El anciano de ojos marinos

30 mayo 2016
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Érase una vez…

un anciano de ojos marinos y caminar pausado, que vivía ya con parte del alma acunada por la luna. Cada noche se dejaba en ella, como si un cántico le invadiera. Pero había otra parte de su alma que andaba aún prendida a la tierra. Y aquel cántico se volvía vibración en sus pies desnudos cada amanecer.

Tan fuerte era el cántico que aquel anciano había dejado de hablar y se comunicaba con sus vecinos, breve y conciso pero lleno de universos de significado, como sólo el lenguaje sin palabras puede ser. Poseía dos lenguajes que los habitantes de aquel pueblo, sobre todo los que le habían visto crecer, atesoraban casi de forma enciclopédica.

Su primer lenguaje eran sus manos. Unas manos amplias y rugosas, llenas de cauces de viento, que a los niños y niñas del pueblo sobre todo les encantaba acariciar. Un regalo infinito contenido en el cuenco de aquellas manos.

El anciano había cultivado la tierra, serrado árboles, construído barcos con aquellas mismas manos. Las mismas que en un instante se tornaban sobre el rostro de quien estuviera a su lado, lo cubrían y lo delineaban. No eran caricias sino presencia. No era invasión sino certeza. Aquellas manos devolvían en cada roce memorias de vida añorada. Y las personas, los niños, los mayores, las mujeres, los hombres…reían, lloraban o temblaban al recuperarlas. Sin moverse un ápice, temerosos de perder lo que siempre fue suyo: su alma. Un alma que cuando el anciano apartaba sus manos y juntaba su frente con la del otro, a modo de cierre y despedida, ya se había llenado del mar que anidaba en sus ojos.

Era un regalo, un regalo de mar, luz y amor. Apenas un instante. Imprevisible. Nadie sabía cuando ocurriría ni a quien. Pero cuando ocurría todos observaban en silencio, conscientes del momento.

Pero el anciano tenía un segundo lenguaje, uno que había tardado años en aprender. Mucha gente se preguntaba cómo habría llegado a saberlo, ni de dónde ni por qué. Preguntas que el silencio del anciano dejaban siempre sin respuesta. Y es que el anciano tenía un jardín, un jardín en su casa frente al mar.  Un jardin lleno de flores. Flores de colores suaves, vibrantes o aterciopelados. Flores de formas sutiles o impactantes. Había flores que los de aquellas tierras nunca antes vieron y que no crecían en ningún otro lugar. Flores que sólo el anciano sabía cultivar y que los aldeanos temían que murieran con él, que aquel jardín se quedara en un espejismo cuando él se hubiera ido.

Nadie sabía cómo había llegado a florecer tanta hermosura. Del mismo modo que nunca pudieron saber cómo aquel anciano sabía sin saber, conocía sus más profundos miedos, anhelos y dolores sin que ellos se lo hubieran verbalizado nunca. Debía, por fuerza, conocerlos porque cuando eso les ocurría, cuando un miedo se les instalaba en su tripa antes siquiera de que pudieran nombrarlo, o aquella tristeza consumía su piel sin poder evitarlo, o incluso cuando de tanto esperar una respuesta, un gesto o una palabra llegaban a perder su propia voz…era entonces cuando de noche, sin saber cómo, una de las flores del jardín del anciano aparecía prendida en el alfeizar de sus ventanas, en sus puertas o en la valla de sus jardines.

Siempre una sola. Siempre sin notas, sin palabras. Siempre sin que el anciano hiciera mención alguna a ellas. Sin explicación.

Pero aquellas flores permanecían vivas a la par que sus pesares, y conforme sus pétalos se caían, también sus pesares, anhelos, miedos o tristezas volaban al aire. Y una mañana descubrían que la flor, su flor, siempre única, siempre diferente, había perdido sus pétalos al mismo tiempo que su alma, su piel o sus voces vibraban de nuevo.

Y era entonces, cuando su alma estaba ligera, que escuchaban el cántico de la tierra y del cielo, el mismo canto del anciano, y con sus manos, que por un momento se llenaban de mar, acariciaban su rostro y, poco a poco, el de quienes tuvieran junto a ellos.

Pepa

mallorca, 30 de mayo 2016

 

11 comentarios a “El anciano de ojos marinos”

  1. Mmmm, Pepa, ¡¡qué cerca está!! ¡¡Qué rápido va o quizá es cuando ya es, es instantáneo.
    Precioso, lleno de significado y de sabiduría.

    Abrazos

  2. Pepa, sencillamente precioso. Muchas gracias por compartir con nosotros tus palabras, pensamientos, sentimientos y sensaciones.

  3. Pepa,precioso. Levantarme para ir a trabajar y desayunar leyéndote… va a ser un día genial . Besos tq

  4. Gracias por dejarnos estas flores en la ventana

  5. Gracias…no sé qué, exactamente, pero tus palabras me hacen sentir y vibrar…gracias.

  6. A que si? El instante es. Pasa y queda al mismo tiempo. Es extraño y hermoso.
    Abrazo grande,
    Pepa

  7. Gracias a ti!
    Abrazo grande,
    Pepa

  8. Gracias corazón. Mi día tmabién es mejor por sentirte cerca.
    Pepa

  9. Jooo, me has conmovido! Ojalá… Como tus canciones.
    Abrazo inmenso,
    Pepa

  10. A mi me conmueven siempre tus comentarios, Inma.
    Gracias!
    Abrazo,
    Pepa

  11. Querida Pepa,
    Me he sentido acariciada por esa mano y ese aroma a flores vivas. Gracias por compartir.

    Natàlia

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