Los silencios entretejidos sobre las esquinas de su cuna, aquellos que compusieron los sueños de mis ángeles y las caricias de mis compañeros de camino, los acordes que permanecen escondidos entre los ladrillos luminosos de este sueño que sonríe y te acaricia las mejillas: todos ellos dibujan rastros de mí que desconocía.
Desde las arenas del fin del mundo hasta su cuna llegan sones de otros lugares, historias narradas, telares de colores, músicas y olores, libros leídos y escritos, lugares apenas rozados con la yema de los dedos, reencuentros y despedidas…amor, mucho amor…
Mientras el sol madrileño y los árboles de nuestro parque nos cobijan en una vida que fui decidiendo sin saber, planeando sin comprender, hasta encontrarme sorteando abismos para mirarme en los ojos de mi hijo José, fruto de la confabulación divina, mucho más allá de mí.
Fue un año de espera, un año de finales, el año de los comienzos. Mi tercera vida: Zaragoza, Madrid y la maternidad. De nuevo, amor, alegría y valor para vivirla.
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