El comienzo berlinés no pudo ser mejor: la Iglesia del Kaiser Wilhelm, un sitio al que los berlineses llaman la muela picada, es una iglesia en ruinas, que han conservado prácticamente como la dejaron los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en homenaje o memoria. Funciona. Entrar en una iglesia, con los huecos de las vidrieras pero sin cristal alguno, ver las fotos de lo que fue y percibir lo que los hombres pueden hacer es todo uno. Y justo al lado han construido una iglesia totalmente moderna, de modo que la foto de Berlín corresponde totalmente a su identidad, una ciudad en la que se mezclan la modernidad más rabiosa con la memoria a ratos escondida, a ratos exhibida, el conjunto puede no gustar, pero la Iglesia nueva por dentro es fascinante, el arquitecto le colocó un sinfín de vidrieras pequeñas, metidas como en celdas, en azul, de modo que el ambiente por dentro es puramente azul. Después de los tres días cuando Ruth y yo hacíamos memoria, coincidíamos en que esta Iglesia como monumento y por muchos motivos para nosotras es lo mejor de la ciudad. Y dentro de la ciudad apareció además, una de las vírgenes más hermosas que he visto en tiempos, rescatada de la batalla de Stalingrado, pintada por un médico que salvó a mucha gente allí, algo así nos contó el del hotel. En cualquier caso, hermosísima.
De ahí hicimos honor al lugar del mejor de los modos, tomándonos una salchicha al aire libre, sentadas en la plaza, presenciando una manifestación berlinesa festiva sobre la matanza de los zorros, con personas vestidas de zorro, escopetas y demás función simbólica.
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Y siguiendo con el simbolismo, decidimos seguir el recorrido en un par de horas que teníamos libre, antes de seguir las instrucciones de mi amigo thai, que hemos seguido al pie de la letra y que nos han dado pie a algunos de los momentos más interesantes del viaje, con diferencia, pues en ese par de horas, decidimos acercarnos a ver “Die mauer” el muro de Berlín, no sin antes librarnos por los pelos de el primero de los dos intentos de robo frustrados del viaje. Aleccionador ver el muro, ver en qué se ha convertido, el estado en que está, algunas de las pintadas que hay en la pared, algunas en mejor estado que otras, pero en definitiva en un estado de casi total abandono, con los huecos, los desconchados y alejado del centro neurálgico de la ciudad. Y pensamos, tanto dolor en esta pared que se deja difuminar, duele demasiado quizá, quizá ya no representa más que el pasado de una ciudad que no tiene nada que ver con lo que fue, que hace una huida hacia delante. Extraño.
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De ahí hicimos caso al anfitrión por mail, y volvimos a la Iglesia azul, a un concierto de órgano. Definitivamente el órgano no es mi instrumento (me quedo con el violonchelo, el saxo, la guitarra, el violín y el piano) pero resulta soberbio oírlo en una iglesia. Ahí empezamos a catar parte del talante alemán, empezó con una puntualidad propia de allí donde cuando preguntas a cuánta distancia está algo, te dicen a “ocho minutos”, a “tres minutos” a “diez minutos si andas rápido, a veinte si andas lento” y luego descubres que es tal cual. Así que a las 18.00 empezó a oírse el órgano en la Iglesia y los asistentes no aplaudieron ni se movieron una sola vez hasta el final. De ahí nos fuimos a pasear un rato por una calle de tiendas, me compré unos zapatos modernos berlineses, nos ofrecieron una divertida noche de “adagio de viernes” que rechazamos pudorosas :-), tomamos una pizza y volvimos al hotel, dispuestas a dormir como niñas hasta la mañana siguiente de puro agotamiento acumulado. Hacia tiempo que no dormía y andaba tanto como en este viaje.
Y el día siguiente fue la lucha contra la lluvia berlinesa. Amor propio como lo llama mi amiga. Para nosotras, probablemente Berlín sea arte y lluvia, lluvia y arte. Así que soportamos con risas hasta casi el final ocho trombas de agua, que llegan para invadirlo todo, te hacen refugiarte donde y como puedes, y sencillamente esperar. Empezamos en Alexander Platz, con la intención de caminar Unter den Liden, pero no pudo ser, no pudimos pasar de dar una vuelta a la plaza sin intuir todo lo que había de lo oscuro que estaba, así que decidimos tomar otra decisión inteligente del viaje y fuimos a la casa de Bertol Bretch y Helen Wiegel, uno de esos sitios que da para pensar y gozar, silencioso y retirado. Bretch no hace falta explicar quién fue, pero es que su mujer fue alguien tipo Frida Kahlo, andrógina, masculina, independiente, potente intelectualmente hasta la igualdad con él, que se construyó su espacio propio en el piso de abajo, también parecido a Frida, llevó adelante la compañía de teatro (fue una afamada actriz de teatro) y fue la compañera en vida y cuidadora de su legado en muerte. Pensábamos y hablábamos en la cantidad de parejas de este tipo, hombre brillante, mujer independiente que, madre o no, construye un universo personal además de ser una compañera, un igual intelectual y una cuidadora cuando llega el momento. Son opciones de vida muy radicales, dan que pensar. La casa es preciosa, sencilla, llena de muebles antiguos que en su época eran muy baratos, con una cocina especial para ella, un salón dando al jardín para recibir, y las tres habitaciones del primer piso donde vivió él. Libros, máquina de escribir...había un rincón en el que escribía que era igual que el sillón en que vi leer a mi padre toda su vida, el sillón, la mesa, la máquina...ecos cercanos.
Y todo ello dando a un cementerio, cementerio donde están enterrados, un pequeño remando de paz en medio de la ciudad, donde como cuando llegamos la casa estaba cerrada porque las visitas sólo podían ser guiadas por una divertida berlinesa, pues acabamos caminando y sacando fotos en el cementerio para luego saber que estaban allí sus tumbas. Y de ahí, una vez vista la casa, conseguimos en el único periodo (veinte minutos tal y como nos había indicado la guía de reloj) que nos concedió la lluvia llegar al museo y al berlín dom andando.
Encontramos una de esas sorpresas berlinesas, el arte por todas sus esquinas, mercados de fin de semana de artistas donde ambas nos volvimos casi locas, además de acercarnos a cumplir con la otra tradición culinaria y descansar los cuerpos a la cafetería del museo a tomar un pastel de manzana caliente con helado de vainilla (apfelstruddle) estupenda recomendación gastronómica. Lámparas, esculturas, cuadros...de todo. Ese es uno de los mayores atractivos de esta ciudad, el arte a borbotones por sus rincones.
De ahí pasear bajo la lluvia pero sin el romanticismo de la película, con mucho buen humor y ganas, vimos la iglesia de santa maría, el berlín dom, la tienda de teddys más increíble en la que he estado (osos de peluche) algunos de ellos costaban 1000 euros y más, de coleccionista, el ayuntamiento, una iglesia museo en la que como los alemanes son así, podías entrar hasta el borde porque la iglesia debía estar abierta al público pero no avanzar si no pagabas entrada al museo, con lo que veías las esculturas en toda la nave, pero no podías acercarte. Junto a ella, la primera fuente de esculturas de osos que he visto y de ahí con las paradas técnicas que el agua requería, hasta la Puerta de Brademburgo, espectacular el efecto logrado al poner una fotografía casi tamaño real de cómo quedó la zona tras los bombardeos.
Por el camino todo el mundo nos preguntaba cosas, como si tuviéramos pinta de alemanas, aunque en los sitios nos trataban como italianas, cosmopolitas que debíamos parecer :-). Casi al límite de nuestra resistencia, fuimos a cenar a un italiano estupendo y de ahí, cuando increíble pero cierto, la lluvia dejó paso a un atardecer increíble, decidimos con un café de llevar en la mano, bajar andando hasta la Posdamer Platz, otro de los regalos del anfitrión thai. Nos había dicho que daba una idea de en qué se había convertido lo que fue Alemania del este y es real, son edificios que no tendrán más de diez años, con las tecnologías punteras y en el camino, para mí, uno de los lugares del viaje, el monumento en homenaje a las víctimas del holocausto. Es, tal y como se me ocurrió, que luego generalicé a los alemanes: simbólico, abstracto y contenido. Mi amigo thai me preguntó qué me parecía para los cincuenta millones de euros que ha costado, y al ver lo que me gustaba y recordar el precio, me dolió, pero no puedo lamentarlo. No sé cómo describirlo, es una gran explanada llena de bloques de cemento que simulan tumbas sin nombre y que forman como un laberinto, porque andes por donde andes, la calle baja de forma que llega un momento que las tumbas son mucho más altas que tú hasta que vuelves a surgir a la superficie, me pareció una idea soberbia, y muy propia de ellos. Estar ahí, ver la diferencia, pensarlo, y el atardecer fueron un final perfecto para el día.
Y esta mañana hemos paseado un poco por Charlotesburg, hemos comido en donde nos dijeron más salchichas y cerveza pero sobre todo nos hemos perdido en una galería de arte que había junto al hotel, cuyas esculturas nos gustaron la primera noche y que al entrar ha sido un universo nuevo para nosotras: cuadros y esculturas de algunos de mis artistas favoritos, pero a precios incluso en algunos casos asequibles, en otros locos, artistas expresionistas...increíble, era como estar trasportada a otro mundo. Una galería que lleva casi un siglo abierta, impresionante. Lo curioso era que para la que nos ha atendido, lo que tenían no era moderno!
Así que la galería se lleva el diez de hoy. Volver con líos con el avión y en el parking ha sido algo más costoso, además a las dos nos daba pereza volver sabiendo la locura que nos esperaba y que me lleva a escribiros a las dos de la mañana, porque no sé si mañana podré hacerlo.
Berlín es un simbólico, abstracto y contenido “hombre” que hace sitio a los artistas, pensadores y creadores más grandes y a todos los que nos colamos sólo por un rato en sus calles. Berlín es la mezcla del ayer y el hoy, el ayer del que se reniega pero que no se quiere olvidar y el hoy, caótico pero vivo.
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