La vida es extraordinaria. Parece una constante en mi vida últimamente, y especialmente en este viaje que en la última tarde, la última esquina, el último recodo, te aguarde algo tan inolvidable que te haga imposible pensar que sea la última, que no vaya a haber una próxima, y en cualquier caso algo que cambie tu significado de lo vivido para bien (una vez más las ideas, y aquél aprendizaje de "cada vez que creas tener una idea sobre algo, deshazla, porque será falsa", por incompleta o equivocada o limitada).
Todo esto viene a que ayer, en mi última tarde en El Salvador comprendí este país, y viví una de esas experiencias que pasan a formar parte de tu acerbo personal de momentos de gozo inolvidables, esos momentos que luego te sostienen en la tempestad, y te hacen recordar quien sos. Uno de mis amigos me llevó a conocer unas comunidades para ver unas técnicas de agroecología que estaban aplicando en un intento de constituir las llamadas comunidades autosuficientes.
Y allí me vi. No os puedo describir lo que vi, subir en una pick up, un todo terreno, por caminos por los que ni imaginas que un coche pueda pasar, si es que se le pueden llamar caminos, ascender a una montaña que paradójicamente se llama "El bálsamo" para conocer la clase media de la miseria de este país, en una realidad en la que tus referentes europeos quedan fuera de lugar. Clase media porque tienen una casa construida de adobe, o de barro, con cocina y letrinas acondicionadas, más de lo que pueden decir muchos en la zona que no pasan de unos plásticos al borde de una carretera o un río, clase media porque han construido tanques de agua para recoger el agua de lluvia y tener alimento en casa ("técnica asec", alimento siempre en casa, unida a "técnica lo que", construir con lo que tengan, lo que haya, lo que sea que puedan utilizar, bases de la intervención desde la permacultura).
Conocer a una mujer que cría sola a siete hijos en una de estas casas, y que ha construido la primera cocina lo cual le ha convertido en referente de la comunidad, fortalecida hasta el punto de llevar ella adelante otras iniciativas y orientar a gente de su comunidad, y que cuando le preguntan por qué tuvo tantos hijos, te contesta "porque los tienes antes de ser capaz de pensar, porque cuando empiezas a pensar ya estás llena de hijos". Conocer a don Braulio, un hombre de ochenta años que te presenta a cecilia "su compañera de vida" no su mujer, ni su esposa, su compañera de vida, me encantó, y luego te muestra orgulloso su casa, el tanque, el filtro de agua que han instalado.
Nos enseñaron técnicas que mis escasos conocimientos de ingeniería no describirán en su total magnitud pero increíbles, como el deshidratador de fruta, que les permite conservarla y alimentarse durante todo el año, independientemente de las cosechas y vender, y que no es sino una caja de madera y plástico, o el filtro, o las casas construidas de malla de hierro y cemento, algo así.
Ser invitada a pepinos de la huerta de uno de ellos, recogidos por su hija, y tener que rechazarlos con todo el dolor de tu corazón por el estómago pero disfrutarlo entre gallos, gallinas, niños y bichos. Gente que no se asusta de ti, pero te mira asombrada, como tú les miras a ellos.
Y luego está Cesar, nuestro guía. La persona responsable de este proyecto, una de ellas, junto con una madrileña, un vasco (por aquí casi toda la cooperación fuerte es catalana y vasca) ingenieros que llevan dos y cuatro años trabajando aquí para la organización, cobrando los mismos sueldos que ellos, no europeos, por lo que no han podido ni viajar a España en este tiempo porque el sueldo no da para ahorrar para un billete, pero que están entregando su vida a estas comunidades, y otros salvadoreños.
Cesar que te explica que la base de su intervención es los pequeños cambios que generan grandes cambios, empezar a trabajar con un pequeño grupo de familias de la comunidad y fortalecerlos, hacerles partícipes de los cambios y responsables de estos, porque si no los viven como propios no los mantienen ni los mejoran después, cómo cualquier intervención tiene que partir de una necesidad sentida por ellos, no por los cooperantes, porque si no la sienten no funciona, cómo aquellos que han realizado las innovaciones se convierten después en el mejor agente comunitario de cambio que puedan imaginar. Alguien al mismo tiempo que te describe que él no cree en dios, pero sí en el cristo Guevara ( que no es cristo, tampoco el che, sino una mezcla de ambos) y en vidas como la de monseñor romero, y tú piensas para tus adentros algo que él te repite después viendo atardecer en la playa, y es que no se matan las ideas, en este caso la teología de la liberación y todo su movimiento, porque las ideas perviven en las personas, y más allá de ellas. Alguien que sonríe sin parar, que te hace reír, que no para de hablar, que trata con un respeto impresionante a la gente de las comunidades tomándose su tiempo (otra vez el tiempo asiático) para hablar con ellos, que te recuerda que vayas donde vayas es importante tener una base a la que volver, y luego descubres que ha estado en la cárcel, que ha vivido la guerra, que ha visto morir, y ahí está, sonriendo, dando, viviendo.
Y acabas tomando una cerveza (ellos) al borde del océano de nuevo viendo al fin atardecer, alguien te pregunta si crees que otro mundo es posible, y si nosotros podemos construirlo, y te recuerda que la utopía empieza en la lucha y en la opción libre y personal, entre otras muchas cosas y te encuentras viviendo una serie de confabulaciones difíciles de describir por las que llegas a sentir que se te han metido dentro del alma sin darte apenas ni cuenta y eres plenamente consciente de estar viviendo un momento único y de entender al fin por qué El Salvador a pesar de sus terremotos, metralletas, rejas y pinchos enamora.
Y entonces de nuevo, te tienes que ir. Y no dejas de preguntarte por qué estas cosas y estas personas aparecen siempre el último día, en la última esquina de tu camino y por qué la vida está construida así, de modo que toda la belleza, la comunión y el gozo, como el dolor, son finitos, y con un tiempo que a menudo no decidimos nosotros. Pero esta es otra historia.
Mañana vuelvo desde Nicaragua, salgo en un par de horas.
|