Los colombianos son gente especial, y nada que ver con la imagen dada al mundo europeo. Contaros que el viaje en avión impresiona por más veces que lo hagas, porque la gente se levanta, habla entre ellos aunque no se conozcan de nada, bailan (literal) en el avión, hacen de todo, y yo que todos mis últimos viajes transoceánicos han sido para Asia, la contenía y taimada en apariencia Asia, pues fue una risa verme de nuevo rodeada de gente que habla, canta y hace de todo para aminorar las horas.
Mis amigas colombianas que te reciben habiéndote comprado dulce para tus desayunos en casa de Lili porque recuerda del viaje anterior lo mal que lo pasé con los desayunos propios salados propios de aquí (la zona del norte donde dimos el taller, pues me ofrecían y era un manjar par ellos que no comían carne quizá en todo el día o toda la semana, un bistec para desayunar, con café salado, lo pasé mal hasta que me lograron unas donas, como lo llaman ellos, algo parecido a los donuts y un chocolate, que en realidad en parecido a nuestro colacao) Así que ella compró dulces para mis desayunos y me llevó a casa de Lili desde donde os escribo, una vez dormidas doce horas del tirón.
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Vine aquí hace cinco años, estuve dos veces seguidas, en octubre y en diciembre en el mismo año, y estuve planteándome seriamente venirme a vivir. La gente que conocí y amé sigue formando parte de mi vida a día de hoy, todos han venido a España, han conocido mi vida y siguen conmigo. Es algo poco común.
(…) Bogotá está cambiada, está mucho más tranquila, menos caótica, si me apuráis casi ordenada, el tráfico tiene sentido, las calles están más limpias, y no se respira ese aire de miedo que lo impregnaba todo cuando estuve hace cinco años. Fue una sensación que tuve nada más aterrizar, pero que he confirmado pasando los días y horas.
Y luego está la memoria, el barrio de Soledad donde estaba el restaurante es uno de los que paseé hace cinco años, y cuando giraba una esquina y reconocía el rincón, o la parada, o el parque, el corazón se me encogía pero sin dolor, con dulzura.
(…) Hoy he hecho algo que nunca hice en mis primeros dos viajes a Colombia, que ha sido pasear sola por Bogotá. He andado exactamente once cuadras sola por la ciudad (o sea, nada), de vuelta del hotel donde había acabado el taller a casa de Lili.
Bogotá es otro, os lo decía ayer, pero el control bajo el que vive la ciudad ahora es espeluznante. El poder de los paramilitares y el ejército en el país parece haber aumentado, y en Bogotá además de una política muy positiva de gobernabilidad local, encuentras un control rígido de todos los movimientos de uno. Os cuento algunos ejemplos: todos los taxis has de llamarlos por teléfono, cuando lo haces, al marcar tu teléfono ellos ya tienen todos tus datos, con lo que sólo y de forma automática te dan el código de la reserva y el número de placa del taxi que va a ir, todo en el plazo de escasos dos minutos. Por supuesto esperas a cubierto en el portal con el portero a tu lado.
En esta tesitura, pasear sola por Bogotá ha tenido algo de aventura. No es el hecho de pasear, hacerlo con gente de aquí es perfecto, es el hecho de hacerlo sola. Me han intentado abordar tres veces pero yo no he contestado a nadie y he seguido caminando, después me he enterado de que la forma de abordarme de uno de ellos recibe aquí el nombre de "paquete chileno" (como le decía a mis amigos, en todos los países las malas costumbres siempre vienen de otro país), un tipo de atraco bastante extendido aquí. En fin, que no ha pasado nada, pero he sentido que ésta sigue siendo una ciudad en la que, como muchas otras de Sudamérica por desgracia, no tienes posibilidad de moverte con seguridad y tranquilidad. Ése es un bien en otros lugares y es impagable. Y en este caso no es por ser mujer, es por ser extranjera, no más. (…)
Yo no sé por qué pero las relaciones que establecí en Colombia hace cinco años han permanecido con una fuerza y una profundidad dentro de mí desconocida para mí hasta entonces conociéndose en tan poco tiempo. Luego vino la gente de Perú, la de Bolivia, la de Argentina que refrendaron mi vinculación a esta parte del mundo, cada día más real. Hay algo que me ata a este continente, aún no sé qué ni para qué (yo y mis sentidos, pero es que creo en ellos totalmente) pero sé que mi alma tiene trazos sudamericanos. Esto es algo que me ha ocurrido mucho más aquí que en otros sitios del mundo donde he estado. (..) Y hoy hemos salido de excursión, por primera vez desde que llegué. Hemos estado en Cajica, Calamar, Botón, Tabio y Tenjo, pequeños pueblos de los alrededores de Bogotá con la estructura colonial española, plaza cuadrada con la iglesia y el ayuntamiento (hacía mucho que no veía gente corriendo atravesando la plaza porque llega tarde a la iglesia mientras suenan las campanas del comienzo de la misa) sólo que aquí con árboles en el centro, y las calles alrededor de la plaza. Preciosos, y sobre todo el paisaje del camino, de un pueblo a otro. Impresionante el verde, las plantas, árboles y flores, es como Europa del norte en sus bosques alemanes por ejemplo, pero mucho más variado en especies, no en vano este país es medio selvático en algunas zonas. Hemos comprado bambú en tabio, en un lugar donde lo trabajan hasta crear cosas bellísimas para la cocina fundamentalmente. Ya las veréis. Entre el bambú y el cacho, intento llevar cosas que no sueles encontrar allá y la tienda de hoy ha sido única para eso. No se parece a las artesanías típicas en nada, es como mi telar del primer viaje, que Jorge me convenció de llevarme, y ha presidido mi casa desde entonces, invadiéndola de un color único. Pues esto es algo así, pero en pequeñito.
En el camino encontrábamos lugares como "Liceo alemán" y tú pensabas, aquí? pero el mejor ha sido "Liceo español Bartolomé de las Casas, aprender sin temor" deja helada leerlo en el letrero, como si fuera algo que les diferenciara del resto. Me he estremecido. Hemos comido en un restaurante de campo, en medio del verde, un ajiaco y más barbacoa de carne.
Una de las mejores cosas de Bogotá, como también le pasa a Caracas, es que el verde te rodea, los cerros están allá donde mires, y a apenas diez kilómetros de la capital estás en pleno bosque. El verde vive contigo, y eso es algo no muy común en las grandes ciudades.
En este viaje me he sorprendido más de una vez encontrando similitudes reales y palpables entre Bogotá y Madrid que no reconocí en mi primera estancia en Bogotá. Creo que en parte porque la ciudad ha cambiado, hay barrios nuevos y totalmente estilo europeo, en parte porque los paseos que me he dado por el mundo me han ayudado a relativizar (a veces a detectar debajo de las apariencias) las diferencias.
Es como si el mundo para mí ahora estuviera interconectado debajo de su aparente y asombrosa variabilidad. Eso y que, como dice Lyda, mi primer viaje a Colombia fue mi kinder, mi iniciación en la locura que estaba por venir, y entonces para mí muchas cosas eran nuevas. La inocencia, una vez más. Pues algo de todo eso ha debido influir, pero este fin de semana me he sentido en casa en más de una ocasión.
(…) Barranquilla. Mi "otra vida" colombiana en el viaje anterior pisé literalmente Barranquilla, durmiendo una noche en un hotel que ni siquiera recuerdo cuál fue y amaneciendo con la ciudad levantada en una revuelta por no llegué a saber qué pero que nos obligó a entrar en el aeropuerto por las pistas de aterrizaje (no es una metáfora, es literal) para rescatar nuestro equipaje y salir yo y el coordinador de los talleres, mientras Lyda nos esperaba al borde de la desesperación, en un bus durante más de seis horas con un guía (persona que iba delante del autobús) esquivando batallones de paras y guerrilla hasta llegar a salvo al Carmen de Bolivar, el pueblo donde dábamos el taller. Ésa es sólo una pequeña parte del primer viaje a Colombia, ése que nunca fue escrito en diarios pero marcó un antes y después en mi vida, entonces lo supe, ahora lo sé más.
Así que es curioso volver a un lugar en donde en teoría has estado, en la realidad nunca estuviste. Y he de decir que me ha encantado. Esta ciudad parece haber cambiado en estos años tanto o más que Bogotá a juzgar por las urbanizaciones de chalets tipo europeo que encuentras por todos lados, las infraestructuras en las calles, todo nuevo.
Pero impresiona ver los mundos diferentes que existen en los países de esta región, el pais vasco y Andalucía son gotas de agua al lado de la diferencia entre vivir en Barranquilla y Bogotá. Empecemos: aquí nos levantamos a las cinco y media de la mañana y nos acostamos sobre las nueve o diez al borde del agotamiento :-) la gente entra al trabajo entre siete ocho. Aquí dormimos con un ventilador y aire acondicionado y el ruido suena a bendición a cambio de eliminar un calor que puede con cualquier bombardeo, es espectacular. Aquí la gente sale a caminar para hacer ejercicio a las seis de la mañana, la única hora en la que puedes hacerlo sin desfallecer etc. etc. Es otro mundo. Cualquier parecido entre eso y Bogotá, viviendo a quince o veinte grados todo el año es mera coincidencia.
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Y nos fuimos a la playa, pero no cualquier playa. El parque nacional de Tayrona, un lugar bellísimo, como las playas de Tailandia o los mejores rincones de Menorca pero a lo grande, unos bosques, unos árboles...y acabar comiendo pescado recién pescado en la playa con su patacón y demás entre hamacas, y baña que te baña...impresionante. Y el toque divertido al final, resulta que aquí te dan un balde para que te laves los pies antes de subir al auto, para no llevar la sal...me quedé muda. Yo por supuesto, autónoma europea que soy, ya me había subido al carro. Una vez más, las limitaciones culturales que me hacen incapaz de aceptar algo que aquí parece parte del trabajo habitual. Me sentí mal, no sé si por no ser capaz o por ver lo habitual que era.
Cuántas Colombias caben en un sólo país? Cómo se puede vivir en un lugar donde unos km más allá se está matando la gente sin siquiera enterarte? Cómo puede este país haber avanzado tanto en desarrollo económico en todos lados en cinco años y seguir con la guerra ahí? Con ese aire disociativo en que vive la gente aquí, tomando medidas automáticas que una encuentra extrañas, como las medidas de control, saliste a tal hora, llegaste ya, vas acompañada, los seguros etc. hasta que recuerda, ah, pero es que aquí hay una guerra en marcha!
De verdad que entiendo la disociación. Vivirla te hace desdoblarte, y ésa quizá pueda ser la mayor enfermedad, la que permite sobrevivir, y gozar. Quizá, no sé.
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