Caminando mi rostro, silenciosa cadencia de caricias temblorosas, vuelvo a la piel marcada, a las heridas y gozos que me conmueven, con tiempo dedicado a mí y desde mis opciones: valor, amor, alegría.
Sonrío callada desde mi hogar luminoso, lugar que me constituye, un puerto propio lleno de telares de otros viajes, de rostros amados, de libros turbados y turbadores, rastros de niña y de adulta, una hamaca y el sonido de los árboles.
Mi boca calla preguntas sin respuesta y caminos abandonados, mis ojos lloran el dolor y la injusticia, mi miedo y mi impotencia, sonríen al amor, nuestra lucha y el valor abrumado, a los encuentros de almas, la espiral bajo excusas profesionales.
Percibo olores de nuevas veredas, con esa sensibilidad que me llega al vaciarme, asomándome a ese abismo que todos llevamos dentro, dejándome, fiándome.
Y la confabulación divina como certeza, siempre un paso más allá de mis esperanzas y temores.
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