Acabo de pasar un fin de semana en Salamanca de los que merecen relato. Y además un relato acompañado de foto, esta vez.

Sé que algunas veces os he hablado del “brillo del sol en las hojas de los árboles”, el guiño que compartía con mi madre para referirnos a todas esas cosas pequeñas de la vida que le dan su valor real. Pues este fin de semana ha estado lleno de brillos de esos, y si no, ahí va una muestra:

DESPERTARSE SOBRE LAS NUBES
Para quienes no lo conozcan aún, vaya mi recomendación encarecida de dormir al menos una vez en el santuario de la Peña de Francia en Salamanca. Un lugar a 1800 metros de altura, sobre el parque nacional de las batuecas con ciervos y águilas rondando y con esa sensación única e inefable de despertarse, mirar por la ventana y que las nubes anden (el verbo parece literal) por debajo de ti, un lugar en el que el padre Angel sigue dando misas, y en el que la niebla llega, lo cubre todo hasta el punto de no ver los edificios, dándole un aire fantasmal. De noche o de día, un lugar para la memoria.

LA LUZ EN LAS IGLESIAS
Una de las cosas que más me gusta en las iglesias es ver entrar la luz del exterior, ésa que en el románico racaneaban y en el gótico lo inunda todo, con vidrieras de colores o simplemente blanca, pero esa luz que entra en un lugar oscuro me recuerda mucho más a Dios que todo lo demás en la iglesia. Y esta vez tuve suerte, la maravillosa cámara de Ruth pudo captarla. Os la envío como regalo, para que la miréis (cómo era aquello “Saber mirar es saber amar”) en vuestra próxima iglesia.

Ésta viene de la iglesia de La Alberca, otro pueblo, junto a Peña de Francia, inolvidable, en el que hemos presenciado la algarabía de un grupo de mujeres en torno al peinado y vestimenta de una anciana del pueblo que sonreía orgullosa de ser el centro de la comidilla, un hombre con discapacidad psíquica que luchaba con sus limitaciones y con las que su madre le añadía para poder vendernos unos embutidos que me he traído para el cumpleaños madrileño.

TUMBADA EN LA PLAZA MAYOR
Recuerdo Venecia, la plaza de San Marcos, tumbados solos de noche. La siguiente plaza en la que me he tumbado al sol ha sido la plaza mayor de Salamanca, que es como el mercado de Marrakech, patrimonio de la humanidad y cambia de gentes con las horas del día: estudiantes, matrimonios peripuestos, turistas... y mientras sientes la piedra caliente en la espalda y el sol en tu cara y el murmullo de todos los que pasan cerca de ti...y cierras los ojos.

El paseo por Salamanca, sus edificios, la susodicha rana, el trenecito turístico que nos metimos al cuerpo que tenía el poder mágico de abreviar el tiempo porque los 20 minutos que vendían los convirtieron en 10, magia!...fuera bromas, la magia de que por unas mismas calles paseen de la mano los siglos pasados con los que están por venir hacen de Salamanca un lugar único.

ALBA DE TORMES
Madre mía, cuánta incultura cabe en una cabecita como la mía! A 19 km de salamanca está el pueblo de Alba de Tormes en el que hemos pasado la mañana de hoy, un regalo final a un viaje paladeado, regalo del “destino” ése en el que no creo, en forma de recepcionista impertinente del hotel de salamanca donde dormimos anoche, que le hizo a Ruth fijarse en los folletos de turismo, y ahí estaba. Pues bien, conocer Alba de Tormes ha sido muy probablemente conocer la luz de Salamanca. Hacedme caso y buscad información sobre la Iglesia de San Juan, que debería llamarse de los dos Juanes, (no la confundáis con la de San Juan de la Cruz), haceros una idea: siete iglesias, más otras cuatro destruidas en el último siglo para un solo pueblo. En esa iglesia en la que te cobran un euro para poder pagar la luz encontraréis algunos de los tesoros más bonitos que he visto en tiempos de escultura religiosa: un apostolado del siglo XI, un clavario del mismo siglo, un cristo atado a la columna del siglo XV, los sarcófagos...espectacular. Es como la Iglesia que esconde siete iglesias dentro en Bolonia, sólo por verla merece la pena el viaje, y luego además, hay mucho más. Como lo ha sido ver la procesión de domingo de ramos, o ver, ojo al dato, la subasta pública en la plaza del pueblo del derecho a sacar las imágenes en procesión, en el tiempo que la hemos presenciado, han recolectado más de 2500 euros, y allí el pueblo entero. Lo llamaban “derecho a remate”.

En Alba de Tormes está el corazón y el brazo supuestamente incorrupto de santa teresa de Jesús. No os perdáis la historia, se supone que la entierran con cal y que meses después la desentierran para enterrarla en otro lado y de paso le cortan el brazo y le sacan el corazón (ignoro la razón) y he aquí que sangraron como si se hubiese muerto ayer. Y ahí siguen, el cuerpo en una urna y el brazo y el corazón en otra. He sentido auténtica grima al ver eso y la celda donde murió, donde para no dejar lugar a la imaginación te ponen en la cama una escultura reproduciendo su figura. Ay, los éxtasis de santa teresa y san Juan de la cruz! Eso de que se desposara con cristo delante de san Juan de la cruz a mí sigue resultándome de lo más sospechoso! J Pobre mujer, si es verdad que tenía visiones y predijo la muerte de su hermana, o el asesinato de unos monjes...pues vaya, no sé si le cambiaría el puesto. Dejando sus obras maestras literarias aparte, obviamente (que por cierto tampoco sabía que la inquisición quiso quemarlas y se salvaron porque la duquesa de alba le ordenó a una de las monjas que hiciera una copia y ése es el facsímil que queda, no el original). Y luego está la torre, que es lo único que queda del palacio de los duques de alba (grandes asesinos en guerras en el extranjero premiadas con tierras de la zona y títulos sucesivos hasta el día de hoy) que la duquesa actual ha cedido al ayuntamiento después de que su primer marido descubriera los frescos del siglo XVI y los hiciera restaurar (muy delicadamente la chica encargada se ha ocupado de dejarnos bien claro que a la susodicha le importó más bien nada el palacio y los frescos, que fue su primer marido quien se ocupó de aquello y descubrió su valor). Un pueblo en el que todo gira en torno a la religión, insalvable (hemos llegado y todo el pueblo estaba en misa, en una tienda una nota “estamos en misa, volvemos a las 11:35”), se vuelve comunitaria, como supongo que sería antes.

En fin, que desde las nubes hasta los pasos de semana santa, ha sido un fin de semana de luz. Siempre nos pasa a Ruth y a mí cuando estamos juntas. Una de esas extrañas u maravillosas relaciones en las que todo parece llevado de la mano de un ángel (después del relato, toca esta metáfora para acabar).



Berlín