mi vida mis amigos hombres. Muchos de ellos han emprendido procesos de cambio potentes, fuertes, de los que dan sentido a la vida. Y yo sigo pensando que uno de mis mayores privilegios en la vida ha sido tener amigos hombres, amigos de verdad. La amistad entre hombre y mujer es diferente, y cuando se da, es un privilegio total, al menos para mí. Y dimos la bienvenida a la vida a J. fruto de la valentía y el amor a partes iguales.

Además comencé un proyecto emocionante a nivel laboral que consiste en coordinar y escribir en parte un libro de historias de vida de personas que fueron víctimas de abuso sexual infantil cuando eran niños. Pasé horas escuchando historias de dolor y de valentía, y me quedan aún muchas más. ¡Y me resulta tan dificil encontrar el relato adecuado con el que hacerles justicia!

Luego fuimos a Chile. Un viaje inolvidable. Dieciséis días, cuatro ciudades base: Santiago, Concepción, Valparaíso y San Pedro de Atacama. Y como quiero que sea breve, ahi va: la inmensidad del amanecer sobre los Andes al aterrizar, tan pequeños que somos!; la casa de Neruda en Isla Negra y su frase grabada en la entrada sobre “Regresé de mis viajes. Navegué construyendo la alegría” y la mía al cumplir uno de mis sueños de niña al poder visitarla; el azul oscuro del pacífico; y en los talleres de Aldeas, la gente valiente, la que nombra el dolor y la villanía y no gira la cara y la mira de frente; alguien que me regaló su historia de vida para mi hijo y su amiga Aina, no sólo él, pero él; aquel minero que nos contó como bajaba a la mina con ocho años como todos los niños, y cuando tenían miedo y querían huir, sus padres los ataban a su cintura de una cuerda y tiraban de ellos hacia abajo, hacia la mina; las risas imparables de José y Aina, las conversaciones en las cenas en las que les escuchas muda hablar de los dolores de las ausencias, de las físicas y de las emocionales (palabras suyas, no mías); Valparaiso entera ella, enterita, cada rincón lleno de arte, ese café, sus paredes, sus rincones, sus cuestas; y al final cuando crees que no hay más llega Atacama y sus cielos estrellados y su frío en la noche congelante, y sus lagunas de once grados donde flotas y sus termas, y ese arbol increíble salido de la nada bajo el que acampamos, y ese amanecer que te devuelve el calor al cuerpo después del frío…y la inmensidad. Simplemente inmensidad. Volveremos en el 2020 para hacer el sur. Pero tengo claro que Chile ha llegado para quedarse en mi vida.

Y regresas, pero a medias. De cuerpo sí, de alma a medias. Y te toca cuidar de un niño que es tu familia porque lo es de corazón, tuya y de tu hijo. Sus padres te lo confían en un momento único, duro, lleno de incertidumbre. Y le acaricias, y le recuerdas cada noche ese hilo de amor. Y creas una ceremonia para que le envíe a su padre el amor que necesita enviarle. Y funciona. Y sientes que es así como sabes y quieres vivir, con esas opciones de vida.

Y casi sin pausa llega más familia y te inundan la casa, y escuchas reir a tu hijo con sus primos y piensas: bendita casa, bendito hogar. Y un día en el velero de H. que se vuelve inolvidable. Bañarse en mar abierto, una experiencia nueva que queda indeleble en la piel. Y tu sobri que es una belleza de persona y lo demuestra, y mis hermanos que cuidan y colaboran. Y al final cuando ellos se van le escuchas a José antes de dormir: “He sido muy feliz teniéndolos en casa”. A pesar de que ha habido momentos entre él y yo malos, porque tanto movimiento y tanta emoción…me tocó ser punch y recibir y a él devolverme cada vez con más claridad lo que no quiero afrontar de mí.

Y así llego a esta noche. Vuelvo a mi cama, a ese silencio del comienzo del verano, que durante las últimas semanas se esfumó. Pero toca trabajar, y toca preparar el cole, y volver, volver, volver.

No me fui. Pero he estado silenciosa.

Gracias por seguir aquí.
Pepa

8 comentarios a “El silencio del verano”

  1. Bienvenida y feliz “recomienzo”. Un abrazo

  2. Querida Pepa

    Maravilloso silencio, silencio de presencia plena, silencio que permite Ser a una misma y a los demás que nos rodean, silencio que es maravilloso dar y recibir

    Abrazos
    Ana María

  3. ¡Un resumen estupendo y entrañable! Un abrazo fuerte.

  4. Me puse a buscar respecto de lo que escribes, y accidentalmente llegué a este lugar. Me alegra mucho que el viaje a Chile haya sido como lo describe. Yo por mi parte, me quedo con la buena onda recibida, con el recuerdo de un sabado manejando nervioso a conocer la isla negra y con su sencillez. Muchos saludos a usted y a su gente querida

  5. Pero qué ilusión saber de ti! Gracias x acompañarnos en ese día, por hacerlo posible y por tanto mimo y cuidado. De verdad que fue muy especial para los cuatro. Gracias de corazón y aquí me tienes para lo que necesites.
    Abrazo,
    Pepa

  6. Abrazo grande, Merche!
    Pepa

  7. Ana, mujer y madre bella, nos veremos pronto!
    Pepa

  8. Abrazo grande, grande, Leti.
    Pepa

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